Capítulo 6

     El gran navío se deslizó majestuosamente pasando frente a la estatua de la Libertad y entró en el puerto lentamente disminuyendo la marcha hasta que pareció hallarse casi detenido.

     Sin embargo, los dos remolcadores que avanzaban navegando a sus lados levantaban grandes olas con sus proas dejando las aguas detrás de ellos convertidas en una confusión lechosa mientras a la vez trataban de conservarse en línea con el trasatlántico. Después los dos remolcadores se detuvieron, fueron arrojadas las amarras y gradualmente el barco fue acercándose al muelle, donde los amigos que esperaban a los pasajeros agitaban pañuelos y sombreros en un frenesí de saludos de bienvenida a aquellos que regresaban. Los funcionarios de inmigración habían estado atareados examinando los pasaportes y Rob Trenton, cuyo equipaje estaba marcado con etiquetas que llevaban a gran tamaño la letra "T", estaba preparándose para bajar a tierra, cuando dos hombres, sonriéndole sin cordialidad alguna, se le acercaron y uno de ellos le preguntó: —¿Es usted Robert Trenton?

—Si, soy.

—Es el dueño del perro, y creo que usted quiere llevarlo a tierra, ¿verdad?

—Así es. El perro me lo regalaron en el barco.

—Ya entiendo —dijo el hombre—. Yo quisiera, si a usted no le importa, que regresara a su camarote por unos momentos, señor Trenton.

—¿Por qué?

—Bueno, deseamos que usted lo haga así.

     —Lo siento, pero estoy dispuesto a ir a tierra inmediatamente. Como si hubieran estado ensayados para este acto, los dos hombres levantaron simultáneamente las solapas izquierdas de las respectivas chaquetas, y doblándolas a un lado mostraron un distintivo dorado, el cual parecía poseer una gran importancia.

—Somos Vistas de Aduanas —dijo uno de los hombres.

—Pero mi equipaje ya está abajo en el embarcadero.

     —Oh, no, no está —dijo uno de los agentes—. Está en su camarote y si a usted no le importa nosotros lo registraremos allí. Creo que será menos embarazoso para usted si lo registramos a usted allí.

—Bueno, desde luego, si ustedes insisten —dijo de mala gana Rob mirando a la escalerilla del barco por donde iba descendiendo Linda Carroll—. Yo creo...

—Lo siento, pero esto es un asunto oficial —dijo cortante el más alto de los hombres—. Ahora vamos a volver a su camarote, si a usted no le importa.

     Le registraron hasta la piel. Buscaron en todo su equipaje. Sacaron todas las cosas de sus maletas. Buscaron en éstas para ver si tenían doble fondo. Y basta inspeccionaron los tacones de los zapatos de Rob, y llegaron a tal extremo que destaparon todos los tubos de pasta de dientes y la crema de afeitar y los exprimieron extrayéndoles todo el contenido.

     Rob Trenton, pálido de indignación, se daba cuenta de que nada podía hacer contra eso. Los hombres realizaron este trabajo en forma meticulosa, eficiente y concienzuda.

     —¿Querrían ustedes hacerme el favor de decirme por qué soy el único con quien emplean esta clase de trato? —preguntó Trenton con voz fría por la indignación.

Uno de los hombres, buscando en uno de los bolsillos de su chaqueta, sacó una carta escrita a máquina.

—Desde luego. Fue a causa de este anónimo. ¿Quiere leerlo?

La carta estaba fechada dos días antes y había sido enviada al Departamento de Aduanas de los Estados Unidos, y decía así:

 

Señores:

     Entiendo que es su costumbre dar una retribución por enviarles información para arrestar a personas que violan las leyes de aduanas.

Deseo llamar su atención sobre Robert P. Trenton, pasajero del barco EXTRABIA, el cual debe desembarcar el lunes a las diez de la mañana.

     Este hombre ha fingido ser una persona interesada en el amaestramiento de perros, y ha estado dando la vuelta a Europa en un coche particular y en ocasiones se detenía en algunos sitios en el trayecto. Yo tengo razones para creer que este hombre debería ser detenido para registrarlo.

