Capítulo 1

1

 

      Varias Grandes Ciudades presumen ahora de que una persona que se detenga en esta o en esa esquina finalmente encontrará a alguien que conozca. Originariamente establecida como un indicio de fondo cosmopolita, esta plausible pretensión ha degenerado en el notorio grito de combate de una docena de Cámaras de Comercio.

      Pero una cosa es cierta: cualquier turista americano en París que se siente en una mesa en la acera del Café de la Paix, más pronto o más tarde encontrará a algún compañero de viaje quien todavía no ha recorrido el trillado camino de los turistas a Suiza, Inglaterra o Italia.

      Rob Trenton ocupaba una mesa en la acera, la segunda tarde consecutiva, consumiendo Cinzano a intervalos y cuidadosamente espaciado; así podía mantener perpetuamente ocupada su mesa, dándose cuenta, bien a pesar suyo, de que la ley del tanteo es una cosa traicionera. Cada uno de los pelmazos que a bordo del trasatlántico él había eludido durante el viaje, insistían en sentarse en la silla vacante que tenía a su lado, diciéndole que tenían tiempo suficiente para ver París. Pero la única persona que Rob quería desesperadamente ver, no apareció.

      Linda Carroll había estado envuelta en un misterio desde la salida. A bordo había sido amistosa y cordial, pero él nunca pudo lograr que ella hablase de sí misma o de su pasado. Casualmente ella había mencionado el Hotel Lutetia en París; pero cuando Rob llamó al hotel se encontró con que ella no estaba registrada allí y no había hecho ninguna reservación y entonces todo lo que pudo averiguar fue que él aun no había tratado de conseguir cuarto para sí mismo.

      Después de haber hecho las más infructuosas investigaciones en los diferentes hoteles donde ella podía estar alojándose, Rob tuvo que recurrir al medio de esperar en el Café de la Paix. Sus ojos impacientes la buscaban con ese ingenuo propósito, y ni siquiera la generosa exhibición de piernas de las muchachas ciclistas francesas que pasaban, le llamaba la atención más allá de una mirada momentánea.

      Y entonces, en la segunda tarde, ella apareció repentinamente con Frank y Marion Essex, una pareja que habían conocido a bordo y dijo: —Oh, está usted aquí. He oído decir que se pasa la mayor parte de su tiempo calentando una silla aquí. ¿Le gustaría ser el cuarto?

      Robert Trenton inclinó involuntariamente la cabeza cuando estaba levantándose. —¿El cuarto en una partida de póker o en qué? —preguntó—. ¿No quieren sentarse?

Acercó una silla para Linda, y los cuatro se sentaron alrededor de la mesa. Trenton sorprendió la mirada del camarero y le hizo una seña para que viniese.

      Linda Carroll dijo: —El cuarto para una excursión en mi coche. Lo traje, como usted sabe. Frank y Marion vienen también y yo creo que instalando un enrejado de esos encima del coche podremos llevar allí nuestro equipaje, y tener sitio bastante para los cuatro. Vamos a ir a Suiza, después regresaremos a París y alcanzaremos el barco en Marsella. Serán cuatro semanas de viaje.

      —Dividiremos los gastos entre los cuatro —añadió Frank—. Únicamente que se entiende que los tres pagaremos todos los gastos del coche..., gasolina, reparaciones, neumáticos... y me gustaría asignarle a Linda una cantidad a razón de un tanto por milla...

      —Ustedes no pueden hacer eso —interrumpió Linda— sin convertirme en un chofer ordinario, y entonces las garantías ya no serían buenas.

      El camarero se detuvo guardando un respetuoso silencio. Rob esperaba que ninguno se diera cuenta del ansia que había en su voz cuando aceptó la invitación y, sofocado, les preguntó a todos qué querían beber.

      Mientras el camarero estaba preparando las bebidas ordenadas, Linda miró a Rob pensativamente. —¿Qué es lo que ha hecho usted aquí durante todo este tiempo? —le preguntó.

