La espera

Llevaba un rato esperando en el coche sin nada más que hacer que mirar la entrada del edificio. Me había puesto Norma otra vez y me había fumado un canuto. Mientras tanto, pensaba en qué podría motivar al amante de una persona a hacerle chantaje. Tendría que conocer un secreto muy oscuro como para aventurarse a hacer lo que supuestamente, o mejor dicho, casi seguramente, el amante de Teresa Sánchez, el tal Javier, profesor de tenis, estaba haciendo. Tampoco podía entender el modus operandi. Un hombre por lo general actúa de manera más directa, no de esa forma tan sibilina y torturadora. Los mensajes no es que fueran especialmente subidos de tono pero me parecían una estrategia parecida a la gota malaya. Tenían de bueno que sería difícil incriminar a nadie por decir cosas del estilo “la vas a pagar”, de hecho la policía no había atendido la petición de la señora Sánchez de investigar y por otro lado eran una sombra constante que se debía cernir sobre mi clienta haciéndole brotar temores que creía haber dejado atrás hacía bastante tiempo. Me preguntaba cómo sería el tal Javier. Tenía ganas de conocerlo. Me picaba la curiosidad de saber si realmente era una persona tan retorcida o si había alguien más detrás de ese intento de chantaje. Estaba seguro que sería una cuestión de tiempo y que ese tiempo estaba cerca de hacerse realidad.

Tenía una certeza. La certeza de que la señora Sánchez no era una de esas mujeres que van a casa de sus amantes. Ese era el motivo de estar esperando en su puerta. Me imaginaba a mi clienta ardiendo en un ataque de cólera, todo soberbia, pensando en cómo le podían hacer eso a ella y que se iba a enterar su amante y todo el que se pusiera por delante. Estaba seguro que no accedería a encontrarse en campo contrario y tampoco en campo neutral. Imaginé que la llamada ya estaba hecha, la cita concertada y que sería en un lugar cómodo para ella y en el que se sintiera segura. Es decir, su casa.

A las nueve menos cuarto más o menos, vi un taxi parar enfrente del edificio donde vivía Teresa Sánchez. Ella bajó del coche por la puerta de la derecha y fue dando pequeños saltitos sobre sus zapatos de tacón hasta la acera. Llevaba el mismo vestido que al mediodía, cuando se había encontrado conmigo. Supuse entonces que la excusa de la reunión no había sido mentira, por lo menos, no del todo. A esas horas ya no había portero. La mujer sacó unas llaves de un bolso de color salmón, introdujo una de ellas en la puerta acristalada y entró. La calle quedó desierta por unos momentos.

Poco tiempo después se abrió la puerta de mi coche. Había llegado el cubano.
-¿qué dices primo? El cubano dio un portazo. Luego se acomodó en el asiento.

-¿qué dices chaval? Le respondí sin quitar la mirada del edificio
-¿qué miras?
-en ese bloque de pisos vive mi clienta, estoy esperando a su amante. -¿el del teléfono sisado?
-el mismo. Le respondí.

Por un momento giré la cabeza para mirarlo. -¿cómo es que has tardado tanto?
El cubano estaba sacando tabaco, papel y una china para hacerse un porro, no me miró para responderme.

-tenía que pasear al perro y luego tuve tangana con mi vieja.
-¿ y eso? El tono de preocupación en mi voz era genuino.
-nada, que ya había hecho la cena y cuando le he dicho que no me iba a quedar se ha puesto como las cabras.
-vaya, lo siento tío.
-bah, tranqui-respondió haciendo un gesto con la mano que daba igual, -ya comeré cuando llegue a casa, ¿qué hay que hacer?
-de momento, esperar a que llegue el amante, después muy probablemente vayamos a dar un paseo. Si las cosas se ponen feas, necesito que me cubras las espaldas.
-oka, dijo el cubano. Se encendió el canuto.
Pasó un buen rato, mi amigo me cambió la música por que según él, le estaba volviendo loco. Rebuscó en la guantera del coche hasta que encontró un cd que era de su agrado. Sólo los solo empezó a sonar en el estéreo.
-cómo ha cambiado todo esto, dijo mientras soltaba el humo.
-si tío, ¿te acuerdas cuando íbamos a las fiestas del campo de la bota? Los dos sonreímos.
-si, que tiempos, me contestó ¿y cuando íbamos a comprar porros a los gitanos unas calles más arriba?
-si, ya nada es lo que era, le dije con melancolía.
-¿te acuerdas del día que llegó otra familia y se liaron a tiros?

