Pagando deudas

Lo primero que tenía que hacer ese día era ir a cobrar el cheque de mi clienta. Después del desayuno y una ducha, cogí el talón del armario ropero lo metí en el bolsillo del pantalón y fui a por el coche. El día estaba nublado sobre la ciudad de Barcelona pero yo estaba de un humor excelente. El encuentro de la noche anterior con Mireia me había resultado de lo más revitalizante. Una especie de bálsamo a las heridas del alma provocadas por la violencia de los últimos días. Estar con ella era compartir un mundo aparte. No diré que un mundo ingenuo por que también habían puñaladas pero si que un tanto menos terrorífico, menos crudo. Cuando llegué a la sucursal de Caja Madrid había más peña que en la guerra. Me puse en una cola, llena de jubilados y amas de casa y esperé a que llegara mi turno. Después de casi media hora esperando un hombre de alrededor de treinta años, alopécico y vestido con un traje oscuro me preguntó que deseaba.

-quiero cobrar esto- le alargué el cheque.
El tipo se lo quedó mirando durante un momento. Me lo devolvió y me dijo que me sentara en unos bancos que había en un lateral de la sala, que en un instante me recibiría el director de la oficina. Estuve sentado durante unos minutos hasta que me llamaron y me hicieron pasar a un despacho. Me dijo que se llamaba Rafa Martínez y que era el director. –Encantado de conocerle, señor Arados-me dijo sonriente mientras nos dábamos la mano. Era un tipo muy cordial, o por lo menos lo parecía. Digo parecía por que después de un rato hablando me di cuenta que su única intención era que abriera una cuenta en esa misma sucursal con el dinero que tenía que cobrar. -Lo siento, pero tiene que ser al contado- le dije tranquilamente. –si por mí fuera, lo ingresaría todo, ya ve, pero tengo que atender unos pagos a unos proveedores-hice un gesto con las manos levantándolas del regazo- de todos modos le agradezco la oferta- El señor Martínez me dijo que tenía que entender que era una suma importante la que pretendía cobrar y que quizá quisiera hacer una transferencia a mis acreedores para comodidad de todos, que me iba a cobrar una comisión irrisoria. - Al contado, por favor- le volví a repetir de nuevo- Muy bien, dijo. Levantó un teléfono, hizo venir un empleado y le extendió el cheque que yo le había dado. Le dio la orden de reunir la cantidad expresada en el talón y volverla a traer. Al cabo de pocos minutos entró el oficinista con una máquina y un paquete. Yo estaba expectante. Pensaba que en cualquier momento se iba a poner manguitos y visera pero no fue así. En su defecto, se limitó a poner los billetes en la máquina mecánicamente y a amontonarlos hasta reunir la cantidad de cincuenta mil euros. El oficinista se los dio al director que los puso en un sobre. Extendió el brazo para alargármelo, ya no sonreía tanto – pues aquí tiene su dinero, señor Arados- dijo. Cuando los fui a coger, noté que el tipo hacía fuerza, le costaba soltar el sobre. Casi se lo tuve que arrancar de las manos pero al final me quedé con él. Me levanté agradeciendo a todo el mundo el trato y prometiendo abrir una cuenta allí en cuanto me fuera posible y me marché. Al salir de la sucursal, fui hasta el coche y guardé el dinero en la guantera del coche. Estaba en la vía Icaria, muy cerca de los cines que todo lo ponen en versión original, y sabía que al lado había una especie de tienda miscelánica donde se podía comprar desde un juguete hasta tabaco pasando por material de oficina. Fui hasta allí y compré un sobre. –¿de qué tamaño? Me preguntó la dependienta. Yo le enseñé el móvil de la que había sido mi clienta. –es para poner esto-. Volví al coche, y me dirigí bordeando el cementerio del Poblenou hacia el estudio de diseño. No era el camino más corto pero tenía tiempo y me gustaba la idea de subir por la rambla y ver un paisaje genuino barcelonés. Cuando llegué atravesé el hall del edificio y me encontré con el mismo guarda que me había salido al paso el día anterior. Le pedí un bolígrafo y apunté en la parte frontal del sobre el nombre y apellidos de la señora Sánchez y le pregunté si se lo podía dar en algún momento de la mañana. El guarda dijo que no había problema y que de parte de quién. Yo escribí en el dorso: de su fiel servidor Jordi Arados.

