Capítulo 7

     Rob Trenton calculaba los minutos que faltarían hasta poder verse fuera del congestionado tráfico de la calle y encontrarse ya en la ya más despejada carretera. Acurrucado en el asiento de atrás, Lobo dormía con la cabeza entre las patas. El perro tenía ahora suficiente confianza en su nuevo amo para aceptar cualquier nuevo ambiente y sentirse por completo seguro.

     El coche zumbaba a través de la noche. Gradualmente las luces de los coches que se acercaban en dirección contraria y cruzaban, se volvían menos frecuentes. Al principio, aquí y allá surgía alguna procesión de coches en sentido contrario; después, la aparición de esos coches fue haciéndose menos frecuente, hasta que al final hubo intervalos entre uno y otro de varios minutos, y ya sólo de vez en cuando los ojos de Rob Trenton veían luces que indicaban la presencia de algún nuevo auto.

     En el momento en que Rob Trenton se aventuró a hacer un cálculo del tiempo que tardaría en llegar a la pequeña hacienda donde tenía sus perreras, sintió que el coche se inclinaba hacia el lado derecho, oyó un estampido y el silbido del aire que salía de un neumático, y después luchó con el volante para mantener el coche estabilizado en la carretera mientras el lado de la avería se inclinaba; fue frenando a intervalos y muy suavemente, hasta que tuvo el coche ya completamente dominado.

     El perro se puso de pie sobre las cuatro patas al producirse el inesperado bamboleo y husmeó a través del parabrisas.

     Rob guió el coche a un lado, aquietó al perro, sacó las herramientas, levantó el vehículo y empezó el trabajo para cambiar de rueda.

     Y mientras estaba haciendo el cambio fue cuando empezó a darse cuenta de la extraña comba que había debajo del coche en aquella parte.

     Parecía ser una pequeña prominencia en el propio metal y que evidentemente alojaba alguna especie de caja desmontable, pero lo cierto es que no había evidencia que indicara cualquier mecanismo allí y era poco lógico creer que aquél estuviera oculto bajo esta prominencia.

     Rob procedió a una exploración examinando aquello e intentando desencajarlo. El metal combado parecía estar hueco.

     La pequeña linterna estaba poniéndose opaca, pero la curiosidad y cierta fría sospecha en la mente de Rob Trenton, estimularon a éste.

     Se fue a la próxima ciudad donde podía lograr un cortafríos, un martillo y una linterna grande y nuevas baterías.

     Recorrió diez millas de la carretera, detuvo otra vez el coche, y esperó hasta que se produjo una completa brecha en el tráfico, y entonces, llevando el coche a un lado, ajustó la linterna y golpeó el borde de la combadura con el canto del cortafríos, poniéndose para ello firmemente en posición.

     La comba se desconchó como si fuera un medio melón y una cascada de paquetes envueltos en papel de seda aceitoso, cayeron a la carretera.

Rob Trenton no necesitó examinar aquellos paquetes envueltos en papel de seda aceitoso, porque ya sabía lo que contenían.

     Un desengaño amargo llenó el ánimo de Trenton, hasta que esa amargura le invadió el propio paladar. Entonces pensó que había sido usado como cómplice. Y tuvo, en efecto, que haber habido algún fundamento para haberle enviado aquellas cartas anónimas a los funciónanos de la Aduana.

     Sin embargo, aún le costaba gran trabajo a Rob figurarse a Linda Carroll convertida en contrabandista. Creyó que ella misma tenía que haber sido engañada. Y habiéndose aferrado a esa decisión, Rob comprendió que precisaba protegerla contra un prematuro descubrimiento. Hasta que él hubiera localizado al verdadero criminal, no podía dejar que Linda se enterase de lo sucedido. Y en el medio tiempo, no importa lo que eso costase, era preciso evitar que las autoridades emprendieran una nueva investigación. Y las autoridades andarían ya cerca y no pasaría mucho tiempo antes de que aquéllas pensasen en el coche en el que Linda Carroll, Merton Ostrander y Rob Trenton habían hecho su excursión por Europa.

     En las palmas de las manos de Rob se enfrió el sudor cuando pensó lo que podía haber sucedido si algún auto de patrulla de la Policía del Estado viera su coche parado allí al lado de la carretera sacando algo de él y lo hubiera inspeccionado.

     Había allí una pequeña pala entre el equipo de herramientas, la cual había sido llevada a través de Europa para un caso de emergencia, y ahora, en un arranque de decisión, Rob Trenton tomó la herramienta, se fue a un lado de la carretera, junto a una cerca levantó unos terrones de césped y rápidamente hizo un agujero de unos dos pies de profundidad, envolvió los paquetes de papel de seda aceitoso en un periódico y echó todo en el agujero, poniéndole el disco de metal encima y lo cubrió todo de tierra lo mejor que pudo. Después colocó en el mismo sitio el círculo de césped que había cortado cuidadosamente cuando hizo el agujero.

