Miki

Lo bueno de tener el despacho por el centro de Barcelona era que la mayoría de las citas a las que tenía que acudir me pillaban cerca. Esta vez no fue una excepción. Salí de la cafetería mientras volvía a encender mi teléfono móvil. Enfilé de nuevo en dirección a Urquinaona con la idea de atravesarla y de ir a buscar trafalgar en la parte opuesta de la plaza. Iba pensando que no me creía nada de lo que me había dicho mi clienta y que con la información que le había facilitado, ella ya se había hecho bastante a la idea de quien era el que le estaba enviando esos mensajes amenazantes, el tipo grande y engominado al que Tony Tower le había vendido el teléfono de marras hacía un par de semanas más o menos. Sabía que lo de contratar a otro más experto era un brindis al sol, una excusa para rescindir nuestra relación laboral. Tenía el ánimo por los suelos, necesitaba el dinero y a ese paso poca podría ser la minuta que le pasara a Teresa Sánchez por apenas unas horas de investigación. Está bien, no pagaba piso, tampoco despacho, pero tenía unas cuantas facturas sin pagar, facturas de esas en las que no te cortan el servicio si no más bien la garganta. Toda esa nube de pensamientos negros me iba llenando la cabeza cuando me llegó un mensaje del contestador automático. Me había llamado Mireia Viura seguramente para contarme los chismes que hubiera podido averiguar sobre mi clienta. Desanimado como estaba, pensé que la llamaría desde el teléfono del despacho, quizá para darme un poco más de tiempo y recuperar un poco el humor o quizá por que era una llamada mucho más barata que la que pudiera hacer devolviéndosela desde mi propio teléfono móvil. Todavía no lo sé.

Varias cosas me venían a la cabeza con respecto a la conversación que acababa de mantener con la señora Sánchez. Las diversas negativas a conocer a nadie con esa descripción junto con la expresión de sorpresa y odio que apenas pudo contener cuando le expliqué lo que había podido averiguar. Llegué al portal del edificio donde tenía el despacho. Podría haber subido por el ascensor pero preferí hacerlo por las escaleras con la esperanza que se me aclararan las ideas como por arte de magia. Si no lo habían hecho hasta el momento no sabía por qué lo iban a hacer ahora pero siempre he sido de la opinión de que la magia puede suceder en cualquier momento y subir las escaleras era un momento un poco más largo que hacerlo en ascensor. Cuando llegué al rellano, me dirigí a la puerta mientras sacaba las llaves del bolsillo. Llegué a la puerta con la llave en la mano pero no hizo falta usarla, la puerta estaba abierta. No sentí el zumbido del sentido arácnido, cosa que venía a corroborar que no era un súper héroe de ningún tipo, pero si que supe quién estaba dentro. Aunque para eso no había que ser demasiado listo.

Estaba de pie, mirando el código deontológico que tenía colgado de la pared. Era un hombre enjuto de alrededor de metro setenta y cinco, pelo oscuro, ralo, nariz de boxeador y ojos hundidos que desprendían chispas de maldad. En el lóbulo de su oreja derecha llevaba un pequeño brillante. Su visita no podía augurar nada bueno pero yo sabía que tarde o temprano llegaríamos a esto, por mucho que hubiera deseado evitarla.

Tenía las manos detrás de la espalda, unas manos venosas y grandes. En la mano izquierda llevaba tres puntos tatuados, señal inequívoca del talego, lugar del que un bicho como ese nunca tendría que haber salido. En la derecha, un sello enorme de oro con su nombre grabado, MIki. Cuando entré dijo sin mirarme:

     -  Honestidad. El Detective Privado debe ser veraz, leal y diligente en el desempeño de su función. ¿Esto no se parece mucho a ti, no?- Sonrió dejándome ver una dentadura podrida, falta de varios dientes, causada por años y años de consumo de heroína y coca fumada en plata.

            -  Los tiempos cambian Miki, ahora soy otra persona. Le dije sin darle importancia.

