Por la mañana

Mi casa era un piso en el barrio de Verdún, encima de la avenida Río de Janeiro y por debajo de la Vía Julia. Era la casa de mis abuelos que quedó vacía cuando se mudaron al pueblo. Podía haber sido para mis padres pero no llevaban bien, sobre todo mi padre, el hecho de vivir en el mismo piso en el que había crecido junto con su hermano, mi tío, José. Por lo que parece, había sido un personaje de armas tomar, un delincuente redomado. Mi padre me contó su historia por que murió siendo yo todavía un bastante niño, y no pude conocerla de primera mano, como ejemplo de lo que no se tenía que hacer en una época en la que según él, yo iba por el mismo camino. Después mis abuelos, con la nostalgia que da el tiempo, me fueron corroborando unas cosas y negando otras, pintándome el cuadro en su totalidad. Mi tío José era un espíritu romántico, por decirlo de alguna manera. Cansado de no ver futuro en un barrio y una época donde prosperar era difícil se tiró a robar. La cosa no fue a bote pronto, claro, sino la culminación de un proceso de años. En cierta medida, era relativamente fácil pensar en una vida llena de placeres, ajeno a las convenciones del mundo exterior, viviendo uno completamente propio cuando en casa a duras penas se llegaba a fin de mes y se vivía en un antro viejo que parecía caerse abajo. De esta manera, pasó de los trapicheos a la acción. Las prácticas las hizo en algunos estancos y farmacias de Sant Andreu y luego ya se tiró a cosas más serias como alguna sucursal de banco y gasolineras. Lo que no sabían sus afamados padres, los que eran mis abuelos, hasta mucho más tarde y a través de diversas personas que también lo conocían, era que el dinero de los botines no lo gastaba sólo en vicios sino que lo repartía entre algunas personas del barrio, que él conocía, claro, y que necesitaban la pasta. Conocido es entre la gente más mayor del barrio, cuando un día, todo pasado de caballo, se presentó por la tarde, a la salida de una guardería y empezó a repartir dinero a las madres. Mi tío José se hizo un habitual de Vía Laietana y La Modelo. Siempre, para suerte suya, por cosas pequeñas, así que las estancias eran cortas, casi anecdóticas, pero a cada salida, había empeorado, y su odio por la sociedad, por esas ataduras del estigma de clase que no podría romper jamás, crecían a cada segundo. Eso, unido al hecho de su creciente adicción al caballo y de que la cárcel es un buen lugar para establecer contactos hizo que se juntara con unos cuantos del barrio y montaran una banda. Empezó a hacerse llamar “el Rubio”. Se dedicaban al tráfico de cocaína y de heroína, amén de robar algún coche de vez en cuando y algún atraco esporádico. Fueron tiempos de opulencia para mi tío. De dinero fácil, de derroche. Un día, después de un negocio, dicen que se fue con sus colegas en un barco, con capitán y todo, y media docena de putas durante todo un fin de semana. La banda se hizo suficientemente importante como para llamar la atención de la policía. Una noche de la primavera del año 89, un colega suyo, Armando, y él se metieron en una pelea en un bar de la calle Argullós, parece ser que el dueño llamó a los maderos que cuando vinieron los obligó a darse a la fuga en un 127 que llevaba. Bajó por Argullós hasta Río de janeiro y luego giró a la izquierda en el paseo Valldaura. La velocidad y la adrenalina lo hizo llevar el coche al límite. Salió contravolteando del giro y el coche completamente descontrolado. Dio un volantazo y fue a parar contra el bordillo de la derecha. Luego, se fue a empotrar contra las columnas del Pont del dragó. Murió en el acto.

Para entonces, mi padre hacía cinco o seis años que se había marchado de aquel barrio para instalarse en el mío. Mis abuelos seguían viviendo en aquel piso que se caía, literalmente a pedazos. Unos años más tarde, se diagnosticó la enfermedad del edificio en forma de aluminosis y se tuvo que apuntalarlo y ponerlo en cuarentena. Se tuvo que reformar y adoptó la forma que tiene ahora, con una fachada nueva y ascensor. Eso coincidió con el retiro de mi abuelo que decidió marcharse al pueblo, hastiado por la muerte de mi tío y una vida en muchos modos desdichada.

Así que ahí entro yo en escena. Cuando fui lo suficiente mayor como para ganarme el reconocimiento a mi esfuerzo, por decir algo, mi abuelo me alquiló este piso por un módico alquiler de cero euros. Es una especie de usufructo, con la única condición de que cuando vengan los tengo que albergar, cosa nunca ocurre porque a pesar de mi insistencia siempre acaban durmiendo en casa de mis padres que es más amplia.

