La casa del Arroyo

Apagué la radio, arranqué el coche y empecé a seguirlo, por fin un poco de acción. Eran poco más de las dos y media de la mañana. El volswagen rojo enfiló hacia la ronda litoral en dirección a Sant Adrià del Besos. Apenas había tráfico, que se deslizaba silencioso por el asfalto. Poco después de entrar en la circunvalación, la mina quedaba a nuestra izquierda como un fantasma y a nuestra derecha la incineradora nos ofrecía unas fragancias de lo más repulsivas. Un poco más allá el paisaje post apocalíptico de las tres torres de electricidad emblema de la ciudad donde desemboca el Besós. Menudo emblema. Lo bueno era que veía con facilidad el coche que estaba siguiendo pero lo malo era que si el tipo se fijaba un poco enseguida se iba a dar cuenta que lo estábamos siguiendo. Igual, eso era una cosa que no me preocupaba demasiado ya que no éramos los únicos que iban en esa dirección. Al poco, llegamos al Nus de la Trinitat y enfilamos por la ronda de dalt. Desde que habíamos arrancado de la Diagonal Mar había empezado a subirme la adrenalina por la espalda y el pecho y un sentimiento de miedo y a la vez de euforia me empezó a subir a la cabeza. Empecé a temblar y tuve que hacer un esfuerzo para que el cubano no viera que estaba temblando como un adolescente antes de perder la virginidad. Por lo menos, como yo lo hice cuando llegó su momento. Mi amigo levantó la vista un momento- tranqui primo, es normal- fue todo lo que dijo. Yo no le había dicho lo que me proponía pero supongo que ya se lo debía imaginar. Pasamos el hospital de la vall d’Hebron, nos deslizábamos silenciosos por el asfalto sin decirnos nada. Al cabo de unos pocos minutos que se me antojaron una eternidad llegamos al museo de la ciencia y enfilamos la Avenida del Tibidabo. Empezábamos a subir por la montaña hasta llegar a la casa de Javier Arroyo, profesor de tenis de profesión y macarra de vocación. Empezaba lo más difícil, seguirlo por aquella carretera oscura y llena de curvas sin que se notara demasiado por un lado pero sin perderlo por otro. El tipo podía girar en cualquier momento y no darnos cuenta. Abrí la ventana y dejé entrar un aire frío pero limpio. Los temblores se me iban yendo pero no la sensación de que ya no había vuelta atrás, de que mañana seguramente ya no sería el mismo, que sería otra cosa y que seguramente sería una cosa más oscura. Un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer me dije como para justificar mis actos. El cubano dejó su móvil, encendió un cigarrillo y me lo pasó. Él se encendió otro. Seguíamos sin decirnos nada. Se palpaba la tensión. Doblamos a la izquierda en la carretera de las aigües y por un momento Barcelona apareció como un animal silencioso de piel naranja. Luego se volvió a desvanecer y sólo quedó la oscuridad del bosque, el silencio de la montaña. Tras varios minutos de curvas y más curvas llegamos hasta el camí de Barcelona hasta Vallvidriera y la ciudad volvió a aparecerse, una mole que nos espiaba desde la distancia a sabiendas de lo que iba a pasar. Sentía que el corazón me iba a estallar y lo que me pedía el cuerpo era salir corriendo, volver a mi casa, meterme en la cama, despertar mañana y ocuparme de otra manera del asunto pero en su lugar cambié de marcha y apreté el acelerador, llegaríamos en cualquier momento. Por fin, doblamos a la derecha. Habíamos llegado a la calle Gabriel Ferrater. Hasta el momento había intentado mantener la distancia pero cuando el golf rojo enfiló por la calle, aceleré y me empecé a pegar a él. El