Tercer encuentro con Teresa Sánchez

Bajamos al barrio del cubano y durante todo el trayecto no nos dijimos nada. Mi amigo se hizo un porro y lo fumamos en silencio mientras recorríamos el mismo trayecto que habíamos seguido para subir pero en dirección contraria: carretera, ronda y túnel de la Rovira. Paramos en el portal donde vivía y se bajó acompañado de los electrodomésticos que habíamos arramblado de la casa del tal Javier. Estaba muy cansado y sentía que algo se había roto dentro de mí. Ya nada volvería a ser lo mismo después de aquella noche. Contamos el dinero que había en el sobre, algo más de quince mil euros. El cubano hizo un gesto de aprobación y me dijo que muy bien, que las cosas habían salido de puta madre. La vedad es que no estaba nada mal ya que no pensaba sacarle tanta pasta al tipo aunque, no estaba contento con la forma en la que me había manejado por mucha aprobación que me diera mi amigo. Nos despedimos y arranqué para mi casa. Cuando llegué, me saqué toda la ropa que quedó en el suelo del lavabo. Estaba manchada de sangre. Me miré al espejo y lo que vi no era yo, era una versión malvada de mí mismo. Me resultó insoportable. Apagué la luz y fui hasta la habitación en completa oscuridad. Me senté en el borde de la cama. Una catarata en forma de llanto empezó a brotarme de los ojos. Lloré hasta quedarme dormido. Cuando sonó el despertador había pasado apenas cuatro horas. Eran las once de la mañana y tenía una cita con mi clienta a la que no debía faltar. Seguro que se alegraría de saber de lo que me había enterado.

Tenía los ojos completamente hinchados y enrojecidos. Me metí en la ducha y sólo entonces me di cuenta que también tenía la mano derecha hinchada y que probablemente me había hecho daño. Luego tendría que ir al hospital a que me la miraran ya que a duras penas la podía mover sin sentir dolor. Gajes del oficio, pensé, pero el pensamiento no me reconfortó. Al salir de la ducha me encontraba más despejado. Salí del baño después de secarme y fui a la habitación a vestirme. Me puse unos tejanos y una camiseta naranja de imitación de las cárceles americanas en la espalda de la cual se podía leer “recluso”. Puse la cafetera en el fuego y mientras subía el café, fui hasta el baño otra vez a rescatar la ropa que había dejado tirada la noche anterior. Vacié los bolsillos, dejé todo lo que había sobre la mesita de noche y guardé en un cajón del armario ropero el sobre que le había robado al ex-amante de mi clienta junto con la pistola y la porra. El móvil que me había dado Teresa Sánchez fue a parar al bolsillo del pantalón, junto con el mío. Dudé que hacer con el traje manchado de sangre, después de sopesar la posibilidad de quemarlo en la bañera o de tirarlo en un contenedor, llegué a la conclusión de que se iba para lavar, que un traje así no merecía un final tan infeliz por mucha sangre de macarra pijo que tuviera. Lo puse en la lavadora con una dosis extra de detergente y suavizante y la puse en marcha. Total, una vez lavado, no se vería nada y dudaba mucho que el ex-amante de mi clienta me denunciara por lo que había pasado la noche anterior. Ya en la cocina, me serví una taza de café, cogí un par de ibuprofenos que guardaba en un cajón y me fui a sentar en el sillón. Encendí la tele para mirar las noticias, en el congreso el presidente negaba tajantemente que hubiera ninguna crisis, nada nuevo bajo el sol. Todo el mundo se queja de los políticos que tenemos pero sólo son un reflejo de nosotros mismos. El común de los hombres de nuestro país, cuando los pillan in fraganti o es notorio que la han cagado, niegan la mayor aunque al final resulte ridículo o evidente que están mintiendo así que ¿por qué iba a ser diferente con nuestros políticos? Le di un trago al café y al llevarme las pastillas a la boca me vino el recuerdo del viejo que la señora Sánchez llamó marido durante años y que al final se acabó cargando con la complicidad de su amante, un profesor de tenis que tenía como segundo trabajo el de seductor de cincuentonas adineradas y de muslos firmes como mi clienta. Por un momento, sentí pena por el muerto. ¿Cómo habrían llegado a aquella situación? ¿no hubiera sido más coherente continuar con el viejo hasta que las cosas cayeran por su propio peso? ¿tan difícil era que tuvo que acelerar su salida de este mundo? Me encogí de hombros, estaba seguro que recibiría una explicación en breve, cuando fuera a cobrar por los servicios prestados. Hice un inventario mental de las cosas que me esperaban durante el día: ir a cobrar, volver a casa a dormir un poco si era posible, volver a pasar por el despacho para hacer un par de llamadas y dejar el arsenal que dormía en el cajón del ropero y luego ir a cenar al Chériff con Mireia, previo paso por el Hospital del Mar para que me echaran un vistazo en la mano que me seguía latiendo en el reposabrazos del sillón. Lo de la cena me daba un poco de pereza por que no tenía demasiadas ganas de confraternizar con nadie, o acaso, confraternizar de esa manera. Por un momento pensé en darle largas, pero me había comprometido y cuando daba mi palabra solía cumplirla, aunque a veces no lo pareciera. Se estaba haciendo tarde y, entre tanto pensamiento oscilante y vacuo, me había olvidado de cómo iba a encarar la entrevista con la señora Sánchez. Saqué el teléfono que me había dado dos días atrás cuando vino a contratarme para que averiguara quién le estaba enviando esos mensajes más misteriosos que amenazantes, en mi opinión, pero tan misteriosos como amenazantes en opinión de mi clienta. Al final resultó que estaba en lo cierto, que había una razón suficientemente poderosa como para sentirse amenazada. Volví a escuchar la grabación que había hecho la noche anterior en aquella casa de Vallvidriera. La confesión del crímen perpetrado por la señora Sánchez en colaboración con el profesor de tenis del club con quien mantenía un romance. La voz del tipo se oía clara a través del altavoz del móvil, si acaso un poco trémula, supongo que por la ración de puños y porra que le había suministrado. No estaba muy orgulloso de mí mismo pero me sentía preso de mis propios compromisos que, de no cumplirlos, podían llevarme a un destino similar al que le había propinado al tipo la noche anterior o incluso peor. Me acordé del cuchillo ruso de Miki clavado en la mesa de mi despacho y entonces ya no me pareció tan mal lo que había hecho. Digamos que era él o yo. Estaba cansado y no podía pensar con claridad. Busqué en mi memoria alguna escena de película o libro que lidiara con una situación semejante, por si me podía servir de ayuda, pero no se me ocurrió ninguna. Pensé en hacerme un canuto pero luego deseché la idea por que ya estaba suficientemente embotado como para emborronarme la cabeza un poco más. Sin darme cuenta, me había levantado del sillón, había cogido las llaves del coche y estaba llamando al ascensor.
Cuando llegué al párking un par de calles más arriba de mi casa, revisé el coche a conciencia. No quería dejarme nada en el coche que me pudiera relacionar con los suceso de la noche anterior llegado el caso de que me visitaran los maderos. Retiré las alfombrillas de los asientos de delante y de detrás y lo único que saqué fueron virutas de tabaco que se habían ido cayendo cuando nos hicimos los canutos. Las sacudí en la plaza de al lado, que estaba vacía, y las volví a poner en su sitio. Arranqué el coche y me fui para el despacho de la Señora Sánchez.