-¡claro que me acuerdo!
-te cagaste en las patas, ¿eh?, me dijo el cubano. Se puso a reír.

Era verdad, me había cagado encima, pero no fui el único. Tendríamos dieciocho o diecinueve años. Íbamos a la casa de unos gitanos en una calle que atravesaba Alfons el magnánim. No recuerdo el nombre. comprábamos placas de cien gramos que postureábamos y vendíamos al por menor. Un día, cuando íbamos a salir de la casa, nos dicen que esperemos un poco que había una familia rival apostada en la puerta. Los gitanos se enrollaron un montón. Les dijeron a los que esperaba afuera que había un par de payos dentro y que nos dejaran ir que no teníamos culpa de nada. Salimos, y los gitanos que había en la calle nos robaron el hachis y el dinero. Llevaban pistolas, esa fue la primera vez que veía un arma de fuego. Cuando acabaron con nosotros nos dijeron que rajáramos. Yo estaba muy asustado pero el cubano mantenía la compostura. Le dije que saliéramos corriendo pero él me dijo que iba a ser peor y que fuéramos caminando hasta la avenida, apenas una esquina y algo y que luego si, que corriéramos hasta la moto y nos fuéramos volando. Mientras mi amigo me susurraba eso, los gitanos se insultaban a gritos desde la calle a la casa y viceversa. De repente, escuchamos una explosión, como si fuera un petardo. Giré la cabeza un momento, los de la casa estaban disparando a los de afuera que se habían parapetado detrás de un coche. No me pude aguantar más y salí corriendo. La guasa fue que cuando llegué a la esquina y alcanzamos Alfons el Magnánim el Cubano estaba a mi lado. Él había corrido igual que yo. Por mucho que se hubiera querido hacer el valiente, para guardar intacto el honor, había corrido igual que yo para salvar la vida. Volvimos a reír con el recuerdo mirándonos de reojo y el cubano dijo que aquello si que fueron buenos tiempos. Yo no estaba tan seguro. Entre unas cosas y otras se había hecho las diez y media de la noche. Del lado derecho de mi coche, el que daba a la calle, pasó un volswagen golf rojo, en perfecto estado. El cubano silbó-qué bonito- creo que fue que dijo. Como no nos habíamos dado cuenta hasta que lo tuvimos encima no pude alcanzar a ver bien al conductor pero si que vislumbré, por lo que le sobresalía la cabeza del asiento que debía ser grandote. Seguramente era el amante de Teresa Sánchez, el hombre del día, el tipo al que habíamos estado esperando desde hacía bastante rato. Mi corazonada había resultado ser cierta, ya lo teníamos allí. Me imaginaba la escena de la mujer ofendida por la traición de su presuntamente persona querida y me lo imaginaba a él diciendo cosas del estilo, cariño no es lo que parece, si era lo suficientemente calzonazos o quizá enviándola a la mierda si es que el tipo tenía lo que tenía que tener. En todo caso, parece ser verdad que Dios los cría y ellos se juntan así que calculaba que la sorpresa de la Señora Sánchez debía ser relativa y encontraba cierta disculpa en la actitud del profesor de tenis pensando que quien le roba a un ladrón tiene cien años de perdón. El no iba a ser el primero y tampoco el último.

Por suerte, yo era el único en bavia, y el cubano había cogido la matrícula nada más que para mirar en internet cuánto costaría un coche de ese año que el calculaba del 2002 o 2003. Ya digo, fue una suerte. Le pregunté al cubano si aún tenía el contacto en los mossos que le decía a quién pertenecía los coches y dónde vivían los dueños. -si primo, pero sólo si es muy necesario. Dijo con la boca pequeña. Era un clásico. No compartir los contactos. Me hablaba de importancia pero un par de veces había preguntado por los dueños de coches que le gustaban simplemente para plantarse en sus casas y hacerles ofertas. Una vez le surtió efecto y se compró un BMW cabriolet del 98 a muy buen precio. Luego lo vendió creo que a uno del barrio por unos cuantos euros más de lo que lo había costado después de usarlo durante un año.

-vamos, tío, que es importante-medio le imploré.
-está bien. El cubano se puso a llamar o por lo menos se llevó el teléfono a la oreja. Estuvo un rato así-no me lo coje primo- fue su respuesta.
-pues vuelve a intentarlo fue la mía- intentando que el ataque de mala leche no se me notara mucho.
Después de un tira y afloja donde lo obligué a llamar varias veces, y que él me dijera que quizá su contacto estuviera de mañanas o que estaría patrullando y no debía llevar el teléfono encima o tirarse el farol de que se había quedado sin saldo consiguió contactar con el mosso. Eran las once y cuarto de la noche y nada se movía en el edificio o en la calle.
El cubano quedó a la espera de que su contacto le diera una respuesta. Al cabo de unos minutos le sonó el teléfono, mi amigo me dijo que apuntara: Javier Arroyo Pérez, domiciliado en la calle Gabriel ferrater en Vallvidriera. El tipo debía ser un macarrón de primera o tener una potra de la ostia. No todo el mundo vive en Vallvidriera. Es un barrio de la parte alta de la ciudad condal ubicado en la montaña de Collserola. Es un barrio de casas, donde la excepción es un edificio. Por todo eso, creo que es justo convenir que es un barrio para gente de pasta o por lo menos de un status económico particular, no para el común de los particulares. Con los precios que había por la vivienda en Barcelona, tener un piso medio luminoso ya se podía considerar un lujo si no resultabas ser un inglés o un alemán de esos que habían venido aprovechando las facilidades que el ayuntamiento le daba a empresas extranjeras para que se instalaran en la ciudad y que seguían cobrando sueldos como si vivieran en Inglaterra o Alemania. Claro, para ellos, la vivienda seguía siendo cara en relación a sus países, sobre todo los alemanes, pero con los sueldos que cobraban era todo alegría de vivir. En los años que me he ido encontrando con gente así todos te dicen que Barcelona es el mejor sitio del mundo. Claro que es el mejor sitio del mundo, si te sale el dinero por las orejas si no...es otra competición, de pisos bajos y oscuros, alquileres caros o hipotecas de por vida que más parecen una condena que un negocio.