—Pues he estado observando a las gentes, mirando..., bien, exactamente observando.

      Linda, volviéndose a Marion Essex, les advirtió: —No hagan caso de lo que les diga. Tuve oportunidad de sondearlo en el barco. Y no conseguí sacarle nada. Es un amaestrador de perros y se encuentra aquí para investigar los métodos practicados en el extranjero.

      —¡Qué interesante! —dijo Marion Essex—. ¿Y no es usted acaso demasiado joven para eso, señor Trenton?

      Fue Frank Essex quien respondió a la pregunta mirando fijamente a Marion, con esa mirada de divertida superioridad con la que algunas veces los esposos miran a sus esposas. —¿Qué edad crees que tiene?

—Bueno, yo pensé..., pensé que tú sabías ya que un domador de animales necesita experiencia y...

—Él es más viejo que los perros —dijo Frank Essex.

Todos rieron.

      Cuando el camarero les trajo las bebidas, Linda observó: —Yo creo que sería una cosa agradable el adiestrar un perro, llevarlo en una maleta provisto de pasaporte, certificado de vacuna, declaraciones de la aduana y todo el resto del papeleo. Mi maleta está reventando por las costuras.

      —Buena idea..., un pooch en una maleta —dijo Frank Essex—. Acaso pueda conseguir que un San Bernardo lleve las bebidas alcohólicas en el verano en lugar del tradicional barrilillo de brandy colgado al cuello.

      —¿Y qué es lo que hace usted con los perros después que los amaestra? —preguntó Marion Essex, con evidente fastidio y persuadiéndolo para que dejaran aquella discusión.

—Oh, él probablemente los amaestra para cobrar dinero por ello, o por razones parecidas a esa —comentó Frank.

—Yo les doy a mis perros un adiestramiento básico para cosas mas serias que esas —dijo Rob molesto, pero queriendo no parecer brusco. Estaba turbado por empezar a discutirlo tan libremente.

—¿Quiere usted decir para la caza? —preguntó Marion Essex.

      —Para la caza de hombres —explicó Linda Carroll—. Él me contó todo sobre eso. La suya es una boca cerrada y probablemente no les dirá nada; pero yo les voy a dar a ustedes los datos más importantes de esa cuestión. La policía del Estado emplea sabuesos para seguir pistas de personas, pues un sabueso con un buen olfato, es muy valioso. Esos perros no son lo que uno pudiera llamar susceptibles de "malgastarlos" en sentido militar. Así, cuando un criminal es perseguido por ellos y la pista empieza a calentarse, los policías emplean entonces perros alemanes, de pastor o Dober mans de presa, para entrar en la acción destructiva. Esos perros se pueden "quemar" y son rápidos como el rayo.

Frank Essex miró a Trenton con una nueva expresión de respeto.

      —Indudablemente es interesante. Quizá usted nos cuente algo más sobre eso mientras realizamos la excursión.

      —Es difícil hacerlo hablar —dijo Linda—. Estuvo una hora en silencio contemplando la luna en el barco y para despabilarse necesitó tomar dos cocteles antes de que pudiera estar en condiciones de hablarme. Bueno, brindemos por una agradable excursión.

Los cuatro levantaron sus vasos y los chocaron. Después, bebieron.

 

      Siguieron días completos de ensueño con el abigarrado panorama que presentaban el verde espacio de la meseta del país y las lomas cubiertas con espesos coníferos. En algunos recodos de la carretera se detenían contemplando la vista de las montañas cubiertas de nieve, salpicados postes y cabañas de refugio contra ventisqueros; las atractivas haciendas; las ciudades con tejados y ladrillos de color de rosa; los lagos que variaban de estado de ánimo, mostrándose risueños si el cielo era azul, y misteriosos si tenían el color gris oscuro.