aire era más frío, hasta el punto de ponerme la piel de gallina y fue entonces que me di cuenta que el miedo había dejado paso a una tensión placentera, una seguridad en mi mismo desconocida hasta el momento, como si me hubiera salido de mi cuerpo y me estuviera viendo en tercera persona. Tenía las manos firmes sobre el volante. Definitivamente, no había marcha atrás, el diablo se había convertido en mi aliado. Pasados unos metros, Javier Arroyo giró a la izquierda y paró frente a la puerta de un garaje, había llegado a su casa. Eran casi las tres y media de la mañana y el bosque seguía siendo una mancha oscura y silenciosa tras las casas. Puse el coche detrás del suyo, luego las luces largas. La puerta se estaba abriendo, salí del coche precipitadamente mientras le decía al cubano que cogiera el volante y se metiera en el párking detrás del tipo. Oka primo, calma, creo que me dijo. Todo sucedió más deprisa de lo que hubiera pensado. Saqué la pistola, me acerqué a la ventanilla del conductor y ahí estaba, el hombre que le había comprado el teléfono a Tony Tower, el que le había estado enviando los mensajes a mi clienta., el hombre de la gomina en el pelo. Tenía los ojos medio cerrados a causa del contraste de las luces largas de mi coche y la oscuridad reinante en derredor nuestro. Le di un golpe al cristal con la culata de la Sauer. El tipo abrió la ventanilla sin decir nada. Yo le dije que hiciera entrar el coche y que luego entraríamos el nuestro, que no hiciera el idiota si no quería morir joven. Javier Arroyo dijo que si con la cabeza. Su expresión era de sorpresa. Aparcamos los dos coches y la puerta del párking bajó tan ajena a lo que pasaba como había subido, supongo que estaba acostumbrada a que entrara más de un coche. El tipo bajó de su coche y el cubano también bajó del mío. Empezamos a subir por unas escaleras que daban a una puerta. El chantajista aficionado iba delante, yo en medio con la pistola en la mano y atrás mío iba el cubano. La puerta tenía una cerradura de seguridad y un sistema de alarma con un teclado. Javier tecleó unos dígitos que no llegué a ver, sonó un bip, hizo girar la llave en la cerradura y se abrió. Una luz tenue nos invadió. Al entrar vimos que habíamos llegado a una cocina que tenía un pequeño fluorescente encendido. Le dije que fuera para el comedor y encendiera la luz. El salón era la pieza continua a la cocina. Era rectangular, con una puerta de cristal al fondo desde la que se veían las luces de la ciudad y supongo que durante el día el horizonte del mar mediterráneo. En la pared de nuestra derecha había una vitrina enorme repleta de trofeos de todos los tamaños y un poco más allá un mueble bajo donde habían fotos de nuestro amigo con algún tenista famoso, un televisor de plasma de unas cuarenta pulgadas y un DVD. En nuestro lado izquierdo, una mesa ovalada de color blanco, con seis sillas blancas, un mueble bar sobre el que había un equipo estéreo y un poco más allá, cerca de la puerta de cristal, un enorme sofá blanco de cuatro plazas con una mesa de centro delante. Lo empujé hacia el fondo con la punta del cañón de la pistola y cuando estuvimos frente al sofá, lo empujé violentamente hacia él. Quedó sentado con las manos entrelazadas, nos miraba con curiosidad.
Yo me guardé la pistola y saqué la porra desplegable, era apenas un mando de veinte centímetros, fui a coger una silla y me senté al otro lado de la mesita de centro. Me lo quedé mirando fijamente, en silencio, mientras sostenía el mango de la porra con ambas manos.