Ella lo llamaba estudio y estaba en una zona del poblenou que habían reformado y que ahora se llamaba 22@. En realidad, se trataba de una reurbanización del barrio que intentaba dejar atrás su pasado industrial para proyectarse en un futuro tecnológico más guay y más acorde con la imagen que la ciudad quería proyectar de puertas hacia fuera. Habían derribado junto con las naves industriales gran parte de los edificios que habían alrededor y aún a día de hoy no sé donde ha ido a parar la gente que vivía por allí. No creo que les ofrecieran un piso por la zona en retribución de su sacrificio, ya que los precios sólo estaban al alcance de gente adinerada o parejas dispuestas a venderle el alma al banco, si no que imaginaba que les habrían dado cuatro duros para que se buscaran la vida o mejor todavía, les habrían dado preferencia para los escasos pisos de protección oficial que el ayuntamiento ponía sobre el tablero a precio casi de mercado y que no alcanzaban para todos los expropiados. Barcelona siempre ha sido poco respetuosa con su pasado y a lo largo de la historia se ha ido reformando para estar a la última. Somos así, nos pierde la estética y por la estética la ciudad se deforma hasta perder trazos de su identidad aún a costa de sus propios habitantes. Supongo que esa gente, igual que los del Born o del Besós fueron víctimas de ese compromiso con los tiempos que corrían y con la voluntad de hacerla atractiva a las inversiones procedentes del extranjero en forma de turismo, o de empresas que trasladaban sus sedes a la ciudad al calor de las facilidades que se les ofrecía.