La próxima parada en mi día de los recados era el centro, un restaurante de comida catalana cerca de la plaza Sant Jaume. No me constaba que abriera a medio día pero tampoco podía asegurarlo. En cualquier caso, ahora saldría de dudas. Se me pasó por la cabeza pasar por el despacho. Quizá podía coger la porra o la pistola. O ambas. Desestimé la idea al instante ya que estaba seguro que me iba a cachear y, además, iba a pagar mis deudas así que lo más probable era que no pasara nada.

Aparqué el coche en el Párking que hay en la plaza de la catedral y subí por una de las calles laterales en dirección a la plaza del ayuntamiento y la Generalitat. Por el camino, me aferraba con fuerza al sobre y me acordé de la dichosa deuda que había contraído y cuán estúpidamente la había perdido, haría cosa de un mes.
Me había asociado con un argentino, un tipo flaco y de bigote finito. Se llamaba Sergio Schiano pero se hacía llamar por todo el mundo Chichí. Era un tipo dicharachero que se dedicaba a vender cocaína en prostíbulos. Lo había conocido unos meses atrás en el parque donde bajaba a comprar porros. Era un tío de puta madre y enseguida nos amigamos. Un día me estuvo contando que las cosas no le estaban yendo bien y que necesitaba un socio capitalista para traer una cantidad importante de cocaína desde la Argentina procedente de Bolivia. Si ponía cincuenta mil euros podíamos doblar la inversión para cada uno de nosotros. Había probado lo que tenía y sabía que era bueno pero no disponía de tanto dinero, o mejor dicho, de ninguno. Yo también necesitaba flow y la perspectiva de doblar esos cincuenta mil sin hacer casi nada me resultaba muy golosa. Fue entonces cuando decidí ponerme en contacto con Miki ya que sabía que su jefe se dedicaba al préstamo, entre otras actividades ilícitas. Le expliqué lo que traía entre manos y él se lo trasladó a su jefe. Al cabo de dos días tenía el dinero. Se lo di a Sergio que se fue para el otro lado del mundo. En la Modelo me contó que había hecho exactamente lo que había hecho tantas veces: comprar en Buenos Aires, pasarlo en ferry hasta Uruguay, donde las medidas de seguridad eran menores, y volar a Barcelona con escala en Madrid. Me contó que en la capital del reino no tuvo problema pero que al ir a salir por la puerta del aeropuerto de Barcelona, lo paró la guardia civil y le incautó el matute. Perdimos todo. Bueno, él perdió más que yo. Al menos, yo no estaba entre rejas, en prisión preventiva, esperando un juicio por tráfico de drogas y sin dinero para pagar un buen abogado.
La puerta del restaurante estaba cerrada y me bajó una gota de sudor frío ante la perspectiva de no haber anotado bien la dirección y no atender a la cita a la que no podía no aparecer. En este mundillo, cualquier detalle es importante. Hay que parecer serio y respetuoso y no presentarse a un encuentro de ese tipo no parecía ni una cosa ni la otra.

Me decidí a llamar a un timbre que había en un lado de una puerta que parecía secundaria. A los pocos segundos se escuchó un sonido de pasos. La puerta se abrió. Era Miki. Me sonrió con su sonrisa de mucha encía y escasos dientes. Me hizo pasar entre palmaditas en la espalda. Al cerrar la puerta me cacheó. –así me gusta bien limpita-me dijo. Atravesamos la cocina del restaurante que a esas horas estaba prácticamente vacía. Sólo había unos fogones encendidos donde estaban cocinando un polllo rustido con ciruelas y piñones. El olor me hizo entrar hambre pero no había ido allí a comer. Miki empujó una puerta batiente y salimos al comedor. Vi cuatro personas apostadas en las esquinas y dos más sentadas en la barra. Supuse que eran matones. En el centro del salón había una mesa con un hombre que estaba de espaldas. Parecía estar comiendo. Nos acercamos a él por su izquierda. Miki me anunció-jefe, el pagano- Me hizo sentar enfrente suyo.