            -  Lo dudo mucho- dijo mientras volvía a mirar el maldito código- Dignidad. El Detective Privado debe actuar conforme a las normas de honor y de dignidad de la profesión- volvió a leer- menuda guasa- un atisbo de risa chillona le asomó por la boca. Fui hacia el escritorio y dejé las llaves. Lo rodeé, apreté el botón del contestador, no tenía mensajes, y me senté en mi silla que chirrió. Miki, por su parte, se volvió hacia mí y se sentó en la misma silla en la que el día anterior se había sentado la señora Sánchez. Miki, alias El filoso, quedó en silencio durante un momento sonriendo de forma provocativa. Parecía un subnormal pero eso no era un motivo de conversación en aquel momento. Sabía que me tenía que portar. -veo que tienes mucho trabajo...
-no me va mal, le respondí echándome hacia atrás. La silla crujió. -¿sabes a lo que he venido? La sonrisa se le había borrado de la cara. -no tengo la menor idea, le dije poniendo cara de póker.
Miki, respiró profundo, no era un tipo con demasiada paciencia y yo lo estaba provocando.

-vamos chico, no te hagas el sueco, sabes perfectamente para que estoy aquí. Había apoyado cada uno de sus brazos sobre el respaldo de la silla.
-¿de visita? No tengo café pero si quieres podemos pedirlo al bar de abajo, espera que los llamo. Me aventuré a llevar una mano hacia el teléfono.

Miki el filoso, se volcó sobre la silla poniendo las manos sobre la mesa, me hizo un ademán de que dejara el teléfono.
-déjate de bromas, chaval, que para tomar cafés ya tengo los colegas de la oficina. Su aliento alcohólico me llegó como un vaho pestilente. Se llevó la mano a la parte posterior del pantalón y de entre la camisa y la americana sacó un cuchillo enorme.

-he venido a traerte un mensaje...del Jefe.
Me arrullé en la silla, no tenía con que defenderme.
-que considerado- acerté a decirle mientras le miraba esa especie de cuevas del mal que tenía por ojos.
-déjate de tonterías Jordi. El Jefe quería que vieras mi nuevo cuchillo, ya sabes que me gusta coleccionarlos- con un gesto rápido clavó el cuchillo en la mesa de mi escritorio, la madera hizo crac.
Miki empezó a acariciar la empuñadora, por un par de segundos se hizo el silencio. El matón se mordió los labios, seguramente, empezara a tener el mono. Arrancó el cuchillo de la mesa de nuevo, se puso a mirar el filo.
-se lo compré a un ex soldado, de ahí de por Yugoslavia. De esos que ahora se dedican a meter palos en pisos de la parte pija de Barcelona y asaltar furgones blindados. Es un cuchillo de combate ruso, son bastante difíciles de conseguir- Me dijo que había matado más de cien enemigos con él y que nunca le hizo falta afilarlo. El matón le pasó un dedo por la hoja con cautela. De repente, se abalanzó sobre mí me cogió con la mano izquierda por la camisa y con la derecha me puso el cuchillo en la cara, con la punta cerca de mi ojo izquierdo.

-vamos a lo que vamos, Arados, que voy con prisas- Su aliento me volvió a llegar con fuera y entonces sentí una mezcla de repulsión y miedo. Me quise zafar pero me tenía bien cogido. –tienes dos días para pagarle al Jefe, por lo menos los intereses, cinco mil pavos, ¿lo entiendes?-

Yo dije que si con la cabeza, se me habían quitado las ganas de bromas, el matón se retiró un poco.
-así me gusta Arados, que atiendas cuando te hablo, se guardó el cuchillo de nuevo- ya tienes mi teléfono, pasado mañana me llamas, yo te diré donde tienes que ir, repite lo que te he dicho.

-que dentro de dos días te llame y me dirás donde tengo que ir, le dije completamente intimidado.
-eres un chico listo, Arados-el filoso volvió a sonreir, me dio un par de golpecitos en la cara con la mano abierta- No me hagas volver a sacar el cuchillo de paseo, no le gusta salir para nada, ¿entendido?-

