Buscando taxi

El aire era sofocante en la calle y un sol de tarde se colaba entre las calles del barrio de santa Caterina. Al llegar al párking de Arco de triunfo, una oleada de gente me asaltó como por sorpresa: turistas con cámara al cuello pidiendo a gritos que les robaran, chavales patinando en Skate, algunos viejos jugando a la petanca y mucha gente sentada en los bancos. Para ser tan temprano había mucho trasiego de gente para arriba y para abajo pero la mayoría no estaban trabajando sino pasando el rato. Eso me hizo pensar en cómo más de uno se pregunta en el bar, después de haberse tomado un par de cubatas, por qué el país va como va. Lo mismo pasa en sitios como la playa de la Barceloneta, vas en una día como hoy y está atestada de gente que no trabaja: parados, los menos, gente que sencillamente no busca empleo y pensionistas de todo tipo, por razones de salud o simplemente por deporte. Mientras buscaba el coche en la segunda planta subterránea me pareció acertado que tendrían que contar a la gente que trabaja y no a los que están sin trabajar. Seguramente, acabarían antes.

Subí al coche y me puse un cd de Bellini, con la ópera de Norma. El primer acto me parecía una delicia, conjuntaba unas melodías extraordinarias con un ritmo endiablado e iba a necesitar un poco de energía pero también de tranquilidad si quería sacarle algo a los taxistas de Diagonal Mar. Enfilé por la calle Marina hasta abajo para coger la ronda litoral e ir para allá. Mala elección. A la altura del lateral de la ronda, en la rotonda, imperaba un caos del copón. Estuve parado casi veinte minutos escuchando una sinfonía de pitos y de insultos diversos que se dirigían los conductores unos a otros como si haciéndose mala sangre fueran a llegar a algún sitio. Por fin, logré entrar en la ronda que iba también a reventar, haciéndose patente también todo lo que tienen que mejorar los transportes públicos de la ciudad para incentivar que la gente no coja el coche hasta para ir a cagar. Aunque, en este caso, supongo que yo tengo mucho que callar. Pensé un par de veces en tirarme para atrás a causa del tráfico excesivo que me sacaba de quicio pero me hice cargo que encontrar al taxista era necesario si quería acabar de corroborar mi teoría: que el tal Javier, profesor de tenis de un famoso club de Barcelona, estaba detrás de los mensajes amenazantes que había recibido mi clienta. Era por la tarde, y la señora encontró el móvil por la mañana así que en circunstancias normales no me hubiera sido posible encontrar al tipo. Tenía la casi seguridad que ir a esas horas era un tiro al aire pero también tenía la esperanza que con la crisis económica que se empezaba a palpar en la ciudad a causa de la coyuntura internacional y nuestra miopía de nuevos ricos, el tipo tuviera muchas facturas por pagar y que hiciera turno doble.

Pasado un cuarto de hora bien bueno, aterricé en la zona, antes conocida por Besos Mar, y luego rebautizada como Diagonal Mar tras un buen pelotazo urbanístico que le robó las vistas al mar de los vecinos y los inundó de turistas y pijos diversos que se instalaron en los edificios de oficinas que circundan el centro comercial y alrededores. Sabía que en los hoteles de la zona se practicaba una especie de estafa por parte de algunos botones y taxistas de la ciudad que se creían muy listillos con los turistas pudientes que se hospedaban en aquellos hoteles de lujo. Pactaban precios muy por encima de los reales y luego se repartían los beneficios. Los botones conseguían la clientela y los taxistas, bueno, hacían de taxistas.
Por todo esto, yo sabía que me tenía que andar con tiento ya que al empezar a preguntar por un taxista en concreto me podían tomar por un policía en busca de prácticas ilícitas o incluso, algún detective privado contratado por el mismo gremio buscando taxistas que practicaran algún tipo de competencia desleal mediante el empleo de tácticas como aquellas.

Aparqué el coche en la calle LLull esquina Josep Plà delante de un instituto y me fui caminando tranquilamente hacia allí. Había un sinfín de gente que entraba al centro comercial. Pasó el tranvía, una de las mejores ideas de lo últimos tiempos. Antes de llegar volví a repasar el guión de lo que había preparado. Miré mi cartera y saqué una foto de mis abuelos, me quité las gafas de sol y las guardé, puse mi mejor cara de pena y recé por que me saliera bien la jugada y consiguiera mi propósito o por lo menos no me intentaran dar una paliza de campeonato. Cuando llegué a la parada de taxis del hotel detrás del centro comercial apenas había un par o tres de taxis.

