Capítulo 4

      Rob, al principio del viaje compartió el camarote con un individuo quieto y taciturno a quien aparentemente le desagradaba la compañía de Rob, puesto que al segundo día, este hombre fue trasladado a otra cabina, y un nuevo compañero de cuarto, llamado Harvey Richmond, mozo genial y de anchos hombros, fue traído al camarote para ocupar la litera “B".

      Casi desde el principio, Trenton encontró que le simpatizaba Richmond y éste a su vez parecía estar muy interesado en todo lo que Rob decía, en particular sobre su viaje por Europa.

—¿Y cómo es que usted no comparte un camarote con Ostrander? —preguntó Richmond.

      —Ostrander —explicó Rob— tomó un pasaje que había sido cancelado a última hora.

—Ya veo. Sin embargo, eso puede arreglarse. Hay cierto desorden aquí, sabe usted.

      —Yo estoy aún bajo los efectos del sufrimiento —admitió Rob—. Ni siquiera tengo la impresión de recobrar algo de fuerzas. Ostrander es uno de esos mozos atléticos que parece que todas las cosas malas de la vida desaparecen cuando él está cerca. Yo no creo que él esté interesado en compartir el camarote con un inválido.

      Richmond echó la cabeza para atrás y rió. —¡Inválido! Usted es un individuo fuerte y vigoroso y no necesitaría ayuda si no hubiera tomado comida envenenada. Después de todo, cualquiera puede tener una experiencia parecida a esa. Tiene que haber sido una buena sacudida.

      —¡Que si lo fue! —dijo Rob. Ha sido la experiencia más desagradable que he tenido en mi vida, y lo peor es que no consigo reponerme.

Richmond, hábilmente, llevó la conversación a Ostrander. —¿Y dice usted que él está interesado en pintura?

—En pintura y en las esquilas.

—¿Qué es eso de las esquilas?

      —Eso es algo que pasa desapercibido, a menos que se lo hagan notar a uno —explicó Rob—. Las esquilas suizas son una característica de color local. Su sonido es excesivamente musical. Ostrander tiene una buena colección de ellas.

      —No sabía yo eso —replicó Richmond—. Bueno, ahora quédese aquí tranquilamente. Voy a taparlo con el cobertor. Así estará usted abrigado. Y tiene un libro aquí por si quiere leer. El camarero dice que lo que usted tiene que hacer es estar tumbado descansando. ¿Y dice usted que Ostrander trae una colección de esquilas con él?

—Así es; son unas características campanas, con tonos diferentes.

—¿Y dónde las tiene ahora?

—Me supongo que en su equipaje. Debe de tenerlas en su camarote.

      —Estoy muy interesado en eso —dijo Richmond—. Pero no quiero que él crea que soy demasiado curioso, particularmente si proyecta usarlas como base para una serie de conferencias. Por otro lado, ¿recuerda usted el nombre del parador donde Trenton y ustedes estuvieron hospedados?

—No, no lo sé. Sé que estaba algo más allá de Interlaken y que...

—Sí, sí, entiendo. Usted me dice su situación en general. Pero yo quería saber si usted recordaba el nombre.

—No, no puedo recordarlo.

—¿Y dice usted que allí ha ocurrido una tragedia?

—Así fue. La mujer que administraba ese establecimiento, murió a consecuencia de comer setas envenenadas.

      —Y usted no tuvo ocasión de oír describir los síntomas de la enfermedad de ella, ¿verdad?

      Trenton, haciendo un pequeño gesto, dijo: —No, aunque puedo imaginarme como tiene que haberse sentido. Y créame que no me encuentro en condiciones de escuchar los síntomas agudos sobre comida envenenada en este momento.

—Me atrevo a afirmar también que así es —dijo Richmond, y después de cerciorarse de que el cobertor le tapaba por completo los pies a Rob, abandonó el camarote.

      Regresó después de una hora trayendo con él a un hombre pequeño, bien proporcionado y cuyos ojos cortantes y negros miraron a Rob Trenton con penetrante cálculo.