Ahí me desperté al día siguiente de mi encuentro con el cubano y Tony Tower. Tenía algo de resaca y recuerdos confusos. Recuerdo haber llegado a casa y ponerme a mirar porno como por lo menos hasta las seis de la mañana. Me levanté con los ojos pegados y la cabeza turbia. Me dirigí hacia el baño y mientras me limpiaba los dientes pensé que hacía ya bastantes días que no iba a correr ni al gimnasio. Un duro golpe a mi vanidad que se contrarrestaba con el deseo de codicia que se me encendía al pensar en el potencial económico de mi cliente. Ya veis, en mi caso, los pecados capitales que reúno se anulan unos a otros y no me permiten ningún tipo de remordimiento ni penitencia. No obstante, el Narciso que llevaba dentro me hizo prometerme que cuando acabara el trabajo volvería a mi actividad física habitual más que nada porque sin dinero no habría gimnasio... ni nada.

Mientras me pasaba esto por la cabeza, había salido de la ducha y puesto el café a calentar. Me había decidió vestir con una camiseta de los soprano que decía “ a mi me van a enseñar lo que es la extorsión” y un pantalón tejano de color oscuro junto con unas zapatillas naranjas. Algo informal para un día que no prometía demasiado.

Me encontraba en medio del salón de mi casa. Un salón por otra parte que no era nada del otro jueves. Tenía la virtud de ser cuadrado a pesar de ser bastante pequeño, cosa que facilitaba bastante la distribución de los muebles. En la parede de la derecha tenía una reproducción de Chagall, junto con una estantería que contenía mi particular discoteca, mientras que en la de la izquierda estaba dedicada a la televisión, el DVD y la cadena de música. La pared que daba a la cocina estaba recubierta por una estantería enorme que la recubría por completo. En esa estantería tenía un poco de todo: desde los libros de la facultad, a la literatura y los cómics, en una especie de batiburrillo que nunca tenía tiempo de ordenar. Siempre me había gustado leer. Creo poder decir con seguridad que la culpa fue de mi madre, lectora empedernida. A pesar de mis devaneos con la calle no perdía oportunidad de devorar libros o historietas según como me diera. Supongo que también eran una forma de escape. Mi biblioteca era mi orgullo por que era la representación visible del conocimiento intelectual adquirido a lo largo de los años, un fetichismo como cualquier otro. Los libros Estaban más o menos desordenados pero por lo menos había tenido la decencia de ponerlos más o menos en función de su género, es decir, los cómics con los cómics, la literatura con la literatura y el ensayo con el ensayo. La cuarta de las paredes era la joya de mi casa: un ventanal enorme que daba a la calle y que me nutría de algo tan necesario como la luz natural y que en Barcelona, por la disposición de los edificios y las calles es más un lujo que un derecho. En el centro del salón había colocado un sofá que me regalaron y un sillón de orejas que había sido la única concesión que me había hecho en cuestiones de mobiliario que no fuera imprescindible como la mesa para comer que tenía en la cocina o el armario ropero que tenía en la habitación. Atravesé la estancia si a cuatro o cinco pasos se le puede llamar travesía y me senté en el sillón. Me sentía algo desorientado. Encendí un cigarrillo y la televisión mientras me perdía en cavilaciones tales como el estado de un país que en tiempos fue tan rico como Irak y que ahora es tan miserable. Es curioso como la historia juzga de una manera a veces cruel y desproporcionada algunos países que, habiendo sido referencia en diversos aspectos de la evolución técnica o artística del mundo, ahora se encuentran sumergidos en una miseria desproporcionada. Vistas así las cosas, no era de extrañar que esa gente reaccionase con tanta violencia a la operación de expolio comandada por los yanquies. Bastante tenían con su propia decadencia, propiciada por los europeos un siglo atrás, como para verla acelerada un poco más, en este caso por los estadounidenses. Acabé de fumar y apuré el café pensando que recalentarlo nunca debería ser una opción valida si uno tiene el propósito de levantarse con buen pie. El sillón tenía un resorte desconocido para mí que me hizo saltar y dirigirme a mi biblioteca. No sabía que hacer. Me ocurría con frecuencia que cuanto más me quería centrar en una cosa, más me costaba y me ponía a marear la perdiz. Me puse a ojear algunos volúmenes mientras les pasaba la mano por el lomo. No sabía si ponerme a releer los manuales de la universidad, acaso buscando algún procedimiento olvidado, o ponerme a leer a Conan Doyle o Hammet, cosa que me llevó a pensar en lo que me gustaría ser en el caso de que no fuera un detective real sino inventado: ¿Sherlock Holmes?, ¿el agente de la Interconitental? Puestos a elegir lo que me hubiera gustado ser es Sam Spade. Un tipo implacable y al que las mujeres se le derretían en las manos. Dejé de tocar el Halcón Maltés y el hechizo se rompió en forma de dolor de cabeza. Un dolor sordo, un zumbido rugiente en las sienes. ¿Una advertencia de mal augurio o los excesos del ayer? Sin tiempo para contestarme, me vino a la cabeza Spiderman y me dio por pensar: ¿sería así el sentido arácnido?