El tal Javier empezó a retorcerse los dedos unos con otros. Estaba nervioso. Eso me iba bien. Al cabo de unos segundos en silencio, fue él el que empezó a hablar.
-si vienen de parte de Carmen, díganle que no pienso devolverle la casa, que lo que se da no se quita, ustedes no me intimidan.- Pero era evidente que sí.

El cubano y yo nos miramos.
-¿Qué Carmen? Hice una mueca, quizá era nuestro día de suerte. -Entonces vienen de parte de Marta.- Había un deje de miedo e impaciencia en su voz.
El cubano soltó una carcajada –este tío es un crack- dijo. Yo lo miré, se me dibujó una sonrisa. Javier Arroyo también sonrió tímidamente. -vuelve a intentarlo, anda, a ver si aciertas, le respondí.
-no, no sé...¿quiénes son ustedes? Su voz había empezado a coger un tono aflautado. En cualquier momento iba a ensuciar el sofá blanco.
-la horma de tus zapatos, capullo. ¿conoces esto? Puse el teléfono sobre la mesa.
El profesor de tenis quedó con la vista fija un momento, se reclinó hacia atrás, cruzó las piernas y puso las manos encima, los dedos entrelazados. Respiró profundamente, parecía recuperar un poco el control de sí mismo.
-Si vienen de parte de Teresa Sánchez ya he hablado con ella, no tengo nada que hablar con ustedes.

-deja que eso lo decidamos nosotros.
-si, claro.- Dijo condescendiente. mal por él.
La porra hizo un zip cuando se despelgó y la punta redonda fue a dar con violencia contra su pantorrilla izquierda. No era un golpe mortal pero si doloroso. Hizo un ademán de levantarse pero el cubano lo cogió del hombro derecho y lo volvió a sentar. El tipo quedó frotándose la parte donde había recibido el golpe. No gritó demasiado, quizá no era la primera vez que recibía.
-no te hagas el listo, Javier, que lo sabemos todo. Tienes dos opciones decirnos lo que sabes o recibir un poco más. ¿Qué eliges? Hice otro ademán de darle con la porra, ya desplegada, él se cubrió la cara con las manos.
-vale, vale tranquilos. Fue toda su respuesta.
-de ti depende, empieza a hablar. Gruñí
- no sé que quieren que les diga, ya les he dicho que he hablado con ella y que está todo arreglado, ¿es que no les ha dicho nada?
Volví a darle con la porra, esta vez a la altura del brazo derecho, luego la dejé caer me abalancé sobre él y empecé a darle puñetazos en la cara. Creo que le rompí la nariz por que se escuchó un crack y empezó a sangrarle profusamente. El sofá blanco empezó a teñirse de rojo. Mientras lo golpeaba sólo acertaba a decirle-¡esto está arreglado, esto! Me eché para atrás, el tipo empezó a llorar. Me limpié la mano llena de sangre en el sofá. Me volví a poner bien la americana que se me había arrugado. Me volví a sentar en la silla, resoplé, el tipo seguía llorando. Al cabo de un segundo, la adrenalina me volvió a poner en pie. Lo cogí por las solapas de la camisa y lo empecé a zarandear. -¿vas a hablar o no vas a hablar? Le grité. Entre sollozos Javier Arroyo dijo que si. Yo me quedé de pie frente a él.

-ok, le dije, ahora tranquilito y empieza a largar.
Se incorporó de nuevo en el sofá dejando descansar la cabeza entre las manos. Empezó a gotear sangre en el suelo como si fuera un grifo abierto. Yo me hice a un lado y le hice una seña al cubano que desapareció durante un momento en la cocina. Cuando volvió cubano le tiró un trapo que había encontrado.
-límpiate con esto Pink Floid. A mi amigo la situación le resultaba cómica. Nunca nos habíamos cambiado los papeles.
Se llevó el trapo a la cara, rápidamente quedó cubierto de rojo. Dejé que se tranquilizara durante un par de minutos, en los que recogí la porra dentro de la empuñadura y me volví a sentar. Yo lo miraba fijamente, el tipo miraba el suelo. Por un momento, hizo un ademán de desmayarse. Se fue para adelante, chocó violentamente contra la mesa de centro y cayó sobre el charco de sangre que se había formado. El cubano y yo lo levantamos- ¿ves que pasa por no portarte bien? Le decía mientras lo acomodábamos de nuevo en el sofá. El tipo no permanecía callado, con la vista perdida. En esas condiciones no me servía, tenía que hacerlo hablar. Dejé al cubano en el salón y fui a la cocina. Empecé a revolver los muebles. Por fin di con un cubo con una fregona dentro. Saqué el mocho, llené el cubo de agua y volví al salón. Se lo tiré por encima. El profesor de tenis pareció volver de su viaje a al limbo que no de su pesadilla. Ésa aún duraría un ratito más. Aspiró violentamente buscando un poco de aire y empezó a boquear como un pez fuera del agua. Dejé que se tranquilizara. Mientras tanto cogí el teléfono de la señora Sánchez que se había caído al suelo y lo empecé a trastear, busqué en el menú tal y como me había enseñado el cubano hacía un rato. Me volví a abalanzar sobre el tipo y le di unas palmaditas en las mejillas, él barbotó algo que apenas se le entendía. -eh, Javier, eh, -le dije en un tono que intentara transmitir tranquilidad- sólo tienes que decirme lo que necesito y nos marcharemos ¿ok?