—¿Cómo se siente usted? —le preguntó Richmond.

Trenton, sonriendo, dijo: —Mucho mejor. Únicamente débil y molido.

—Este es el doctor Herbert Dixon —dijo Harvey Richmond—. Y él tiene un pequeño problema en el que yo pensé que usted podría ayudarlo.

—¿Es usted médico? —le preguntó Trenton estrechándole la mano.

      —Tengo el título de doctor —dijo el doctor Dixon—. Pero me he especializado en una vieja rama de la medicina. Tengo ahora un problema con un perro. Y entiendo que usted está interesado en el amaestramiento de perros. Por eso pensé que podía ayudarme.

Trenton, levantando la mirada, preguntó: —¿Cuál es el problema?

      —Este perro alemán Shepherd —dijo mirando ligeramente a Richmond— lo adquirí de un individuo inglés que parecía estar muy encariñado con él. El perro se veía que estaba perfectamente disciplinado, por cuanto yo pude deducir, y el inglés, que había estado viviendo en el continente pero que tenía que regresar a Inglaterra por razones de dinero relacionadas con el nuevo cambio de moneda, me confió que simplemente no podía permitirse el lujo da tener el perro con él en Inglaterra. Lo que quería era que el perro tuviese un buen amo. Y para serles a ustedes franco, el animal me interesó...

—¿Y dónde está el perro ahora? —preguntó Rob Trenton.

—Arriba en la perrera... y le confieso que se está convirtiendo en un problema para mí.

—¿En qué sentido?

      —Él apenas parece tolerarme, gruñe y enseña los dientes y está desarrollando un evidente capricho maligno. Se echa a la gente cuando ésta le habla o cuando tratan de acariciarlo. Y si yo no lo tuviera sujeto fuertemente con la correa, a estas horas ya me hubiera destrozado un par de trajes.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde que el perro cambió de amo?

—¿Qué quiere usted decir?

—¿Que cuánto tiempo le dio al perro para que se acostumbrara a usted?

      —Oh, eso... —dijo el doctor Dixon—. El dueño pensó que sería mejor para ellos no demorar la separación. Me dijo que el perro iría conmigo y yo vi que aquél estaba dispuesto a seguir las instrucciones de él. Entonces, ya no esperó más y tomó el avión para Inglaterra esa misma tarde.

Trenton echó a un lado el cobertor y se puso los zapatos. —Me gustaría echarle un vistazo —dijo.

—A mí, ciertamente me agradaría que usted lo hiciese; pero desde luego he de advertirle que es hostil con los extraños. Yo no me atrevo a sacarlo a pasear por el barco y cuanto más tiempo está encerrado, más malo se vuelve.

—Eso es completamente natural —dijo Rob. ¿Cómo se llama el perro?

—Lobo.

—¿Tiene usted una correa?

—Oh, sí.

      Trenton dijo: Tráigalo aquí a la cubierta que está detrás de la piscina. Ate un cordel añadiéndolo a la punta de la correa, de forma que usted pueda alargaría y haga exactamente como yo le diga.

—Pero yo no me atrevo a alargarle mucho la correa. El perro seguramente mordería...

—Usted ate exactamente, como le digo, el cordel al final de la correa. No lo use hasta que yo se lo diga. Sujételo por la correa teniendo ésta más bien tirante. Y sálgame allí a la cubierta.

      Cuando Rob Trenton fue a la cubierta, comprobó que estaba más débil de lo que había supuesto. Parecía tener gran dificultad en librarse de los efectos de la enfermedad. No obstante, pensó que el trabajar con el perro podría animarlo.

      Durante la mañana la piscina había estado muy concurrida y aquélla había sido ahora vaciada. La cubierta que se encontraba detrás de la piscina, no tenía sillas y se hallaba en estos momentos desierta. El cielo estaba oscuro y el viento aumentaba haciendo balancearse el barco.