     Estoy muy familiarizado con las actividades de él mientras estuvo a bordo y tengo razones para creer que no es lo que parece.

     De momento no les comunico mi identidad, pero después que el contrabando haya sido aprehendido, me identificaré y pediré la retribución correspondiente. La identidad será hecha mediante una copia a carbón de esta carta, la cual llevaré conmigo a su oficina.

 

La carta solamente estaba firmada: "Un Amigo".

     —¡Dios Santo! —dijo Trenton—. ¿Pero ustedes prestan atención a cartas anónimas de esta clase?

—Puede usted apostar hasta su último dólar a que nosotros no las ignoramos.

—Pero eso es absurdo...

—Parece ser absurdo —dijo el hombre de la Aduana, y después, sonriendo, añadió: —Sin embargo, no hemos terminado aún.

—Pero, ¿cómo es posible esto? —dijo molesto Rob—. Cualquiera puede escribir una carta de esa clase. Puede ser una simple broma...

—Seguro que puede ser una broma —dijo el hombre. Pero al Tío Sam, no le agrada la idea de andar con bromas de esa clase por el correo. No sería saludable el intentarlo.

     —Por otro lado —dijo con furia Trenton—, exactamente en el caso de que ustedes mismos quieran en realidad fastidiar a un pasajero y disponer de una excusa para ello, pueden escribir una carta de esas en su oficina y echarla al correo, usándola después para mostrársela a la víctima y...

—Seguro, señor Trenton; claro que podemos hacerlo así —interrumpió el más fuerte de los hombres—. Pero en caso de que nosotros quisiéramos fastidiarlo, podríamos hacerlo sin ninguna carta. Así es que cálmese y siéntese aquí. No hemos terminado todavía.

     Eran las tres y media de la tarde cuando Rob Trenton fue al fin despachado. Lleno de indignación bajó la escalerilla del barco mientras el mozo de a bordo iba detrás de él llevando su equipaje, que había sido minuciosamente examinado basta el último bolsillo del forro del abrigo. Una máquina portátil de Rayos X había sido usada para penetrar en el relleno de los hombros del sobretodo y asegurarse de que no había escondido allí ningún paquete.

     Lobo, husmeaba tranquilamente con el hocico las formalidades de los agentes de la Aduana con su amo. Estaba con la correa puesta y al lado de Rob, y se hallaba contento de abandonar el cuarto de campamento del barco y encontrarse en tierra de nuevo. Y por entonces ya había aceptado completamente a Rob Trenton como amo.

     El desembarcadero de la Aduana estaba desierto. El último de los pasajeros hacía ya tiempo que le había sido registrado el equipaje, le había comprobado el inspector las declaraciones, estampado marcas con tiza en sus maletas y ya estaría engullido en la gran ciudad a estas horas.

     Por un momento Rob concibió la esperanza de que Linda se hubiera atrasado algo más con las formalidades de descargar el coche y que él pudiera alcanzarla aún; pero al mirar alrededor se dio cuenta de que el coche había sido descargado rápidamente y de que Linda hacía ya horas que se había ido, y también de que ella había dejado los documentos necesarios e instrucciones para que Rob pudiera recoger el pequeño coche.

     Dentro del bolsillo de Rob Trenton estaba la carta anónima, que había sido causa de su gran retraso en desembarcar, junto con las disculpas de los funcionarios de la Aduana.

     Mientras estaban registrándolo habían encontrado las dos cápsulas blancas que Merton Ostrander había sacado de su caja de medicinas y que le había dado a Rob durante aquella larga noche de pesadillas en el hotel de París.

     Los aduaneros estaban interesados en esas cápsulas y las guardaron para realizar un análisis posterior..., pidiéndole permiso a Rob para hacerlo así. Rob les dijo que por todo cuanto él sabía, podían tirarlas al océano. Eran simplemente cualquier clase de compuesto de soda para ser empleado en aliviar algún desarreglo estomacal. Les explicó que le habían sido dadas por Merton Ostrander.

     Rob Trenton estaba a mitad del desembarcadero de la Aduana cuando se encontró a sí mismo contemplando un par de hombros que le eran familiares, parte de una alta figura, vestida con un traje de lana bicolor.

