El "recado"

Estábamos en el Clot, para ser exactos, en la confluencia de la calle Mallorca con Navas de Tolosa. El cubano parecía completamente tranquilo cuando se bajó del coche. Nos dirigimos hacia un patio interior que hay en la misma calle Mallorca, en dirección a la Meridiana. Por el camino, yo, que no las tenía todas conmigo, le iba preguntando cuánta gente esperábamos en el piso y a qué se dedicaban. Tres como mucho, me respondió, son estudiantes.

Su respuesta me dejó más tranquilo, si eran estudiantes, seguramente serían gente fácil de amedrentar así que suponía que las cosas no se iban a poner demasiado calentitas y en el caso que se pusieran podía casi descartar que tuvieran una cuota de malicia superior a la que teníamos nosotros.

Llamamos al timbre, nos atendió una voz de hombre joven que nos abrió la puerta de la calle para que pasáramos. En el ascensor, le empecé a poner en antecedentes de lo que estaba investigando. El cubano parecía prestar atención pero yo sabía que no debía estar escuchando gran cosa, que en realidad estaba en su mundo, contando los billetes que le tenían que dar y lo que haría si no se los daban.

Era el tercero segunda. Para llegar al piso, tuvimos que atravesar un pasillo enorme. El tercero segunda quedaba en un recodo del que se oía música heavy a todo trapo. No pude reconocer el grupo pero a medida que nos acercábamos se parecía mucho a Slayer aunque no estaba seguro, ya que nunca fui un entusiasta de esa música y hacía mucho que no escuchaba. Llamamos al timbre, me di cuenta que el cubano se ponía tenso debajo de la chaqueta. Nos abrió un tipo de alrededor de metro ochenta, complexión fuerte y algo pasado de quilos. Ojos azules y media melena algo grasa, nariz aguileña y amplia sonrisa. Debía tener alrededor de 25 años, no más. Llevaba un poncho de color claro. Parecía Jesucristo pero en versión fumeta. Una vaharada de hierba nos vino desde el interior del piso, nos abrió la puerta de par en par y pasamos para dentro. Este es mi primo le dijo al tipo que resultó llamarse Nacho y era estudiante de ciencias políticas, hijo de unos importantes políticos vascos, cosa de la que me enteré más tarde cuando me lo contó el cubano. Según Nacho, él era una especie de buscavidas en medio de la jungla de Barcelona que se dedicaba a tocar la guitarra en la calle. No sabía a que calle se refería, en la Barcelona de aquel entonces no era posible ponerse a tocar en la calle así sin más, estábamos en un momento de represión creativa. Un capullo integral. El comedor donde nos hizo pasar estaba sucio, muy a tono con la imagen de nuestro anfitrión. Sobre un sofá de tres plazas traído directamente de algún contenedor cercano, había dos personas más. Un chavalito, delgado y moreno de poco más de veinte años, que se hacía llamar Chino, de pelo largo y recio recogido en una coleta, y una mujer más o menos de la misma edad. Cabello castaño, corto, ojos color miel inyectados en sangre, un piercing en la nariz y un muy bonito cuerpo, reminiscente de algún pasado más o menos cercano relacionado con algún deporte. Natación, aventuré por la amplitud de espaldas de la chica. Se llamaba Marta, o algo parecido masculló cuando nos presentaron. Yo por mi parte no le di el nombre a nadie, el apodo de primo me venía la mar de bien, aunque tampoco me importaba demasiado.