      Rob Trenton esperó hasta que vio a Harvey Richmond y el doctor Dixon aproximarse; Richmond se mantenía a prudente distancia y el doctor Dixon sujetaba con una correa tirante al perro.

      Rob Trenton, sentado en el medio de la cubierta, se cercioró bien de que había suficiente espacio alrededor de él.

—Ahora —dijo— sostenga la correa más bien tirante y camine pasando por mi lado. Conserve al perro del otro lado, es decir, del lado contrario al mío.

El doctor Dixon, dejando al perro ir delante, caminó despacio por la cubierta y alrededor de Rob.

—Simplemente, manténgalo dando vueltas alrededor de mí —le aconsejó Trenton.

      El perro miraba a Rob Trenton allí sentado y parecía comprender el vigor conque Rob daba las instrucciones. Después, mostró sus colmillos, gruñó y tiró de la correa.

—Parece que quiere safarse de mí —dijo Trenton.

—Eso es porque está de este otro lado —señaló el doctor Dixon—. Pero si usted me permitiera ponerlo del lado de usted y pasar por ahí caminando, se abalanzaría contra usted y...

—No, no —le interrumpió rápidamente Trenton—. No haga eso. No quiero que se eche a mí.

      El doctor Dixon sonrió, indicando que creía que quien tenía tal miedo de un perro, nunca podría hacer mucho para amaestrarlo.

      —No le tengo miedo —aclaró rápido Trenton—. Pero no quiero que se eche a mí... por ahora. Siga paseando y pasando a mi lado y regrese en círculo tanto como pueda; camine inclinado a uno de los lados y después al otro y vaya soltando gradualmente la correa.

El doctor Dixon siguió las instrucciones. El perro continuó tirando hasta que llegó al final de la correa.

      Trenton observó al animal. Era un perro pastor alemán de ancho pecho, con una arruga de angustia en la frente en el centro de los ojos, formando una capa de piel fláccida, falta de todo brillo, que revelaba las dificultades de dinero de su antiguo amo y el resultado de haberle escatimado la comida y, por lo tanto, una deficiencia de vitaminas adecuadas.

Rob Trenton esperó el momento propicio. Después, repentinamente, le dijo al doctor Dixon: —Bien, deme ahora el extremo del cordel que está unido a la correa, y después eche a andar y retírese totalmente.

—Quiere usted decir que desea...

—Deme el extremo del cordel, por favor —le dijo firmemente Trenton.

—Pero, Dios Santo, hombre, el perro se echará a usted y...

—Por favor, rápido —dijo Trenton—, deme el extremo del cordel.

El doctor Dixon le echó la punta de la cuerda.

—Ahora, váyase —dijo Trenton.

      El perro, súbitamente, se encontró manejado por el extraño que estaba sentado tranquilamente en medio de la cubierta y tiró, mañoso, de la correa aflojándola.

—¿Qué pasa, Lobo? —le preguntó Rob.

El perro gruñó y enseñó los colmillos.

Trenton únicamente rió y dijo: —Vas a tener que acostumbrarte a mí, compañero.

Y se volvió hacia Harvey Richmond que estaba a alguna distancia observando todo como un espectador interesado.

      —Se puede ver lo que le pasa al animal —dijo en un tono de conversación Trenton—. El perro perdió a su amo. Probablemente nunca había embarcado; pero se da cuenta de que está en un barco y que no tiene ocasión para volver a reunirse con su antiguo amo. Naturalmente, está nervioso e irritable y necesita seguridad y un cierto grado de afecto.

Rob se volvió después rápidamente al perro y le dijo: —¿Verdad, Lobo?

El perro continuaba tirando hacia atrás de la correa.

—Vamos, Lobo —dijo Trenton.

El perro mostró los colmillos.

—Yo te dije vamos —repitió firmemente Trenton.

El perro se levantó gruñendo.

—Ven —dijo Trenton.

