El Cubano

Me había pasado con las cañas y estaba un poco borracho. A fin de cuentas, ya estaba fuera de horario. No obstante, no había acabado mi jornada laboral y aún tenía una visita que hacer. En mi barrio. Si os digo la verdad era una visita a caballo entre el ocio y negocio ya que la persona que iba a visitar era mi mejor amigo, que digo amigo, casi un hermano.

Hacía más de dos décadas que nos habíamos mudado allí. Mi padre se quiso ir del barrio de mis abuelos, donde vivo actualmente, por que estaba peleado con mi tío que era un delincuente. En realidad, le daba vergüenza que lo asociaran con él más que otra cosa ya que su hermano vivía en la modelo casi a perpetuidad. Cuando éramos chicos no habían tantos coches, era todo más rústico. Cuando no estaba en casa, Solía estar en la calle, en concreto en el parque de las aguas y en los diversos solares que había antes de que todo quedara construido. Mi amigo y yo hacíamos diversas cosas la psicopatía de las cuales fue aumentando con la edad. De las bicicletas pasamos a las motos y de las motos a los coches de tal modo que nuestra capacidad para tunear se fue sofisticando a medida que se fueron sofisticando nuestros medios de transporte. Caminar era una opción que ni tan sólo contemplamos en el par de décadas que nos conocíamos. En todo caso preferíamos correr, jugando al baloncesto en la pista de la calle Tenerife o en las del club de baloncesto Gaudi, un par de calles por debajo del parque. Pagábamos la gasolina y los caprichos que pudiéramos tener con los trabajos más diversos: Durante una temporada repartimos pizzas, durante otra repartimos paquetes y luego nos pusimos de dependientes en dos quioscos de la parte pija de Barcelona. Todo,  claro, bajo la ley del mínimo esfuerzo. Eran otros tiempos. Unos tiempos donde nuestras necesidades eran poco sofisticadas y en los que queríamos las menores obligaciones posibles. Desde luego que si había la posibilidad de hacer dinero de una manera más rápida y eficaz no le hacíamos ascos. Si nos caía alguna mercancía que alguien se quería sacar de encima o nos proponían algún tipo de negocio turbio nosotros nunca dejamos de escucharlo, sopesarlo y aceptarlo en el caso que los beneficios fueran mayores que los inconvenientes y que la posibilidad que nos atrapara la policía fuera escasa o nula. Siempre fuimos un poco vagos pero nunca fuimos estúpidos.

Así fue cómo nos introdujimos en el ambiente de los kinkis del barrio. Robábamos motos con la idea de venderlas por piezas, vendíamos cualquier cosa que pasara por nuestras manos, y vendíamos hachis. Ese sí que era un negocio. Recuerdo con nostalgia aquellos tiempos: La ropa deportiva de marca, las fiestas desmesuradas entre semana, los viajes que nos hicimos, en fin, despilfarro de todo tipo.

Todo esto me pasaba por la cabeza mientras llegaba al barrio. Como siempre, aparcar era un infierno pero eso nunca fue un impedimento para dejar el coche. Uno daba una vuelta por si sonaba la flauta, pero como eso no era lo habitual, el coche siempre acababa encima de la cera del parque. Si pasaba la urbana ya habría tiempo de sacarlo.

Al principio fue un cuartel militar. Luego se convirtió en un parking, luego una mixtura entre comisaría de la guardia urbana y parque y al final sólo parque. En realidad se llama els jardins del príncep de Girona, pero para nosotros es simplemente el parque. Ni que decir tiene que ese recinto tuvo una importancia capital en nuestra adolescencia. Fue nuestro lugar de recreo desde hace algo más de 20 años. A media que nos fuimos haciendo mayores se convirtió en nuestro lugar de reunión; Todo lo hacíamos en el parque y hacía cualquier lugar salíamos desde allí. Desde luego que vivir el parque no era una tarea sencilla. Teníamos que lidiar con todo tipo de problemas, desde los vecinos, pasando por la competencia, borrachos y drogatas diversos hasta la policía que al principio nos miraba más o menos con condescendencia pero que al final sabía, sin poder probar nada, que éramos unos delincuentes juveniles. En el parque, dejamos de ser niños y nos hicimos hombres. En cierta medida somos hijos suyos.