      Marion y Linda iban sentadas juntas en el asiento de delante. Rob y Frank ocupaban el de atrás y ese orden le había desagradado por completo a Rob; pero, había sido iniciado por Frank Essex en aquel primer día, y después ya había adquirido la fuerza de la costumbre, de forma que cualquier cambio hubiera resultado una innovación.

      Rob Trenton trataba de encontrar algún indicio para conocer los sentimientos de Linda... pero lo intentaba en vano. Sabía ciertamente que ella no lo había invitado para ir a la excursión simplemente con el propósito de dividir los gastos. En el barco había atraído a la muchacha como un imán. Y aunque tuvo con ella a una docena de jóvenes más, desde luego Rob aún creía que ella había estado particularmente interesada por él y por sus teorías en el amaestramiento de animales. Y ella, ciertamente, tuvo que haber deseado verlo por alguna importante y concreta razón grabada en su mente, para ir allí, al Café de la Paix. Y conforme el tiempo pasaba, Rob era forzado a admitir para sí mismo que Linda Carroll se volvía ahora más misteriosa que nunca.

      Un día, cuando la había sorprendido intentando hacer un dibujo en su libro de diseños, mientras Frank y Marion Essex fueron a un bar cercano a beberse un cóctel, él le había preguntado en una forma directa: —¿Pinta usted para ganarse la vida?

      Ella se volvió a mirarlo con ojos burlones y le dijo: —No sabía que viniese usted aquí para averiguar mi conducta.

—La pregunta —dijo Rob sonriendo en forma que su insistencia no pareciera impertinente— fue: "¿Pinta usted para ganarse la vida?"

—Mi pintura no tiene importancia en absoluto —contestó ella.

      Entonces, súbitamente, algo surgió en la mente de Rob Trenton y éste dijo: —Espere, recuerdo ahora uno de los cuadros menos corrientes que jamás he visto. Era una pintura en un almanaque representando un lago de Suiza con un picacho coronado de nieve y nubes de pájaros. Era cerca del amanecer y allí estaba representado un profundo lago y reflejándose en él la imagen del valle. Había una fogata en el borde del lago y el humo se elevaba a doscientos o trescientos pies, y luego, repentinamente, se dispersaba en forma lateral, exactamente lo mismo que algunas veces se ve aquí al amanecer en el lago. Y esa pintura estaba firmada por Linda Carroll.

      Por un momento, en los ojos de la muchacha pareció que había algo semejante al pánico. —¿Usted..., usted está seguro de que esa era la firma? —preguntó como pensando en limitar el tiempo.

      —Esa pintura me causó una impresión tremenda —dijo Rob—. Y he estado pensando dónde había oído el nombre de usted antes. Creo que fue una de las pinturas más agradables que jamás he visto. En ella usted captó el espíritu del amanecer. Y ahora, cuando pienso que la conocí a usted... y pienso que estoy viajando por Suiza con usted... .

—Rob —le interrumpió ella—. Yo no pinté ese cuadro.

      —Linda, tiene que haberlo pintado usted. Era exactamente la forma en que tiene que haber visto usted el paisaje. Era una forma completamente despreocupada de aproximar una cosa a otra. Y...

      Ella cerró su cuaderno de dibujo violentamente y guardó las pinturas, diciéndole con firmeza: —Rob; yo no pinté ese cuadro y me desagrada la gente que hace preguntas personales e íntimas. Y ahora, ¿me acompañaría usted a tomar un cóctel?

      Había sido tan imprevista la amargura que finalmente apareció en su voz, que Rob no había osado tocar el asunto de nuevo.

      El hecho fue que desde ese momento parecía que una barrera sublime como de algo perteneciente o interesado con el pasado de la muchacha, se había interpuesto entre los dos. Ella era lo suficiente cordial, pero su actitud indicaba una fría determinación de conservarse fuera de discusiones sobre asuntos personales; no le permitiría a nadie asomarse al interior de su cuaderno de dibujo. Varias veces Rob observó a distancia a la muchacha dibujando, y era el ligero movimiento de la mano y la suavidad de la muñeca lo que le indicaban el dominio de su tema, el seguro control y el hábil toque. Pero el tema de su trabajo, así como el cuaderno de dibujo, permanecían ambos enteramente cerrados para él.

      Se excitaban al cruzar Suiza, y en alegre amistad discutían asuntos de interés general y hacían fotografías, comentando la diferente exposición que favorecería la foto abriendo más el diafragma, y así la mayor parte del tiempo se conservaban en el plano de hablar de cosas impersonales, contentándose con cambiar bromas.

      No obstante y paralela a estas relaciones superficiales, había allí el conocimiento de una naciente intimidad. Frank y Marion estaban unidos por el lazo del matrimonio, y rápidamente entre Rob y Linda estaba desarrollándose un lazo de propiedad mutua, un sentido de pertenencia, que maduraba sin ayuda de palabras y llenaba de felicidad a Rob.

      En Lucerna los aguardaba una inesperada sorpresa. Un cablegrama que obligó a Frank y Marion Essex a tomar el primer avión desde Zurich, quedándose así Linda Carroll y Rob solos y haciendo frente a un dilema.

—No conozco a ninguna otra persona para pedirle que nos acompañe —dijo lentamente Linda.

      —Bueno, después de todo —replicó Rob— veníamos un poco apretados y teníamos además exceso de equipaje.

      Los ojos de la muchacha, de color avellana, lo miraron con firmeza y centelleando. —¿Está usted sugiriendo —empezó a decir— que nosotros...?

—Exactamente —concluyó Rob Trenton.

      Ella analizó la situación pensativamente y dijo: —No estaría bien. El Garden Club, en Falthaven, no lo aprobaría si lo supiesen.

—Pero, sería divertido —insistió con esperanza Rob—. Nosotros podemos aparentar que Frank y Marion estaban aquí con nosotros, y cuando usted lo indicó, el Garden Club de Falthaven no necesita saber nada sobre esto.

—Yo no indiqué nada de ese género.

—Bueno, usted indicó la forma de que yo se lo indicase.

      Linda meditó sobre el asunto durante algunos segundos. —No es una cosa fácil —dijo después de un largo rato.

Rob, fingiendo que reflexionaba sobre el asunto consigo mismo, repitió: —No es una cosa fácil. —Pero lo dijo en tal forma que Linda rompió a reír.

      Y así emprendieron la segunda parte de unas idílicas vacaciones. Se detuvieron en pequeñas tabernas en donde al mostrar dos pasaportes y pedir dos cuartos separados, invariablemente provocaban volubles protestas y encogimientos de hombros de decepción.

      Linda hizo algunos dibujos, que solamente ella vio, y un plano del itinerario, el cual le dio a Rob la oportunidad que buscaba de averiguar algo sobre los métodos usados en el amaestramiento de perros para fines militares... Es decir, averiguar tanto, desde luego, como le era permitido saber a un civil.

      Poco después que dejaron Interlaken, Linda le dijo a Rob que allí cerca había un parador que ella quería visitar. Algunos parientes suyos habían estado allí el año anterior y le habían pedido a Linda que fuese a saludar y le entregara una carta al dueño. —¿No le importaría a usted ir? —preguntó.

      Rob Trenton movió negativamente la cabeza. De buena gana hubiera pasado días, semanas o meses en cualquier parte. En el fondo de su mente tenía la serena conciencia de que, a pesar de la barrera de misterio relacionada con el pasado personal de Linda, su amistad crecía y maduraba a diario, al igual que la fruta en el árbol madura y se hace dulce.

      El parador resultó ser un sitio pequeño y limpio, y el propietario, René Charteux, de ojos melancólicos, tranquilo y educado, tomó la carta que Linda le entregó, y pareció muy contento por el contenido, ofreciéndole a Linda la hospitalidad del lugar.

