Segundo encuentro con Teresa Sánchez

El mediodía primaveral en la plaza Urquinaona era cálido tirando a tórrido. Las palmeras de la plaza apenas daban abasto a cubrirla y el sol se colaba por todos los intersticios, calentándola hasta el punto que no había ni vagabundos en los bancos a pesar de la cercanía de la hora de la siesta. Había mucho ruido fruto de unas obras , los autobuses y los miles de coches que circulaban por la ronda Sant Pere y por vía Laietana en dirección a la plaza Universidad y la ronda litoral. Cuando llegué a la cafetería sopesé por un momento sentarme fuera, en las mesas dispuestas en la acera, para poder fumar mientras esperaba a mi clienta pero el calor y el ruido de los coches me hicieron desistir de mi empeño de ensuciarme los pulmones. Entré y me acomodé en una mesa vacía del fondo. El aire acondicionado me daba en el cogote y me hacía sentir escalofríos. Por suerte, era sólo un ratito.

Pasadas las dos y veinte llegó la Sra. Sánchez. Yo tenía un café solo sobre la mesa y una botella de agua con gas. Tenía la impresión que iba a necesitar ambas cosas, la primera para darme un poco de empuje y la segunda para poder digerir lo que me dijera que, intuía, no me iba a servir de mucho. A veces me equivoco.

Iba con unas gafas enormes de sol que no se quitó en toda la entrevista y llevaba un bonito traje chaqueta de color salmón que recogía sus curvas generosas y firmes. Llegó, y se sentó en la mesa de una forma furtiva, como queriendo pasar inadvertida, y se quedó mirando la mesa como esperando no encontrarse con ninguna mirada amiga o enemiga. Miró el reloj de pulsera que llevaba en la mano izquierda dos veces, todavía no sé si para darme a entender el poco tiempo del que disponía o para cerciorarse de que realmente estaba allí con un pelagatos como yo y tomar nota mental de las cosas que le había llevado a hacer un maldito teléfono encontrado en un taxi.

Yo por mi parte, me levanté a saludarla, nos dimos la mano. La suya era blanda, casi inerte, dejando patente la desgana de nuestro encuentro. La mía sudorosa, ya que siempre que me hallo en una situación como esa me pongo nervioso. Ella pidió un capuchino mientras me apuraba a darme prisa en lo que tuviera que preguntar por que apenas disponía de unos minutos antes de tenerse que marchar a una reunión de trabajo. Saqué mi libreta con mano temblorosa, la abrí por la página en la que había anotado mis preguntas y me dispuse a disparar.

A modo de prólogo y para que viera que me lo había estado currando le hice saber que había estado haciendo algunas averiguaciones y que había llegado a la conclusión que el teléfono era robado y que de algún modo se lo habían hecho llegar poniéndolo en el taxi. Ella me respondió que esperaba que no la hubiera hecho venir hasta allí para escuchar perogrulladas y que fuera directamente al grano. Definitivamente, era un encanto.

-tiene usted razón, le respondí mirando a mi libreta- tengo que hacerle algunas preguntas. Espero que entienda que son necesarias para el buen desarrollo de mi trabajo, y le pido por favor que me conteste con toda la precisión que pueda. Cualquier detalle puede ser definitivo para encontrar al sujeto que le está haciendo esto. Ella se revolvió en la silla, incómoda. Puso el bolso sobre la mesa y las manos encima, cuyos dedos se entrecruzaron entre sí, formando un amasijo único de palmas, dedos y puños. Entonces me aventuré a empezar.

-dice que encontró el teléfono en un taxi. ¿Podría darme un poco más de información al respecto?

-no sé que quiere que le cuente.- Dijo cortante

-como era el taxi y cómo era el taxista, por ejemplo.- dije intentando parecer tranquilo.

-el taxi era negro y amarillo. Grande...

Quise quitarle hierro al asunto, sonreí-¿cómo de grande?-le hice un gesto con las manos poniéndolas en paralelo- así...abrí un poco más la mano izquierda-¿o así? En este caso, el tamaño si que importa...

Ella hizo una mueca de desagrado. El camarero trajo su capuccino. Ella le hizo un poco de espacio sacando el bolso y poniéndoselo sobre la falda del vestido. No le dijo gracias, como tampoco hizo caso de mi comentario jocoso.

-pues no sé, grande. ¿doy la impresión de ser una de esas personas que se fijan en los coches?

- está bien puede que no recuerde el taxi pero, ¿ qué me dice del taxista?

-era viejo. Iba un poco desaliñado- Teresa Sánchez se quedó pensativa un segundo, en el que abrió un poco la boca, luego se sonrió y dijo:

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-creo que recuerdo algo más. Tenía la voz ronca, como si le hubieran hecho algo en la garganta. En realidad, más que ronca, hablaba como el pato donald.

- bueno eso ya es algo-dije yo en tono amable, ¿no recuerda nada más?

-si lo recordara se lo diría-dijo en tono burlón-¿algo más?

Ella tomó la taza de café entre sus manos y se dispuso a tomar un sorbo, se hizo un silencio muy desagradable que me pareció durar una eternidad. Apunté en mi libreta lo que me había dicho. Volvió a mirar el reloj.

