Una buena paella

Cuando volví a salir a la calle, el cielo se había nublado un poco y amenazaba lluvia. En el trayecto que había entre el edificio y el coche acaricié cuarenta veces el cheque que llevaba en el bolsillo. No sabría decir si era por que temía perderlo o por que quería saborearlo en todo momento. Me sentía eufórico. A pesar de todo, las cosas me habían salido muy bien y había conseguido el dinero suficiente para pagar mis deudas y pasar un par de meses. Poco podía imaginar cuando acepté el caso de aquel teléfono al que llegaban mensajes amenazantes que me iba a salir tan bien la jugada. A este paso me podría jubilar a los cuarenta, aunque fuera a costa de venderle el alma al diablo. Lo de jubilarme a los cuarenta era una ilusión que tenía desde niño pero, visto cómo se habían desarrollado los acontecimientos, no sabía si conseguirlo así me gustaba. Cuando entré en mi polo destartalado me puse a gesticular como si hubiera metido una canasta ganadora en el último segundo o ganado un óscar. Desde luego, me sentía como si me hubiera tocado la lotería.

De la vuelta a mi casa apenas recuerdo nada más que empezó a llover tímidamente. Cuando me di cuenta, estaba sentado en el sillón escuchando unas nocturnas de Chopin, tomándome una cerveza y fumándome un buen porro. El estado de euforia fue dejando paso a un cansancio terrible. Decidí irme a dormir a la cama. Cuando me desperté habían pasado casi tres horas y estaba como si me hubieran dado una paliza. Eran prácticamente las siete de la tarde. Si quería cumplir con lo que había planeado tenía que espabilar un poco. Me metí en la ducha y al salir me sentía un poco mejor. Me puse los mismos pantalones que por la mañana, unos tejanos, pero me puse otra camiseta, ya que era una ocasión especial. Me costó decidirme por cuál pero al final elegí una de color azul celeste con el logo plateado de los X-Men. Fui hasta el armario ropero y cogí la pistola y la porra. Luego dejé el cheque que me había dado Teresa Sánchez en el mismo sobre que le había quitado a su amante la noche anterior y en su lugar quité un par de billetes. El sobre empezaba a adelgazar. Me puse unas zapatillas negras y mientras tanto pensé en si sería conveniente llevar el teléfono de mi clienta. Decidí que si, que me haría más interesante. Por fin, fui hasta el recibidor, cogí la cartera, las llaves y el móvil. Abrí la puerta y salí a la calle.

Una vez en el despacho me senté en la silla que primero crujió y luego, cuando giré para apoyar los brazos sobre el escritorio, chirrió. Pensé en cambiarlas, la mía y la de los “clientes” pero luego pensé que tenía demasiados gastos y ningún cliente en perspectiva. Tendría que esperar a mejor ocasión. Me hice un canuto, puse los pies sobre la mesa y empecé a fumar. Me sentía relajado pero no acababa de estar a gusto conmigo mismo. Tonterías, me dije, tenías que hacerlo. Para espantar los remordimientos de conciencia decidí mirar si había mensajes en el contestador automático. Ninguno. Qué bien. Entonces me acordé que tenía que llamar a Miki para darle la noticia de que ya tenía el dinero que le debía a su jefe. La llamada duró un minuto. Mañana a las dos de la tarde en un restaurante del centro. Dale con los restaurantes caros, pensé, espero que no me toque pagar a mí la comida. Quedaba aún un buen rato para mi cita en la barceloneta. Llamé al restaurante para reservar mesa y luego le envié un mensaje a Mireia informándole de la hora. Al cabo de pocos segundos recibí un escueto Ok. Me levanté y me puse a mirar el despacho. Le hacía falta algo pero no sabía qué, definitivamente era todo un poco cochambroso. Sin saber cómo, me quedé plantado delante del código deontológico. Me lo había pasado por el forro y sentía vergüenza. Nunca me había sentido como un justiciero ni nada por el estilo pero ahora lo hacía como un villano. Lo descolgué, abrí el marco y lo saqué. Cuando bajara a la calle lo tiraría a la basura. A la mierda el código, no quería ni mirarlo. En su lugar pondría un cuadro o algo. No aguantaba más entre aquellas cuatro paredes y tomé la decisión de irme dando una vuelta y que dejaría el coche aparcado. Caminar un poco no me iría mal para despejar la cabeza. Lo primero que hice cuando llegué a la calle fue buscar un contenedor y tirar las dichosas normas que regían la profesión. Procuré meterlas bien adentro por si se escapaban y me las volvía a encontrar en el despacho o en mis pesadillas. Luego enfilé por el barrio de Santa Caterina hasta Bajar al Born, atravesar el paseo Colón y adentrarme en la Barceloneta. Antes de entrar al restaurante decidí darme una vuelta hasta el mar. El antiguo barrio de pescadores de Barcelona me resultaba amigable. Me parecía que era un resquicio de esencia mediterránea en una ciudad que quería ser europea a costa de perder sus señas. En cierta medida aquel barrio me recodaba a Nápoles con sus calles estrechas y la ropa colgada en los balcones, tiñiendo el gris oscuro de los edificios de infinidad de colores. Me encantaba. Por fin llegué al mar. Estaba tranquilo y casi oscuro. Caminé por la arena y miré a mi alrededor, no parecía que hubieran moros en la costa. Me senté cerca del agua a escuchar el arrullo de las olas y a intuir la espuma plateada sobre la oscuridad de la noche primeriza. Me hice otro canuto, total, acababa de cerrar un caso y había que celebrarlo.