Con el tiempo yo abandoné esa rutina, por que las posibilidades de acabar en la modelo fueron aumentando a medida que fueron subiendo el tono de nuestros “negocios”. Había acabado el instituto, como casi todos en el barrio, porque nunca fue un impedimento para el desarrollo de mi carrera en la calle. Es más, en cierta medida, el instituto era la posibilidad de acceder a un mercado potencial de compradores de mercancías de todo tipo por un lado y por el otro nunca supuso un problema para mí ir pasando de curso. Es más, había asignaturas que disfrutaba, como la literatura o la historia, que para mí siempre habían sido muy atractivas. Pero llegado un momento, las cosas se me empezaron a ir de las manos y empecé a vislumbrar la posibilidad real de acabar entre rejas. Los secretas se nos echaban encima y pasé un par de noches en el calabozo. Mi padre venía a buscarme, nunca estuve a punto de pringar realmente, pero me sentí escarmentado pensando que si los sótanos de una comisaria eran así, no quería pensar en cómo sería la cárcel. Me llevó a trabajar con él a la obra por un par de años, pero el sueldo era demasiado pequeño para tamaño esfuerzo y yo tenía la corazonada de que estaba predestinado a un futuro mejor que el suyo. Me busqué un trabajo que no requiriera de demasiado esfuerzo y empecé a estudiar en la universidad. En realidad, no necesitaba mucho dinero. Total vivía con mis padres, así que no había problema ninguno en ese sentido. Siempre he pensado que la vida que más me gusta es la de delincuente pero que es más seguro llevarla a cabo mediante alguna tapadera y de forma discreta, aunque no reporte tantos beneficios con tan poco esfuerzo ni tan rápidos. Por eso me hice detective privado, para poder seguir en la calle, dedicándome a los trapicheos y las miserias de los demás en la medida de lo posible y evitar el riesgo, o reducirlo, de salir malparado.

Pero todo esto se me olvidó cuando lo vi. Alardeaba del metro noventa y uno, aunque cuando hablaba de su peso no estaba tan contento; tenía una barriga pronunciada, fruto del sedentarismo y de la buena vida. Era un gourmet excelente, sobre todo con los pescados y el vino blanco. Tenía la cabeza pequeña en comparación con el cuerpo. Dos ojos oscuros , vivarachos, redondos y saltones inauguraban una frente amplia, despejada, que coronaba una cabeza, morena, afeitada por completo. El resto de la cara era redonda, nariz pequeña, boca pequeña y dientes blancos, sobre un cuello largo, y unos hombros anchos fruto de su propia naturaleza física y la práctica del baloncesto donde en tiempos fue el terror en la pintura.

LLevaba bambas de color plateado con el logo de Nike en negro y unos pantalones anchos y grises marca Quicksilver. Sobre los pantalones un

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polar de color azul oscuro marca North Face. Tenía los brazos abiertos en horizontal y los iba echando para atrás a medida que explicaba.

“queréis que os lo explique pues lo explico, -les decía a unos chavales que lo miraban con los ojos medio cerrados mientras se fumaban un porro- Habíamos ido a cenar langosta a un restaurante del puerto olímpico, y ahí ya nos habíamos triscado cinco botellas de viña esmeralda. Después fuimos a uno de los chiringuitos de por ahí y nos tomamos unas copas de cardhu. Total que eran las cuatro de la mañana y llevábamos una castaña del copón. Y en esas que dice el ñeta: ¿vamos al Riviera?. Vamos vamos, decía el suru.

Los chavales rompieron a reir, dándose codazos unos a otros. -¿ fuisteis o no? Dijo uno de los chicos, mientras tiraba el humo

-Que va. Primero se encabronaron con ir a comprar farlopa ahí al puerto y luego en robar un coche para ir pa’lla. Yo en un momento estaba hasta los huevos de dar vueltas me pillé un taxi y me fui pa’l barrio.

