Capítulo 9

     Falthaven era una ciudad típica, que alardeaba de tener una población de diez mil habitantes, no obstante el hecho de figurar con insistencia en el censo con sólo siete mil ciento cuatro, que eran el total de los ciudadanos que la representaban, aunque dicha cifra podía ser oficialmente redondeada.

     La apacible casa de helados y refrescos donde Rob Trenton preguntó unas direcciones, abastecía a la multitud de adolescentes. El interior estaba lleno con el incesante charlar de voces jóvenes y cada voz se alzaba lo suficiente para hacerse oír por encima de la barahúnda de las otras voces, las cuales estaban a su vez alzándose tanto como era posible para hacerse oír por encima de la confusión. El resultado fue que Rob Trenton tuvo que inclinarse por encima del mostrador para conseguir que lo oyeran.

     —¿La calle Robinson Este? —dijo la camarera, mientras estaba ocupada preparando un helado de crema con pedazos de plátano y cubriendo la mezcla con un espeso jarabe de frutas estrujadas, Poniéndole después encima un poco de crema y nuez—. La mejor forma en que usted pueda llegar allí es yendo a la próxima esquina donde están las luces del tráfico, después da vuelta a la derecha y sigue cinco calles más. ¿Qué número dice usted que es?

—Es la calle Robinson Este, número 205.

     —Bueno, cuando usted haya pasado esas cinco calles, ya es todo la calle Robinson. Después da vuelta a la izquierda y sigue unas cinco esquinas o seis.

—Muy bien —le dijo Rob sonriéndole—. Creo que así conseguiré llegar. Gracias.

—No lo dude —le dijo la muchacha sacando del frasco con una cuchara la jalea de malvavisco—. Usted no tendrá ninguna dificultad en ello.

Rob Trenton le dio las gracias de nuevo y fue hasta la puerta.

     —Oiga —le preguntó la muchacha—. ¿Cuál es el nombre de la persona que usted busca? No es donde vive Linda Carroll, ¿verdad?

Rob movió afirmativamente la cabeza,

     —Bueno. No tendrá dificultad para encontrarla. Es la segunda casa de la esquina por el lado derecho. Una casa grande de dos pisos, pintada de color gris.          Ella es artista y no contesta al teléfono, así es que usted no tiene más remedio que ir allí y ver si está en casa. Yo la vi en el centro hace una hora o algo así..., compró algunas cosas. Y creo que ya estará de vuelta en casa a estas horas.

     Rob encontró la calle de Robinson Este sin dificultad y siguiendo las direcciones que le había dado la muchacha, llegó a la gran casa gris directamente.

     Era una casa de estilo antiguo y evidentemente tenía cerca de un siglo. Estaba situada en un lugar espacioso, y aunque carecía de las comodidades de los modernos chalets, en cambio evocaba la estabilidad del viejo tiempo, caracterizando una era ya pasada.

     Rob sintió latir su corazón con más rapidez que lo usual cuando estacionó el viejo auto y subió las escaleras de madera del pórtico y después apretó con el dedo pulgar el botón del timbre.

Oyó un ruido de campanas musicales en el interior de la casa,

Allí no había otro sonido.

Rob, una vez más, presionó su pulgar contra el timbre, dejándolo allí durante varios segundos.

     Esta vez, cuando el sonido de la campana se apagó, oyó claramente a alguien moviéndose en uno de los cuartos, pero nadie acudió a la puerta.

     Rob creía que Linda Carroll difícilmente lo dejaría permanecer en la puerta, sin prejuicio de lo que ella pudiera estar haciendo. Seguramente la muchacha miraría por la ventana para ver quien llamaba y cuando comprobase la identidad de su visitante, Rob estaba seguro que lo haría entrar. Sus oídos escucharon un ruido claro, al mismo pie del otro lado de la pesada puerta del frente. Y entonces tuvo la impresión de que alguien lo estaba observando cuidadosamente. Sin embargo, nada más sucedió. Permaneció de pie en el pórtico hasta que los segundos se convirtieron en dos minutos completos. Irritado, llamó al timbre dos veces más en rápida sucesión.

Repentinamente la puerta se abrió con violencia.

     Una mujer con una blusa manchada de aceite de pinturas, el cabello rojo recogido en desordenada forma detrás de las orejas, los lentes encaramados en una nariz puntiaguda y bajo ésta una boca grande que podría ser capaz de sonrisas, pero que en este momento mostraba una fina línea de indignación, mientras los ojos estaban mirándolo ceñudos. Era delgada, esbelta, airada y veinte años más vieja que Linda Carroll.

     —¿Qué significa eso que usted hace..., llamar a mi puerta cuatro veces en esa forma? —preguntó ella con palabra rápida y voz llena de cólera—. ¿No ve que estoy ocupada? Yo vengo a la puerta si así quiero hacerlo. Lo oí a usted desde la primera vez. No soy sorda. ¿Para qué cree usted que puse yo esas fuertes campanas allí? Dios santo, usted cree que yo no tengo nada más que hacer que contestar al teléfono y la puerta. Y los que llaman son siempre personas que quieren venderme alguna cosa. Alguien que quiere obtener algún dinero para reunir fondos destinados a un donativo de caridad. Alguien que llama solamente para saber cómo estoy...