No sé cuánto tiempo había pasado entre mi llegada a la playa y el sonido del teléfono. Me había llegado un mensaje. Era de Mireia -¿dónde estás?- Decía. Miré la hora en el propio teléfono y entonces me di cuenta que me había colgado una hora. Definitivamente, la puntualidad nunca fue mi fuerte. Tenía ganas de quedarme allí divagando sobre lo divino y lo humano pero no había tiempo. Salí aprisa de la arena me sacudí los pantalones y me quité las zapatillas para vaciarlas. Me apuré todo lo que pude. Diez o quince minutos después había llegado al restaurante.

El Chériff tenía aire acondicionado y nada más entrar por la puerta me asaltó un estremecimiento que no supe si atribuirlo a la temperatura o a la cuenta que me esperaba. Un olor penetrante a pescado envolvía el local y eso me recordó que no había comido en todo el día. Las langostas y bogavantes de la pecera movían los bigotes en un fondo acristalado y me recordó que hacía mucho que no comía nada de eso. El Chériff Es un lugar con solera, de esos tradicionales de la Barceloneta, frecuentado por periodistas, médicos, ejecutivos, jugadores de fútbol y todo aquel que aprecie el arroz y el marisco y pueda pagarlo. Sus paellas tenían fama de ser los mejores de la ciudad y yo podía dar fe de ello.

Mireia Viura estaba sentada en un rincón de una sala forrada de madera con motivos marineros. Tenía cara de pocos amigos. Ante sí, una botella medio vacía de vino blanco cuya marca no alcanzaba a leer desde lejos pero que enseguida imaginé, por ser yo el que pagaba y encima llegar con retraso, que no sería de vino de la casa. Llegué hasta la mesa con la certeza de que me iba a caer una bronca, cosa que me hacía sentir incómodo desde el primer momento, pero más valía que apechugara por que el mal ya estaba hecho. Después de aguantar a la Señora Sánchez cualquier cosa una pataleta de Mireia me sabía a poco.

Iba vestida con un traje de color verde manzana. No acababa de verlo por que la tapaba la mesa pero me parecía entallado muy corto, increíblemente corto...y escotado. Cuando llegué a la mesa ella ni siquiera hizo el ademán de levantarse para saludar.

-¡por fin, el investigador privado ya está aquí!- estaba muy cabreada y un poco borracha.

-perdóname Mireia son las cosas del trabajo. -Pensé que mentir me disculparía un poco-

-por lo menos me podrías haber llamado. Te he llamado al despacho una docena de veces y no me los has cogido. ¿dónde estabas?

Tenía que tener cuidado. Era una mujer inteligente y me podía meter en un jardín del que luego no pudiera salir. Opté por no decir nada más que era confidencial. Pobre escusa en el largo plazo pero válida en el momento, aunque fuera por los pelos.

-y supongo también que ponerte de porros hasta el culo también era por el trabajo ¿no? no me engañes, Jordi, nunca cambiarás...¡Encima vas y vienes con estas pintas!

Me miré de arriba abajo sin saber a lo que se refería, qué manía con la vestimenta. ¡Ni que fuera esto la boda de la infanta! Me senté, y abrí la boca para decirle que me había puesto mi camiseta de gala de los x-men

pero algo dentro de mi me dijo que no lo hiciera. Abrí la boca otra vez, pero luego volvía cerrarla y me puse a pensar que iba a meter la pata otra vez. Estaba entre dos pensamientos relacionados con el hundimiento de la tierra y la aparición de la virgen pero ni me tragó la tierra ni se me apareció la virgen. En su lugar se me ocurrió decir, - perdóname, estás muy guapa- y alagar la mano para tocar la suya. ella hizo una mueca de fastidio con la cara, volvió a beber de la copa que tenía en la mano. Por suerte, tenía una carta que jugar escondida en la manga o mejor dicho, en el bolsillo que quizá restableciera mis posibilidades de no tener que estar pidiendo disculpas durante cada uno de los minutos que durara la velada. Saqué el teléfono, una chispa de curiosidad brilló en los ojos de mi acompañante.

