Capítulo 8

     Hubo un nuevo e intranquilizador desengaño para Rob Trenton al pensar que había esquivado a la Ley. No obstante, creía cierto que Linda no tenía nada en común con la ocultación del contrabando de estupefacientes y daba por bienvenida la oportunidad de liberarla de ello, con el descubrimiento del nuevo culpable.

     Sin embargo de sus deseos, que le parecían enteramente lógicos cuando empezó a actuar para ponerlos en práctica, pronto empezaron las dificultades. Cada milla que avanzaba le traía nuevos peligros al pensamiento. Muy claramente, alguien que había usado a Linda Carroll como instrumento inconsciente en una operación de contrabando, hubiera ganado diez mil dólares suministrándoselo a aficionados, de no haber sido por la avería inesperada. Eso era todo lo que por el momento pensaba Rob Trenton. Un vago sentimiento de aprensión se apoderó de él. Tenía unas pocas horas de ventaja. Después de pasar el contrabando, descubrirían que el escondrijo había sido eliminado. Y después, ¿qué sucedería?

     Rob pensó en varias posibilidades, ninguna de las cuales le parecía atractiva. Claramente no podía ir a denunciar el hecho a la policía. Era demasiado tarde para hacer eso ahora. Él había llevado su juego hasta el limite extremo en que la policía estaría interesada. No solamente no podía presentar una adecuada defensa que pudiera proteger a Linda, sino que nunca podría explicar sus acciones al enterrar los paquetes envueltos en papel de seda aceitoso, y la fecha del periódico en el cual él los había colocado, sería un endiablado eslabón en la cadena de pruebas.

     Rob se dio cuenta de que estaba definitiva y enteramente en poder de ellos, así como también que había una fuerte posibilidad de que él estaba tratando, no con un hombre sino con toda una pandilla. Tenían que contener más de tres libras de estupefacientes aquellos paquetes envueltos en papel de seda aceitoso, y aunque Rob ignoraba relativamente su valor no por eso dejaba de comprender que había sido una operación bien planeada y de considerable magnitud.

     Eran las nueve y media cuando Rob Trenton vio las luces de la pequeña villa que le era tan familiar. El Café T y C estaba abierto y un reflejo de luz salía por la ventana y bañaba en vívido color naranja la acera. En una estación de gasolina brillaba la blanca iluminación. Aparte de eso la ciudad aparecía oscura en la noche y los faros del pequeño coche danzaban por la carretera cuando Rob atravesó la urbe, continuó milla y media más, y dando vuelta hacia la derecha siguió otras dos millas, para después encontrarse en su pequeña hacienda.

     Le había enviado un telegrama a Joe Colton diciéndole que llegaría a última hora de la noche. Había una luz en la cocina y otra en las perreras.

     Rob Trenton tocó dos rápidos bocinazos en la entrada, pero entonces se dio cuenta de que el claxon no servía de nada a causa de la sordera de Joe.

     Sin embargo, cuando Trenton avanzó dando vuelta por el camino de entrada, las luces brillaron en la ventana de la cocina y el viejo salió afuera cojeando, con la cara iluminada por una sonrisa de bienvenida.

Apoyándose pesadamente con su bastón, Joe fue de prisa hacia el coche. —¿Qué tal ha llegado, Jefe?

     Sabiendo bien hasta qué punto Joe era sordo, Rob esperó hasta que la puerta estuvo abierta antes de gritarle: —Hola, Joe, ¿qué tal te encuentras?

     Fue el sonido de la voz de Rob Trenton el que armó una barahúnda en las perreras. Los perros habían sido cuidadosamente amaestrados para que no ladrasen, pero el eco de la voz de Rob los excitó en tal forma, que uno de los primeros en ladrar fue el más joven de los perros y éste rompió el precedente de forma que unos tras otros todos quebraron la prohibición.

     Hasta los encallecidos oídos de Joe se dieron cuenta de esa barahúnda. Sonriéndole a Rob Trenton cuando le estrechó la mano, dijo:

—Creo que tiene usted que ir a hablarles ahora; han oído su voz.

Lobo, en el asiento de atrás del coche, estaba gruñendo y después lloriqueó.

     Trenton le dijo al gran pastor alemán: —Espérame ahí, Lobo, hasta que yo allane el camino.

     Había diez perros dentro de las perreras y los diez saludaron ansiosos a su amo, diez húmedos hocicos que después husmearon la mano de aquél. Hecho el saludo, Rob volvió al coche y regresó con Lobo, presentándoselo a los otros perros uno a uno, a través de la alambrada de las puertas de las perreras individuales. Después volvió con Lobo a la casa y dijo: —Detesto dar lugar a que los perros sientan envidia de Lobo, pero este cachorro es extraño y tiene que dormir en mi cama esta noche hasta que se acostumbre a este lugar y conozca a los otros perros; después haremos una perrera para él y ya puede vivir con los otros y ser amaestrado.