Me dirigí hacia ellos con decisión. Cuando me acerqué pude escuchar que hablaban de fútbol, al parecer uno de ellos era del Madrid, y decía que Mourinho, ese villano del deporte rey, era lo mejor que les había pasado y que les traería muchos triunfos. Los otros dos eran del Barcelona y le estaban diciendo que no sabía lo que hablaba y que el tipo era un desalmado que se alimentaba de niños y que por las noches se colaba en las casas de bien para robar la cubertería de plata o lo que hubiera de valor. Cuando llegué a su altura se giraron casi a la vez y me miraron con desconfianza. Yo por mi parte, procuraba poner toda la cara de circunstancias que sabía y ciertamente que debía tener cara de preocupado. Después de saludarlos, les pregunté si conocían algún tipo que parara con el taxi por allí con la voz quebrada como si le hubieran practicado una traqueotomía y me inventé que llevaba un émbolo en la garganta como habitualmente llevan los pacientes que sufre una intervención de ese tipo. Parece que acerté.

-¿quién pregunta? Me dijo el más grandote con desconfianza.
Yo me limité a la mentira que llevaba preparada. Les mostré la foto de mi abuelo y les conté que era vecino del barrio y que mi madre lo había dejado en un taxi en aquella parada hacía un par de días y que no había aparecido en la casa de mi hermana en el guinardó. Que estábamos preocupados y que según mi madre, el taxista que lo había llevado tenía la voz rota como si fuera el pato dónald.
Este comentario debió hacer gracia durante un instante por que los tres se sonrieron y se dieron un par de codazos como si fuera una broma dándome a entender que si que lo conocían.
-Entonces sabe dónde lo puedo encontrar- les dije con ojos acuosos.
- no-, me volvió a responder el más grandote y siguieron hablando de fútbol.
No hace falta que os diga que tuve una sensación de ridículo fantástica pero no podía dejar escapar la oportunidad de hablar con el tipo, así que volví a la carga. Le toqué el hombro al grandote, el que había hablado antes y le volví a insistir en que mi abuelo estaba perdido y tal y cual. El taxista me respondió que si yo era del barrio él era Messi y aquí sus colegas eran Ronaldinho y Zidane y que estaban de paso por allí y que se olía a leguas que era un secreta.
En ese momento me acordé de la pistola y la porra pero tenía que jugarme el farol así que les dije muy indignado, no sin razón, que a mí nadie me llamaba madero y que mucho menos se jugaba con la vida de mi abuelo que debía estar vaya usted a saber donde y les pinté un panorama desolador de un viejo en bata y zapatillas de estar por casa perdido por la zona franca, la mina o las casas baratas de la trinidad si es que no había algún sitio peor donde pudiera ir un viejo desvalido, y que si querían me podían cachear en busca de armas o distintivos de la policía. Esto último, tengo que reconocerlo, lo dije con la boca pequeña.

Parece que el ataque de indignación tuvo su efecto ya que uno de los que no había hablado hasta el momento, el hincha del Madrid, me dijo que estaba buscando al Genaro y que si esperaba un rato era muy probable que lo encontrara ya que solía parar por allí. Le pregunté que auto llevaba y me respondió que no me preocupara que me quedara por allí que ellos me lo dirían cuando llegara. Y eso hice. Pasaron unos tres cuartos de hora hasta que llegó el tal Genaro y durante todo ese rato estuve con aquellos taxistas a los que se fueron sumando más y más profesionales del gremio a medida que avanzaba la tarde. Al parecer aquello era como un abrevadero donde se iban a encontrar para descansar un rato o buscar algún cliente que quisiera hacer una carrera un poco larga o estuviera dispuesto, de forma inconsciente, a darse una buena vuelta para llegar a su destino. Me contaron lo mal que estaba la profesión, que desde hacía un año a así la faena había bajado mucho, que antes todo el mundo cogía taxis para ir a cualquier lado y que ya no y que la cosa estaba muy mal. La mayoría era de Barcelona, aunque también los había del extrarradio que venían a trabajar a la capital.

Mientras nos contábamos la vida, bueno, ellos me contaban la suya y yo les contaba todas las mentiras que me venían a la cabeza tales como que trabajaba en el banco Sabadell de abogado, apareció un megane disfrazado de taxi. De aquel coche se bajó un hombre menudo, rondando la sesentena, calvo, con gafas finitas y unos ojos pequeños detrás de los cristales. Llevaba una camisa abierta por arriba y asomaba un émbolo que le sobresalía de la garganta.

