Capítulo 5

      Transcurrieron tres días completos antes de que Rob Trenton hubiera recuperado su vigor. Por ese tiempo, el barco había pasado las Azores y estaba avanzando a través del Atlántico rumbo a Nueva York.

      No obstante la inseguridad de sus músculos, Trenton había manipulado las cosas en forma que llevaba al perro grande alemán para realizar unos ejercicios regulares, y por entonces el doctor Dixon ya le había entregado virtualmente el control del perro a Trenton. El animal esperaba la visita de Rob y gemía ansioso cuando éste aparecía en la puerta de la perrera.

      Trenton siempre demostraba estar contento de verlo. Y cual él le señalaba al doctor Dixon, el trato que un animal le dé a uno, depende muchísimo de cómo uno lo trate a él. —Un perro es semejante a una persona —le explicaba—. Y es muy difícil trabajar con entusiasmo con una persona que no lo saluda a uno, o lo hace con indiferencia, o incluso lo ignora a uno por completo. Por otro lado, cuando alguien está evidentemente contento de vernos, esto hace que nos sintamos contentos de verlo a él.

      El doctor Dixon asintió con la cabeza pensativamente. Parecía estar dedicando una gran cantidad de tiempo al joven Rob Trenton para conocerlo a fondo y estaba claramente interesado no solamente en las ideas de aquél sino también en sus experiencias.

      Harvey Richmond, en el medio tiempo, aprovechaba la oportunidad de ser compañero de cabina de Rob para hacerle a éste innumerables preguntas, muchas de las cuales Trenton observó que se referían a Merton Ostrander.

      Ostrander, sin embargo, parecía tomar poco interés en Richmond, no obstante varios intentos de Harvey Richmond para lograr familiarizarse con él. Ostrander estaba claramente más interesado en las atractivas damas del barco que en los pasajeros masculinos. La mayor parte del tiempo y atenciones, los dedicada a Linda Carroll, monopolizándola tanto como le era posible, con el evidente disgusto de algunos otros pasajeros, quienes la sacaban a bailar en las fiestas, la acompañaban por las cubiertas y trataban de inducirla a jugar al ping-pong y al tenis. Pero Ostrander tenía las ventajas de haberla conocido antes que ellos y de las mutuas experiencias en la excursión, a través de Suiza. Se aprovechaba de estas ventajas y, naturalmente y sin consideración, cuando podía la encerraba en un téte-á-téte que parecía tan intimo y personal, que hubiera sido descortés el interrumpírselo.

      La convalecencia de Rob limitó su vida social, pero Linda siempre tenía especial empeño en hallarse sobre cubierta cada vez que Rob paseaba con el perro.

      A pesar de los intentos de Ostrander para quebrantar esos encuentros, Linda era obstinada y pronto empezó Lobo a buscar la compañía de la muchacha, moviendo la cola en saludo amistoso cuando oía los pasos de ella.

      Más tarde, cuando Rob se fortaleció y ya se sentía más parecido a como era antes, se hallaba complacido en observar que Linda siempre arreglaba las cosas de forma que reservaba algún tiempo para él.

      Dos días antes de llegar a Nueva York, Linda estaba ya esperándolo en la perrera cuando Rob Trenton fue a buscar al perro. —Es simplemente asombroso lo que usted pudo lograr hacer con ese perro, y en tan corto espacio de tiempo, Rob —le dijo ella.

      Rob, cambiando al perro a su lado, dijo: —Un perro aspira a querer y ser querido. Es capaz de una gran lealtad. Y para desarrollar con más ventaja su carácter necesita una salida para ese afecto, para esa lealtad.

Linda, mirándolo pensativamente, le preguntó: —¿No es eso también verdad respecto a las mujeres?

—Yo no lo sé. Yo no he sido nunca mujer.

—Tampoco ha sido perro —replicó ella.

—Bueno —le dijo él—, pero he estudiado a los perros.

—Muy bien —dijo ella con divertida sonrisa—. Usted ganó.

      Dieron vueltas por la cubierta juntos. El perro no necesitaba correa ahora, pues se mantenía constantemente al lado de Rob Trenton.

—¿Qué va a suceder cuando llegue a Nueva York y el doctor Dixon se lleve al perro? —preguntó Linda.

      Los ojos de Rob le sonreían. —No crea usted que soy tan cruel como para haber despertado ese afecto en él, si eso fuera a suceder.

—¿Que va a suceder entonces? —preguntó Linda.