Volví a decir que si con la cabeza, el filoso se levantó de la silla y quedó de pie frente a mí. Empezó a mirar el despacho de un lado al otro, chasqueó los labios.
-el despacho está guapo, Arados, pero podrías adornarlo un poco ¿no? Se ve un poco pobre- se cerró la chaqueta de la americana barata que llevaba, se despidió y se dirigió hacia la salida, ya conocía el camino.
-nos vemos- me dijo cuando cerró la puerta.
Por unos momentos quedé petrificado. Una cosa es saber qué va a pasar y otra muy diferente es cuando pasa de verdad. Cuando eso ocurre, mi reacción natural es la de quedar así, sin capacidad de reacción. Siempre me ha faltado mucho para ser Sam Spade, supongo. Cuando pude moverme de nuevo, saqué de mi chaqueta los cigarrillos y el mechero. Los puse sobre la mesa. Abrí el cajón y saqué un papel de fumar y una china que guardaba para momentos especiales como aquel. Me hice un canuto y empecé a fumar. Durante el tiempo que tardé en volverme a centrar se dibujaron en mi cabeza cientos de reacciones heroicas que podría haber tenido y que no tuve, así como todo un abanico de diversas réplicas ingeniosas que en el momento, con el cuchillo del filoso en el ojo ni siquiera me dio tiempo a pensar. Pasada media hora, más o menos, se me empezó a bajar el canguelo y empecé a ser de nuevo, el dicharachero y truán Jordi Arados, detective privado, y recordé que tenía una llamada perdida de Mireia Viura que seguramente tendría cosas que decirme. Me afané a buscar mi móvil dentro de la chaqueta, busqué en la agenda el teléfono de mi amiga y marqué su número en el teléfono del despacho. Cuando había sonado el tercer tono, apareció una voz al otro lado.

-¿Hola? Era la voz de Mieria Viura.
-¿Mireia?
-ah, ¡Hola Jordi! ¿Cómo estás? ¿de dónde me llamas?

-desde el despacho, le dije dándome importancia.
-ahhh,- me respondió- ya te he preguntado lo que me pediste.
-¡muy bien! Fingí entusiasmo, ¿y que es lo que sabes?
Mireia puso voz de profesional de las confidencias.
-he estado preguntando por ahí, por la Massana, he hablado con algunos profesores y conocidos que tengo.
-¿y? No estaba de humor para conversaciones insustanciales.
-nada, en el trabajo no se le conocen enemigos, aunque tampoco amigos, se lleva bien con un par de profes y tal pero nada más.
-vaya- me invadió el desánimo, -gracias de todos modos por haberte molestado.
-¡espera, esperaaaaa! ¡Que aún sé más!
- estuve hablando con un par de amigas que la conocen...
tuve sensación de primicia barata, me equivocaba otra vez

            -  Ah, ¿si?

            -  Si, me estuvieron contando que hace bastante tiempo que se acuesta con el profesor de tenis.

            -  Eso ya me gusta más- me estaba volviendo el buen humor.

            -  creo que se llama Javier, me dijo la voz de Mireia Viura.

            -  Javier, dije saboreando el nombre, ¿sabes cómo es?

            -  No, mis amigas no lo han visto nunca pero se dice por ahí que se ha acostado con un montón de mujeres del club y que mantiene su ritmo de vida a costa del dinero que le dan.

            -  ¡Joder, menuda suerte que tiene el tío! Exclamé espontáneamente.

-  Oh, Jordi, no seas vulgar. Un atino de decepción salió del auricular.

-  ¿Sabes algo más? Dije intentando recomponer mi dignidad masculina.

-Si...su voz pareció dudar un segundo al otro lado del teléfono.

-  Se rumorea que se cargó al marido...

-  Fiuuu silbé, ¡que fuerte!

-  Supuestamente el marido se suicidó con pastillas pero las malas lenguas dicen que fue ella la que lo atiborró para matarlo...

-  No te creas todo lo que se dice, Mireia

-  Piensa mal y acertarás, replicó ella.

-  Puede ser. -ya sabía todo lo que tenía que saber- te agradezco muchísimo la ayuda-

-  Eh, eh, no tan rápido detective, dijo en tono jovial, ¿para cuando la cena?

-  Ah, si, es cierto- a veces tengo memoria selectiva- esta semana te llamo y quedamos.

-  ¿llamarás tú al restaurante?

-  Si, no te preocupes, yo te llamo.

-  Ok, un beso, Jordi.