Súbitamente, Trenton tiró de la cuerda y arrastró al perro a través de la cubierta hacia él. —Dije que vinieras. Ven, Lobo. Vamos.

El animal continuaba tirando de la cuerda y sus gruñidos se volvían cada vez más fuertes.

—Dios Santo —dijo el doctor Dixon avanzando—. Él...

—Estese quieto, manténgase apartado de esto —le ordenó Trenton—. Ven, Lobo.

      Trenton continuaba tirando de la correa mientras el perro seguía retrocediendo y gruñendo. Las uñas del animal arañaron el suelo de la cubierta y avanzó, tiró de la correa dando un paso tras otro de mala gana. Rob Trenton tendió la mano izquierda agarrando por el collar al animal, y colocando la derecha sobre el lomo del perro, dijo: —Abajo, muchacho. —Y al mismo tiempo presionaba el lomo del perro hacia abajo—. Échate, Lobo.

      El perro dudó un momento, gruñó, después se echó y su cabeza quedó a una o dos pulgadas de la pierna de Rob, enseñando todavía los colmillos.

      Rob, con su mano izquierda sujetando el collar, pasaba los dedos de la mano derecha sobre el lomo del animal y manteniendo esta actitud se dirigió al doctor Dixon y a Harvey Richmond y les dijo:

—Ahora, por favor, no hagan ninguna exclamación de sorpresa y procedan como si no ocurriera nada fuera de lo corriente aquí, y por favor inicien una conversación sobre algo.

      El doctor Dixon parecía como si quisiera protestar; pero, pensándolo mejor, dijo: —Entendido.

      Richmond dijo: —Es difícil proceder con naturalidad ante una cosa semejante. Ciertamente, yo creí que usted iba a salir de esto con su garganta desgarrada.

      Trenton conservaba su mirada puesta en los dos hombres, pero los dedos de su mano derecha estaban entrelazados en el pelo del lomo del perro, moviéndose cada vez más hacia los músculos de la garganta de aquél. —Pobre diablo —dijo       Trenton—. Está completamente perplejo. No sabe si su amo lo dejó con el doctor Dixon, o si éste lo robó, o si fue abandonado, o qué sucedió. Pero, por alguna causa, él está en el mar... y no quiero decir que esto le resulte muy divertido.

      Su mano se movía sobre el lomo del perro hasta que empezó a acariciarle la garganta con un firme y fácil ademán de solicitud, moviendo los dedos con calma y seguridad. Después, volviéndose al perro, dijo: —Demasiado malo, muchacho —y continuó con simpatía: —Tú necesitas un poco de seguridad y una gran cantidad de cariño.

      El animal miró a Trenton. Había cesado de gruñir. Movió la cabeza un par de pulgadas hasta que el hocico descansó sobre la pierna de Trenton.

—Buen perro —dijo Trenton.

Repentinamente, oyó una salva de aplausos y miró hacia arriba.

      Desde la cubierta superior, una docena de pasajeros curiosos había estado observando el pequeño drama que se había desarrollado en la cubierta de abajo, y ahora expresaron su admiración espontáneamente.

      Trenton únicamente se dio cuenta de que los ojos de Linda Carroll estaban agrandados y que se encontraba junto a la barandilla mirándolo, y que al lado de ella estaba Merton Ostrander completamente fascinado. Las manos de Linda iniciaron rápidamente un aplauso entusiasta. Merton Ostrander aplaudió una media docena de veces y después puso las manos sobre la barandilla. Su cara tenía una expresión enigmática y no había duda de que estaba profundamente pensativo.

      Trenton volvió su atención al perro, acariciándole ahora suavemente los tensos músculos con la punta de los dedos. Su voz infundía en el animal seguridad y cariño.

      Después de unos diez minutos, Trenton se levantó. —Creo que lo voy a llevar ahora a la perrera, si a usted no le importa —le dijo al doctor Dixon—. Usted puede ir a mi lado.