—El doctor Dixon me regaló el perro.

—¿Y no es un perro muy valioso?

      —Eso depende de lo que usted entienda por valor. Un buen número de personas pagarían una gran cantidad por un perro de esta raza, fuerza e inteligencia. Sin embargo, la mayoría de ellos lo querrían enteramente amaestrado.

—¿No está completamente amaestrado ahora?

—No lo que yo llamaría enteramente amaestrado.

      —El doctor Dixon es un individuo extraño —dijo la muchacha—. Es muy reservado y aunque siempre es amable, nadie parece conocer exactamente lo que hace. Entiendo que él está especializado en alguna rama de la medicina, pero nadie sabe exactamente cuál es.

—Es medicina forense —dijo Rob.

—¿Qué es eso?

      —Medicina legal. La medicina cuando es aplicada a la Ley. La clase de medicina que hay que hacer en esos casos que se resuelven ante los Tribunales.

—¿Asesinatos? —preguntó ella.

—Toda clase de casos. No obstante, no creo que a él ahora le importe mucho hablar sobre eso. Las gentes se forman ideas equivocadas. Si él no les ha dicho nada de esto a los otros pasajeros, quizá sea justo que usted tampoco se lo diga.

—Y cuando lleguemos, ¿va usted a zambullirse en el amaestramiento de sus perros?

      —Me gustaría que usted viese el sitio —dijo Rob serio—. Me gustaría que usted viese a mis perros..., bueno, espero que usted no se separe de mi vida. ¿Vive usted en Falthaven...?

—Yo quiero ver como trabaja usted con sus perros —interpuso ella con prisa—. Tengo su dirección y ¿me permitiría usted hacerle una visita para una curiosa investigación?

—Me gustaría mucho que usted me visitase.

—Rob —dijo ella volviéndose súbitamente hacia él—. ¿Tiene usted coche?

Él rió. —Yo tengo un coche viejo y destartalado que uso para llevar mis perros a los ejercicios, pero está muy decrépito.

—¿Y lo estará esperando algún conocido de usted... en el muelle, quiero decir?

—No. ¿Por qué?

      Ella dijo rápidamente. —Yo he puesto un cable. Algunos amigos míos vienen a recibirme con un auto y yo voy a ir a casa con ellos. ¿Le gustaría a usted irse a su casa en mi coche? Usted puede llevar en él todo el equipaje y...

—Eso sería magnífico —dijo Rob—. Si no fuera un inconveniente para usted...

—No, en lo más mínimo. Haré que descarguen el auto que traigo a bordo, le pondré el enrejado para equipajes y así usted podrá marcharse en él. Tiene que llenarlo de gasolina. El tanque está vacío, ya sabe usted.

—¿Y yo se lo envío a usted cuando... ?

      —No se moleste en enviármelo —dijo ella—. Sencillamente déjelo en su casa y yo iré allí a recogerlo. Iré dentro de unos días. Usted estará allí, ¿verdad?

—Haré de forma para estar allí.

—No haga eso. No vaya a estar esperando, Rob. Yo solamente...

      Ella se calló y miró con expresión contrariada cuando Merton Ostrander vino vacilante por la cubierta hacia ellos.

—Hola a todos —dijo—. ¿Cómo se encuentra el perro esta mañana?

—Magnífico, gracias —dijo Rob.

—Rob y yo estábamos charlando —dijo tranquilamente Linda.

—Entonces, yo me agregué —anunció Ostrander afablemente—. Y apuesto a que usted se olvidó del torneo de ping-pong.

—¿Qué hay sobre eso?

—Que usted y yo fuimos incluidos en la lista para jugar, hace cinco minutos —dijo Ostrander, señalando a su reloj de pulsera significativamente—. El torneo está aproximándose a la partida final...

—¡Oh, me molestan los torneos! —dijo ella—. Bajaré más tarde.

      Él, sacudiendo la cabeza, le dijo: —Usted no puede hacer eso, Linda. La mesa está reservada para nosotros a esta hora. Las otras parejas estaban exactamente acabando de jugar y quieren tener todas las cosas listas para las finales a las dos y media de esta tarde.

Ella dudó sin pretender disfrazar su contrariedad.

—Oh, muy bien –dijo—. Le advierto a usted que voy a estar particularmente despiadada.

—Esa es la manera que a mí me gustan las mujeres..., crueles —dijo Ostrander—. Lo veré a usted más tarde, Rob.