     Joe, en el estilo monótono de un hombre que no puede oír las modulaciones de su propia voz, dijo: —Las cosas han marchado bien aquí mientras usted estuvo fuera. Yo mantuve a todos los perros amaestrados y para ello siguieron la rutina regular de cada día. Comieron bien y todos ellos están perfectamente alimentados. ¿Qué tal le fue en su viaje?

     A pesar de la pregunta, Joe revelaba que difícilmente esperaba una contestación. El oír, era demasiado esfuerzo para él y por eso prefería divagar.

—¿Cómo está Europa?

Rob movió la cabeza y sonrió, señaló hacia el coche y dijo: —Tengo mi equipaje dentro.

—¿Qué dice usted?

Joe puso su mano detrás del oído y Rob le gritó: —Que tengo mi equipaje dentro del coche.

     Joe le prestó la ayuda que podía para llevar las maletas de Rob dentro de la casa. Las amontonaron en la esquina de su dormitorio dejándolas sin abrir, y Rob tomó solamente el pijama y los artículos de aseo de su maletín.

     Lobo caminaba con piernas torpes por el cuarto. Su nariz inspeccionaba cada rincón y finalmente decidió que la cama debía pertenecer a su nuevo amo y miró interrogante.

     Rob movió afirmativamente la cabeza y le dijo: —Está bien, muchacho. —Y Lobo saltó sobre la cama con tal elegancia que sus patas apenas parecieron tocar la colcha.

     —La cambié para usted —dijo Joe—. ¿Qué le parecería un poco de comida? ¿No quiere comer algo?

Rob movió negativamente la cabeza.

     —Bueno, comprendo que usted está cansado. ¿Y qué sobre ese coche? Yo no entendí lo que me dijo sobre eso.

—Te lo diré mañana por la mañana.

—¿Cómo?...

—Más tarde —le gritó Rob.

—Muy bien —dijo Joe, y se fue, apoyándose en su bastón, a la cocina, para dejar las cosas listas mientras hacía un ciento de preguntas.

     —¿Estuvo en París?... ¿Qué tal, eh?... ¿Cómo es esa Folies o como quiera que se llame?... ¿Buena, eh?... Buenas descripciones...,je je... Apuesto a que usted tomó un asiento de primera fila. ¿Le gustaría el paisaje de Suiza, verdad?... Supongo que usted vería gran cantidad de lagos y montañas; sí, me supongo...

     Y así el viejo Joe continuó divagando con sus interrogaciones y contestándose a sí propio todas las preguntas. Tan pronto como algo de la conversación era demasiado interesado, Rob pensaba lo bien que hubiera hecho permaneciendo en Europa. Pero su presencia física era todo lo que precisaba para darle a Joe y a sus propias respuestas la suficiente autenticidad para dejarlo satisfecho. Durante años había estado demasiado sordo para molestarlo con el largo proceso de responderle, y escuchando al otro hombre, se libraba de entrar en asuntos de gran importancia, pues así él se contentaba con un solo lado de la conversación.

     Le parecía magnífico a Rob Trenton el estar una vez más duchándose en su propia ducha y enjabonarse con bastante agua dulce, y después de secarse se puso el pijama y se metió en la cama.

     Las grandes ventanas estaban abiertas ampliamente y a través de las pesadas persianas llegaron los millares de ruidos de la noche en el campo, y un bendito aire fresco y puro que suministró a los cansados pulmones del viajero la impresión de beber el oxígeno más refrescante.

     Rob se acomodó bajo las ropas. Lobo se acurrucó de forma que parecía haberse enrollado sobre los pies de su nuevo amo, y éste se durmió.

     De vez en cuando, hacia la madrugada, Trenton era despabilado por el perro. El animal gruñía.

—Ya está bien, Lobo —le aseguraba Trenton soñoliento. Tiéndete, esto no es más que una nueva casa.

Pero el perro, incorporado, firme y rígido, gruñía. Después, con su pata arañaba la colcha de la cama por encima de las piernas de Rob Trenton. Este, molesto, le dijo: —Abajo, Lobo. Abajo, te digo.

El perro se volvió a tumbar en la cama pero sus músculos estaban tirantes como resortes.

     Trenton, suavemente, le riñó obligándolo a que callase. Hizo eso medio dormido, y poniendo una mano vagamente en dirección al perro, le dio dos o tres golpecitos cariñosos al animal y le dijo: —Todo está bien, muchacho, estate quieto —y en seguida se volvió a quedar dormido.

     Por la mañana lo despertó el reflejo del sol que atravesaba las ventanas. Las cortinas de encaje se agitaban con el airecillo matinal. Sentía como si su sangre hubiera sido lavada y limpia en un baño de oxigeno y como si hubiera sido aireado, renovado y llenado de vitalidad.