Él dijo que si con la cabeza, yo puse el teléfono a grabar.
-¿por qué querías chantajear a la señora Teresa Sánchez? Le dije con voz firme.
-para sacarle dinero-gimoteó.
-no estas colaborando Javier, te lo volveré a preguntar, ¿por qué querías chantajear a la señora Sánchez?
-E-ella me utilizó... -empezó a decir entre gimoteos lastimeros.
-habla más claro, que no te entiendo, le reprendí, quería que se grabara todo lo que el hombre tuviera que decir.
-E-ella me utilizó, -volvió a decir- nos conocimos en el club hará cosa de un año y poco más o menos. Al principio era encantadora y espléndida, se quejaba del marido, decía que era un vejestorio y que no le hacía caso, que estaban muy distanciados. Yo le decía que por que no se divorciaba y ella me respondía que tenía mucho dinero y que no lo quería dejar escapar después de tanto tiempo.
-qué más, le gruñí desde el otro lado de la mesa.

- la relación que manteníamos se fue haciendo más estrecha. Lo pasábamos muy bien y dejó de ser un romance, o eso me parecía. Un día, vino y me dijo que había encontrado una manera de que fuéramos libres y nos quedáramos con la pasta del marido-Se incorporó un poco más, estaba recuperando la compostura-yo, yo al principio no quería participar de algo así pero me acabó convenciendo.

Se hizo un silencio que no quise completar, no me convenía que mi voz siguiera saliendo en una grabación que incriminara a nadie en un asesinato, ya bastante me estaba pasando de la raya. Le hice un gesto para que continuara.

-pero ella decía que sería fácil, que su marido tenía depresión y que tomaba un cargamento de medicación, que no sería difícil ponerle de más y fingir un suicidio. Al final me convenció. Nos apuntamos a un torneo de tenis mixto en Tarragona, ella me hizo un plano detallado de la casa y los horarios del servicio. Tenía que ir pasadas las once de la noche y mezclarle las pastillas con unos batidos que se tomaba antes de ir a dormir. Cuando llegué estaba dormido, lo desperté y le di el brebaje. El pobre viejo estaba tan dormido que ni se resistió. Dejé el envase de las pastillas sobre la mesilla de noche y luego limpié el vaso por fuera con un pañuelo. Después volví a Tarragona donde jugamos toda la mañana del domingo hasta que al mediodía la llamaron de la casa para decirle que habían encontrado al marido muerto.

Volvió a hacerse un silencio. Algunos pajarillos empezaban a cantar anunciando una mañana que ya no estaba tan lejana. Empezaba a hacerse tarde, ya que al amparo de la noche las posibilidades de que alguien nos viera o pudiera identificarnos eran menores. Empecé a impacientarme. Javier se puso a llorar de nuevo, me levanté de la silla dispuesto a darle otra ración de puño. Cuando me vio, se tiró para atrás y extendió los brazos hacia delante-no, no, dijo, ya continúo. Lo dejé continuar.

-pasamos unas semanas sin vernos, para que ella pudiera hacer el papel de viuda, pero cuando nos volvimos a ver empezó a decirme que me olvidara de ver un duro, que no me pensara que la iba a chulear...la muy puta, ¡la muy puta!

Volvió a romper en un llanto sentido. Esta vez lo dejé llorar. No me había dicho todo lo que yo quería saber pero ya tenía más o menos lo que había venido a buscar: un por qué. Apagué el teléfono de las amenazas y me lo guardé en el bolsillo de la chaqueta. Respiré, los sollozos del tipo me estaban empezando a poner nervioso, además, empezaba a despuntar el alba y las luces en la ciudad no tardarían en apagarse. Eran las cinco y media de la mañana. Me incorporé hacia el tipo, hice chasquear los dedos.

-eh, Javier, Javier-le susurré- ¿dónde guardas el dinero?
Levantó la cabeza, tenía los ojos inyectados en sangre.
-qué... ¿qué dinero?
-vamos Javier, no me digas que guardas el dinero que le sacas a las viejas en la Caixa de pensions, que no me lo creo. ¿quieres que nos vayamos, o quieres que te siga dando estopa? Le volví a poner el mango de la porra de titanio en la cara, para que lo viera de cerca. Mi primer impulso fue el de darle un par de mamporros más pero procuré tranquilizarme y que mi voz sonara conciliadora.

El dijo que si. Gimoteó algo parecido a habitación y cómoda. Le dije al cubano que fuera para allí. Volvió al cabo de un minuto.
-allí no hay nada, primo, más que esto- llevaba un portátil en las manos que dejó sobre la mesa del comedor.

Cogí a Javier con las dos manos, una en cada hombro y lo zarandeé. -el dinero, Javier, ¿dónde está?
Volvió a repetir algo parecido a cómoda entre sollozos y aspiraciones de mocos y sangre reseca. Tenía la vista perdida otra vez. Volví a zarandearlo, le di un guantazo con la mano abierta.

-¡Céntrate coño! ¿Dónde está el dinero?
-detrás, joder, detrás...gimoteó de nuevo entre lágrimas, luego se llevó otra vez la cabeza entre las manos. El charco en el suelo, mezcla de lágrimas y sangre seguía creciendo. Casi se podía chapotear en él.
Le hice un gesto al cubano. Se fue. Volvió al cabo de un rato, había encontrado un sobre con un fajo de billetes dentro. Los había de cincuenta, de doscientos y de quinientos. Así a primera vista me pareció que habría una bonita suma. Lo guardé en el mismo bolsillo en el que llevaba el teléfono incriminatorio. Saqué la pistola de la sobaquera y le di un golpe en la cabeza con la culata. Cayó sobre el sofá, desmayado. Acto seguido, le rebusqué en los pantalones. Llevaba las llaves del coche, de la casa, una billetera y un i-phone. Me quedé el teléfono y dejé el resto sobre el sofá. Luego tiré del cable del fijo que estaba en una pequeña estantería que había entre el mueble bar y el sofá. Logré arrancarlo al segundo tirón. No quería que me levantara la liebre con llamadas de enamorado resentido. Mientras tanto, el cubano se puso a sacar la televisión del mueble. ¿qué haces?

¡Deja eso que nos tenemos que pirar volando! Le dije enfurecido. Es que mi vieja necesita una tele, primo-fue su respuesta y no contento con eso añadió- anda, ayúdame que así acabamos antes. No tenía tiempo para discutir así que lo ayudé.

Se quiso llevar hasta los cables de la televisión además del portátil que decía que se lo daría a una hermana suya que quería comprarse uno. Luego bajamos hasta el garaje, abrimos la puerta manualmente usando una palanca que había en el costado derecho de la puerta y salimos. Amanecía cuando asomamos a la calle Gabriel Ferrater de nuevo y el bosque era todo colores incipientes y cantos de pájaros, todo alegría de vivir.

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