Capítulo 3

      En el hotel en París, Rob Trenton se encontró compartiendo un cuarto doble con Merton Ostrander, y entonces y por primera vez, se dio cuenta de la enorme cantidad de maletas y bultos que Ostrander había manipulado y colocado dentro del pequeño coche.

      No solamente estaban allí las dos cajas de las esquilas, sino también un baúl lleno de efectos personales, y había asimismo una pesada arca que al principio Rob pensó que contenía materiales de pintura. Sin embargo, cuando Ostrander abrió esa caja, vio que contenía un completo juego de herramientas, incluyendo un taladro eléctrico, limas, llaves inglesas y varios otros artefactos mecánicos.

      Durante toda la mañana, Merton había estado ordenando su equipaje y después, a la tarde, una llamada telefónica le hizo aplazar el arreglo, dejó todo desparramado por el suelo y se fue a realizar la misión sobre la cual no encontró propio el consultar con Trenton.

      Ostrander no regresó inmediatamente, y cuando Rob entró en el cuarto de baño se dio cuenta de que había manchas de aceite en el lavabo. Una viruta de metal cayó junto a sus pies. El lugar de donde esa viruta había caído, era un completo misterio.

      Rob pensó que Ostrander había estado haciendo un agujero en el marco del espejo que colgaba sobre el lavabo. Pero después comprobó que aquellas virutas debían de proceder de algún otro lugar.

      Al regresar Ostrander a eso de las tres de la tarde, entró en el cuarto de baño casi inmediatamente. Parecía molesto porque Rob hubiese hecho un trabajo tan meticuloso de limpieza.

—Usted no debió de haber hecho eso —dijo con algo de impaciencia—. Debía usted suponer que yo regresaría para colocar todas las cosas.

—Pero usted no me dijo cuando iba a regresar exactamente —le contestó Rob.

—Creo que dejé esto revuelto —dijo Ostrander—. Estaba aceitando algunas de las herramientas.

Rob no dijo nada.

      Ostrander caminó hacia el cesto de los papeles, y al darse cuenta de las virutas de metal, dudó uno o dos segundos y después explicó:

      —Estaba tratando de hacer un agujero. Linda quiere que le asegure la bocina del coche lo más fuerte que pueda. Y he estado trabajando para aflojarla, pues salimos mañana para Marsella y tiene que quedar listo el coche, y yo quería estar seguro que el taladro funcionaba.

—¿Ya tiene usted su pasaje seguro? —le preguntó Rob.

      —Precisamente hace un par de horas que lo resolví —dijo Ostrander—. Por eso salí con tanta prisa, pues tuve la suerte de tomar un pasaje que había sido cancelado. Voy a hacer la travesía en el mismo barco que usted y Linda.

—Oh —dijo sin entonación Rob—. Eso es agradable.

      Esa noche, a eso de las diez, Rob Trenton se despertó de un sueño pesado, con ardor y sabor metálico en la garganta. Terribles dolores punzaban su abdomen e igual le ocurría en las junturas de las piernas.

      —Durante los fuertes dolores y las arcadas que siguieron, Merton Ostrander fue como un buen enfermero y un buen hermano, todo en una pieza. Actuó como un solícito enfermero, tranquilizándolo y animándolo de forma optimista e increíblemente servicial, poniéndole compresas calientes en el estómago y asegurándole que, sin duda alguna, había sido la ensalada de langosta de la cena lo que le había hecho daño. Que algún pedazo de langosta estaba podrido, pues en su propia ensalada lo encontró, y que Merton recordaba esto por el hecho de que él había dejado toda la comida a un lado sin probarla. Estuvo tentado de advertírselo a Rob, pero vio que disfrutaba tanto con la ensalada, que se contuvo, pensando que quizá aquel pedazo de langosta podrida que le había tocado a él, era el único que habían servido por algún descuido.

      Rob recordó que Linda había tomado un cóctel de marisco, e insistió en que Ostrander fuese abajo y llamase en la puerta del cuarto de ella para preguntarle cómo se encontraba.