-mira, aquel es el Genaro- me dijo el grandote con el que me había amistado. Resultó que el tipo era de Cádiz y que conseguía unos porros de primera. Nos intercambiamos los teléfonos, por si los futuros negocios y nos despedimos. La verdad es que eran una gente de puta madre.

Pero a diferencia de sus colegas, el señor Genaro no me lo quería poner fácil.
Me acerqué a él con la misma cara de pena pero el tipo tenía más tiros pegados que la pistola de Billy el niño y no compró mi historia, cosa que era comprensible por que se acordaba perfectamente que no había llevado a ningún abuelo así que cuando lo invité a subir al taxi para poder hablar me dijo que me fuera a la mierda.

-¿que eres? ¿Un madero? Con esas pintas seguro que eres madero que a mí no me engañas. Dijo con cara agria y se puso a gritar-¡agua, agua!
El grupo de taxistas que se había reunido enfrente de la parada, mis compadres hasta hacía breves instantes, se giró para mirarnos sin saber bien qué hacer. Como ellos no se habían tragado mi basura en primera instancia quizá pensaron que Genaro tampoco pero que luego vería que era buen tío. O quizá no les caía bien el viejo, no lo sé, pero el hecho es que no hicieron ademán de venir y machacarme la cabeza hasta hacerla pulpa.

Yo me desabroché la americana y le dejé ver el mosquito en la sobaquera y le dije que no era policía que sólo quería hablar y que podía llevarse un par de tiros de regalo o podía subir al taxi. Por suerte para mí, optó por lo segundo. Lo de dispararle era un farol como la copa de un pino.

Dentro del taxi, le dije que arrancara y que parara un poco más allá fuera de la parada de taxis y lejos de las miradas de sus compañeros de profesión que ya tenía bastante de tertulia vespertina. Genaro aparcó en Josep Plá i Pallars delante de una nave industrial que parecía sin actividad a esas horas de la tarde.

-usted dirá, me dijo muy serio.
Yo me había sentado en el asiento de atrás justo en diagonal al conductor. Saqué el móvil que me había dado mi clienta se lo alargué. -¿conoce este teléfono?
-no lo he visto nunca.-me dijo con la voz del pato Donald.

-¿seguro? Mire que una señora se lo encontró en su taxi hará cosa de unos días...
el tipo se quedó mirando a través de la luna delantera con la vista fija. -seguro- me dijo. A mí me pareció un ladrido.

-mire señor Genaro, ¿de dónde es usted?
-de Galicia, respondió. Un deje de orgullo había en su voz
-pues si quiere llegar a retirarse en su pueblo en Galicia más le vale irme diciendo lo que necesito o sino le pego dos tiros y lo dejo tirado aquí mismo.
Seguía sin tomarse en serio mis amenazas por que me respondió algo así como “tú y cuantos más” aunque con la voz que tenía no acababa de entenderle del todo. Puso el taxi en marcha en dirección a la parada otra vez. No sé muy bien como fue la cosa, fue como un acto reflejo. Saqué la porra de titanio y le di con la empuñadura. El señor Genaro dio un grito que pareció un gato peleando y el taxi se le fue de lado. Me eché para adelante y le cogí el volante. Tiré del freno de mano y lo hice parar otra vez junto a la misma acera pero un poco más adelante.
-Lo siento mucho, Genaro, le dije, pero sólo depende de usted.
-está bien, ¿qué quiere saber?
-¿quién le dio el teléfono?
-un tipo alto, con gomina en el pelo decía mientras hacía el gesto de alguien que va repeinado.
-¿qué más? Gruñí desde atrás.

88

 

-me enseñó una foto de una señora, yo la conozco por que muchas veces la llevo. Me dijo que me daría quinientos euros si lo dejaba en el suelo para que lo encontrara cuando la llevara.
-¿algo más?

- ¡no sé, que más quiere que le cuente! Gritó y en su grito me pareció escuchar un atisbo de llanto.
-¿qué más? Le volví a gruñir mientras amagaba con volverle a dar con el mango de la porra.

-al día siguiente se subió la señora, dejé el teléfono como me había dicho aquel hombre. Ella parecía muy contenta con el hecho de quedárselo sin que yo me diera cuenta. ¡No sé más, se lo juro por la virgen de mi pueblo!

Yo sentía lástima por el viejo pero no estaba en condiciones de aflojar. .¿ de dónde salió el hombre que le dio el teléfono? Volví a rugirle desde la parte de atrás.
-¡no, no lo sé, la verdad! El hombre estaba a punto de llorar como una madalena.

Volví a darle con la porra, pero un poco menos duro que antes –¡haga

memoria, cojones!- le grité casi desquiciado.