-¿qué miras? ¿Llegas tarde y encima te pones a jugar con el móvil? -no-respondí con una sonrisa pícara, es el teléfono de mi clienta. -¿el de las amenazas?
-Si

el enfado empezó a diluirse dejando paso a una expresión de excitación.

-¿a ver? ¿me lo dejas? El tono de su voz me hizo notar que ya no estaba tan cabreada. Yo le alejé deliberadamente el móvil de su alcance.

-sólo si me prometes no tocar nada.

Le acerqué el teléfono y luego hice como que lo retiraba, ella sonrió mientras farfullaba “qué tonto eres” y luego se hizo con el aparato como si fuera Gollum con el anillo de poder sólo que esta vez la fuente de poder que irradiaba del artefacto no era la dominación de ningún mundo sino un buen chisme. Un chisme de arte mayor. Se entretuvo durante un par o tres minutos mirando las fotos y leyendo los mensajes mientras se decía cosas a si misma del estilo “que pasada” o “que fuerte me parece”. Por suerte, no acertó a mirar en la casilla de las grabaciones, donde estaba la confesión de asesinato del profesor de tenis, No tenía demasiado claro que le fuera a gustar cómo se la había arrancado. Le puse una mano sobre la pantalla con un gesto serio.

-es imprescindible que no digas nada a nadie, por supuesto.

-mi boca está sellada, dijo mientras hacía un gesto como si tuviera una cremallera en la boca.

-seguro que si-dije yo mostrando una amplia sonrisa. -¿qué insinúas? ¿que soy una cotilla?

-nooooo, por favor, cómo puedes pensar eso de mi. Ella también sonrió. Me pareció que la tensión se desvanecía del todo. Mejor para mí.

Vino el camarero, con la sana de idea de tomarnos nota pero ni tan sólo habíamos mirado la carta. No obstante, tenía bastante claro lo que quería comer: Navajas y chipirones de primero con unas almejas a la marinera y de segundo, paella de marisco. La famosa paella del Chériff. Le pedí que nos lo trajera con un vino blanco de Rueda ya que la botella que Mireia había pedido estaba en las últimas y yo tenía que ponerme a tono con su nivel de alcohol en sangre.

Llegaron los entrantes y después de los entrantes llegó la estrella de la cena, que no era mi bella acompañante ni era yo por mal que me pesara, sino el arroz. Durante la cena hablamos de todo un poco, desde ropa a política pasando por literatura y teatro. De la temporada del Liceo y de sus ganas de viajar a Vietnam ese verano aunque sus amigas se resistieran a ese tipo de destinos. Me contó que no tenían ese deseo de aventura y preferían algo más tranquilo, al estilo del caribe. Priorizar la comodidad a la aventura por que según decía ella, sus amigas le habían dicho que “ya no tenían edad para esas cosas”. Ella, cabezona como pocas, decía que si al final no las podía convencer se conformaría con irse a la casita del Empordà, aunque estuvieran sus padres, y ahorraría para no se qué de un Máster de diseño en Londres. Realmente el atractivo de mi acompañante no residía sólo en su belleza si no en la cantidad de campos en los que tenía interés. Yo intentaba ser una copia suya, en cierta medida, pero con un estilo más callejero. En un momento me vi mirando la copa medio vacía y preguntándome qué había salido mal hacía unos años, cuando habíamos estuvimos saliendo durante un tiempo. Supongo que éramos muy jóvenes y que yo tenía la cabeza en el barrio y ella en su carrera de artista del diseño. Empezaba a ser tarde y casi se nos habían acabado los temas de conversación. Decidimos pedir la cuenta y salir. Le hice un gesto al camarero que me la trajo dentro de una especie de billetera. La miré, tapándome con ella la cara para que Mireia no viera como se me salían los ojos de las órbitas. La próxima vez me iba a la Boquería y lo hacía yo en casa, seguro que era lo mismo. No nos engañemos, seguro que no. Salimos a la puerta y nos dirigimos hacia el paseo Juan de Borbón. Le pregunté si quería ir a tomar algo a los bares que había en el Born pero ella me dijo.-nunca he visto el despacho de un detective privado, ¿por qué no me llevas?. Paramos un taxi, y le dijimos que nos llevara hacia allí pero dando un rodeo por la circunvalación que rodea arco de triunfo. El camino era más largo pero yo conocía un par de lugares donde comprar algo para beber a aquellas horas de la noche. Nos aprovisionamos con un par de cervezas y nos fuimos para allá. Al llegar, lo primero que hizo fue preguntar por el baño, la primera puerta a la derecha, le indiqué. Cuando salió se quedó mirando el despacho en toda su totalidad, con los brazos puestos en jarra. –¿es un poco pobre no? - bueno mujer, estoy empezando- fue todo lo que se me ocurrió responder.-le falta personalidad-sentenció. Luego empezó a organizarme el despacho. Ahí tendrías que poner un sofá, y tendrías que poner un par de cuadros. y tendrías que poner unas cortinas, Jordi, que se ve toda la calle. Se empezó a mover como una peonza alrededor de la sala. Estas sillas son un asco, por favor, haz el favor de tirarlas. Me rasqué la cabeza. -¿Eso si que lo había pensado ves? ¿Por qué no te sientas y nos tomamos un vaso de cerveza?-. No quería seguir con ese tema de conversación. Donde ella veía decoración yo veía gastos. Llevé la silla en la que me sentaba hasta el otro lado del escritorio. Saqué un par de vasos de plástico que tenía en un cajón no sabía bien por qué y abrimos una botella. Ella se quedó un instante mirando el techo.

