¿Quién es Teresa Sánchez?

Cuando cerré la puerta, quedé apoyado contra ella con la cabeza apoyada y la mano en el picaporte. Me di un par de golpecitos como para ser consciente de lo que me estaba pasando ¡ por fin tenía un caso! ¡y me lo había encargado una mujer espectacular! Desperté de mi letargo para recordarme a mí mismo que todavía la podía ver por última vez a través de la ventana. Corrí por el pasillo hasta llegar al despacho y entonces caí en la cuenta que la acera de debajo no se ve, lo cual me llevó a pensar que quizá debería poner un espejo en el edificio de enfrente o una cámara en la puerta. Pero eso lo tendría que dejar para cuando fuera un detective con las suficientes influencias como para pasarme por el forro las prebendas legales. Eso, o ponerme un banco o cualquiera de esos negocios que parecen tener bula frente a la justicia. No sé, un partido político o una empresa de fraudes al por mayor en forma de compañía telefónica o algo.

Me senté, saqué un cenicero de uno de los cajones y me puse a jugar con un cigarrillo haciéndolo girar entre los dedos. Si quería llegar a algo en este oficio, pensaba, me iba a tener que manejar de otra manera porque la entrevista que acababa de hacer había sido nefasta; no sólo me había dejado obnubilar por mi clienta sino que además me había dejado en el tintero un mogollón de preguntas importantes como por ejemplo: si las amenazas son de muerte, aunque tácitas, y ella las entiende como reales, ¿porque no acudió a la policía?

Encendí el cigarrillo, y saqué el teléfono móvil que la señora me había dejado. Era un teléfono negro, nuevo y de última generación, uno de esos con millones de gadgets, y que tienen internet y todo. Empecé a mirar en el interior y efectivamente había diversos documentos gráficos dónde salía Teresa Sánchez en diversas situaciones de su cotidianidad. No había ningún número en la agenda de contactos y si, había unos cuantos mensajes con amenazas veladas del tipo: La vas a pagar, o, sé tu secreto. El último mensaje, de hecho, decía literalmente eso. Entonces se me ocurrió que antes de revisar las fotos más a fondo debía saber más acerca de ese teléfono tan molón y a la vez tan intrigante. Después de comer intentaría averiguar algo. Antes tenía que indagar acerca de mi nueva clienta, saber algo más de ella, así que decidí que empezaba a ser el momento de desempolvar alguna de las antiguas amistades que hacía tiempo que no cultivaba. No sabía si todavía tenía el número pero cuando revisé la agenda de mi teléfono resultó que sí. Mientras esperaba a que levantara el teléfono recuerdo claramente que me puse a pensar en lo pequeña que era la ciudad a pesar de toda la propaganda megalopolística que se había desarrollado desde unos años para acá y que, en definitiva, Barcelona seguía siendo un pueblo grande donde todo el mundo se conoce. Cuando digo todo el mundo, me refiero a la gente adinerada, esos que llevan generaciones y generaciones instalados en los lugares preeminentes del poder político y cultural de la ciudad y que hacen y deshacen a su antojo. La ciudad puede que tenga más de dos millones de habitantes pero ellos siguen siendo cuatro, por decir algo. Al fin, una voz al otro lado del teléfono. Bueno, si, me puedo escapar, replicó la voz a mis súplicas lastimeras por un poco de atención. Genial, tenía una cita y encima era de trabajo.