      El pequeño automóvil, que había funcionado tan perfectamente durante el viaje, reveló una avería en el radiador mientras estaban enfrente del parador, y René Charteux decidió que viniera un mecánico y reparara el coche, mientras Rob y Linda visitaban los alrededores y disfrutaban del bello paisaje.

      Les había explicado, mientras descargaba el equipaje, que había ocurrido una tragedia en su familia muy recientemente. Su buena esposa —que había sido tan amiga de la tía de Linda cuando ésta había estado durante varios días en el parador el año pasado— se había muerto.

      René Charteux se interrumpió y dejó las maletas en el suelo. Parecía como si estuviera próximo a llorar; pero después de un momento, volvió a recoger de nuevo las maletas y las llevó a los cuartos destinados a los dos viajeros. Luego regresó para ver sí los huéspedes estaban satisfechos y se fue a buscar al mecánico.

      Tenía otro huésped norteamericano, les dijo el dueño. Les enseñó el registro en el cual, con letra gruesa y masculina, estaba escrito, Merton Ostrander, Los Ángeles, California, Estados Unidos de América. No había dirección.

      Rob Trenton hizo amistad con el perro de patas muy cortas y torcidas que vagaba por el parador con bufona falta de dignidad, mientras Linda Carroll contemplaba los cuadros y los viejos platones de loza antigua colgados en las paredes, y finalmente sugirió dar un paseo.

      El señor Charteux, con sus ojos melancólicos, se volvió entusiasmado al hablar de la hermosa vista que, dijo, se disfrutaba siguiendo un sendero por la meseta y ascendiendo después en un zigzag a un bosque. Les dio las explicaciones en un perfecto inglés, y en términos elevados y cultos. Merton Ostrander paseaba frecuentemente por allí y hacía dibujos.

      Entonces Rob y Linda emprendieron el camino, y a una media milla del parador vieron venir a un joven alto y rubio, vestido con un traje de lana bicolor. Cuando Rob vio el cuaderno de dibujo bajo el brazo del hombre, le dijo a Linda: —No hay posibilidad de equivocarse con este, ¿verdad?

Ostrander se quedó sorprendido de repente al ver dos caras de americanos.

Trenton le extendió la mano y dijo: —El señor Livingstone, me supongo.

      —¡Stanley! —exclamó Ostrander estrechando la mano de Rob y agitándola arriba y abajo—. ¿Cómo diablos dieron conmigo?

      —Pues con mirar simplemente el libro de registro del parador —dijo Linda riendo—. A pesar del hecho de que usted se inscribió bajo el nombre de Merton Ostrander, nosotros supimos que era usted, señor Livingstone.

—¿Y tendré yo que mirar en el registro para saber cuál es su seudónimo, señor y señora Stanley? —preguntó él.

—No, señor y señora —dijo ella—. Yo soy Linda Carroll y este es Rob Trenton.

      Observando la rápida mirada interrogadora de Ostrander cuando éste la desvió para contemplar a Rob, Linda continuó de prisa: —Nosotros somos los únicos supervivientes que quedamos de los cuatro que empezamos la excursión que resultó hecha añicos contra la roca de los negocios. Mis amigos el señor y la señora Essex, fueron repentinamente llamados para regresar a los Estados Unidos.

      Ella se sonrojó cuando se dio cuenta que había recalcado lo de señor y señora y que Merton Ostrander había sido lo suficiente rápido para entenderlo y sonreírse un poco por aquel énfasis.

—¿Es usted artista? —le preguntó ella, precipitadamente.

      —Nada de artista —dijo Ostrander—. Pero me parece que puedo captar lo que quiero con mis pinturas, mejor que con una cámara fotográfica. Me gusta recordar las cosas que he visto y soy un fotógrafo muy mediocre. Siempre tengo tendencia a mover la cámara o me olvido de darle vuelta al rollo. Y cuando tengo todo el cuidado y tomo realmente una fotografía perfecta, siempre se estropea al revelarla y la cosa resulta parda y gris. Pero con mis dibujos ya es otra cosa, pues puedo captar las cosas que quiero y grabarlas en el papel.