Ver la lentitud de reflejos de la que hacían gala los ocupantes del piso, me relajó bastante. Nos sentamos en unas sillas frente al sofá donde fue a dar el culo del tal Nacho. A nuestra izquierda había un ventanal enorme desde el que veíamos a los vecinos del edifcio de enfrente. Unos estaban cenando y otros estaban mirando la televisión. Había unas cortinas pero estaban descorridas. Entre nuestros anfitriones y nosotros había una pequeña mesilla entre nosotros, de esas que venden en Ikea por diez euros o menos. Encima, un espectacular kit de fumeta full equip presidido por un bong del tamaño de una botella grande de coca-cola, completamente ennegrecido por el uso continuado durante vete a saber cuantas horas. Aquellos chicos no debían saber que el agua hay que cambiarla de vez en cuando para que en vez de ensuciarse más los pulmones se los limpie. Había también un poco de hierba. Unos cogollos en apariencia duros como piedras de color verde casi fosforescente. El cubano cogió uno, lo empezó a ojear. –puedo hacerme un peta?- le dijo a su cliente- por supuesto le dijo Nacho mientras bajaba el volumen de la música con un mando que tenía en el sofá y se afanaba a coger su guitarra y a hacernos partícipes de sus últimas creaciones. Ford Farleine, el detective rockanrolero diría “ he oído gatos follando con más oído que este tío” razón no le faltaría. Yo además añadiría que el tipo tenía una cuota de autoestima que no se correspondía en absoluto con su talento. El porro que se estaba haciendo mi amigo empezó a sacar humo y de nuevo un intenso olor a marihuana empezó a apoderarse del salón y por añadidura de nosotros. –está muy buena- dijo el cubano, a lo que Nacho puso fin a su la demostración de mal gusto musical, para decirnos entre risas mirando hacia los dos y en concreto a ninguna parte, que si, que estaba muy buena y que había comprado algo más de medio kilo para vender. El cubano le preguntó si tenía su dinero y la imitación barata del Big lebowski le dijo que no, pero que no se preocupara que tendría el dinero enseguida y le dijo, entre risas, que sólo pensaba en el dinero. Mi amigo se revolvió en la silla, se levantó y dijo –¿no os molesta que os vean los vecinos? –ehh- dijeron los otros dos a la vez- pero el cubano ya se había levantado y había corrido las cortinas. Acto seguido se dirigió de nuevo hacia nostros, cogió el bong de encima de la mesa y se lo estampó en la cara a Nacho, que empezó a gritar que es lo que haces, que es lo que haces. Un reguero de agua sucia y cristales se esparció por el sofá. Me pareció escuchar que usaba la misma voz para gritar que para cantar, debía ser de registro único, pensé para mis adentros. ¡Cómo sigas gritando te mato, me oyes te mato! Le decía el cubano en voz bajita con su cara muy pegada a la suya. En estas que el piojo salió de su sopor e intentó separar al cubano de su amigo poniendo los brazos por delante. Yo, me levanté de un salto de la silla y le dije, mientras le agarraba de los hombros que si quería salir de esa con la dentadura completa sería mejor que se quedara tranquilito en su sofá disfrutando de la compañía y bien calladito si era posible. Por suerte, me hizo caso. No estaba seguro de poder cumplir mi promesa. En el otro lado del sofá, el cubano seguía dándole puñetazos a su deudor, ya que el bong se había hecho trizas y se había cortado la mano. –y por tu culpa me he cortado, hijoputa, -le decía- dónde está mi dinero, dónde está mi dinero-le repetía una y otra vez. Después de haberlo zurrado a base de bien, el cubano decidió dejar a su víctima de nuevo en el sofá. Se sentó en la silla otra vez-hablemos, le dijo- pero si estoy