El teléfono interrumpió mis pensamientos. La marcha imperial versionada al estilo hip hop, brotaba de un bolsillo del pantalón que llevaba ayer. Luego de rebuscar sin mucho éxito y sacar pañuelos, llaves, mechero y monedas, y después cagarme en la madre que parió al que se le ocurrió inventar teléfonos tan pequeños, logré encontrar el aparatito y descolgarlo. Era mi clienta.

-¿Arados?
-el que pincha y corta, señora, dígame.
-¿cómo va el tema?
-precisamente iba a llamarla, señora Sánchez. Creo que he hecho un progreso pero nos tendríamos que ver para hablarlo en persona.

- ¿no podemos hacerlo por teléfono? Hoy lo tengo muy ocupado y no tengo la certeza de poderle dedicar ni siquiera un minuto. Su voz sonaba cortante.
- el teléfono nunca es un buen método de comunicación para decir cosas importantes señora Sánchez. ¿acaso no ve las series de espías y detectives?

- está como una cabra Arados, no sé si me gusta. Espero que su locura sea tan eficaz como desconcertante. Le veré a las 14:15 en la confluencia de Pau Clarís con la plaza Urquinaona. Hay un lugar para tomar café, no recuerdo el nombre pero estoy seguro que lo sabrá encontrar.