- ¿Y ellos?

-Ellos tampoco. Hoy me han llamado desde el cuartelillo para pedirme el teléfono del abogado de mi primo. Menudos capullos. Por meterse un poco de esa mierda y unas fulanas no hace falta meterse en esos líos. Yo, si quiero echar un polvo no tengo más que enviar en un mensaje y tengo la que quiera ¡y gratis colega! -Decía señalando su propio teléfono móvil.

Al percibir que alguien se acercaba el cubano se giró en redondo

-me vas a decir que nunca has ido de putas, ¿no? Le dije mientras abría los brazos para darle un abrazo.

-hombre primo ¿que pasa? ¡Hoy estaba pensando en ti!

-¡que pasa, Cubano! Yo también he estado pensando en ti.

Nos abrazamos un momento dándonos palmadas en la espalda. Estaba claro que mi amigo se alegraba por verme, pero esta noche me iba a tener que poner hielo en la espalda.

¿Qué haces por aquí, nen? Hizo chasquear los dedos, señalando a los que estaban sentados en el banco-eh vosotros, panda de julais, arreando que ha venido mi primo y se quiere sentar.

-naaa, no importa, estoy bien de pie, le dije por que la situación me resultaba incómoda. No en vano, está bien, era de los viejos del lugar pero tampoco había que abusar y no me importaba estar de un pie un ratito más.

-pues a mí si, me dijo el cubano. –venga, arreando-

Los chavales se levantaron murmurando de forma sarcástica que estaban encantados...y se fueron marchando hacia la parte inferior del parque donde al abrigo de un muro podían quedarse tranquilamente las horas que hicieran falta.

-¡y trademe vuestro dinero, mariconas! Les dijo mientras se alejaban -veo que ya eres el dueño del barrio, le dije sonriendo.
-de éste y de todos- me dijo poniendo voz socarrona.

-¿cómo estás, tío?, le pregunté, mientras nos sentábamos en el banco -de puta madre, nen. ¿Sabes que mi hermana ya ha tenido el crío?

-ah ¿si?, ¡enhorabuena! ¿Un chavalito verdad?, dije mientras sonreía de felicidad

-si, una pichica. Le han puesto Roberto como al capullo de mi cuñado. -Roberto no es mal nombre, no te quejes. ¿Y tus viejos?
-bien, con sus achaques como siempre. -¿Tienes tabaco, primo?
- si, toma.- Saqué un pitillo del paquete y se lo alargué

El cubano sacó un papel, rompió el cigarrillo por la punta arrancando tres cuartas partes y dejando el filtro con un trozo de tabaco que se llevó a la oreja. Luego volcó el contenido y puso un pedrusco de hachis encima y después lo quemó con el mechero. Cuando la china empezó a hervir, dejó de quemar y mezcló el hachis con el tabaco. Lo tiró sobre el papel y con el filtro a modo de boquilla se acabó de liar un porro, que si no fuera porque el papel era muy finito y transparentaba, bien podría haber sido un cigarrillo más entre los millones que hay metidos en paquetes. Prendió el porro y una vaharada de hachis me inundó tirándome para atrás.

-¡joder, colega como te pasas!

-cómo me paso con qué? ¡Ah, el porro!-Dijo levantando el cohete entre los dedos- ¿te has vuelto delicado? Desde que te empezaste a juntar con esa panda de universitarios cada vez eres más gay. Anda toma fuma un poco y déjate de tonterías... y me alargó el peta.

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Yo lo cogí con delicadeza puesto que tamaña obra de arte merecía un respeto- como te lo curras, nen- recuerdo haberle dicho, y empecé a fumar.