      Al principio, Ostrander ridiculizó la sugestión de Rob, pero finalmente convino en llamarla por teléfono y después de unos diez minutos de haber estado llamando y de no dar señales de respuesta alguna el conmutador del hotel, decidió bajar las escaleras y llamar en la puerta del cuarto de Linda. Sin embargo, antes de salir abrió su botiquín de medicinas que, según le explicó, siempre       llevaba con él, y le dio a Rob dos grandes cápsulas con las cuales esperaba que a aquél se le pondría bien el estómago ahora que el organismo había expulsado ya la comida envenenada.

      Pero un violento golpe de arcadas hicieron que Rob guardase las dos cápsulas en el bolsillo de su bata entonces, y después de unos minutos, cuando Merton Ostrander, llamando a la puerta del cuarto de baño, le preguntó si había tomado las cápsulas, Rob mejor que perder el tiempo dándole explicaciones, únicamente murmuró una contestación que Ostrander interpretó como afirmativa.

      De esa forma, cuando Ostrander fue a llamar a la puerta de Linda y Rob se desvaneció sobre la cama, las dos cápsulas todavía estaban en el bolsillo de su bata.

      Linda parecía que no había experimentado ningún síntoma desagradable, pero tomó aún mucho más en serio la enfermedad de Rob que cualquiera de los dos hombres, y presentándose vestida con bata de casa y calzando zapatillas en el cuarto de Rob, insistió que tenían que enviar por un taxi para llevar a aquél al Hospital Americano.

      Evidentemente, Ostrander creyó que esta era una medida absurda, puesto que lo peor ya había pasado, y a Rob, débil y agitado, le desagradó la idea de que hicieran de él un enclenque.

      Ostrander hizo de forma de retrasar las cosas durante unos treinta minutos, al cabo de los cuales la opinión de Linda se impuso y Rob se encontró metido en un taxi que Linda había conseguido encontrar, y transportado al Hospital Americano, donde un joven doctor escuchó la descripción de los síntomas y le prescribió algunas medicinas, las cuales le parecieron a Rob puros calmantes.

      El resultado final de todo esto fue, sin embargo, que a la mañana siguiente Rob, todavía débil y con el cuerpo molido, se vio obligado a despedirse de Linda y Merton Ostrander cuando éstos salieron para Marsella en el pequeño coche.

      Ostrander, con ingenioso optimismo, sacudió por los hombros a Rob, asegurándole que estaría en condiciones de poderse reunir a ellos en el barco tomando el tren de la noche en París.

      El doctor sacudió la cabeza pensativo, y por un momento Rob creyó ver una insinuación de llanto en los ojos de Linda cuando ésta se volvió desde la puerta para despedirse, pero movió la mano con naturalidad y como pensando que esperaba verlo otra vez dentro de las próximas horas.

      Esa noche, Rob todavía se encontraba débil y con dolor, y el médico parecía sinceramente asombrado por su estado. El diagnóstico del médico, final y terminantemente impidió a Rob el tomar el tren de la noche, y el barco debía salir la próxima tarde a las cuatro.

 

      En las condiciones de debilidad en que Rob se encontraba, parecía que las cosas habían llegado a su fin. Arregló para dictar un telegrama dirigido a Linda, deseándole buen viaje, y después de algunos minutos de duda incluyó en él también a Merton Ostrander. Después se recostó dolorido y trató de luchar contra las olas negras de la decepción. A la mañana siguiente se aventuró a tomar una repentina y definitiva resolución y venciendo el vértigo y las náuseas lo suficiente para poder hacer su equipaje con las cosas más necesarias para el viaje, tomó un taxi y alcanzó el avión que lo puso en Marsella treinta minutos antes de la hora de salida del barco. Cuando llegó tambaleándose a la escalerilla del navío, se sentía más muerto que vivo, y el altavoz anunciaba por última vez: —Todos los de tierra, que desembarquen". Miró arriba de él y vio a Merton Ostrander con una expresión de extrema incredulidad y sorpresa reflejadas en su cara.

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