-si, -me aventuré pensado que me iba a dar con la taza en la cabeza- ¿dónde lo cogió?-

-en el hotel que está al lado de mi casa, hay una parada de taxis.

Hotel al lado de casa, apunté en mi libreta, ¿ a qué hora?

-la habitual, sobre las ocho de la mañana.

Volví a apuntar en mi libreta la hora, ya me empezaba a sentir más seguro.

--¿ve como si se esfuerza sí que recuerda cosas? Dije mostrando la mejor de mis sonrisas. ¿siempre coge el taxi en el mismo sitio?

- si, y no me gustan sus insinuaciones Arados, son de mal gusto. ¿Algo más?

- si, señora, lo siento mucho, -le dije en voz baja- pero esto es necesario.

Teresa Sánchez volvió a mirar el reloj, se notaba incómoda, no parecía ese tipo de mujer acostumbrada a responder preguntas.

-¿va todos los días en taxi?
-si, los transportes públicos no me gustan. Prefiero el taxi. Volví a anotar, todos los días en taxi...

Dejando el tema del taxi, señora Sánchez dígame una cosa, ¿cuáles fueron las causas exactas de la muerte de su marido? La pregunta pareció cogerla por sorpresa.

- no sé qué tiene que ver esto con mi marido. Está muerto y enterrado, ¿cómo quiere que tenga algo que ver con esto?

-eso me lo tiene que decir usted ¿Cómo se lo tomó la familia?

- al principio mal. Decían que no me había ocupado de él como es debido, pero ellos que sabrán. Luego se resignaron, no les quedaba otro remedio.

-¿dónde puedo encontrarlos?

-Apenas le quedaba familia. El único sobrino que le queda en Barcelona tiene una casa en la avenida Tibidabo pero me gustaría que lo dejara en paz. No quiero darle la satisfacción de verme en problemas. Usted limítese a encontrar al desgraciado que me está haciendo esto, y luego dígamelo. No le pido nada más.

Ella hizo un ademán de levantarse para marcharse, yo la cogí de la mano con fuerza, -aún no hemos acabado, señora-, le dije, -¿por qué no se vuelve a sentar? Una mujer como usted estoy seguro que está acostumbrada a que la esperen. Teresa Sánchez volvió a sentarse. Una mueca de indignación y de miedo asomaba por debajo de sus gafas de sol. De acuerdo, dijo, pero sólo cinco minutos más. Era la primera vez que reaccionaba así con una mujer pero necesitaba el dinero y no podía perder el trabajo.

-cinco minutos es todo lo que necesito-le dije mientras ponía el teléfono que me había dado sobre la mesa.

Encontré a la persona que vendió el teléfono. Dijo que se lo vendió a un tipo alto, de modales de clase alta, complexión fuerte y engominado. ¿Conoce a alguien que case con esa descripción?

-no- dijo tajante. Una mirada de odio atravesó los cristales oscuros. -y si le digo que conducía un golf rojo, ¿sigue sin sonarle?
- ya le he dicho que no, dijo, pero su voz sonó rota por un momento.

Me tomé unos segundos para escribir algo más en mi libreta. Hay una foto en el teléfono por la que me gustaría preguntarle. Abrí el teléfono y le mostré la foto en la que estaba saliendo del club de tenis.

-¿reconoce este logo?
-si, es del club de tenis.
-¿sabe alguien que va a ese club y los horarios que frecuenta?
-casi todo el mundo que conozco sabe que voy al club.
- ¿y ninguna de esas personas responde a la descripción que le he dado? -no- volvió a responder tajante.
Aquello parecía un callejón sin salida, decidí dejar de lado la foto.
-¿y el tono con el que se anuncian los mensajes?

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-¿qué le pasa al tono?

-es una canción de un grupo conocido, ¿la reconoce?

-¿a vaca do fogo? Es una de mis canciones favoritas...

- ¿cuánta gente sabe que es una de sus canciones favoritas, señora Sánchez?

Ella quedó pensativa durante unos segundos.

Aparte de mi difunto marido, creo que nadie.

-Está claro que alguien lo sabe. ¿Seguro que no se le ocurre nada?

Volvió a mirar el reloj e hizo un además de volverse a levantar.

-Seguro. Si tuviera alguna idea no lo hubiera contratado.

- Una última pregunta antes de que se marche ¿por qué no fue a la policía, en vez de acudir a mí?

-ya fui pero no me hicieron caso, me dijeron que podría ser una broma y que los mensajes y las fotos no demostraban nada. A propósito. ¿Ha llegado algún mensaje más?

Asentí con la cabeza y un rojo iracundo subió a la cara de Teresa Sánchez. Al cabo de un segundo, sus mofletes cayeron y sus fosas nasales se contrajeron. Las palabras le salieron como llamaradas de fuego.

-si no encuentra a quien está haciendo esto en un par de días me temo que tendré que contratar los servicios de alguien con más experiencia en el ramo. Buenas tardes, señor Arados. Se levantó de la mesa, y se fue sin pagar.

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