Capítulo 2

 

      Ostrander, mientras caminaba, seguía hablando con fogosidad sobre las gentes, sus costumbres, el campo y las personalidades del lugar. Trenton observó que la mirada de Linda Carroll se aguzaba con el interés.

      Ostrander, por otra parte, tenía talento natural de actor, y cuando describía a los diversos personajes de la pequeña aldea, imitando ocasionalmente su manera de andar o alguna expresión facial, era capaz de pintar el retrato de aquellos de quienes hablaba, en tal forma, que los individuos parecían hallarse realmente de cuerpo entero ante ellos.

      El aire era puro, fuerte y frío. Linda no parecía tener prisa en regresar y ya era tarde cuando volvieron al parador. Marie, quien estaba sirviendo a la mesa del comedor, entraba y salía de la estancia. Era una muchacha bonita pero aparentemente estaba aturdida por completo por la repentina pérdida de su madre.

      El señor Charteux, por otra parte, parecía aceptar la situación filosóficamente. Sin embargo, había en la pequeña hospedería una atmósfera de dolor que se manifestaba en un notorio silencio. Y con la ausencia de conversaciones se oía más fuertemente el tic—tac del reloj.

      René Charteux informó que el coche estaba ahora ya preparado para emprender viaje y se fue a la cama temprano. Marie lo siguió después de unos minutos, dándoles a todos unas corteses buenas noches, pero reservando para Merton Ostrander una mirada de adoración cuando suavemente abandonó el comedor.

      La siguiente mañana estuvieron entretenidos por Ostrander hasta después del desayuno, cuando Marie se fue a la ciudad a hacer algunas pequeñas compras y después visitar en su casa a una persona amiga. Fue entonces cuando Ostrander, con naturalidad y con la tranquila confianza que debería ser propiamente el privilegio de un viejo amigo, sugirió que le gustaría alelarse de aquel lugar con ellos, si tenían sitio en el automóvil.

      Linda dudó un momento y, después de dirigirle una ligera mirada a Rob, dijo: —Creo que podríamos acomodarlo a usted dentro del coche aunque fuera apretadamente; pero vamos a salir en seguida.

—Eso me viene a mí perfectamente —dijo Ostrander.

—Pero usted..., bueno, usted dijo que era casi uno de la familia aquí. ¿No quiere esperar y decirles adiós?

      Ostrander hizo caso omiso de la insinuación. —Ellos saben que tengo que irme algún día. Francamente su atmósfera de tristeza me deprime. Por todo lo que alcanzo a comprender, es mejor hacerlo así de repente, librarse de eso y desaparecer limpiamente. Aborrezco las despedidas.

      Rob Trenton, recordando la mirada que Marie Charteux había dedicado a Ostrander la noche anterior, se sentía sorprendido de que Merton estuviese tan gustoso de dejar aquel lugar, sobre todo antes de que Marie regresara. Linda Carroll, o bien no notó nada fuera de lo corriente en la prisa de Ostrander, o le simpatizaba su actitud.

      —Desde luego —le confió ella a Rob— comprendo los sentimientos de él. Yo también odio las despedidas. Y existe una aflicción tan densa en esta casa, que uno podría cortarla con un cuchillo. Para mí es ya suficiente con una noche. Lo siento por ellos pero..., después de todo...

Rob se limitó a asentir con la cabeza.

      Rob trató hasta el último momento de atrasar la partida de forma que Marie pudiera tener la oportunidad de regresar para decirle adiós al hombre que, según su propia confesión, se había convertido en uno de la familia.

      No obstante, Ostrander apareció con sus cosas todas preparadas y con tan maliciosa presteza, que Rob Trenton dio por seguro que los preparativos para irse los había iniciado la noche anterior.

      El señor Charteux no hizo comentario alguno cuando fue avisado de que Ostrander se marchaba. Parecía incapaz de cualquier emoción, pero con un aire letárgico se entregó a los detalles de comprobar las diversas cuentas. Ostrander pagó la suya, depositó su equipaje encima del enrejado y en los asientos de atrás del automóvil hasta parecer que el pequeño coche estaba totalmente desbordando de maletas y bultos; rápidamente le dio la mano a su hospedero, diciéndole un adiós en francés y dándole unas palmaditas en los hombros. Después, y cuando las lágrimas aparecieron en los ojos de René Charteux, Ostrander le dio una palmada final en la espalda y se metió dentro del pequeño coche acomodándose en el asiento de atrás.

      Trató de excusarse. —No creí que tuviese tanto equipaje —explicó con aquella sonrisa suya que desarmaba—. Pero si ustedes pudieran llevarme hasta cruzar la frontera francesa con él, después lo mando facturado a Marsella y yo tomo el tren.

—¿Va usted a embarcar en Marsella? —le preguntó Linda.

—Sí.

—¿En qué barco?

      —Bueno —dijo con naturalidad—, eso depende de los pasajes que aparezcan disponibles en las compañías de navegación. Regresaré a los Estados Unidos en el primer barco que pueda.

      Hizo casi toda una ceremonia para acomodarse, doblando las piernas hasta que las rodillas parecían estar debajo de la barbilla, aunque claro es, no se quejó de nada. Rob Trenton se sentó en su acostumbrado sitio en la delantera y el pequeño automóvil salió del camino de grava con tanta suavidad y rapidez, que hasta él parecía ávido por abandonar el parador con su atmósfera de tragedia.

      Desde el asiento de atrás, Ostrander mantuvo un torrente de conversación, señalando la pequeña idiosincrasia de las gentes, los puntos de interés y el estilo arquitectónico del que, de otra manera, ellos no se habrían dado cuenta. Sin lugar a dudas, era un individuo muy observador, con una gran tendencia a señalar y comentar las singulares costumbres de un país.

      Cuando se detuvieron para almorzar, las piernas de Ostrander estaban entumecidas. Hizo una cómica escena sobre la forma en que había sido forzado a permanecer rígido en el asiento de atrás, y fue tan expresivo en la presentación, que Rob se vio obligado a reír. Sin embargo, el ardid produjo el deseado efecto y Linda insistió en que Ostrander alternase con Rob en viajar en el asiento delantero durante la tarde.

      Así, Rob Trenton se encontró a sí mismo una vez más en el asiento de atrás, empaquetado con la colección de maletas de Merton Ostrander y escuchando atento, pero sin entusiasmo, los comentarios de Ostrander.

      Habiendo señalado la forma en que los campesinos construyen un camino inclinado hasta el ático de la casa, y lo usan para almacenar allí el heno, dándole con eso un aislamiento al tejado y los demás cuartos del lado, Ostrander continuó después comentando sobre las características esquilas suizas.

      Rob se vio obligado a admitir que Ostrander realmente se marcaba un tanto a su favor con este tema. Hasta Rob estaba interesado.

      De vez en cuando y por insinuación de Ostrander, Linda detenía el coche y ellos escuchaban el ritmo musical, venido de alguna ladera de apacentamiento, con lozano pasto verde cuya altura alcanzaba hasta la rodilla.

      —No había nada de desagradable en relación con esas esquilas. Fueron diseñadas de manera a suministrar una primitiva y rural armonía. Desde la fuerte y grande campana del toro bramador, al ávido y pequeño tintinear del ternero, el pastoreo del ganado formaba una sinfonía de sonidos que parecía combinarse con la belleza natural del país.

      Ostrander señaló que no solamente el ritmo de las esquilas suministraba una armonía que resultaba agradable al oído, sino que le proporcionaba al propietario el medio de identificación de cada animal que se hallase pastando, merced al particular tono de la esquila. Si alguno de los animales se perdía, el dueño no sólo podía descubrir su falta por la desaparición de la nota en la escala musical, sino que también podía inmediatamente determinar la identidad del ausente.

      Ostrander, parecía haber hecho un tema de las esquilas suizas y dijo que tenía dos grandes cajas de cartón llenas con una colección de ellas, las cuales esperaba que serian la base para una serie de conferencias que proyectaba dar en varios Clubs, a su regreso a los Estados Unidos.

      Tan plausible, tan convincente y tan encantadora era la conversación de Ostrander, que Rob Trenton empezó a luchar contra la perspectiva de volverse un inanimado mueble de sesenta y ocho kilos de peso, distribuido en el lado derecho del asiento de atrás del coche, equilibrando las cajas de las esquilas que Ostrander había coleccionado con tanto esmero.

      Era irritante para Rob el comprobar que estaba forzándose a sí mismo al tratar desesperadamente de cubrirse con una capa de charla encantadora que le sentaba mal; pero maldito si iba a estarse allí sentado mientras Linda era subyugada por el magnetismo de Ostrander. Por consiguiente, habló y los otros lo escucharon... Ostrander, con educación, y Linda, con una pequeña sonrisa nerviosa en los ángulos de su boca.

      Rob creyó que había escaso interés en lo que él tenía que decir, y al final tuvo la satisfacción de comprobar que mientras había estado hablando, la elemental cortesía había obligado a Merton Ostrander a guardar silencio.

 

      Sin embargo, mucho antes de llegar a la frontera, ya era evidente para todos ellos que Merton Ostrander continuaría viaje en su compañía... por lo menos hasta París.

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