Como atraído por la contemplación de Trenton, Merton Ostrander se volvió.

     Por un momento, cuando vio a Trenton, su cara se endureció; después hubo un destello de curiosidad que lo indujo a preguntarle cautelosamente: —Hola, ¿qué está usted haciendo por aquí tan tarde?

     En una repentina sospecha que cristalizó en su mente, Trenton, sacando la carta anónima de su bolsillo, dijo: —Voy a hacerle a usted una pregunta. Y tenga cuidado con su respuesta, porque voy a tomarlo por la palabra. Voy a hacer lo necesario, independientemente de esto, para comprobarlo después. ¿Sabe usted algo sobre esto?

Trenton puso la carta anónima bajo los ojos de Ostrander.

     Por un momento Ostrander miró con curiosidad la carta, y después un gesto burlón apareció en su rostro. Repentinamente se echó a reír.

     Trenton se enfureció y, doblando lentamente la carta y poniéndola de nuevo en su bolsillo, cerró su mano derecha en un puño, escogió uno de los lados de la barbilla de Ostrander y le lanzó un puñetazo.

—¡Eh! Usted, pequeña gallina de Guinea —dijo Ostrander retrocediendo—. Cálmese. Y échele una mirada a esto.

Estaba todavía riendo cuando extrajo de su bolsillo una carta escrita a máquina. —Por un momento —dijo— yo fui lo suficientemente tonto para creer que esto era un trabajo de usted.

     Le alargó la carta de forma que Trenton se vio obligado a leerla, aunque aquél se conservaba a prudencial distancia mientras lo hizo.

     Trenton vio una carta sin nombre, que estaba redactada exactamente en los mismos términos que la que le había sido entregada a él por los dos funcionarios de la Aduana después de haber terminado su registro.

     Poco a poco, la furia abandonó a Rob Trenton. —¿Quién pudo haber escrito dos cartas como estas? —preguntó.

Ostrander rió con melancolía. —Creo que ya sé la contestación ahora —dijo—. Pero fui lo suficientemente tonto para no saberlo hasta ahora mismo.

—¿Quizá un bromista profesional?

     —Pudo haber sido —dijo Ostrander—. Pero yo creo que los de Aduana querían tener alguna buena excusa para registrarnos separadamente y necesitaban de cooperación para hacerlo. Una carta de esta clase lo hizo mucho más fácil para ellos.

—Yo se lo indiqué así a ellos —contestó Trenton—. Pero me dijeron que no necesitaban de ninguna excusa para hacerlo.

     —Realmente ellos no la necesitaban contestó Ostrander—. Pero siempre es muchísimo mejor para ellos si disponen de algo que haga aparecer más razonables sus acciones. Ya usted sabe como son estas cosas. Sí ellos agarran a un pasajero ostensiblemente sin tener alguna excusa, provocan una terrible protesta. Una carta de esa clase les viene muy bien para el caso. Y yo me atrevo a decir que los funcionarios de la Aduana no esperaban que nosotros comparásemos estas notas. ¿Quién era ese Harvey Richmond que tuvo usted de compañero de camarote?

—Un agente de bienes raíces e inmuebles del Medio Oeste.

—¿Está usted seguro?

—Bueno, eso fue lo que él me dijo.

     Los ojos de Ostrander se entornaron. —Él influyó un poco con el sobrecargo de a bordo para arreglar el traslado a su camarote. El hombre que estaba allí fue trasladado a otro y el sobrecargo le dio alguna meticulosa explicación y Richmond fue trasladado al de usted. Mi equipaje fue registrado dos veces mientras estuve en el barco. Yo casi esperaba ya verme complicado en algo parecido a eso cuando desembarcáramos, pero le confieso que esa carta me enojó muchísimo.

—¿Su equipaje fue registrado tan minuciosamente? —le preguntó Trenton.

     —¡Vaya si lo fue! No tengo idea de quién lo hizo, pero lo que sí sé es que en dos ocasiones fue registrado. No se llevaron nada, pero las cosas estaban colocadas en forma muy diferente a como yo las había dejado. Pequeños detalles de los que ordinariamente uno puede darse cuenta. Las camisas estaban dobladas en forma distinta, los calcetines habían sido desdoblados..., y así me deshice en seguida de todo lo que pudiera dar lugar a cualquier sospecha.