sangrando, le replicó el dueño del piso. Le señaló el poncho- Te limpias con el babero, no seas nena- fue toda respuesta del cubano. El tipo estaba sangrando como un cerdo por casi todos los orificios que tenemos en la cabeza y alguno más que le había salido de repente. Tenía la nariz hinchada, los ojos hinchados y se empezaba a percibir distintos moratones y cortes distribuidos por todo el careto. Incluso el pelo, se había tenido de oscuro seguramente a causa de algún corte en la cabeza. – cuanto dinero tienes- le dijo el Cubano-El amasijo sangrante le respondió que seiscientos, cosa que a mi amigo no le satisfizo en absoluto ya que se volvió a levantar para seguir ablandando a nuestro anfitrión. Los otros dos se habían quedado de piedra. El tal Nacho, al verlo venir de nuevo, le dijo poniendo las dos manos delante de la cara –perdona, perdona, tengo mil- El cubano, al percibir la posibilidad de llegar a un entente se volvió a sentar en la silla y entonces fue que me dijo, acompaña al fideo a por la pasta y que te traiga la hierba también. Fuimos por un pasillo hasta una habitación que olía a suciedad, con unas sábanas sobre una cama doble que tenían aspecto de haber estado allí desde antes de las olimpiadas del 92. Había un ordenador personal sobre un escritorio junto con un póster de Bob Marley y un armario andrajoso que parecía proceder del mismo contenedor que el sofá que había en el salón. Del armario, el fideo sacó un sobre con dinero que me afané a contar así como por encima. Era un buen amasijo de billetes de 50 y de 20. En una caja de zapatos que sacó de debajo de la cama, había una bolsa precintada con una cantidad considerable de hierba. Supuestamente su hierba, que iba a pasar a ser la nuestra, o más bien, a ser del cubano. Cuando llegamos, el cubano le estaba diciendo a Nacho que la culpa era suya por ponerse a cantar, que esas cosas no se hacían por que él entendía que se estaba riendo de él a lo que el anfitrión apenas respondía con monosílabos al otro lado del poncho ensangrentado que le cubría toda la cara. La chica, por su parte, se había quedado perpleja en el medio del sofá aunque hay que decir que de los tres que había en el piso cuando entramos era la que mejor se estaba manejando. Había comprendido que lo mejor en esos casos es no meterse y estarse bien calladito. El cubano me dijo que estaba cuidando de Nacho que si le hacía el favor de pesarle el material con la balanza que había tenido a bien de traer. A mi casi me da un ataque de risa cuando lo escuché por que tuve la sensación de que desde que salimos del parque ya sabía que iba a pasar, pero me apresté a hacer lo que me dijo, más que nada por que habíamos montado un escandalo considerable y en esos edificios todas las paredes tenían orejas. –medio kilo- le dije, pues ya está me respondió él levantándose de la silla. Nos vamos. Nos pusimos las chaquetas de nuevo, e hicimos levantar al anfitrión para que nos acompañara. Harías bien en no acercarte a gentuza como esta, le dijo el cubano a la chica que apenas pudo articular un si, mientras salía de una realidad que sólo le era propia a ella misma. –tómatelo como una lección, le dijo el cubano en la puerta al tal Nacho,-con en dinero de los demás no se juega, -si, decía el anfitrión entre sollozos. Luego la puerta se cerró. Bajamos las escaleras en completo silencio, mas bien ligeros, sin correr pero dándonos cierta prisa. Salimos a la calle, parecía despejada, apenas habían coches. Con un poco de suerte nadie habría llamado a la policía. Estoy seguro que no sería la primera vez que le daban algún escarmiento al gilipollas ese, los vecinos ya debían estar acostumbrados.