-así que este es el despacho de Jordi, ¿eh?
-eso dicen- bebí un trago de cerveza.
-parece que te has hecho mayor, quién lo iba a decir.
Le hice un gesto de silencio con el dedo índice –no se lo digas a nadie-

Ella rio, yo también aunque no sabía si lo que había dicho era un piropo o un comentario de censura.

-me gusta tu nuevo tú. Con tu negocio y todo eso, es excitante.

Eso era un piropo, hasta ahí llegaba mi perspicacia. Empezaba a sentir el impulso de tirarme encima suyo pero no sabía por donde empezar. Pensé en algo ingenioso que decir.

-gracias, intento mejorar, no me iba a pasar toda la vida en el parque ¿no? Ella rio, -¡menos mal por que era muy aburrido!-
-je je, que graciosa. Me levanté de la silla-¿Quieres escuchar música? -bueno-le dio un trago a la cerveza.

Encendí el ordenador, cuando estuvo listo me conecté a Groove shark y puse Black Eyed Peas, una apuesta segura. Mireia se puso a cantar, se levantó. Yo fui hacia ella, nos quedamos de pie un momento, le quité el vaso, nos besamos. Tras unos minutos de tanteo, probamos a sentarnos uno encima del otro en las sillas pero nos molestaban los reposabrazos. Al final, acabamos uno encima del otro sobre la mesa del despacho. Me dolían las rodillas pero en ese momento pensé que sarna con gusto no pica. Nos quitamos la ropa que quedó sobre el suelo. Me resultó muy excitante descubrir el cuerpo de Mireia. Digo descubrir por que era el mismo que antes pero no. Había cambiado. Sus formas se habían redondeado, ahora era más mujer que niña, y tenía un cuerpo firme, que respondía al deseo del mío con precisión y con calma, sabiendo en todo momento lo que quería y lo que no. Cuando acabamos, ella se puso de nuevo el vestido y se quedó sentada en la mesa, yo me puse los calzoncillos y la camiseta y senté en la silla que chirriaba menos.

-¿quieres venir a dormir?- me dijo-

-no puedo mañana tengo cosas que hacer. Le respondí poniendo cara de responsable.

Se hizo un silencio que apenas duró un minuto, yo le acaricié los muslos por debajo de la ropa. Finalmente, ella dijo con voz suave:

-¿me acompañas a por un taxi?

-claro, mujer.

Nos volvimos a vestir y bajamos a la calle. Mientras esperábamos abrazados a que llegara, ella me dijo si la quería acompañar mañana a una exposición de un amigo suyo que era pintor y que estrenaba una colección en una galería de la calle Montcada. ¿por la tarde? Le dije mientras le besaba las mejillas,-si, a las ocho-le dije que si, que contara conmigo. Ella me miró a los ojos –¿pero vístete mejor, eh?-sonreía, luego se puso seria –y no fumes porros-. Está bien, fue toda mi respuesta. Pasó el taxi, saqué un brazo y paró enfrente nuestro. Mireia abrió la puerta y se metió dentro no sin antes despedirse de mí con un tierno beso en los labios.

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