    -  no sé, de los edificios de enfrente de la parada, creo.

      -  ¿Seguro? El hombre dijo que si con la cabeza, luego la apoyó en el volante y empezó a mascullar no se qué de hijos y nietos mientras lloraba a moco tendido. Me supo muy mal por él pero yo necesitaba saber esas cosas al precio que fuera. Decidí hacer las paces con él.

-tome por las molestias, le susurré, y le dejé un billete de veinte en el bolsillo de la camisa.- no hace falta que me lleve, me bajo aquí.
Abrí la puerta del taxi y salí. Me dirigí de nuevo hasta mi coche. Me habían puesto una multa por no pagar la zona azul pero me daba igual. Cogí la multa la arrugué y la tiré al suelo. Me subí y respiré, respiré varias veces. Estaba muy alterado y tenía casi ganas de llorar. Estaba a punto de tener un ataque de ansiedad. Respiré profundo, una, dos, tres veces y me paré a pensar un momento lo que había hecho. Desde luego que la experiencia había sido muy desagradable para el señor Genaro pero yo no podía decir que disfrutara haciendo esas cosas. Nunca he sido dado a este tipo de actuaciones pero la necesidad tiene cara de hereje.

Unos minutos después me había tranquilizado un poco, encendí el polo y salí de aquella calle que me resultaba claustrofóbica. Seguí hasta la rambla Prim que estaba atestada de gente paseando y doblé a la derecha hasta bajar a la diagonal y desde allí enfilé hasta llegar a al passeig Taulat no sin antes volver a pasar por la parada de Taxis del hotel Hilton donde me pareció ver que varios hombres rodeaban al Sr. Genaro supongo que en estado de shock. Por suerte, pasé inadvertido. Fui a aparcar lo más cerca que pude de las torres de lujo construidas para la nueva élite de Barcelona. No sabía dónde vivía mi clienta así que tenía que elegir entre alguna de ellas. Tenía que seguir fingiendo. Fui hasta el centro comercial de nuevo y compré un jarrón barato que me hice empapelar como si fuera un regalo para la reina de Inglaterra. Todo eso no me llevó demasiado tiempo, eran las siete y algo de la tarde por lo que deducía que la señora aún no estaba en casa. Luego me fui torre por torre preguntando a los porteros, en el caso que lo hubiera, o llamando a los timbres por azar preguntando por la señora con la excusa que le traía un paquete. Por fin, pude dar con un portero la mar de simpático que no sólo me dijo que Teresa Sánchez vivía en el edificio si no que además recibía muchas visitas de un señor joven y alto que siempre traía obsequios para la señora. No dejé el regalo con la excusa de que quería dárselo personalmente y que era una sorpresa y toda respuesta que encontré en el portero fue una sonrisa pícara y un guiño. Me fui por donde había venido hasta encontrar el coche, intentando pasar desapercibido por la zona ya que la parada del Hotel estaba cerca y habían un montón de taxis circulando. No sabía que les habría dicho el viejo sobre nuestro encuentro y no quería que me vieran para evitar situaciones embarazosas.

Llegué, el polo tenía otro papelito, y mientras lo tiraba otra vez al suelo me pregunté si la guardia urbana no tendría otra cosa que hacer que controlar los coches mal aparcados y si no podrían estar combatiendo el mal en vez de intentar exprimir al máximo al ciudadano de a pie. No sé, perseguir la trata de blancas en el centro o el tráfico de drogas en el puerto. Entretanto, llevé el coche hasta la puerta del edificio de la Sánchez o más bien hasta un lugar bastante cercano que me facilitara ver quien entraba y quien salía. Cuando acomodé el coche, descolgué el teléfono y marqué el número de mi clienta. La excusa para llamarla era que estaba por su barrio y que tenía novedades, todas relativas, claro, y que si nos podíamos reunir. Ella me dijo que no estaba en su casa aún pero que no tenía interés ninguno en verme. Es más, me dijo que ya no requería de mis servicios y me dijo que me pasara por su estudio mañana alrededor de la una de la tarde para poder cobrar por el trabajo que había realizado hasta el momento y que no me molestara más. Pero ella no contaba con que yo soy un perro, uno de esos perros de mandíbulas abultadas que cuando muerden algo ya no sueltan hasta despedazarlo. Me despedí de ella con toda la educación que supe a pesar de sus malos modos y las ganas de enviarla a la mierda. Eran las ocho de la tarde. Luego marqué otro teléfono, se oían los tonos al otro lado de la línea. Era hora de cobrarme un favor. 

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