Ya en el coche, encendí el motor y bajé por Navas de tolosa hasta la Guipúzcoa con la idea de bajar Sardenya hasta el mar en dirección a nuestra cena. Pero con el cubano a los mandos de las operaciones, nada resulta sencillo y estaba claro que habría que dar alguna vuelta más antes de cenar nada. –hay que ir pa’l barrio- me dijo, -no voy a ir con esto encima- algo de razón tenía, la bolsa de maría exhalaba un olor que inundaba todo el coche. –y en el carro no la voy a dejar- sabia decisión por su parte, pero inoportuna a los efectos de saciar mi hambre. Así que en un pis pas habíamos vuelto al barrio. El decidió subir a su casa a dejar el matute, la balanza y el dinero y bajó al cabo de un rato con la mano vendada. Me he cortado machacando al hijoputa ese, creo recordar que dijo mientras se la miraba . Me dio un par de porro de marihuana –por las molestias, primo- creo que fue lo que me dijo. Yo lo miré sin decir nada, se podría haber estirado un poco más pero siempre había sido un tacaño.

Como habíamos vuelto al barrio ya no íbamos a ningún sitio más. Eran las reglas, o mejor dicho sus reglas, ya que el tipo tenía una especie de fobia a salir del lugar. una vez que llegamos al parque, llegamos al parque. No sé si me explico. Nos hicimos un canuto de exquisita hierba, empezamos a fumarlo tranquilamente, sentados en un banco de la parte que da a la calle Taxdir. Era algo más de media noche y sólo había un par de personas paseando a los perros. La noche era calma, algo fresca, pero era agradable estar allí disfrutando del ambiente nocturno, de la tranquilidad que se derivaba de la ausencia de coches y personas. Un lugar solitario rodeado de edificios atestados de gente.

-¿sabes una cosa? Me dijo el cubano, mientras miraba a los edificios de enfrente.

-dime, le respondí mientras soltaba el humo. -ese mensaje, el de tu clienta...
-qué le pasa...
-¿me lo vuelves a leer?

Con todo el subidón de adrenalina se me había olvidad el tema del teléfono. Lo volvía sacar de la chaqueta y busqué el aparato en mis bolsillos. Abrí el teléfono y leí el mensaje:

            -  no te saldrás con la tuya, le dije con la boca seca como un sello.

            -  ¿Quién coño dice esas cosas primo? Seguro que es algún pijo amigo de la fulana esa que te ha contratado que le quiere sacar la gallina.

            -  Seguramente, -le di un par de caladas al porro y se lo pasé- lo que no acabo de adivinar es por qué. ¿por qué no vamos a recargar el teléfono y haces esas llamadas?

            -  No hace falta me dijo el cubano, aún tengo un poco de saldo... Mientras sonreía se llevó el teléfono a la oreja. La conversación que tuvo duró apenas un minuto y no pude escucharla por que el cubano se alejó de mí mientras la mantenía. Cuando acabó se volvió a sentar en el banco y abriendo mucho los brazos para dejarlos descansar sobre el respaldo dijo “ahora viene Tony Tower”.

Teníamos un buen rato de espera por que para todas estas cosas siemprese espera. Nos hicimos otro porro. En la secuencia de sucesos que acontecieron entre que nos le fumamos y vino tony tower, sólo recuerdo que mi

amigo me dijo que el motivo por el que no tenía ni idea de tecnología era que no mostraba suficiente interés y cogiendo mi teléfono lo empezó a trastear pasando entre los diversos menús que tenía hasta llegar a la conclusión de que tenía la opción de grabar conversaciones que mantuviera con el teléfono y que también tenía la posibilidad de grabar mi propia voz como si fuera una especie de grabadora. Luego estuvimos haciendo algunas prácticas donde grabé unas cuantas apreciaciones del caso en el que estaba trabajando y me enseñó a escuchar lo que había grabado en el mismo teléfono. Nos reímos un rato con las chorradas que le habíamos dicho al aparatito.

Al final, a eso de las dos de la mañana apareció el famoso Tony Tower. Era un chaval, ocho o diez años más joven que nosotros. Espigado, nariz de boxeador, seguramente por algún ajuste de cuentas, y dientes negros. Renqueaba de la pierna derecha. Vestía un chándal azul, un sombrero de esos de pescador, estilo cypress hill que le tapaban los ojos. Llevaba una camiseta blanca debajo de la chaqueta del chándal, un medallón enorme con la silueta de Jesucristo atado a un súper cordón de oro y un par de anillacos, presuntamente de oro también, en cada una de las manos.