Era un hombre corpulento, entrado en años. Tenía unos ojos azul celeste que me escudriñaban de arriba abajo. Llevaba un traje oscuro que me pareció hecho a medida ya que, a pesar de su obesidad, le quedaba impecable. Pude observar que llevaba los boslillos de la americana cosidos, seguramente para no dejarse nunca nada olvidado dentro. No llevaba camisa ni corbata, en su lugar llevaba una camiseta de algodón blanca.

Tenía los cubiertos en la mano y la servilleta sobre el regazo. Me señaló con el cuchillo.
-así que tú eres Arados, ¿eh?
-si, señor. Le dije mirándolo a esos ojos transparentes. Era la primera vez que veía al Jefe.

-Oh, nada de señor, Arados, puedes llamarme Max.- Sonrió- ¿verdad Miki? ¿verdad que aquí somos todos amigos?
Miki se había quedado en una mesa contigua. Levantó una copa de vino al aire –de toda la vida, jefe-

-ves, no tienes nada de lo que preocuparte. ¿Quieres comer algo?-
-no gracias, Max, no tengo hambre.- Le respondí sin saber si era una buena respuesta.
Max siguió comiendo, en realidad, despedazando un trozo de pollo. Se llevó un trozo a la boca.
-Sabes Arados, yo conocía a tu tío.
Me invadió un sentimiento de sorpresa genuina.
-¿ mi tío José?
-bueno, yo no le llamaba por su nombre de pila, para nosotros- hizo un gesto circular con el cuchillo- era el rubio. Un tío con un par de cojones, de la vieja escuela, si señor.
La posibilidad de saber algo más de mi tío me resultaba atractiva pero en aquel momento no estaba en condiciones de hablar demasiado ya que sentía el impulso de salir corriendo como alma que lleva el diablo. Quería solucionar mis problemas y no volver a saber nada más de nadie como mi tío o como ese tal Max, alias el jefe.
-Le he traído el dinero, -le alargué el sobre-

-Arados, ¿no ves que estoy comiendo? Relájate un poco, hombre- el tono de su voz era cordial. Se dirigió a la mesa de al lado. -Miki, ordenó- tráele algo de beber a nuestro amigo. ¿seguro que no quieres comer algo?- Yo negué con la cabeza.

El matón me trajo una copa que rellenó con la misma botella de la que bebía su jefe.
-sabes Arados, quería conocerte. Me parece que eres un tipo con un par de huevos, como tu tío.

-Muchas gracias- le respondí tímidamente. No sabía que se dijeran esas cosas por ahí, más que nada por que no respondían a la realidad.
El jefe bebió de su copa que quedó vacía.

-un tipo que se quiere abrir paso en este mundo de fieras, desafiando a los que llevamos tanto años en el negocio. Te lo concedo Arados, tienes agallas.
-¿cómo conociste a mi tío, Max? Le pregunté.

El jefe dejó los cubiertos sobre el plato, cogió la servilleta, se limpió la boca y la dejó a un lado de la mesa. Llenó de nuevo su copa y bebió un poco de vino. –me encanta este vino- dijo, luego dejó la copa otra vez en la mesa.

-En el talego, a mediados de los ochenta. Lo habían metido por robo con violencia. Era el terror de las estaciones de servicio. Metódico y limpio. Nunca se cargó a nadie. Un día le dio por empezar a robar sucursales de banco por que las gasolineras ya no le daban para pagarse los vicios. Lo acabaron trincando. Una lástima, si no hubiera estado tan enganchado al caballo, hubiera podido hacer historia. Ya no hay hombres como aquellos. No, ya no los hay. Max suspiró, quedó durante un instante con la mirada perdida.

-Qué interesante- fue lo único que alcancé a decir. Yo esas historias ya las conocía. De hecho, en mi adolescencia eran un tema recurrente en mi casa cuando hacía alguna fechoría. Mi padre me las contó todas y cada una pero con una perspectiva diferente. Algo parecido a sigue por ahí y acabarás como tu tío que era un habitual de la Modelo y un drogata que se juntaba con toda la purria de Barcelona. No había romanticismo, ni código de honor ni justicia callejera en las historias que me contaba mi padre. Tan sólo maldad y miseria.