Pero bueno, era una buena noticia, saber cómo se llamaba y dónde vivía. Javier Arroyo Pérez, Vallvidriera. Para celebrarlo decidí hacerme otro canuto. Saqué el tabaco, la china y el papel. Cuando el cubano vio lo que estaba haciendo me dijo, toma de la mía primo, que es mejor. Y tenía razón, la grifa que yo tenía parecía rueda de camión en comparación con la crema que él tenia el gusto de degustar y el orgullo de comercializar. Mientras tanto, el cubano volvió a cambiar la música, esta vez por el álbum Chulería de un rapero del Prat llamado Mucho Muchacho, seguramente el mejor de toda la escena Hip Hop del país durante bastante tiempo. Mientras echábamos humo se me ocurrió que le podría dar un vistazo al teléfono de mi clienta para ver si había llegado algún mensaje o algo. Con tanto trajín se me había olvidado. Lo saqué del bolsillo de la chaqueta y lo iluminé: nada. No me extrañaba en absoluto, a fin de cuentas hacía rato que ya se había descubierto el pastel y a estas horas Teresa Sánchez y su amante debían estar protagonizando una escena digna de una ópera de Verdi o de Puccini según como se lo hubieran tomado los contendientes. Me intrigaba el por qué de todo esto. Está bien, no había que ser demasiado listo para pensar que el tipo le quería sacar un dinerito a la señora. Dinero, dicho sea de paso, que la señora no contaba si no que lo pesaba en una balanza por que no daba abasto. Pero eso era un para qué. Sospechaba que la muerte del marido debía estar en el trasfondo de las acciones de uno y de otro. Del uno, por intentar chantajear a la Sánchez, del otro, por intentar escamotearme la información referente a la familia de su difunto esposo o las circunstancias de su deceso que yo, como un entrenador de fútbol cualquiera, me había tenido que enterar por la prensa. Le alargué el teléfono al cubano y le pedí por favor si me podía averiguar si se podían grabar conversaciones como si fuera una grabadora y cómo. El cubano lo estuvo tocando durante un rato, se oía el tit, tit de las teclas hasta que dio con la opción del menú adecuado. Ves, me dijo, vas a menú, luego varios, luego grabación. Hicimos diversas pruebas para pasar el rato y comprobar que la cosa funcionaba. Resultó que el teléfono grababa de puta madre y que tampoco hacía falta llevárselo a la boca sino que a cierta distancia también era eficaz y las voces se escuchaban con cierta claridad hasta el punto de entenderse lo que se decía aunque fuera en un tono un poco bajo, como cansino. Entre pitos y flautas eran casi las dos de la mañana. Empezábamos a flaquear, y es que la espera es la parte más tediosa del oficio. Estar parado durante horas y horas metido en un coche o parado en una esquina era realmente un coñazo. Lo que más divertido me resultaba quizá era estar sentado en un banco en algún parque o estación espiando secretamente a alguien a través de un periódico con agujeritos pero si os digo la verdad en varias décadas de profesión nunca tuve la oportunidad de poner en práctica una técnica tan clásica. Creo que hasta la sacaron de los manuales. O sea, un asco de aburrido. Salí del coche un momento a estirar las piernas y salió una niebla densa del interior. Retrocedí un poco para ver el edificio en perspectiva. Era un amasijo oscuro en el que eventualmente brillaban algunas luces encendidas de vecinos trasnochadores. Tenía el convencimiento de que la relación sentimental entre Teresa Sánchez y su profesor de tenis estaba llegando a su fin en aquellos momentos pero lo que no sabía era si mi clienta era ese tipo de mujer que te echa de casa inmediatamente cuando rompe contigo o si era de tipo más sentimental, de esas que te dejan pasar la noche para que luego lo pases peor cuando te tienes que marchar sabiendo que no vas a volver a poner los pies en esa casa, ni la cabeza en esa almohada ni otras cosas dentro otras. No sé si me explico. En cualquier caso, el edificio estaba en silencio a excepción de un zumbido eléctrico que emergía de no sabía bien donde. Convine conmigo mismo que del ambiente. Un claxon sonó dos calles más abajo y unos cuantos coches bajaron por Josep Plá procedentes de la ronda. Hacía fresco, tirando a frío, pero la perspectiva de entrar en el submarino improvisado que nos habíamos montado en mi coche no era muy halagüeña visto que me estaba quedando frito y las condiciones eran ideales para dormir un ratito. Seguí mirando el edificio, que seguía siendo el mismo amasijo de cemento y cristal informe de hacía un par de minutos. Luego probé a caminar unos metros sin alejarme demasiado y hacer un pequeño estiramiento de la espalda y las piernas. El fresco de la noche me estaba sentando bien por que me estaba ayudando a despejarme pero aún así necesitaba un poco de acción. Me estaba empezando a impacientar, cosa muy mala si tienes que esperar si o si a que el caballero acabe de hacer lo que debe ya que por ti no se va a dar más prisa. Al final decidí volver al coche, más que nada por que si salía me podía ver y descubrirme. Y la verdad, no llevaba cuatro o cinco horas esperando para que me descubrieran en el último segundo. El cubano estaba jugando a una especie de Arkanoid pirata con su móvil y al parecer le iba la mar de bien por que no me hizo ni puto caso cuando volví a entrar. Cambié la música, es decir, quité el rap y puse la radio. Estaban dando el boletín de noticias de las dos de la mañana. No le prestaba demasiada atención pero el simple hecho de tener alguien hablando me ayudaba a mantener la concentración. Miré el reloj del coche, las dos y cuarto. Al cabo de una eternidad lo volví a mirar, las dos y veinte. El cubano casi se había pasado el juego. Era un maestro sobre todo si tenemos en cuenta el volumen de sus dedazos y el tamaño de las teclitas. En un momento, empecé a cabecear, recuerdo que el cubano me dio un codazo y me dijo-eh, primo que te estás durmiendo-yo recuerdo abrir los párpados y ver el resplandor de su cara con la iluminación del móvil. Recuerdo que las farolas ya no estaban definidas sino que eran manchas naranjas contra un fondo oscuro. La acera era una manta gris y las luces de frenos de un par de coches que pasaron eran destellos de color rojo que me molestaban en los ojos. Me llevé la mano derecha, haciendo una pinza con el índice y el pulgar a la parte superior de la nariz y creo que dije algo así como que tenía mucho sueño y me quería ir a dormir. El cubano seguía jugando sin hacerme el menor caso. Creo que di otra cabezada. Me desperté sobresaltado cuando mi amigo me soltó un segundo codazo y un me cago en la puta, primo, por haberlo hecho perder una vida. Me froté los ojos con los puños cerrados y mascullé algo de irme para casa. De repente, cuando me saqué las manos de los ojos y los abrí de nuevo pude volver a fijar la vista. Un volswagen golf rojo salía del párking del edificio. Por fin el pájaro volaba hacia el nido.

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