      Se dirigieron arriba a la perrera. Los pasajeros que habían estado interesados como espectadores, empezaron a agruparse haciendo corro, pero Trenton los hizo retroceder. —Por favor —les dijo—. El perro está nervioso. Tengan la bondad de ponerse a un lado dejando el camino libre.

Cuando llegaron a la perrera, el doctor Dixon abrió la puerta y Rob Trenton le dijo al perro: —Bueno, Lobo, ahora métete dentro —y le desprendió la correa cuando entró.

El doctor Dixon empujó la puerta y la cerró.

      Súbitamente, Rob Trenton sintió que sus músculos empezaban a temblar convulsivamente. Se dio cuenta de que había empleado más nervios que energía y vitalidad en el experimento que había realizado.

—Creo que si a usted no le importa –dijo— me vuelvo a la cama. No me di cuenta de lo débil que aún estaba.

Linda Carroll vino corriendo hacia él y le dijo: —Rob, fue asombroso. Usted es simplemente extraordinario.

      Su mano se apoyó en el brazo de él. Pero los ojos de la muchacha se agrandaron rápidamente alarmados. —Cómo, Rob, esta, usted... tem...

La mirada de Rob le suplicó que guardara silencio.

Ella alcanzó a comprenderlo en mitad de la frase y terminó diciendo débilmente: —Usted es maravilloso.

—Todavía siento mucho los efectos de la enfermedad —le musitó él.

      Se sentía como si estuviera caminando en sueños cuando iba por el pasillo del barco, bajando después las escaleras para regresar a su camarote, en donde, apenas llegó, se desplomó sobre la cama.

Unos pocos segundos más tarde, Harvey Richmond y el doctor Dixon estaban en la puerta.

—¿Se encuentra usted bien? —preguntó Richmond.

Rob movió la cabeza en forma negativa.

      —No debió usted de haber hecho una cosa semejante mientras se encontrase tan débil cual está —le dijo el doctor Dixon—. Fue asombroso. Yo nunca había visto una cosa parecida. ¿Cómo sabía usted que el perro no iba a morderlo?

      —Yo no lo sabia —confesó débilmente Rob—. Pudo haberlo hecho; pero algo le hizo a él obedecerme. Necesita compañía y necesita también que le den seguridad. Usted pudo notarlo cuando yo le ordené a usted, en una forma más bien brusca, que caminase alrededor. Siento haberlo hecho en ese tono, pero eso formaba parte del amaestramiento. Cuando el perro oyó como usted recibía órdenes mías, eso me dio a mí una cierta ventaja. Dios santo, yo no sabía cuan débil estaba.

      El doctor Dixon se acercó a Rob, le tomó el pulso y puso la otra mano encima del hombro de aquél. Ahora que estaba tendido, el temblor que lo había embargado volvió, haciéndose cada vez más fuerte.

—Creo —dijo el doctor Dixon— que voy a ver al médico del barco y a hacerle una sugestión... si a usted no le importa.

—Muchas gracias —dijo Rob.

      Cuando Harvey Richmond lo cubrió con la manta, sintió que el temblor estaba ya completamente fuera de control y que su cuerpo se sacudía con los escalofríos. Oyó la puerta abrirse. El médico del barco puso al desnudo el brazo derecho de Rob. Surgió un olor a alcohol y después Rob sintió el pinchazo de una aguja.

      Segundos más tarde, un delicioso calor recorría sus venas. Y los descansados músculos dejaron de temblar. Una soñolencia lo envolvió bajo el calor suave de la manta y empezó el olvido de todo. Oyó cuchichear al doctor Dixon con el médico del barco cuando éstos, de puntillas, abandonaron el camarote. Miraba, pero su mirada se volvió inconsciente en el intermedio.

 

      Y mientras dormía, Harvey Richmond, deliberadamente y a fondo, buscó cada rincón y esquina del camarote de Rob e inspeccionó una por una todas las cosas que Trenton había empaquetado rápidamente en un equipaje enteramente improvisado.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar