El Despacho

Hacía dos semanas que había abierto el chiringuito de investigación y todavía no había venido nadie a contratar mis servicios. A decir verdad, eso no era completamente cierto porque al cabo de tres días vino un señor con la idea peregrina de que encontrara a su perro extraviado. Yo, como había visto muchas películas, le dije que no, puesto que tenía la esperanza de que alguien me encomendara un caso de verdad, no sé, un crimen o una estafa. Era unos cuantos trabajos más joven e ingenuo que ahora, que ya me he retirado, y he decidido, no sin antes haber consultado a mi abogado, dejar una suerte de legado, de mi actividad en el oficio, con la esperanza de que quien pudiera llega a leer estas líneas sepa comprender las vicisitudes con las que se tiene que encontrar un habitante de esta profesión en la que, como se dice en la calle, la necesidad tiene cara de hereje, o dicho de otra forma, alguien tiene que sacar la basura antes de que llegue el camión para que no se acumule en casa. Algunos lo hacen solos, otros contratan a alguien para que lo hagan. Yo siempre fui de los primeros con mis propios asuntos y de los segundos con los asuntos de los demás

Pero volvamos a lo que de verdad interesa. No tenía ningún trabajo, nadie me quería contratar, con la excepción del caso del perro extraviado que era un reto al que no me quería enfrentar todavía. Tenía ganas de que contaran con mis servicios, como decía, aunque no sabía porque nadie debiera hacer eso. Ciertamente, era un recién llegado al oficio y nunca tuve demasiada buena prensa, por no decir ninguna; nunca fui un ex agente de la CIA, ni tuve conexión alguna con el gobierno, ni con éste ni con ninguno, y ni siquiera fui un ex- policía al servicio de la justicia con un pasado algo turbio, si bien con los años y en el desarrollo de mi profesión he conocido gente de todos lados, no quiero engañar a nadie.

En esa época, tenía un despacho ubicado en la calle Trafalgar, cerca de Arco de Triunfo. Me lo había prestado un amigo abogado que había medrado en su profesión representando a chorizos. Por lo que se ve, los ladronzuelos de la zona se le habían quedado pequeños y se había trasladado hacia una parte más alta de la ciudad al calor de delitos de más alta alcurnia y mejores botines. El despacho era cutre pero por el momento no tenía otra cosa y por lo menos sólo me tenía que ocupar de las facturas, lo cual en los tiempos que corrían, de crisis incipiente, no dejaba de ser una ganga espectacular. Estaba en uno de esos edificios que colindan entre el eixample y el barrio de Santa Caterina, uno de los pocos lugares que aún conservaban en aquel momento algo del encanto de aquella Barcelona romántica, aquella anterior al diseño, un punto provinciana, un punto espontánea pero por encima de todas las cosas mucho más flexible y terriblemente arrebatadora y cálida.

Los únicos utensilios del despacho que se encontraban a la vista eran una mesa, dos sillas y un ordenador. La única licencia a la decoración era el título de criminólogo por la Universidad de Barcelona, y el código deontológico que me dieron en el colegio de detectives de Barcelona. La verdad es que el resto de diplomas siempre los guardé en casa. Tenía la certeza que mis conocimientos de cine o de ópera, por decir algo, adquiridos en cursos gratuitos no iban a ser del interés de la gente que pudiera visitar mi humilde morada. Por otro lado, tampoco me agradaba la idea de hacer ostentación de ninguno de ellos no fuera que en vez de un caso detectivesco me ofrecieran hacer de dama de compañía en galas operísticas o culturales en general. Siempre he tenido una inclinación natural hacia la prostitución de mis servicios pero mis preferencias iban en otro sentido. En cualquier caso, algo tenía que poner. A la gente de esta ciudad le gusta que quien le atiende esté súperpreparado y las paredes eran demasiado blancas. Había pensado algunas veces en llenarlas con algunas reproducciones de cuadros para hacerlo un poco más acogedor pero esa fue una de esas cosas para las que nunca tuve tiempo, a pesar de no tener ningún trabajo en la cartera, ya que prefería mirar frikadas en mi ordenador barato conectado a una conexión que le robaba al vecino. Me daba igual ocho que ochenta y así me iba.

Como no tenía secretaria, tenía un sistema para saber si me estaban llamando puesto que los timbres del resto de los pisos se confundían con el mío y no hay nada más desesperante, para alguien que espera que lo llamen, que abrir una puerta y no encontrar a nadie, cosa que me ocurrió en varias ocasiones. Era un dispositivo ubicado junto a la pila del timbre de tal modo que cuando lo tocaban se iluminaba una luz de color amarillo chillón que se encontraba junto al ordenador. No paraba de mirarlo a cada momento con la esperanza vaga de que se iluminara, hasta que un día lo hizo. Mientras caminaba hacia la puerta de entrada no podía dejar de pensar en la fuerza de la voluntad como motor de la realidad de cada uno.