      Había una expresión ceñuda en el rostro de Rob cuando los observó alejarse. Él creía que había estado muy cerca de penetrar en la barrera que Linda Carroll levantó cuando había discutido con ella asuntos personales. Ahora el momento había sido propicio. Nunca creyó que Linda hubiera estado más cerca de confiarse a él.

      Rob paseaba haciendo ejercicio por la cubierta con el perro a su lado, y entonces se dio cuenta de que Harvey Richmond había ascendido a la cubierta y lo estaba observando.

      Cuando Rob dio vuelta pasando por el sitio donde el hombre genial y fuerte estaba de pie, Richmond dijo: —Ciertamente usted hizo un buen trabajo con ese perro, Trenton.

—Gracias.

—¿Qué le sucedió a su compañera de paseos? La vi ir a la cubierta de abajo, hace un momento, con Ostrander.

Rob iba a decirle al hombre que se fuera al diablo, pero se contuvo. —Creo que tenían pendiente un torneo de ping-pong —dijo con frialdad tratando de desanimar la curiosidad del hombre.

Pero Richmond parecía completamente inmune a cualquier desaire.

—Ostrander hizo una cosa divertida esta última noche —continuó.

—¿Sí? —preguntó Rob, y su voz mostraba únicamente el interés que de ordinario requiere la educación.

      —Así fue —dijo alegremente Richmond—. Él tenía aquellas cuatro cajas de esquilas al lado, las trajo del almacén y las tiró al mar. Linda Carroll lo reconvino diciéndole que le había prometido cuatro de ellas. Parece ser que las quería para ponérselas a las vacas que ella tiene en una pequeña hacienda en alguna parte. Finalmente, le dio cuatro, pero ella tuvo que hacerle toda una escena para conseguirlas. Y él echó el resto al mar.

—¿Las echó al mar? —exclamó incrédulo Rob—. ¿Y por qué demonios hizo eso?

      —Dijo que eran demasiado pesadas para guardarlas en el camarote —contestó Richmond—. Que había cambiado de idea respecto a las conferencias sobre su viaje a Europa y el usar las esquilas como tema. Parece que quiere viajar ligero de equipaje. ¡Extraño tipo ese Ostrander!

—¿Está usted seguro de que tiró al mar las esquilas? —preguntó Rob.

     Richmond movió la cabeza afirmativamente. —Tiró todas, menos las cuatro que le dio a Linda Carroll.

—¿Había testigos presentes?

De nuevo Richmond movió afirmativamente la cabeza.

—¿Quiero decir, testigos dignos de crédito? —preguntó Rob.

—Yo fui uno —comentó secamente Harvey Richmond—. Ignoraba si usted sabía algo sobre eso.

—Todo es nuevo para mí —dijo Rob Trenton.

—Bueno, lo veré a usted más tarde —anunció Richmond—. Lo he interrumpido a usted en sus paseos con el perro.

Se volvió y descendió a la cubierta inferior.

     Observando al hombre por la espalda, Rob Trenton se dio repentinamente cuenta que el único propósito de la visita de Harvey Richmond a la cubierta superior había sido el decirle que Ostrander había arrojado las esquilas al mar y ver si la noticia sorprendía a Trenton, o si éste ya sabía algo sobre ello.

¿Por qué estará Harvey Richmond tan interesado en los asuntos privados de Merton Ostrander? Pensándolo bien, Richmond le había hecho preguntas, una gran cantidad de preguntas.

     Rob Trenton empezó a concentrarse en Harvey Richmond, pero al volver a pensar, su imaginación se fue a Linda Carroll y meditó que ella había estado a punto de confiarse a él y decirle alguna cosa que Rob instintivamente sabía habría sido de la mayor importancia para él. Y cierta coincidencia le había robado la oportunidad. El otro juego de ping-pong había terminado en un momento importuno y Merton Ostrander había venido a recoger a Linda Carroll. Si una pequeña pelota de celuloide blanco, de ping-pong, hubiera rebotado y hubiera saltado sólo unos pocos minutos más tarde, Linda, a lo mejor, le hubiera dado a él pie suficiente para poder iniciar de nuevo la conversación más tarde.

 

     Pero la pequeña bola de ping-pong no había rebotado y saltó las veces necesarias para ganar. La pareja había terminado, Ostrander se había presentado y allí no había quedado otra cosa que hacer para Rob como no fuera seguir paseando con el perro.

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