- ¿el que está delante del asador?
-ese mismo. Sea puntual, apenas tengo un cuarto de hora antes de ir a una cita muy importante.
Eran las once de la mañana y mi encuentro con Teresa Sánchez me hizo replantearme mi agenda. Fui hasta la cocina, tiré el café recalentado, lavé la cafetera sucia y puse café nuevo. Luego la puse al fuego. Mientras esperaba a que subiera fui hasta la habitación y cogí el teléfono negro que pertenecía a mi clienta. Volví a la cocina, me serví una generosa taza de café y volví al salón. Me acomodé en el sillón de nuevo y me hice el propósito de pensar un poco. Hasta el momento tenía una clienta diseñadora viuda de un señor de mucha pasta. Un teléfono que recibía mensajes amenazadores si eras un teletubbie, con una musiquita igual de blanda. Y un tipo grande y engominado que le había comprado el teléfono a Tony Tower hacía unos días. Abrí el teléfono y lo empecé a trastear. El primer mensaje decía “no pienses que todo ha acabado”, databa de hacía ocho días para atrás. El resto de los mensajes eran igual de crípticos o asépticos según se mire por que las amenazas eran todas como muy relativas. No había una concesión a la brutalidad ni a ningún tipo de pasión descontrolada. Tampoco había petición ninguna de nada, ni dinero, ni confesiones, ni propiedades. Nada. Quizá fuera un montaje en crescendo para acabar pidiendo lo que fuera cuando se considerara que la tortura había llegado a extremos insoportables. Bendita tortura la de esos mensajes. En otro contexto, yo me los hubiera tomado como consejos más que amenazas: “cuidado con lo que haces”, “no te saldrás con la tuya” y el más fuerte “estás en el punto de mira”. Los sms tenían una periodicidad diaria hasta un total de siete, así que era previsible que hoy recibiera un octavo. Seguí mirando el teléfono, llegué a las fotos. Había alrededor de una docena. Todas eran en la calle y todas tenían como protagonista a mi clienta. Las había en el paseo de gracia con la señora Sánchez llena de bolsas del boulevard rosa, las había en las inmediaciones de su apartamento en la Illa Diagonal, entrando a su despacho en el 22@ del poblenou y finalmente las había de mi clienta de espaldas entrando a una especie de club cuyo logo no acababa de distinguir. Parecía que llevara al hombro una funda para raquetas. Empecé a tocar botones a ver si podía ampliar la foto pero enseguida me di cuenta que esto no era el CSI ni tampoco Blade Runner así que lo tuve que dejar estar ante la amenaza insistente del aparato de borrar una, varias o todas las fotos que contenía. Fui a por el portátil a mi habitación y lo llevé al comedor, que es de donde nunca debería haber salido, y comprobé que la serie que quería ver ya había bajado. Qué bien, me dije. Luego puse en google, clubes de tenis de Barcelona y me aparecieron unos cuantos. Pinché en imágenes. Empecé a buscar los logos o carteles de los diversos clubes. el que más se parecía era el Real Club de Tenis de Barcelona, que estaba como no, en la parte más pija de Barcelona. Dada la posición social y económica de la señora Sánchez eso me casaba bastante. Marqué la página en el buscador, cerré el portátil y volví con el móvil de mi clienta. Empecé a trastearlo de nuevo, siguiendo con el tema de las fotos. Pude averiguar que las había hecho entre nueve y 17 días atrás. Luego lo tuve en las manos un instante sin saber muy bien qué hacer con él. Seguí navegando por el menú hasta que al final llegué a un apartado de tonos y recordé la música con la que había recibido el mensaje ayer por la noche. Las llamadas tenían un tono predeterminado según pude comprobar pero los mensajes tenían un tono bajado expresamente para eso. Busqué el archivo, ponía vacadofogo.mp3. Volví al portátil para averiguar en escasos minutos que el archivo correspondía a una canción de Madredeus, un grupo de fados portugués en el que cantaba una mujer de voz celestial. Me puse a bajar la discografía, ya que estaba. Cuando acabé de hacerlo dejé sonando la música que me resultaba hipnótica y relajante y llegué a la conclusión que haberse tomado tantas molestias en elegir la canción y bajarla para ponerla en el teléfono tenía que significar algo para ella y que quien la hubiera puesto ahí conocía ese significado. El cubano, la noche anterior ya me lo advirtió y no me pareció mala la advertencia, pero ahora ya tenía algunos indicios más de que estaba en lo cierto. Me quedaba saber qué muchos interrogantes por resolver todavía pero por lo menos ya tenía un par de preguntas inteligentes para hacerle a mi clienta cuando me encontrara con ella. Me levanté del sillón, me desperecé. Fui hasta un cajón saqué una libreta y un bolígrafo y me puse a escribir las preguntas que quería hacerle. Cuando acabé, era casi la una y media así que si quería llegar a la hora, tendría que darme prisa. Fui de nuevo a la habitación, me quité la ropa y la dejé delicadamente sobre la cama para, después de algunas reflexiones sobre la estética en el trabajo y cagarme en la madre que los parió a todos, dedicarme a buscar la corbata que mejor casaría con el traje que tenía que ponerme. Estar atento a esos detalles era una de esas cosas que me molestaba mucho del oficio pero que tenía que aceptar aunque fuera a regañadientes. Por un lado, mi abuelo siempre decía que “así como te presentas, así te miran” que era una manera de decirme que la lucha contra los prejuicios de las apariencias es una de las luchas más duras que se libran por estos lares y por el otro, estaba la impresión que tenía de que el traje me caía súper bien. Me miré al espejo, que cojones, pensé, con el traje estoy que te cagas.

Cogí las llaves, sin saber a ciencia cierta si iría hasta el centro en metro o en coche pero mi propia inercia me llevó hasta el garaje donde lo guardaba y sin darme cuenta ya estaba metiendo la llave en el contacto y dándole al botoncito de la puerta del párking. Eran la dos menos cuarto y si no me daba prisa iba a llegar tarde. Salí en dirección a la meridiana para encontrarme con un bullicio de coches terrible, ¿tendría que hacer la entrevista por teléfono? La idea de hablar por teléfono siempre me ha desagradado así que más valía darse prisa. Invadí el carril del bus rezando a San Cristóbal que no hubiera urbana y a la altura de Padre Claret, me desvié a la derecha buscando bajar hacia el centro por Bailén y luego por alguna calle por debajo de Aragón hasta la plaza Urquinaona o alrededores. Todo estaba abarrotado así que seguí abusando del carril bus todo lo que pude hasta que al final llegué a mi destino. Seguramente  me habían cosido a multas. Por suerte, el coche estaba a nombre de un conocido que se había ido a vivir al extranjero, aunque yo sabía que tarde o temprano estas cosas siempre te daban un disgusto. Más que nada por que el que me lo vendió tenia mi palabra de que había puesto los papeles en regla y si algún día le daba por volver y encima por conducir se iba a llevar una sorpresa y se iba a cagar en mis muertos.

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