El teléfono estratosférico

Hacía tiempo que no caía por aquí. Estaba en Roger de Flor, en la confluencia con Travessera de Gràcia, en una tienda de teléfonos móviles donde trabaja una amiga. Cuando empecé con esto de las investigaciones nunca pensé que los amigos me resultarían tan útiles. De hecho, ni tan sólo me planteé que por un momento me pudieran servir de nada a los efectos de mi profesión. Ahora me doy cuenta que la red que uno va tejiendo a lo largo de los años es una especie de telaraña donde se va depositando la información, las oportunidades, y que cuando uno necesita algo sólo se tiene que desplazar por la seda, como si fuera una araña, para atrapar a la presa adecuada y sacarle los jugos necesarios.

Entré en la tienda y un chorro de aire acondicionado me golpeó la cara. Era un local más bien chiquito, cuadrado, con un mostrador al fondo, dónde había un teléfono fijo y un ordenador. Detrás había una puerta que daba a un pequeño almacén. Flanqueando el mostrador, a derecha e izquierda, se ubicaban unas vitrinas donde estaban expuestos diversos teléfonos. Había una persona que pretendía comprar uno, mi amiga Mariona lo estaba atendiendo, pero eso no le impidió hacerme un guiño y un gesto para que esperara. Mientras tanto, me deleité mirando aquellos portentos de la tecnología moderna, tan ajenos y sorprendentes para mí como lo fueron en su momento los espejos para los indios americanos hace unos siglos atrás. Tengo un amigo fanático de la tecnología, pensé en aquel momento, tendría que pasar a verlo un día y que me pusiera a tono con lo que hay en el mercado. Al fin y al cabo, vivo en este mundo y no en una dimensión paralela donde los progresos están vistos como una acción del diablo.

Mariona acabó de atender y salió del mostrador. Llevaba unos jeans de color azulado y una camiseta blanca detrás de la cual se intuían las formas de unos pechos abundantes. Era una mujer de aproximadamente metro setenta y cinco que en un momento apuntó a jugadora de baloncesto pero a la que una lesión le impidió proseguir su carrera deportiva. Aún así, conservaba las formas de años de entreno: piernas fuertes, caderas anchas y cintura estrecha amén de unos brazos anchos y fuertes y unas tetas enormes que ahora mismo se incrustaban en mi pecho cuando me abrazó para saludarme.

-Cuanto tiempo Jordi, ¿cómo estás?

-bien y ¿tú? ¡Te veo muy bien!

- ¿en serio?- dijo esbozando una sonrisa y mirándose de arriba a abajo. - Estoy yendo al gimnasio hace unos meses y parece que recupero un poco lo perdido-

-sí, te está yendo muy bien- dije yo mirándola también de arriba abajo- ¿y el resto de cosas? ¿Cómo van?

-bueno la cosa está un poco floja, ya sabes, la crisis, pero no me puedo quejar... ¿y tú? Me dijo mi hermana que te dedicas a hacer de sabueso...me lo tienes que contar todo...bueno todo lo que se pueda contar, claro-. E hizo un gesto aclaratorio con los brazos separándolos del tronco como si se fuera a dejar cachear.

-va, en realidad, es un trabajo como cualquier otro. De hecho, te traigo un teléfono para ver si me puedes ayudar.

-¿quieres decir que te ayude en un caso?

Hice un gesto con la mano para que hiciera silencio. Metí la mano en bolsillo y le guiñé un ojo. Saqué el teléfono y lo puse encima del mostrador.

-más o menos. ¿Qué sabes de este teléfono?

Mariona lo cogió como si fuera un bebé de dos semanas. Era tan delicado el trato que le daba que por un momento empecé a pensar que eso no era plástico o fibra de lo que fuera sino algún material que por algún motivo yo desconocía y que tenía un valor incalculable. Ella lo puso en marcha y lo empezó a trastear con una mueca entre el interés profesional y la fascinación personal. Entonces, después de unos minutos trasteando el aparato me dijo:

-¿Qué quieres saber? No parece tener ningún problema.

- necesito encontrar al dueño.

-¿el dueño no es la mujer de las fotos?

-no, esa mujer me ha contratado para que encuentre a la persona que le ha estado haciendo esas fotos.

-bueno. Podemos hacer algo- Dijo mientras se llevaba el dedo índice al mentón- si es de mi compañía quizá lo podamos averiguar a través de la tarjeta SIM.

Le dio la vuelta al teléfono como si le fuera a cambiar los pañales y lo empezó a desnudar. Al cabo de un par de minutos sacó la tarjeta y apuntó los números que habían impresos en ella. Se dejó caer en una silla de oficina y se puso a los mandos del ordenador.

Yo veía que su gesto no era de triunfo y tuve la impresión que hacía la misma operación varias veces. Durante todo ese tiempo se hizo un silencio que apenas interrumpía un reloj de agujas que tenía en la mesa del PC y el ruido del mouse y del teclado. Después de varios intentos se giró sin decir nada, abrió un cajón y sacó un teléfono.

-¿has visto que teléfono más chulo tengo?

-es un teléfono estratosférico, ¿es de la empresa?

-si, me ha salido gratis. Dijo esbozando una amplia sonrisa socarrona.

- No veas ¿no?, ¿y te permite viajar a Marte?

-y a Saturno si quieres...

Me interrumpió la siguiente gilipollez que iba a decir y se puso a hablar con una operadora.

-Hola buenas tardes te llamo para identificar un número de tarjeta...si espero...

Y esperamos, aunque la espera fue estéril porque después de hablar con Cristo y su madre nadie nos pudo solucionar el problema.

-¿Y ahora qué hago? Le dije perplejo, viendo como la rueda de mi investigación se desinflaba.

-No lo sé, el detective eres tú- y me devolvió el teléfono- si que te puedo decir que hubo una acumulación de tarjetas antiguas antes de que saliera la ley que obliga a todo el mundo a identificarse.
-Así que..

-Este teléfono tiene que ser robado. Seguramente alguien tenía una tarjeta antigua de la misma compañía que el teléfono que robó. Hizo las fotos, le encasquetó la tajeta y tachaann.. Mariona hizo un gesto con las palmas abiertas hacia arriba como si hubiera hecho magia...¡ahí tienes un teléfono misterioso!

-Me imagino -le dije mientras miraba el teléfono fijamente, como esperando que me diera una respuesta. Quizá el timbre me lo diría o me llegaría la solución vía SMS-. Es tarde ya, ¿nos tomamos unas cañas? -Espera un momento que voy a cerrar la tienda.

Salí fuera a esperar. Era muy temprano para ir a buscar alguna respuesta y tenía que hacer algo de tiempo hasta llegar a la próxima estación de mis pesquisas. Encendí un cigarrillo y pensé que el bar que hay casi enfrente de la tienda era una buena opción para tomarse una cerveza al atardecer. Mariona salió, cruzamos la calle y nos sentamos en la terraza. Barcelona atardecía fresca y la luz en aquella esquina era de un tono azulado, casi gris, pero se respiraba un ambiente pre-estival, los árboles estaban en flor y había mucha gente en la calle. Nos tomamos un par de cañas hablando de todo y nada, Mariona se iba a casar, se había hipotecado por cuarenta años al banco Santander y parecía satisfecha respecto de su presente a pesar de la incertidumbre inmediata que aguardaba su futuro como esposa y como hipotecada a perpetuidad con un trabajo precario como el que tenía. Luego llegó el turno de familia y amigos y al final, como no, de los tiempos pretéritos cuando todo eran grandes sueños y esperanzas de un mundo mejor. Qué ilusos éramos.

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