Cerré el ordenador, conecté el contestador automático y bajé por las escaleras, por fin estaba en la calle. Trafalgar, para más señas, un carrusel de rótulos escritos en chino. A esta parte de la ciudad algunos le llamaban, creo que le siguen llamando, Chinatown por la cantidad de chinos que se instalaron aquí con sus tiendas de ropas al por mayor y complementos varios. Muchas veces paso por allí y las cosas no parecen haber cambiado demasiado. Es curioso como los tipos montan y desmontan tiendas de un día para el otro y es curioso también comprobar que siempre son diferentes a pesar de su parecido. Da que pensar, porque, ¿quién quiere montar una tienda para desmontarla al día siguiente? Como digo, el barrio está plagado de chinos y en consecuencia de restaurantes chinos. Bajé por la calle trafalgar y atravesé el paseo LLuis Companys, dónde el Arco de Triunfo me ofrecía al fondo del paseo una espléndida vista de la entrada al Parque de la Ciutadella. Unos metros más allá cruzaba la calle Roger de Flor para torcer nada más llegar a la estación del Norte, a mi izquierda, y empezar a subir por la calle Nàpoles hasta llegar al lugar dónde había quedado para comer con mi amiga.

Los restaurantes chinos tienen fama de ser baratos. También tienen fama de que la comida es de una calidad dudosa. Y por último, también tienen fama por una decoración, vamos a decirlo así, “evocadora de los tópicos de oriente”. El lugar en el que ahora estaba pidiendo mesa, tenía en común con el común del restaurante chino la primera de las premisas pero ninguna de las otras dos. En otros tiempos había sido un bar, de esos en los que te puedes tomar un carajillo a las siete de la mañana y una copa a las siete de la tarde, pero Barcelona se había llenado de bares y restaurantes regentados por chinos. No sólo en aquella parte llamada chinatown sino por toda la ciudad y no todos se había convertido en restaurantes chinos sino que muchos seguían manteniendo la idiosincrasia que tenían hasta el momento dibujando un panorama hasta el momento desconocido para todos nosotros: ¿un chino poniendo un carajillo? Hace unos años podría haber sido un chiste de Eugenio.

Pero el caso es que dónde yo me encontraba sí que se había reconvertido en restaurante chino. O más bien cantina china, donde todos los que trabajaban por allí iban a comer una buena sopa, o unos fideos en unas cantidades abundantes y por un precio muy razonable. Ya digo, nada que ver con los tópicos. Simplemente un bar donde comer bien. Antes eran gallegos, ahora son chinos, pero la diferencia sólo estriba en el menú. El resto es igual. Me pedí una cerveza y me puse a ojear la carta pensando que podríamos comer.

La voz al otro lado del teléfono era la de una antigua amiga aunque no sé si la palabra amiga englobaba la totalidad de nuestra relación. Se llamaba Mireia Viura. Era pequeña, algo así como un metro sesenta, de formas redondas que con el tiempo se habían hecho más atractivas, mezcla de gimnasio y madurez. Tenía el pelo corto, castaño oscuro con algunas mechas rubias y los ojos redondos de color miel. Vestía un traje de una sola pieza, de color tostado, y unas alpargatas de estilo menorquín. Avanzaba hacia mí con aire resuelto, enseñando todos los dientes de su sonrisa arrebatadora. Era una de esas chicas “guays” de Barcelona. Una de esas con las que puedes ir a la ópera y con la que también se pueden vivir noches salvajes. Ya casi no recuerdo las noches salvajes, pero no puedo dejar de pensar que las rememoraría todas y cada una. Pero eso era parte de un pasado que ambos habíamos decidido dejar atrás. Me puse de pie, el encuentro era inminente.

-disculpa no sabía dónde dejar la bici- dijo mientras nos saludábamos. Luego se sentó frente a mí.

- ¿qué taaal Jordi,cuánto tiempo, ¿no?
-la verdad es que sí. Cuánto ha pasado, ¿un par de años? -¿un par? ¿Querrás decir cuatro o cinco no?