     —Quizá esto es lo que hizo que ellos sospechasen —dijo Trenton—. Yo oí decir que usted había tirado todas las esquilas al mar.

—Yo mandé a buscar las cajas que tenía en el depósito de equipajes y las tiré en aquellas benditas aguas —dijo Ostrander—. Me deshice de todo el equipaje superfluo, y así, pues, no dejé nada en absoluto, excepto la ropa de uso, trajes y unas pocas curiosidades que no pudieran plantear problemas.

—Pero ¿por qué hizo usted eso?

     —Si ellos iban a registrarme yo quería simplificar la situación. Yo tenía la idea de que su amigo y compañero de camarote, Harvey Richmond, no es sino un vigilante secreto del Gobierno, un agente de información por cuenta propia. Entiendo que para algunos individuos que quieren hacer ese oficio tan bajo, es bueno el viajar por las líneas del Océano. Hacen amistad a bordo con tantos pasajeros como les sea posible, captan a los hombres que puedan estar contrabandeando con algo y después hacen que el Gobierno les dé una gratificación. Ellos no pierden nada si las cosas resultan equivocadas, lo mismo que si resultan bien, únicamente que en caso de estar equivocadas, hacen el ridículo. Algún día me encontraré de nuevo con el señor Harvey Richmond cuando pueda preguntarle algo más sobre sus verdaderos negocios del Medio Oeste. Con franqueza le confieso que yo pensé que usted había tenido alguna conversación sobre algo con él y... bueno, el hecho de que él le dedicara a usted una carta parecida a la mía, aclara la situación. ¿Dónde está Linda? ¿La vio usted?

     —La vi cuando iba por la escalerilla del barco exactamente antes de que los hombres de la Aduana me obligaran a regresar al camarote.

—¿Usted no sabe en qué hotel está ella hospedada, verdad?

—No creo que esté en ninguno. Creo que algunos amigos vinieron a esperarla y que se fue con ellos a su..., a su casa.

     —Yo quería despedirme de ella —dijo Ostrander, y después añadió con naturalidad: —Bueno, le escribiré una nota. Tengo su dirección en Falthaven. Fue realmente una gran excursión. ¿Qué tal si tomamos un taxi?

     —No, gracias... Tengo aún algunas cosas a las que atender aquí —dijo Rob, a quien un extraño sentimiento lo hizo refrenarse y no mencionar el asunto del coche. Si Linda no se lo había dicho a Ostrander, Rob ciertamente no iba a decírselo tampoco. Aunque Ostrander, al parecer, tenía la dirección de Linda y...

—Mire —dijo Ostrander—. Yo quiero ver a Linda. Oh, bueno, esa es toda el agua que hay debajo del puente. Bueno, Rob, fue un excelente viaje. Gracias por ser tan generoso en compartirlo conmigo. —Y Ostrander asió la mano de Rob Trenton y sus ojos sonreían amistosamente. Siento que usted estuviera tan enfermo en París.

—Eso me recuerda una cuestión —dijo Rob Trenton—. ¿Recuerda aquellas cápsulas que usted me dio?

     —Seguro. Lo pusieron a usted bien. Tienen que haber rebotado en su estómago en forma parecida a una pelota de tenis sobre un piso de cemento y...

—No las tomé —confesó Rob—. Tuve unas arcadas particularmente violentas y puse las pastillas en el bolsillo de mi bata. Los hombres de la Aduana registraron todo.

—¿Dónde están ahora? —interrumpió Ostrander.

—Los hombres de la Aduana se las llevaron.

Ostrander, de pie, con el ceño fruncido, enmascaraba los sentimientos de él hacia Rob Trenton. Precipitadamente se volvió y dijo:

     —Oh, bueno, probablemente serán tan tontos que las analicen. Bueno, adiós, Rob. Me voy.

 

     Y echó a andar con sus largas piernas dando grandes zancadas, como un hombre que va a algún sitio con una prisa endiablada.

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