No sé exactamente que esperaba pero desde luego que semejante mujer, no. Debía tener alrededor de cincuenta años pero la verdad es que se conservaba de una forma espectacular. Debía medir alrededor de metro

setenta, pelirroja, sus pechos, presuntamente firmes, asomaban por encima del escote de su vestido negro entallado. Llevaba unas gafas de sol enormes que le tapaban toda la cara. Estaba mirando un papel que llevaba en las manos. Cuando abrí, levantó la vista del papel.

-El señor... Jordi Arados. Dijo con voz firme mientras se quitaba las gafas de sol y dejaba al descubierto unos ojos grises de mirada decidida.
-El mismo señora, ¿qué desea?
-¿es usted?

Me hizo dudar, por un momento.
-eso dice en mi carnet de identidad. Sonreí -Ah, en ese caso, Vengo hacerle un encargo...

Abrí la puerta de par en par y la dejé pasar primero para poder admirar ese cuerpo terso y voluptuoso del que la mujer parecía poseer con todas sus consecuencias. Atravesó el oscuro pasillo que separaba la puerta de la entrada de la estancia un poco más grande que yo osaba llamar despacho. Se quedó de pie, como esperando a que la invitara a tomar asiento.

-Parece todo un poco pobre, ¿no?- dijo mientras observaba con detenimiento el código deontológico colgado sobre una de las paredes. -Es que me acabo de instalar y he estado ocupado, siéntese por favor- Le hice un seña con la mano indicándole la silla.

-Gracias- respondió serena. Debo decirle que me lo imaginaba de otra manera. Con otra vestimenta más elegante...
acaté la puya con mi mejor cara. Yo iba vestido con una camiseta de color negro con el logo de Superman en rojo y unos pantalones tejanos. Ya estábamos con el cuento de las apariencias, nunca supe que tenía de malo llevar camisetas y pantalones tejanos.
-es que estoy de incógnito- le respondí mientras alcazaba mi silla al otro lado del escritorio.

Ella se sentó con la espalda muy derecha y las manos muy juntas bajo las cuales asomaba un bolso de marca. Observé con detenimiento el rostro de la mujer que tenía delante. Parecía una mujer resuelta, con una firme determinación, pero también parecía abstraída por algo que yo estaba lejos de adivinar.

Debo decir que a primera vista era un tipo de mujer por la que hubiera perdido la cabeza: hermosa, segura de si misma, presuntamente culta y adinerada. Una mujer para compartir desde los placeres más sofisticados hasta las perversiones más endemoniadas.

Yo estaba sentado en la silla, con las manos entrelazadas, con los dedos índices apoyados sobre la nariz, intentando escudriñar qué era lo que aquella mujer me vendría a decir. ¿perro o marido? ¿ambos? Estaba intrigado, pero sobre todas las cosas sentía curiosidad por cómo había venido a parar allí. Después de unos segundos donde creo que los dos nos medimos con la mirada, me aventuré a tomar la iniciativa. Pensaba que eso era lo que los detectives hacían.

-Dígame señora...¿en qué puedo ayudarla?

Ella levantó la mirada, y unos ojos acuosos se posaron sobre los míos. Por un instante percibí que el disfraz de mujer resuelta y autosuficiente se desmoronaba.

-discúlpeme, dijo, -no me he presentado-

La compostura de mujer arrolladora se recompuso en apenas un segundo. Alargó una mano delicada que fue a estrechar la mía.

-Teresa Sánchez.
-Teresa-paladeé el nombre.-¿Puedo tutearla?-
- Mejor dejémoslo así, la confianza hay que ganársela.- La señora era muy directa, eso no se podía negar.
-Está bien, señora Sánchez, ¿cómo me ha encontrado?
-Por un amigo mío. Vino hace unas semanas para que encontrara a su perro que se había perdido. Dijo que Ud. rechazó hacerse cargo de su caso pero que le pareció una persona honesta.
-si algo se aprende en esta profesión es que las apariencias engañan, señora, además no me pareció justo cobrarle por una cosa así, ¿Apareció el perro?
-Sí, estaba en casa de un vecino viviendo una aventura con su perra. -Normalmente -dije- estas cosas son lo más común. Sobre todo entre los machos. Hay muchas mujeres que acuden a detectives privados para que encuentren a sus maridos. Hombres que de un día para el otro, hacen sus maletas, dejan notas de que se han ido a la china y desaparecen del mapa. Normalmente resultan estar con sus amantes un par de esquinas más allá. Al final, la explicación más fácil también resulta ser la verdadera. -La explicación, dijo con aire resuelto y mirándome directamente a la cara, es que los hombres y los perros están hechos de la misma pasta. No importa lo que una se esfuerce, cuando les llega el celo siempre se escapan a por una perra nueva.

-Una observación interesante. Veo que no lleva anillo de casada...dije con malicia. Ella se encorvó ligeramente en la silla, bajó los ojos y dijo mirándose las manos
-Lo estuve...hasta hace poco.

-¿Y qué pasó? ¿Se marchó con otra cuando le vino el celo?
-No... estaba deprimido. Se suicidó. Dijo con voz rota.
-Lo lamento, le doy mi pésame.
-Gracias, se lo agradezco, pero –dijo poniendo la espalda derecha sobre el respaldo de la silla de nuevo- no he venido hasta aquí para hablar de mi marido, sino de otra cosa que me preocupa más.