Esto último no sabía si tomarlo como un reproche o una alabanza. Mireia y yo nos habíamos conocido unos años antes. Yo me había apuntado a unas jornadas sobre cine europeo que daban en la filmoteca de Catalunya. Al principio, en realidad, me hice amigo de su novio, un tipo de Bellvitge que es uno de los mayores canallas que he conocido nunca llamado Juan Pedro, ella le llamaba Juanpe, pero sus amigos del barrio le llamaban el águila de Bellvitge. Por algo sería. Un tiempo después desarrollé una afinidad con ella que iba más allá de la relación con uno pueda tener con la novia de un “amigo”. Sólo había que esperar a que se precipitaran los acontecimientos, es decir, a que Juanpe acabara diciendo cosas del estilo, “cariño no es lo que parece” o “estas cosas no tienen ninguna importancia, a quien te quiero es a ti” y tonterías semejantes que se dicen cuando te pillan haciendo lo que no debes y los calzoncillos fuera del lugar que deberían estar. Y allí estaba yo, el amigo solícito, el lobo con piel de cordero que parece que pasta en el prado pero que en realidad lo que hace es afilarse los colmillos con las piedras que sobresalen del pasto. Al duelo por la pérdida del águila de Bellvitge le siguió un tiempo feliz. No duró mucho, pero fueron buenos recuerdos de jornadas culturales en teatros, cines y lugares diversos y ardientes noches en su apartamento de la calle Tusset con Travessera de Gràcia. Al final, el tiempo pone a cada clase social en su lugar. Pero bueno, que me quiten lo bailado.

Aunque fue una ruptura amistosa que dio lugar a una relación más o menos cordial. Al fin y al cabo, ser de barrio con según quién no deja de ser un activo: aporta la cantidad de emoción callejera y lenguaje soez que toda chica de bien necesita para sentirse como lo que no es, para no sentirse presa de esa monotonía grosera de hipocresía y lujo. A mí me parecía de un cinismo extremo pero también era consciente que al final todos somos víctimas de lo que nos van metiendo en la cabeza desde pequeños y que tampoco hay que darle tanta importancia. Así era como habíamos llegado a comernos una sopa y unos fideos con verduras y mariscos en un bar regentado por chinos y cuya clientela era casi exclusiva para el paisanaje de la región de la que vinieran los inmigrantes chinos de la ciudad condal, a recogernos entre recuerdos de un pasado no muy lejano pero tampoco reciente, a hablar de gente que ya no veríamos más y a explicarnos la cantidad de cosas que habíamos hecho durante nuestra ausencia mutua, haciéndole honores a esa ecuación tan curiosa propia de los españoles de dirimir quien la tiene más larga, sin importar siquiera si la tiene o no la tiene. La comida pasó sin que hubiera ni tan sólo abordado por un momento el motivo de mi interés que no era en absoluto rememorar tiempos pasados. Creía que había llegado el momento de dejar el guante blanco sobre la mesa y mostrar mis cartas. -¿quieres un café?- creo recordar que le propuse a lo que ella me respondió que sólo y con sacarina. Hice venir al camarero que recogió los platos sucios y tomó nota de los cafés. Se deslizó silenciosamente hacia la barra que había al costado de la puerta de entrada.

1-Bueno -me aventuré- ¿cómo va el diseño?

Mireia estiró el cuerpo hacia arriba haciendo un ademán con la cabeza y los ojos mirando hacia el cielo, luego bajo la vista hasta clavar sus ojos en lo míos, dibujando una sonrisa mezcla de orgullo y a la vez melancolía.

- la verdad es que es un trabajo aburrido. Al principio sólo tienes grandes proyectos en la cabeza, pero un segundo después te das cuenta de que lo que piden es todo muy rutinario, y se convierte en un trabajo más.

- ¿insatisfecha?, dije torciendo levemente la cabeza y sonriendo sin abrir la boca...

-no, la verdad es que no, pero sí que estoy un poco decepcionada. Por un momento pensé que mi trabajo sería más creativo. Ya sabes, ser una artista, la fama, cosas de esas...pero hablar de mi trabajo es un coñazo porque no me explicas algo de los que estás haciendo. Entonces preguntó, -¿algún caso interesante, señor detective privado?

Me limpié la boca con la servilleta, la tiré sobre la mesa y me recosté sobre la silla dándome todos los aires que mi estupidez me permitió. -pues la verdad es que si- dije con aire resuelto y misterioso, mostrando a mi vez mi mejor sonrisa enigmática.

-y...dijo mientras sonreía con una sonrisa pícara y hacía sonar la cucharilla dentro de la taza de café, - se puede hablar de ello. ¿O es un secreto?

-umm..¿Todos los casos son secretos, conoces el principio de confidencialidad? Lo pone en el código deontológico...

-venga hombre, ¿no me vas a contar en lo que andas? Adelantó su mano y tocó la mía, levemente, dándome un golpecito, dispuesta a recibir la confidencia, sin importar lo que fuera, todo curiosidad por saber algo que se escapara a su ordinaria realidad de oficina llena de ordenadores caros y formas correctas tras los que se ocultaban un mundo lleno de egos henchidos y vanidades diversas.

-ummm...no sé, no sé, le dije, pícaramente...¿podrás guardar un secreto?

-sabes que sí, tonto, dijo mientras chupaba la cucharilla con los restos de café y sacarina.

-seguro, ¿eh? Espero no ver nada en la prensa, ni que me llamen tus amigas periodistas...

- te lo juro, dijo llevándose el dedo índice a la boca.

-Está bien- le dije mientras me inclinaba sobre la mesa mientras hacía como que escudriñaba el lugar buscando algún espía que a todas luces yo sabía inexistente. Le hice un gesto para que se acercara, nuestras caras quedaron muy juntas.

-es un caso de amenazas. Una mujer me contrató para que descubra a alguien que la ha estado amenazando a través de un teléfono móvil.

La curiosidad se había prendido en sus ojos. De repente, la expresión de su cara cambió para dejar de ser esa chica que siempre te pone a prueba, para ser esa chica dócil y complaciente que todo lo quiere saber. Le expliqué los detalles que conocía al respecto de las fotos, los mensajes y el teléfono.

- ¿cómo se llama?

-Teresa Sánchez, ¿la conoces?

- no me suena, ¿debería?

-quizás, es profesora de diseño en la Massana.

- ¿y qué diseña?

-joyas. Creo que pertenece a una familia de industriales barceloneses de “tota la vida”

- ¿y se llama Sánchez? No lo creo, ¡te la ha colado Jordi!
-no, la cosa viene del marido. Él era el industrial catalán “de tota la vida”

-ah, ahora empiezo a entender...dijo, como suspendiendo las palabras una detrás de la otra.-¿sabes cómo se llama?

- no tengo ni idea-reconocí-¿Me podrías hacer un favor?

-si, está en mi mano... dijo retorciéndose toda en la silla.

-tienes amigos en la Massana, ¿verdad?

- sí alguno me queda de cuando estudiaba. Algún profesor con el que he colaborado...no mucho ¿por qué?

-¿podrías averiguar algo más? necesito saber quién es Teresa Sánchez. Yo te diré lo que necesito saber.

Mireia se mordió el labio, luego me miró a los ojos y mientras describía círculos con el dedo sobre la mesa dijo: -¿Quieres que investigue por ti? Eso tiene un precio...

-vamos, Mireia, le dije yo, dame una excusa para llamarte más a menudo. Sabes que sé pagar mis deudas.

-Ok, pero que sepas que te va a costar una cena en el Cheriff.
-fiuuuu y pensar que cuando te conocí querías luchar contra el sistema... -eran otros tiempos, no había descubierto los placeres de la vida.
-No habías descubiertos esos, querrás decir...

Ambos reímos con ganas, pedimos la cuenta, el chino se deslizó silencioso hacia nosotros y salimos a la calle. Barcelona se mostraba radiante con las luces del apogeo de la primavera. Mireia me prometió de nuevo averiguar lo que pudiera. Se subió a la bicicleta que había aparcado cerca de la comisaría de la guardia urbana de la estación del norte. La vi alejarse a través del parque mientras me encendía un cigarrillo. Siempre me han gustado las despedidas cinematográficas. Por mi parte, la rueda de la investigación ya se había puesto en marcha, y aún no sabía hacia donde me llevaría.

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