      Señaló el cuaderno de dibujo que tenía bajo el brazo, pero no se ofreció para enseñarles alguno de los apuntes.

      —¿Está usted interesada en el paisajismo? —le preguntó Ostrander afablemente—. Pues si es así, me sentiría muy satisfecho de volver de nuevo por aquí y actuar de guía y mostrarle uno de los páramos más bonitos y pequeños del mundo.

—Bueno, pues nos agradaría que nos guiase —dijo Linda.

      Merton Ostrander, volviendo al sendero, marchaba con paso largo y fácil, como un hombre acostumbrado a jornadas fatigosas a pie, al mismo tiempo que iba comentando la tragedia del parador. —El propietario ha perdido a su esposa hace sólo unos días. Un trágico acontecimiento. La mujer había recogido hongos toda su vida, pero últimamente su vista estaba volviéndose defectuosa, y ustedes saben como son estas personas; no se gastan dinero en lentes. La señora Charteux los consideraba una extravagancia. Esa es la única forma en que se puede explicar esto.

—¿Acaso una seta envenenada? —preguntó Linda.

—Al parecer fue una seta envenenada y al parecer también la única, porque sólo ella sintió los efectos y se enfermo.

      Ostrander guardó silencio durante unos segundos. Después hizo un inquieto movimiento con los hombros. —Yo comía con ellos y tome algo de esa misma comida. No había muchos hongos, entiendan, solamente unos pocos, pero, no obstante, pensando en lo que sucedió..., o mejor dicho, lo que pudo haber sucedido...

—¿Solamente eran los dos de familia? —preguntó Linda.

      —No, también tienen una hija, Marie. Y me sorprende que no la conocieran ya ustedes. Es una cosa bonita y pequeña, y desde luego ahora está un poco aturdida. Tiene solamente dieciséis años, pero uno cree que tiene veinte... Es morena, bien formada, con ojos fogosos que parecen reflejar un fuego interno... ¿Cuánto tiempo piensan ustedes permanecer aquí?

—Solamente vamos a pasar la noche.

—¡Oh! —La cara de Ostrander mostró una débil llama de desilusión.

—¿Lleva usted aquí mucho tiempo? —le preguntó Trenton.

      —Varias semanas —contestó riendo Ostrander—. No puedo recordar si son seis u ocho. Aquí se pasa el tiempo tan suavemente como el joyero lo pasa observando sus alhajas..., pero la casa ahora es diferente, desde luego. Vivir en esa atmósfera de pena es..., bueno, en cierta forma, yo me considero de la familia y he dudado en marcharme porque sé como ellos se sienten. Han adquirido confianza conmigo. Sin embargo..., bien, vamos a ir a la meseta y contemplar desde allí el paisaje. ¿Es usted acaso una artista? —le preguntó a Linda Carroll.

—¿Por qué me hace usted esa pregunta?

—Oh, no lo sé. Solamente por saberlo.

      Ella movió la cabeza negativamente y dijo con firmeza: —Igual que a usted, me gusta algunas veces captar paisajes con mis pinturas, en forma que me ayuden a recordar alguno de los bellos e iluminados efectos de luz que he visto... —Rió nerviosamente y después continuó: —Pero mis trazos son tan imperfectos, que posiblemente sólo logran transmitirme a mí lo que quieren significar. Nunca permito a nadie verlos..., a nadie.

Merton Ostrander la miró con ojos sonrientes y dijo: —Supongo que eso, decididamente, me incluye a mí.

—A todo el mundo..., quiero decir, a todos —dijo Linda.

 

—Está lo suficientemente claro —dijo Merton Ostrander, y echó a andar por la senda, guiándolos.

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