Me eché para atrás en mi silla de segunda mano y los muelles rechinaron. Intenté camuflarlo con una tos ficticia pero no pareció que la impresión de pobreza que transmitía todo el despacho le importara demasiado, así que decidí dejarme de cortesías innecesarias e ir al grano.

-Y bien, ¿cuál es el problema?
-Hace una semana, encontré un teléfono en un taxi. Cuando lo vi, pensé en dárselo al taxista por si alguien lo reclamaba pero como me hizo gracia decidí que me lo iba a quedar. Al llegar a casa, empecé a curiosearlo y para sorpresa mía descubrí que estaba lleno de fotos mías, en diversos lugares de la ciudad y diversas situaciones. Cómo comprenderá quedé consternada. Pero eso no fue todo, porque al cabo de unos minutos recibí un mensaje dirigido a mí en tono amenazante. Al principio, pensé que se trataba de una broma de algún amigo o conocido pero con el paso de los días me han seguido llegando mensajes y, como comprenderá empecé a preguntarme si mi integridad física estaría corriendo algún tipo de peligro.

-¿Debería? Dije intrigado
-En principio no – respondió ella – pero tenga en cuenta que ninguno de mis conocidos afirma haber estado gastándome alguna broma y con el paso de los días empiezo a tener la impresión que esas amenazas van en serio.
-Y quiere que encuentre a la persona que lo está llevando a cabo. -Efectivamente. Veo que es Ud. rápido llegando a conclusiones señor Arados. Espero que sea tan eficiente como perspicaz.
-Eso espero yo también. ¿Trae el teléfono?

Empezó a rebuscar en el bolso de forma compulsiva. Su angustia parecía genuína como si, por primera vez en la vida, no tuviera la impresión de tener la sartén por el mango. Sacó el teléfono y me lo acercó.

Yo me limité a incorporarme hacia delante y a dejarlo sobre la mesa delante mío.

-¿Hay alguien que estuviera interesado en darle algún susto?
-No lo creo. No es que sea una persona de esas que sólo tiene amigos pero tampoco tengo enemigos así que no se me acurre quién podría estar detrás de estas amenazas tan terribles.
-Dígame, Teresa, ¿a qué se dedica?
-Diseño joyas y doy clases de diseño en la Massana.
-¿Y tiene éxito?
-Bueno, las cosas no me van mal, aunque no he recibido nunca ninguna cuota de fama, si es a lo que se refiere.

-Y, ¿en la escuela? ¿Algún alumno desdeñado? Ya sabe que los chicos son capaces de cualquier cosa si no creen que sus conocimientos se adecúan a sus notas...
-Si, lo había pensado, pero en los últimos años no he tenido ningún problema con nadie. De hecho, los alumnos son cada vez más dóciles y no veo que pudieran ser capaces de algo tan terrible.

-Bien. Dije simulando seguridad en mí mismo. ¿Dónde vive?
-En la Diagonal Mar. Me mudé hace poco desde mi piso de calle Balmes. Me gustan las vistas al mar y me parece mejor comunicado. Allí arriba está una muy sola. En cambio en esta parte de la ciudad está todo más por la mano, ¿no le parece? Dijo sonriendo por primera vez. Volvió a meter la mano en el bolso y sacó una tarjeta.
-Aquí está mi dirección y mi número de teléfono por si lo necesita. Por supuesto que quiero que encuentre a la persona responsable de esto y que la persuada de que abandone este juego macabro.

La resolución con la que pronunció estas palabras me hizo pensar que la señora Teresa Sánchez quería de verdad ponerle coto a esas amenazas y que de ninguna manera iba a reparar en gastos, cosa que a mí me venía la mar de bien, porque no sabía si los distintos acreedores que tenía en aquel momento iban a encajar muy bien el impago de mis facturas a las primeras de cambio.

-Bien, -dije mientras jugaba con un lápiz, haciéndolo girar sobre mis dedos-. Sepa que las gestiones que yo pueda realizar no van a ser baratas precisamente. Un detective privado tiene muchas variables que contemplar y normalmente esas variables cuestan dinero...

Ella hizo un gesto con la mano para que me callara.

-Eso no es asunto mío señor Arados. Limítese a encontrar a la persona que está detrás de todo esto y luego páseme la factura. No sé si se ha dado cuenta ya que el dinero no supone ningún problema para mí. No soy de esas personas que creen que su globo se va a desinflar por soltar un poco de aire, así que me gustaría que no se volviera a hablar más del tema.

-Bueno no se enfade -dije con ademán conciliador- me pondré en marcha en seguida. En cuanto sepa algo se lo comunicaré enseguida.
-Bien, dijo ella levantándose de la silla. Espero sus noticias. Adiós señor Arados.

Y, otra vez aquella mano delicada estrechando la mía y aquellos ojos frágiles pero arrebatadores sobre los míos. La puerta se cerró y de repente se hizo el silencio. El estruendo de los coches en la confluencia de la calle Trafalgar y paseo San Juan me resultaban más ajenos que nunca. Por fin tenía un caso y una mujer hermosa. ¿Se podía pedir más?

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