-un beso, Mire. Se oyó un click y después una señal de comunicando. Colgué el teléfono y me puse a pensar en tiempos pasados cuando las mujeres que conocía se conformaban con una pizza, un par de canutos y una cama donde no molestaran familiares o amigos. Tenía la sensación que el círculo se cerraba en torno al profesor de tenis pero aún tenía que contrastar un par de cosas. Encendí el ordenador y me puse a buscar alguna noticia en internet referida al marido de Teresa Sánchez pero no sabía el nombre cosa que me complicó bastante la tarea. Podría haber llamado otra vez a Mireia por si lo sabía pero me dio pereza. Tras varios intentos fallidos al mando de mi ordenador cochambroso, al final fui a dar con el artículo, una nota bastante escueta en la hemeroteca de la Vanguardia donde decía que el Señor Emili Boter, industrial barcelonés con intereses en el sector textil y hotelero, había amanecido muerto en su residencia de la calle Balmes a causa de una sobreingesta de medicación para dormir. El artículo explicaba que el señor Boter llevaba unos cuantos años en tratamiento psiquiátrico y que su muerte era el punto final a una historia de decadencia en lo familiar, su hermano había muerto en un accidente de avioneta hacía unos años, aclaraba la nota, ya que sus negocios iban, al parecer, viento en popa.

Todo esa información me podía decir mucho pero también muy poco. Podía darme un indicio del supuesto crimen que había cometido la señora Sánchez pero a la vez quizá no fueran más que habladurías, ya que en el artículo que había leído decía claramente que el hombre llevaba varios años en tratamiento y por lo que podía medio vislumbrar, entre la muerte del hermano, la falta de hijos, y los cuernos que le ponía la mujer, muchas razones para seguir viviendo no debía tener. Cuando uno es viejo, le da mucha más importancia a eso que al dinero, sobre todo, si resulta que lo tienes en abundancia.

Me quedé un momento sin hacer nada, tenía la mente en blanco. Sentía que de alguna manera estaba cerca de resolver el caso de los mensajes amenazantes pero no tenía del todo claro que debía hacer. Tenía una corazonada del método a seguir pero no las tenía todas conmigo mismo. Busqué en internet el teléfono del club donde Teresa Sánchez “recibía” clases. Cuando lo encontré descolgué el teléfono y marqué el teléfono. Una voz femenina me dijo que estaba llamando al real club de tenis de Barcelona. Le expliqué a la voz que tenía ganas de tomar clases de tenis y que un amigo me había recomendado a un tal Javier. La voz me informó que los horarios y disponibilidad del instructor había que convenirlos personalmente y que podía pasar todos los días entre las diez de la mañana y las ocho de la tarde, siempre a las horas en punto, para poder hablar con él. Luego me dio el listado de documentos necesarios para inscribirme en el club y el costo mensual de las clases y el importe de la matrícula. Un monto con el que en aquel momento podía comer durante todo el mes. Ya sabía donde encontrar al mismo Javier, pero antes tenía que contrastar la información que tenía buscando al taxista por si podía certificarme que la persona que le había dejado el teléfono en el taxi era la misa. Luego vería de que manera iba actuar. Me levanté de un salto, la silla volvió a chirriar, y me dispuse a salir a la calle. Estaba seguro que un poco de aire fresco me iría la mar de bien. Me quité la americana y la colgué en la silla. Luego, Abrí el segundo cajón del escritorio y saqué la pistola, una sig sauer mosquito que conseguí casi por casualidad y que era una joya. Comprobé que tuviera balas, y me puse un cargador en el bolsillo interior de la americana. Luego me puse la pistolera, la calcé y saqué la porra extensible de titanio. Me puse un cinturón modificado para llevarla y también me la calcé. Todo esto me parecía un exceso para lo que tenía que hacer pero no sabía cómo iba a reaccionar el tipo, si es que lo tenía que ir a buscar, y por otro lado si me encontraba con el filoso o con alguno de sus colegas no quería que me volviera a pillar de sorpresa. Sabía que enfrentarme directamente con ellos sólo podía traerme más dolores de cabeza pero quería demasiado a mi vida como para irme dejando intimidar de esa manera y, finalmente, tener una sorpresa desagradable en forma de mutilación o muerte dolorosa. Me volví a poner la chaqueta, me cercioré que no se notaba demasiado el bulto en la chaqueta y me presté a salir. Cuando fui a cerrar me di cuenta que la puerta estaba forzada y que no encajaba en el marco. Qué bien, un gasto más y seguro que el Jefe no me lo descontaba de lo que le debía. Por fin bajé hasta la calle, esta vez en el ascensor, y el ruido de los coches me golpeó haciéndome salir de una especie de pesadilla que había durado un par de horas devolviéndome a la realidad de Barcelona. Eran casi las cinco de la tarde. Aún tenía unas horas para encontrar al taxista antes de tomar la decisión de irme para la parte alta de Barcelona a buscar al profesor de tenis y tener algunas palabras con él.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar