El bastardo de Marx

Karl Marx fue un personaje histórico fascinante, y su vida estuvo llena de lucha revolucionaria, erudición, creación teórica y conflictos personales. No puede ponerse en duda que el carácter y las circunstancias vitales influyen en los pensamientos y las creencias, y el caso de Marx no iba a ser distinto. En este libro, con el pretexto de la existencia de un hijo ilegítimo que Marx tuvo con su criada, Helene Demuth, por boca de tres personas cercanas se narran los acontecimientos más importantes de la vida de la familia y de los amigos más íntimos, a la vez que se efectúa un retrato de los protagonistas. También se incluyen documentos importantes sobre ellos que ilustran la narración: cartas, artículos, etc. A pesar de sus deseos de vivir como un aristócrata, con grandes lujos, sin trabajar y dedicado a la redacción de escritos y a la organización de grupos revolucionarios, el adalid del proletariado llevó una existencia muy difícil durante largos años, y varios de sus hijos murieron siendo pequeños por culpa de su mala situación económica. De las tres hijas que llegaron a la edad adulta, una murió con treinta y nueve años por un cáncer de vejiga, otra se suicidó con cuarenta y tres, y la tercera se suicidó cuando tenía sesenta y seis. Con ellas se extinguió el apellido Marx de la familia, ya que el único varón que sobrevivió a la niñez fue Freddy, el hijo no reconocido que tuvo con Helene Demuth, la criada, el bastardo de Marx, que da título a este libro.

Se acerca el momento, pero antes debo dejar todo por escrito y no olvidar nada. La posteridad tiene derecho a saberlo todo. De paso, lo que redacte ayudará a aclarar posibles malentendidos. Yo, Jenny Julia Eleanor Marx, habitualmente llamada por mi tercer nombre y conocida por mis familiares y amigos íntimos como ‘Tussy’, en plenitud de facultades —o al menos hasta el punto en que me lo permiten los dolores que los sentimientos me infligen— decido voluntariamente acabar con mi vida a la edad de cuarenta y tres años, para evitar seguir padeciendo por culpa de este débil carácter mío, azotado por los vaivenes de la vida que no soy capaz de soportar y por los chantajes emocionales a los que mi querido y enfermo Edward me somete.

No, no me refiero a que tenga alguna dolencia; yo me ocupé de cuidarle bien para que sanara de la fuerte gripe que pasó en invierno, si bien es cierto que ahora se encuentra convaleciente de la operación del riñón. No, su principal enfermedad no es física. Su enfermedad ha sido siempre moral y se ha ido acentuando con los años, a medida que ha ido perdiendo la poca bondad que podía conllevar la juventud para una mente retorcida desde el mismo momento de nacer. Quiero suponer que en el fondo no quiere hacerme daño porque me ama, aunque sólo sea en un pequeño rincón de su malvado corazón. Es más bien que no puede actuar de otro modo: ya decía Sócrates hace más de dos mil años que quien obra mal es en realidad un ignorante, porque si conociera la bondad y todo lo que implica no podría sino actuar bien. Edward, de alguna manera, debe de haber hecho suya esa forma de ser; habrá corroído su interior, se habrá hecho dueña de la parte del cuerpo que se ocupa de los sentimientos. Y por eso se porta así conmigo, por eso me hace sufrir. Por eso mismo pone esa cara de arrogante indiferencia cuando necesita que lo cuide, y se comporta como una hiena cuando está sano, se encuentra con fuerzas y quiere humillarme. Por esa razón amenazó con hacer público el asunto de Freddy si no le daba parte del dinero que me quedaba de la herencia de Engels, el General. Cuando éste me dijo quién es el verdadero padre de Freddy creí morir; fue el golpe más duro de mi vida. De repente, mi querido padre, que para mí ocupaba el más alto de los pedestales, cayó para ponerse al mismo nivel del resto de los mortales, con todas sus miserias morales.

Me desahogué contando el asunto a Edward, quien con gusto me ofreció su hombro para que yo llorase. Pero luego se aprovechó, y en el momento más oportuno me amenazó con contárselo a todo el mundo si yo no le daba lo que me quedaba de la herencia del General. Y claro que tuve que dárselo. No podía permitir la total y pública deshonra que supondría que los miembros del partido, nuestros enemigos y el mundo entero supieran que Karl Marx era el padre de Freddy Demuth, que tuvo un hijo ilegítimo con Helen y que Engels accedió a cargar con la paternidad para salvar las apariencias. No, ese deshonor sería insoportable para mí y para nuestra familia, y dañaría irremisiblemente nuestra imagen y la del partido, ya que todo el mundo sabría que mi padre, además de ser infiel a mi madre, obró de forma miserable. Así que tuve que ceder al chantaje y darle el dinero que me exigía.

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