No quiero engañar a nadie con esta perorata porque yo soy un fumeta de la ostia. Desde que tengo uso de razón fumo porros. Eran las ostias de la religión del barrio. De hecho, casi era lo más saludable que podíamos hacer, fumar porros. Así que no me quejaba del hecho de que mi amigo se pusiera a fumar sino que le ponía tanto hachis que era demasiado fuerte para mí. Es verdad, con el paso del tiempo mi consumo se había ido relajando pero es que con esas cantidades no dan ganas de hacer nada. En algún momento me di cuenta que el hachis o la hierba, no importaba para el caso, eran unos asesinos de la voluntad y que si uno quería atender a sus cosas, como por ejemplo estudiar para un examen, más valía no estar demasiado fumado por que si no acababas por no hacer nada más que mirar la tele, pasar el rato leyendo, o estar en el parque. No obstante, a un ofrecimiento así no se le hacían ascos y por lo tanto me dispuse a disfrutar de uno de los mejores chocolates de la ciudad en una cantidad brutal. Lo siguiente que pasó no merece ser transcrito más que nada por que no recuerdo mucho. El Cubano y yo hacía unos meses que no nos habíamos visto y teníamos cosas que contarnos. El estadio de sus negocios-las cosas no me van mal- las familias, el baloncesto, las carreras de coches, el eterno debato que si Pedrosa, que si Rossi que si Lorenzo... nuevos raperos y antiguos y el tema de conversación por excelencia de un tiempo a esta parte: la gente del barrio y lo mal que han acabado la mayoría...como si nosotros fuéramos unos triunfadores. Por lo menos, el cubano lo sentía así. No estábamos en la cárcel, no nos habíamos matado  con el coche, ni nos habíamos convertidos en yonquis. Lo dicho, unos triunfadores.

Pasadas un par de horas me levanté del banco. ¿Te vienes al Carmelo?, le dije, Te llevo en el carro. El Cubano se levantó y dijo- no puedo primo, me tengo que pirar a hacer una cosa, -se metió la mano en los bolsillos-, pero ¿por qué no te vienes?

Dudé por un momento. Ir con él a hacer un recado lo mismo podían ser cinco minutos que cinco horas, dependiendo de cómo fueran las cosas, la cantidad de gente que nos encontráramos... En fin, toda una amalgama de posibilidades cuyo resultado final era siempre acabar tarde.

-¿Vamos a cenar arroz a la Barceloneta?- Le dije como lanzándole un reto a sabiendas de que diría que no.

-Si quieres si, me dijo el cubano.

Miré el reloj, en realidad era temprano. No me creía nada. No sería la primera vez que me lleva de gira y luego nada de cenar o como mucho, un mcdonals o alguna basura parecida. Comida de fumeta con la que, a estas alturas del partido, ya casi no comulgo. Tengo una figura que mantener.

-¿dónde vamos? le dije. Y empecé a subir la escalera de madera en dirección a mi coche, un destartalado polo color negro. El cubano iba detrás. Nos subimos. Encendí el motor y arranqué con el consabido comentario del cubano de que no cuidaba el coche lo suficiente y que me pagaba 500 pavos por él, por que él si que sabría cuidarlo. Él siempre tenía que ganar.

-¿por dónde vamos? Le dije mientras sacaba el coche de la cera y enfilaba por la calle Taxdirt hacia la esquina de Marina.

Primero vamos a casa que tengo que coger una cosa, dijo el cubano mientras se encendía un cigarrillo. Puso música en la radio del coche. Un antiguo Cd que tenía de Ojos de Brujo.

Al sentir el olor a tabaco, no me pude aguantar, siempre me hacía lo mismo.

-¿pero no decías que no tenías tabaco?

Yooo...me dijo como si la cosa no fuera con él. Yo te he preguntado si tenías tú...y se empezó a reir de lo ingenuo que era.

Sentí un fuerte impulso de sacarlo del coche a patadas en el culo. Pero la desfachatez del cubano no era nueva para mí y de todos modos no tenía ganas de discutir, necesitaba su ayuda. Respiré profundo- ¿ y qué vamos a hacer?-

-vamos a ver a un tipo que me debe pasta
-ajá- le dije temiéndome la encerrona. ¿cuánta?