     Comprobó la distancia en el cuentamillas del pequeño coche y después, con su navaja, hizo una pequeña marca en un poste que había al lado de la carretera.

     Después abrió su libro de notas y trazó en él un croquis de un plano marcando así el lugar exacto donde había detenido el coche. Había un rótulo en la carretera a unos cincuenta pies más allá que le dio la distancia en millas que faltaba para llegar a las ciudades próximas y copió esas distancias en su libro así como el número del poste.

     Colocó las herramientas en la caja, y estaba precisamente cerrando aquélla cuando el reflector de un auto surgió en la carretera detrás de él. Súbitamente se desvió al lado derecho y el reflector destacó el pequeño coche con blanco brillo. Un doble juego de linternas rojas en lo alto del coche que venía enviaba oscilantes reflejos iluminando la carretera en ambas direcciones. El coche se detuvo detrás del de él y un policía uniformado de la patrulla del Estado, avanzó.

—¿Tuvo algún contratiempo? —le preguntó.

     —Una rueda pinchada —dijo Rob Trenton—. Pero ya lo arreglé. Exactamente acabo de guardar las herramientas. —Y después, como confirmando lo que decía y por si necesitaba algo para probarlo, golpeó con el puño el hinchado neumático con el cual había reparado la avería—. Esto, ciertamente, permite arreglarlo todo en seguida —dijo Rob.

     El policía, siguiendo el ejemplo de Rob, golpeó también el neumático y dijo: —Muy bien. Buena suerte —y regresó a su coche. Tomó un libro de notas del asiento y empezó a escribir.

     Trenton se dio cuenta de que, conforme a las nuevas reglas, los agentes de patrulla tenían que anotar cada lugar donde se habían detenido en su recorrido, y también comprendió que el hombre anotaría la hora y el sitio, y hasta muy bien podría tomar nota del número de la licencia del automóvil de Trenton.

     Abrió la puerta y se metió en el coche, pero el policía, con el libro de notas en la mano, estaba ya caminando hacia él una vez más. —Me desagrada molestarlo a usted cuando ya ha tenido este percance —dijo sonriendo amablemente. Pero una vez que estamos parados, mejor será que yo haga una comprobación de su licencia de conducir. Me agrada hacer comprobaciones de estas a menudo.

     Sin pronunciar palabra, Rob Trenton abrió su cartera de bolsillo, sacó de ella la licencia de conducir guardada dentro de una pequeña cartera de plástico y se la dio al policía, el cual la comprobó cuidadosamente y, asintiendo con la cabeza, se la devolvió y dijo: —Muy bien, buena suerte.

—Gracias —dijo Trenton y se sentó en el coche detrás del volante.

—Tiene usted un perro muy bonito.

—Sí que lo es.

—¿Malo?

—No, es bueno..., solamente... que yo en su lugar no lo acariciaría —dijo Trenton.

     Sabía de cierto que si él hubiera esperado y charlado un poco, este hombre hubiera sabido quien era él. Algunos elementos de las patrullas del Estado estaban familiarizados con el trabajo que él realizaba en el amaestramiento de sus perros, y varios de los discípulos caninos de Rob Trenton, pertenecían ya a la Policía del Estado aquí. Sin embargo, Rob no se encontraba con ánimos para conversar. Solamente quería verse fuera de allí.

     El policía de patrulla se hallaba en la parte de atrás del coche cuando Rob se metió en aquél. Rob se colocó en el asiento delantero y sintió la sacudida cuando el policía golpeó con su puño una vez más sobre el neumático. Por el espejo retrovisor podía ver atrás y observó que el policía estaba inspeccionando la cortadura en la cubierta.

—¿Está bien? —preguntó Rob Trenton.

—Todo está bien —respondió el policía.

     Rob Trenton, tranquilizado, movió con el volante las ruedas delanteras en dirección a la carretera, sin dejar de observar el aparato que marcaba la velocidad y teniendo gran cuidado de no excederse del límite legal y vigilando por el espejo para comprobar si divisaba las luces del auto de la patrulla siguiéndolo.

     Pero el coche de la Policía del Estado permaneció parado donde estaba mientras la luz roja marcaba un débil resplandor en ambas direcciones de la carretera. Otros dos automovilistas venían acercándose veloces detrás y sus faros lo inundaban todo de luz.

Trenton puso toda su atención en el manejo del coche.

Después de una milla, más o menos, disminuyó la marcha y dejó que los otros dos coches se le adelantasen.

     La carretera estaba ahora sin estorbos. No había reflejos de faros en el espejo retrovisor. El coche de la Policía del Estado, al fin, no había seguido detrás de él. Rob esperó que nada hubiera sucedido que provocase las sospechas del policía.

 

     Cautamente apretó su pie sobre el pedal, haciendo que la aguja del velocímetro subiese sobre el límite de velocidad permitida. Pasó aproximadamente una hora antes de llegar a su propia hacienda, donde, Joe Colon, el sordo guardián, bahía estado cuidando de los perros mientras Rob permaneció ausente en Europa.

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