-Bueno, Arados, a ver que me traes- la conversación nostálgica había llegado a su fin. Le alargué el sobre otra vez. Lo cogió con la mano izquierda y lo balanceó- nada como el peso del dinero-. Chasqueó la mano derecha dos veces y uno de los monos que había en una esquina se acercó y se llevó el sobre. Nos sirvieron un café. Yo no lo había pedido pero tampoco tuve valor para rechazarlo. Durante unos segundos se escuchó el tintineo de las cucharillas dentro de las tazas. Al cabo de un minuto el matón que se había llevado el sobre volvió y le dijo algo al oído de su jefe. La sonrisa se le borró de la cara. -¿dónde está el resto del dinero, Arados?

Una gota de sudor frío me bajó por la espalda. -Está todo en el sobre, cincuenta mil.

El jefe me señaló con el dedo. -Eso es lo que te presté pero no pretenderás que no te cobre los intereses que me debes ¿verdad?- Me cagué un poco en las patas cuando me salió con esas pero procuré que no se me notara. Tampoco estaba dispuesto a que me extorsionaran toda la vida con los intereses y los intereses de los intereses. Tenía el dinero que le había quitado al profesor de tenis en Vallvidriera pero no estaba dispuesto a quedarme sin blanca después de todo lo que había tenido que hacer.

-Con todo respeto Max,-le dije con toda la humildad que supe- no estaba al tanto de esas condiciones. Pensaba que con los intereses que te había pagado hace quince días y los cincuenta mil ya estábamos bien. Además, esos cincuenta es todo lo que tengo.

El gordo respiró profundo. Se llevó la taza a la boca y apuró el café. Luego se volvió a limpiar la boca con la servilleta e hizo un gesto con la mano a uno de los esbirros que habitaban la barra que se acercó con una caja de puros. Cogió uno de la caja, le quitó la punta y se lo encendió haciéndolo girar con los dedos de una mano mientras sostenía la llama de un mechero con la otra. Dio unas caladas. El humo me vino a la cara, me pareció pestilente, pero más me valía no hacer ninguna mueca que se pudiera interpretar como “irrespetuosa”. Sobre todo en esa circunstancia donde volvía a ser deudor. El gordo mafioso dio unos golpecitos sobre la mesa, la neblina del humo se acabó por disipar, sólo quedó el olor. Tenía cara de cabreo, de mucho cabreo y yo supongo que de canguelo, mucho canguelo.

-Eres un tipo con pelotas, ya te lo he dicho-me señaló con un dedo enorme-Normalmente me tomaría esto como un insulto. Vienes aquí, te sientas en mi mesa y no me das lo que me corresponde- Dijo bajando el dedo para tocar la mesa. Quedamos en silencio de nuevo mientras le daba otra calada al puro y me tiraba el humo a la cara. Hizo una mueca de desagrado mordiéndose el labio y mirando hacia la izquierda mientras balanceaba la cabeza como diciendo que sí. - Vamos a hacer una cosa, Arados,-dijo al fin- vamos a decir que te he hecho un favor. Y que me debes uno. Voy a hacerlo por la memoria de tu tío que en paz descanse.-giró las palmas de su manos y miró hacia arriba. Cuando te necesite dejarás todo lo que tengas y vendrás a mi, ¿entendido?

Le dije que si, que no había problema. El gordo hizo un gesto con la mano como diciendo quitádmelo de mi vista. Miki se levantó y me cogió del brazo. Me acompañó hasta la puerta por la que habíamos entrado. -Eres un tipo con suerte-, me dijo,- más te vale que vayas al cementerio a ponerle unas flores a la tumba de tu tío. Hoy te ha salvado la vida desde el otro barrio.

La puerta se cerró tras de mí. Estaba de nuevo en la calle y, lo más importante, estaba entero. Me di cuenta que después de todo, después de hacer lo indecible para conseguir una cantidad de dinero que para mí era brutal aún seguía en deuda. Es cierto, ahora sólo debía un favor. Un favor que quizá se me pidiera mañana, o el año que viene pero sabía que tarde o temprano tendría que saldar esa deuda al precio que fuera si quería seguir respirando. Volví sobre mis pasos hacia la plaza Sant Jaume y giré a la derecha por la calle Ferran para bajar hasta las Ramblas. Allí había puestos de flores, quizá si que le comprara unas flores para la tumba de mi tío.

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