Pero el caso es que por fin había llegado a mi destino y todavía no había armado un discurso en mi cabeza de lo que iba a decir. El tiempo se acababa y no me quedaba más remedio que improvisar. Quizá fuera mejor así, nunca se me han dado bien las peroratas prefabricadas. Vacío de palabras pero lleno de argumentos entré en el edificio donde se ubicaba el estudio de mi clienta. Vi en un panel que había en la puerta que estaba en el tercer piso. Un portero gordo con camisa blanca y pantalones negros me obligó a identificarme y a indicarle a donde iba y para qué antes de hacerme pasar a un ascensor y marcarme el número. Cuando se abrieron las puertas, tres pisos más arriba. Me estaban esperando.

-¿El señor Arados? –dijo la chica- Mi nombre es Sofía soy la asistente de la señora Sánchez, acompáñeme por favor.
Calculé que por asistente querria decir becaria y que por becaria querría decir persona que trabaja mucho y prácticamente no cobraba nada. Era una mujer joven, tendría 22 o 23 años, espigada, de ojos y cabello castaño. La típica chati de barsalona. Como Mireia. ¿Habría empezado así? Seguramente si, por algún sitio había que empezar. Se adelantó por un pasillo de paredes blancas salpicado de puertas y reproducciones de Miró. Al final, llegamos a una sala pintada de color grana con varias mesas puestas en fila. Sobre una de las paredes, unas estanterías con diversos libros. Sólo se oía el clickar de los ratones y algún resoplido eventual. Me pareció que se respiraba una solemnidad impropia de un lugar supuestamente poblado de artistas. Me dio que pensar en que la señora Sánchez gobernaba a sus trabajadores con mano de hierro y que su trabajo de profesora en la escuela de diseño era en realidad una tapadera para contratar mano de obra barata.

La chica me hizo sentar en una silla de diseño con un respaldo ovalado. Me dijo que esperara, que en breve me recibiría la señora Sánchez. Hice lo que se me decía como si fuera un cordero que va al matadero. Me senté con las piernas cruzadas y las manos sobre el regazo. Me di cuenta de que las tenía completamente sudadas y me las froté discretamente contra el pantalón. La chica se sentó en la única mesa que había libre, siguió con su trabajo.

Me hizo esperar como media hora. La típica estrategia de director de Recursos Humanos. Quizá pensaba que de esa manera me impacientaría lo suficiente como para llevar la iniciativa en la negociación de los honorarios. Sonó un teléfono que atendió la chica que me había acompañado. Luego se volvió a levantar de la mesa donde estaba. -La señora Sánchez le recibirá ahora- dijo, y me acompañó hasta una de las puertas que había en el pasillo, llamó y abrió, me hizo un ademán para que pasara.

El despacho de mi clienta estaba hecho con mucho gusto, lo tenía que admitir. Un ventanal enorme presidía la estancia contra el que se dibujaba la figura de Teresa Sánchez. Sobre las paredes, estanterías con libros a un lado y al otro, una reproducción enorme de un cuadro de Pollock. Ella estaba mirando unos papeles cuando entré. Me hizo un gesto con la mano para que tomara asiento- en un momento estoy con usted- recuerdo que dijo. Yo me senté en una silla que no rechinó como hacían las que yo tenía en mi despacho. Quedé a la espera, estábamos en completo silencio. Mi clienta llevaba unas gafas de pasta y un vestido negro de una sola pieza. Tenía que reconocerlo, la mujer tenía estilo. Finalmente levantó la cabeza y se quitó las gafas. De un cajón de su escritorio sacó una chequera. -Usted dirá-, me dijo con voz grave, -¿cuánto le debo?-. Yo había esperado otro tipo de cortesía aunque no sabía por qué, ella siempre se había mostrado así conmigo y por lo que había podido comprobar en los últimos dos días se mostraba así con todo el mundo: decidida, directa, un punto mal educada. –cincuenta mil- le dije haciendo acopio de toda la seguridad que tenía a mano. Se me quedó mirando y su mirada me pareció querer atravesarme y desintegrarme hasta hacerme polvo.

-¿cómo? Será una broma.
Yo estaba muy serio.
-ya lo ha oído, cincuenta mil.
-si cree que le voy a dar esa suma por un día y medio de trabajo es que está más loco de lo que yo pensaba señor Arados.

Saqué el teléfono que ella me había dado hacía escasos dos días. Busqué en el menú hasta encontrar la grabación. Me temblaban un poco las manos pero por suerte ella no se dio cuenta. La voz de Javier Arroyo, profesor de tenis y seductor de mujeres casadas empezó a brotar por el altavoz del móvil. Al acabar la confesión de su ex-amante que yo le había arrancado a mamporros el teléfono hizo un click. Se volvió a hacer el silencio. Se escuchó el rugido del motor de un camión al otro lado de la ventana.