Lobo se tendió en la cama en completa laxitud, pareciendo estar disfrutando de las ventajas de su primer día fuera del barco.

—Muy bien, Lobo —le dijo sonriendo Rob—. Ya es tiempo de levantarse y saludar al amanecer.

     El perro abrió los ojos, con la cola tocando los pies de la cama y después, arrastrándose, se acercó a saludar, poniendo su cabeza sobre el pecho de Rob, mientras los dedos de éste acariciaban su pelo pasándolos después por la cabeza y alrededor de las orejas.

—Muy bien, muchacho. Vamos a levantarnos dijo Rob, y Lobo alcanzó el suelo con un rápido salto.

     Trenton se estiró, bostezó y metiendo sus pies en las zapatillas fue a la cocina, donde en un fuego de leña Joe tenía agua hirviendo alegremente en la marmita y estaba friendo tocino.

Rob se sirvió una taza de café de la cafetera ennegrecida por el fuego.

Joe, sonriendo, lo saludó y dijo: —Tiene jugo de naranja en el refrigerador.

     Rob, le indicó por señas que eso lo tomaría más tarde, que iba a ducharse y después tomaría el jugo de naranja y el desayuno, pero que ahora solamente quería una taza de café.

Bebió el café y le dijo a Joe: —Voy a conservar a Lobo como un perro de casa, Joe. Me gustaría hacer de él un perro personal. Amaestraré a los otros, pero Lobo será un compañero.

     Joe, aplicando su mano tras la oreja en forma de bocina para poder oír mejor, miraba de soslayo con un esfuerzo concentrado, y Rob sonriendo levantó su mano y le dijo: —No tiene importancia, no es nada.

     Se dirigió hacia la puerta y respiró el aire fresco. Miró los campos que había detrás de las perreras donde los perros estaban ansiosos esperando la lección de la mañana. Los canes habían sido amaestrados para mantenerse en silencio y no ladrar, a menos que recibieran una orden específica de hacerlo.

     Rob abrió las puertas, y paseando por la parte de atrás del jardín respiró profundamente. Entonces, de repente, se puso firme y atento cuando vio un circulo marcado en el camino de grava.

El pequeño coche había desaparecido.

Corriendo, Rob regresó a la cocina, puso la mano en los hombros de Joe Colton y con la boca pegada al oído de éste le dijo: —¿Qué le sucedió al pequeño coche?

—¿Ese en el que usted vino anoche a casa? Está allí afuera.

—No, no está.

—¿El qué?

—Digo que no está allí.

     Joe iba a dirigirse a la puerta, pero a la manera de un buen cocinero, regresó y cuidadosamente escurrió la grasa del tocino y la puso en la sartén retirando ésta del fuego. Agarró su bastón y apoyándose en él fue a la puerta y allí se detuvo mirando al camino de grava. —Bueno —dijo—. Desapareció.

Los dos hombres guardaron silencio por un momento.

—¿Qué hay sobre las llaves? —preguntó Joe—. ¿No lo cerró usted con llave?

     —Claro que lo dejé cerrado con llave —dijo Rob Trenton. Y fue a su cuarto rápidamente, buscó en el bolsillo de su chaqueta y regresó con las llaves del coche—. Apagué el motor y cerré el coche —dijo.

—Bueno, pues desapareció —dijo Joe, y pareciéndole que no había nada por el momento que pudiera hacerse para resolver esta situación, regresó a la cocina, acercó al fuego la cafetera, puso nuevamente el tocino en la sartén para calentarlo y cuidadosamente reanudó su metódico cocinar.

—El auto de usted está en esa granja de atrás. Creo que habrá alguien allí. Vamos a ir a ver allí tan pronto como termine de preparar el desayuno.

     Rob Trenton se vistió deprisa y después salió otra vez al exterior de la casa para ver las huellas. Era difícil decir cuántas huellas de hombres había, porque Rob y Joe dejaron muchas ellos mismos la noche anterior al transportar el equipaje a la casa; pero había huellas del automóvil en el camino de grava y también fuera de éste. Esas últimas huellas indicaban, sin lugar a error alguno, que el coche había doblado hacia el Norte en la carretera y se había alejado en dirección de la ciudad.

     Trenton volvió para tomar su desayuno. —Tendré que comunicárselo a Linda Carroll. Ella poseerá todos los datos del número del motor, matrícula del coche y demás, y me supongo también que, desde luego, el coche estará asegurado.

Joe Colton no lo oía, pero movía la cabeza con esa vaga concordancia que caracteriza los gestos de un hombre sordo.

 

—Ahora usted cocina con gas —dijo—. Esa es la forma de hacerlo,

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