-tres mil, pero no hay problema tranqui. Es un momento, me da la gallina y nos vamos.

-tranqui...ya veremos. Musité por lo bajo.

El Cubano se bajó en su casa, en la calle Llorens i Barba en la esquina con Lepanto. Lo esperé diez minutos más o menos. Mientras lo esperaba, no pude dejar de pensar que una de las posibilidades que se barajan en el multigama de posibilidades de ir con el cubano a cualquier lado es la

encerrona. Las hay de varios tipos pero casi siempre son las mismas. O pinta quedarse en la casa del sujeto durante un buen rato para mantener las formas de cortesía propio del buen comerciante o bien pintaba que todo estaba mal y la cosa se ponía violenta. Está vez, no sé por qué, tuve la sensación de que íbamos a salir a tortas del asunto.

Tampoco tuve demasiado tiempo para abandonarme a esos pensamientos ya que en aquel momento, mi amigo apareció en el portal y se subió al coche de nuevo. Volví a arrancar y empecé a enfilar por Lepanto hacia abajo.

-Y ahora, hacia donde quiere ir el señor- le dije con sorna indisimulada-

Por Industria y luego Navas para abajo- me dijo mientras miraba por la ventanilla, supongo que tratando de encontrar a alguien conocido. Para él era muy reconfortante encontrarse con la gente del barrio. Para mí sólo era una pérdida de tiempo, una manera de dilatar lo que tuviera que hacer. Si los iba a ver más tarde, a lo sumo mañana, para qué pararse a saludar ahora. Afortunadamente, a esas horas estaba todo bastante desierto, por lo menos de gente conocida. Aún así, pasada la manzana de Lepanto con travessera de gràcia sabía que ya no íbamos a encontrar a nadie y me relajé un poco. Quería acabar con aquello e irme a cenar cuanto antes mejor. Desde los fideos y la sopa en el chino no había comido nada y empezaba a tener un poco de bajón de todos los canutos que nos habíamos fumado con él y las cañas que me había tomado con Mariona.

Cuando estábamos por llegar a Navas de Tolosa empezó a sonar una cantinela que me era desconocida pero que salía del bolsillo de michaqueta. Era el teléfono de Teresa Sánchez. Le dije al cubano que lo sacara de mi chaqueta.

Se retorció en su enormidad mientras me decía si no me podía esperar a parar y cogerlo yo mismo, que ya llegábamos. Al final, optó por pasarme el abrigo entero y decirme que le daba pudor meter la mano en los bolsillo de una chaqueta que no era suya. Menuda jeta, pensé. Metí la mano en el bolsillo de la izquierda y resultó que estaba vacía. Me puse a cagarme en la virgen y a decirle que no me tocara más las huevos y que sacara el puto teléfono del bolsillo sin importar lo que encontrara. -Bueno, tranqui, no te alteres- me dijo con parsimonia.

–¿éste es tu móvil?- me preguntó sorprendido cuando lo sacó de la chaqueta-

-de una clienta- le respondí. Es robado, ¿sabes quién puede venderlos? -creo que sí, tendría que hacer un par de llamadas.
- ¿por qué no las haces ahora ya que estamos? Le dije ácidamente.
-Es que no tengo saldo en el móvil primo, luego si eso recargo y las hago.

Se hizo un momento de silencio. Tranquilo, tranquilo, me iba diciendo yo- respira-es aquí, dijo el cubano de repente- aparqué el coche en una zona de carga y descarga con la esperanza que la cita fuera corta y nos fuéramos pronto. Antes de bajar del coche cogí el teléfono de Teresa Sánchez, la musiquita que había sonado correspondía a la recepción de un mensaje. Había llegado a las 23:03 de la noche, no parecía haberlo enviado nadie, por que en el lugar del remitente ponía “sin número”. El texto decía: No te saldrás con la tuya. Le pasé el teléfono al cubano para  que le diera un vistazo al mensaje. Me lo devolvió sin decir nada. Nos bajamos del coche, habíamos llegado al lugar del recado.

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