Nos saludó deslizando la mano entre las nuestras. Luego se sentó, sacó una papelina y se hizo una ralla en el espacio que quedaba entre mi primo y yo. -¿queréis? -Nos invitó. Yo paso de esa mierda, -le dijo- el cubano pero a mi primo le gusta poner la nariz. Hizo otra para mí y yo, que no sé decir que no, saqué un billete de cincuenta de mi bolsillo y me apresté a hacerme un rulo para un mejor consumo de la cocaína que me estaban poniendo delante. Nos metimos las rayas, luego vino un impás donde hablamos de lo bien que nos iba a todos, en especial a él, cosa que no nos creíamos ni borrachos. A Tony Tower yo casi no lo conocía pero mi amigo me había hablado alguna vez de él y parecía un chavalito con una infancia terrible y completamente perdido en el laberinto de la farlopa, envuelto en una espiral autodestructiva que sólo podía tener un final que suponíamos, por experiencias anteriores con otros tipos, le podía llegar en cualquier momento.

-Tony, mi primo quiere hablar contigo. Le dijo el cubano.
-Tony Tower está en la casa amigos. Dijo entrecruzando las mano como un rapero
Saqué el teléfono y se lo alargué- ¿sabes quién pudo vender este móvil?
Tony Tower dio un par de pasos para atrás- no serás de la madera verdad? Tony Tower no habla con maderos.
-que no, que es detective privado, coño, como en las pelis- le dijo mi amigo.
-no, no, no, Tony Tower se pira...dijo Tony Tower que hizo un ademán de irse hacia la escalera.
Me fui a interponer entre él y la escalera. Le dije, que era del barrio de toda la vida, que no era policía y que si me decía lo que necesitaba le daría el billete de cincuenta con el que me había visto meterme la raya. Tony volvió al banco donde hacía un par de minutos habíamos estado la mar de bien. Por su reacción al ver el móvil tuve la sensación que había sido él.
-¿ a quién le vendiste este teléfono?

- no sé como se llama. Dijo medio tembloroso-Tony necesita otra raya, volvió a sacar la bolsita donde llevaba el tema.
-claro y ponme otra para mí.
Tony empezó de nuevo con su liturgia. Nos metimos otras rayas mientras el cubano decía que nos estábamos jodiendo la vida, que los porros si que son buenos, sobre todo, los que vendía él. Le dejamos con que hablara mientras nos inclinábamos sobre el asiento del banco. Cuando Tony Tower se había puesto a gusto de nuevo empezamos a hablar otra vez.

-¿seguro que no te acuerdas a quién le vendiste el teléfono?
Tony cerró los brazos cruzándolos sobre el pecho.
-Tony no recuerda como se llama pero si que lo tiene visto de otras veces.
-¿cómo es?
Tony cerró los ojos y puso cara como de hacer un esfuerzo. Los abrió al instante.
-lleva un wolsvagen golf gt rojo, es grandote, con el pelo engominado a lo pijo...
-¿y los ojos tony? ¿Y la nariz? ¿Sabes de dónde es? Le dije para apurarlo un poco.
-Tony no recuerda pero si que es la ostia de vacilón y un poco gilipollas.- Se tiró los mocos para arriba.
-¿cuándo te compró el teléfono?

-dos semanas más o menos.

-está bien, tony, le dije, has sido buen chico, toma lo prometido es deuda-le alargué el billete de cincuenta que casi me saca de las manos.
-si no queréis nada más, tony tower se va, dijo tony tower. Y se marchó renqueando escalera arriba.

Entre pitos y flautas se había hecho tardísimo. El cubano me dijo que se quería ir a dormir. Yo, ganas de dormir no tenía demasiadas pero si que era consciente de que era hora de volver a casa. Lo acompañé hasta la puerta de su casa y nos dimos la mano, antes de irme le dije: -tenías idea de robarle al tipo ese desde el primer momento, ¿no? -que va, primo, pasa que me ha vacilado.

-ya, por eso llevabas la balanza...me debes una, acuérdate.- Le dije señalándolo con el dedo.
-vale, primo, te debo una.
-guay, ya te veo.

-te veo primo, dijo mientras abría la puerta del portal.
Volví al parque a por el coche, subí por Alcalde Móstoles hasta la ronda del guinardó y luego hacia el túnel de la Rovira, enfilaba hacia mi casa, me había ganado un merecido descanso.

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