Ella no se movió ni un milímetro en la silla. Pareció tomar aire, como dándose tiempo a sopesar la situación.
-no me intimidan sus malas artes, señor Arados.- dijo con tono firme. Estaba claro que la señora era dura de pelar.

-quizá no, señora, pero entienda que tengo la obligación de poner el teléfono en manos de la justicia. Esto que se dice aquí, son acusaciones muy serias.- Yo me mostré impertérrito contra todo pronóstico. Sabía que llegaríamos a este punto pero pensaba que me temblaría el pulso.

-si no le doy lo que me pide, claro.- Se reclinó en la silla.
-si no me da lo que le pido, claro. Sonreí mientras me guardaba el teléfono en el bolsillo otra vez.
Ella se inclinó hacia mí mirándome directamente a los ojos. Tenía la sensación de que iba a escupir fuego en cualquier momento.
-si cree que alguien le prestará atención a las acusaciones de un vividor está muy equivocado señor Arados. Además estoy segura que ningún juez daría validez a una grabación que a todas luces ha sido obtenida mediante el uso de la fuerza.
-puede que no señora- sentía que las manos me empezaban a sudar profusamente-pero piense en el escándalo. Le eché un vistazo a la totalidad del despacho deliberadamente. –¿le gusta el despacho? Estoy seguro que muchos de sus clientes no querrían trabajar con una presunta asesina, por mucho que no se pueda demostrar. Además tengo entendido que la causa de la muerte de su difunto esposo es la comidilla de su círculo. Ya sabe, cuando el río suena...

Fijé la vista sobre mi clienta, sus fosas nasales se abrían y cerraban violentamente. Sonreí.
-puedo vivir sin trabajar, para mí es sólo un pasatiempo.
-estoy seguro que sí pero, ¿qué hay de su familia política? Muy probablemente intenten revisar el tema del suicidio. La herencia podría quedar en entredicho...

Vi como apretaba los dientes y arrugaba el entrecejo, definitivamente estaba a un solo paso de salirse de sus casillas. Seguramente no recordaba la última vez que no tuviera la sartén por el mango, el control de la situación. Estaba seguro que en cualquier momento iba a dejar de ser la mujer de negocios, segura de sí misma y un tanto arrogante que aparentaba ser para convertirse en lo que realmente era, una persona autoritaria y caprichosa que no estaba acostumbrada a no salirse con la suya.

-me decepciona Arados, pensaba que estaba hecho de otra pasta.
-ya le dije señora, que lo primero que a uno le enseñan en la carrera es que las apariencias engañan.
Teresa Sánchez inhaló violentamente. Abrió la chequera.
-¿al portador? Fue todo lo que dijo.
-al portador-respondí tranquilamente.

Garrapateó unos números sobre el talón, lo sacó con un tirón de la chequera. Me lo extendió con un movimiento brusco que hizo con el brazo izquierdo.
- si cree que de esta manera llegará muy lejos, señor Arados se equivoca, tarde o temprano alguien le parará los pies y yo me alegraré-. La mujer rezumaba odio por todos los poros.

-no he venido buscando su aprobación a mis métodos señora, sólo a cobrar por mis honorarios.- doblé el talón con delicadeza. ¿Podré cobrarlo mañana?
-no lo sé, es una cantidad importante-

-¿por qué no se asegura?- le hice un gesto oscilante con la mano derecha- haga un par de llamadas, seguro que tiene tarifa plana.
Me empezaba a sentir cómodo con la situación, más cómodo de lo que nunca hubiera pensado. La señora Sánchez llamó a la sucursal de Caja Madrid donde tenía depositado su dinero. Escuché sin inmutarme como daba aviso de que iría al día siguiente a cobrar el cheque. No pareció que hubiera ningún inconveniente. Me levanté de la silla, mi cometido había llegado a su fin. La señora Sánchez colgó, luego alargó el brazo y extendió la mano.

-ya tiene lo que quería, Arados, deme el teléfono.- Su voz había recuperado la seguridad.
-Cuando cobre se lo enviaré aquí, no se preocupe-Me acerqué a la mesa, nuestros ojos se encontraron a una distancia muy corta. le susurré-Su secreto está seguro conmigo-.

Me volví a incorporar y le fui a dar la mano, ella me la negó.

-márchese ya es usted repugnante-. Me hizo un gesto señalándome la puerta. Volvió a mirar a sus papeles.
-claro, señora,-le repliqué con una mueca de asco- el repugnante aquí soy yo.

Le di la espalda, abrí la puerta y me marché. Cuando salí no había nadie para acompañarme hasta el ascensor pero no me importó, conocía el camino.

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