Capítulo 10

     Cinco calles después de la casa de Linda Carroll, el viejo automóvil comenzó de pronto a traquetear produciendo sonidos metálicos como de angustia y se paró repentinamente. Rob Trenton trató de hacer una inspección en el motor. Parecía que algo se había roto desprendiéndose del diferencial y había desgajado el engranaje, obstruyendo todo el mecanismo de conducción. Un garaje envió un remolcador que finalmente trasladó el destartalado vehículo y dejó a Trenton sin otra alternativa como no fuera la de tomar el autobús para regresar a casa.

Comió en un pequeño restaurante en la estación de autobuses.

     Pocos minutos antes de que el autobús estuviera presto para salir, Trenton volvió, salió a la calle y desde una droguería llamó a la Jefatura de Policía y, sin dar su nombre, informó que el coche Rapidex sedan había sido robado. Colgó a mitad de la conversación antes de que le fueran hechas embarazosas preguntas y después regresó a la estación de autobuses.

     Un hombre delgado y nervioso que estaba parado a la puerta, se mantenía observando su reloj. Finalmente entabló conversación con Trenton. —Parece como si ese autobús nunca fuese a llegar aquí. ¿Es esa la hora?

Señaló a un reloj de pared.

—Esa es la hora exacta —contestó Rob consultando su reloj.

     El hombre, irritado, dijo: —Tengo que hacer un contrato de trabajo y preciso estar allí a tiempo. Lo que no puedo comprender es lo que le ha sucedido a los otros compañeros que van a participar en ese trabajo conmigo. Ellos debían estar aquí con su coche hace veinte minutos. Yo les dije que si no estaban aquí, yo tomaría el autobús... y mire —dijo irritado.

     Rob Trenton no estaba en disposición de ánimo para meterse en ninguna otra complicación y se limitó a asentir con la cabeza.

     La puerta se abrió. Un hombre rechoncho, de anchos hombros y vistiendo zahones, entró y con una sonrisa apaciguadora en la cara fue hacia la puerta. —Hola, Sam —dijo.

     El hombre nervioso dio vuelta y en su rostro brilló una expresión de alivio. —Caramba, a qué hora os presentáis. Vamos a llegar tarde.

—No pudimos evitarlo —dijo el hombre, quien después añadió:

—Tuvimos una avería, pero ya está todo arreglado. Y fue bueno que pudiéramos arreglarlo. El autobús llega media hora más tarde.

—¿Media hora más tarde?

—Esa es la información que nos dieron. Bueno, vámonos.

     El hombre, volviéndose hacia Rob Trenton, dijo como disculpándose: —¿Oyó usted lo que dijo mi amigo? El autobús llegará media hora más tarde. Nosotros vamos a Noonville y si usted va en esa dirección...

—A Noonville es a donde yo voy —dijo Trenton.

—Bueno, pues vamos. Véngase con nosotros. Lo pondremos a usted allí en una hora. Si el autobús tiene media hora de retraso, le llevará dos horas el llegar allí y...

—¿Tienen ustedes sitio? —preguntó Rob.

—Seguro —dijo el hombre de los zahones—. Solamente somos cuatro y el coche tiene cabida para seis pasajeros. ¿Tiene usted alguna maleta?

—No, no tengo equipaje.

—Bueno, venga. Vámonos.

     Rob no se detuvo a pensar hasta que se encontró en el asiento posterior del sedan grande, entre dos hombres bien vestidos y que hablaban suavemente. Su accidental amigo de la estación de autobuses y el hombre de los zahones, ocuparon los asientos del frente.

     Entonces algo llamó la atención de Rob y se sintió invadido por una vaga intranquilidad.

     El automóvil era demasiado grande, demasiado potente y demasiado bien equipado para concordar con la historia que le había contado el hombre en la terminal de autobuses. Los individuos que iban uno a cada lado de Rob en el asiento de atrás, eran demasiado tranquilos y excesivamente poco sociables.

Por un momento Rob pensó en todo cuanto él había oído sobre personas que eran llevadas para un paseo. Después trató de disipar en sí el vago sentimiento de intranquilidad, razonando con una lógica fría. Esos hombres habían sido contratados. Naturalmente que había algunos hombres de dinero entre ellos, así como algún trabajador para hacer la parte de trabajo pesado. Todo estaba en orden. Rob trató de convencerse de que precisaba dominar su imaginación, no dejándola impulsarlo a creer aquello.

Después, la velocidad a que avanzaba el automóvil y el extraño silencio de los dos hombres que estaban sentados uno a cada lado de él, hizo que Rob tomara una decisión.

Miró su reloj de pulsera, castañeteó los dedos y dijo: —Caramba, muchachos, yo olvidé..., enteramente... olvidé...

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Qué fue lo que usted olvidó? —preguntó el conductor.

     —Olvidé hacer una llamada telefónica que tenía que hacer dijo Trenton—. Yo sabía que tenía que hacer alguna cosa. Sé que ustedes tienen mucha prisa, pero permítanme bajar aquí para hacer la llamada. Después tomaré un taxi y regresaré a la estación de autobuses. Puedo muy bien alcanzar el autobús si éste trae media hora de retraso.

     —Oh, no tiene importancia —dijo el conductor—. Lo llevaremos a un teléfono público, ¿verdad, muchachos?

—Seguro —dijo uno de los hombres del asiento de atrás.

El auto aceleraba la marcha y se deslizaba suavemente a través del tráfico.

—Allí hay un teléfono en esa estación de servicio dijo Rob.

—En efecto, allí está —dijo uno de los hombre—. Doble ahí, Sam. Llegaremos basta allí y dejaremos a este muchacho que telefonee.

     Rob exhaló un suspiro de alivio. Volviéndose, miró por la ventanilla de atrás para asegurarse que la estación de servicio realmente tenía teléfono a la vista. Una vez que él estuviera en la estación de servicio, pensaría lo que les iría a decir a estos hombres. Volvería al coche y desde la puerta les diría que no quería ir.

El conductor frenó de golpe.

     Todos los hombres del asiento posterior fueron lanzados bruscamente hacia el frente, en particular Rob, que como estaba colocado hacia atrás del coche, fue disparado adelante y perdió el equilibrio.

     Apenas tuvo tiempo de darse cuenta del significado de la maniobra, cuando desde sus espaldas una capucha negra descendió sobre su cabeza y las manos le fueron maniatadas.

—Muy bien, Sam —dijo uno de los hombres. —Continúe la marcha.

     Rob Trenton, asfixiado bajo la gruesa capucha negra, gritaba con todas sus fuerzas pidiendo auxilio.

 

     Algo lo golpeó en la cabeza. Se produjo un cegador relámpago y después sintió que se desvanecía.

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