—Lo siento —dijo Rob para interrumpir la diatriba—. Yo quiero ver a la señorita Linda Carroll. Por favor, es muy importante.

     —¡Claro que usted quiere ver a Linda Carroll! —replicó la mujer irritada—. Lo mismo que cualquier otro en la ciudad. ¡Qué día este! Yo hice mis compras temprano de forma que pudiera regresar y terminar un pequeño trabajo de pintura interrumpido y, ¿qué sucede? Pues que el teléfono suena, llaman a la puerta, y ahora viene usted y dice que quiere ver a Linda Carroll —exclamó burlona—. Usted y otros dos mil en la ciudad.

—Por favor —dijo Rob Trenton—. Yo tengo que ver a la señorita Linda Carroll; es un asunto de considerable importancia.

     La mujer echó la cabeza hacia atrás, de forma que su puntiaguda nariz parecía estar apuntando directamente a Trenton—. Sus ojos astutos observaron cuidadosamente a Rob—. ¿Cómo es su nombre?

     —Mi nombre es Rob Trenton. Acabo exactamente de regresar de un viaje a Europa. Hice la travesía en el mismo barco que Linda Carroll. Ambos fuimos y regresamos juntos.

Ella abrió la puerta y dijo: —Entre.

     Rob Trenton penetró en la casa, siguió a lo largo de un vestíbulo de recepción que estaba situado frente a un cuarto que en tiempos había sido evidentemente una sala de recibir y que ahora había sido acondicionado como estudio. Había allí unas pinturas medio terminadas sobre un caballete y docenas de pinturas más, algunas con marco, otras sin él, esparcidas por el lugar, colgadas en las paredes o simplemente apoyadas en las paredes.

—Este es mi lugar de trabajo —dijo—. Siéntese.

—Yo quería ver a la señorita Linda Carroll.

—Yo soy la señorita Linda Carroll.

     —Me temo que hay algún error en esto —dijo Rob—. Debo de estar hablando con una señorita Carroll diferente, Quizá, sin embargo, usted pueda ayudarme. Sé que la Linda Carroll con la que yo quiero hablar, es artista y vive en Falthaven.

     La mujer movió la cabeza y sus labios se juntaron apretadamente. Sus maneras eran decididas. —O usted trata de engañarme o está subido a un árbol equivocado. Dígame, ¿cuál de las dos cosas?

     —La Linda Carroll que yo conozco tiene aproximadamente unos veinticinco años de edad, su pelo es de color castaño, los ojos de color avellana, mide aproximadamente un metro setenta centímetros y pesa unos cincuenta y cinco kilos.

—¿Y dice usted que ella es pintora?

—Así es.

—¿Y que vive en Falthaven?

     —Si... Resulta que yo lo sé porque ella misma me dio esta dirección como siendo la suya. Y además figuraba así en el pasaporte de ella.

     La mujer movió despacio la cabeza. —Yo soy Linda Carroll. Y soy pintora. Vivo aquí en Falthaven, y no hay ninguna otra Linda Carroll viviendo aquí. Y supongamos que usted me dice ahora exactamente qué es lo que significa todo esto.

Rob Trenton, más bien desconcertado, tomó su sombrero y dijo:

—Bien, si ha sido un error... yo...

     —Espere un momento, joven. No creerá usted que iba a venir aquí con una historia parecida a esa y después irse sin más ni más. Yo quiero saber de qué se trata.

—Me temo que el asunto que traigo en mente es privado y algo que tiene que ser tratado con la joven en cuestión.

     —Bueno, yo no sé de qué se trata, pero a mí no me gusta la forma en que usted vino aquí y me contó su historia. Aparentemente alguien tiene que haber estado haciéndose pasar por mí y quiero saber qué ha sido todo eso. ¿Por qué está usted tan ansioso de ver a esa mujer? ¿Qué hay sobre todo ello? ¿Qué es lo que lo hace a usted sentirse con tanta prisa?

     —Señorita Carroll —dijo con dignidad Rob Trenton—, permítame decirle... lo que ocurre. Ella me dejó su automóvil y éste ha sido robado.

—¿Le dio su automóvil?

—No, me lo prestó solamente.

—Bueno, piense en lo que ocurrió. Primero dijo usted que ella se lo había dado, después dice que ella se lo prestó.

—Perdóneme, pero yo pude haberle dicho que ella me lo cedió. Ciertamente yo no dije que ella me lo diera, y puesto que usted no es la persona que yo pensaba...

     —Ahora no trate de retroceder —lo interrumpió ella—. Alguien ha estado haciéndose pasar por mí y yo voy a recurrir a la policía. No obstante, dígame usted toda la historia, pues así yo podré juzgar lo que ha sucedido.

“Y ahora empiece, joven, y dígame toda la historia desde un principio. ¿Cómo conoció usted a esa mujer?”

—Es más bien una larga historia.

—Bueno, me figuro que lo será. ¿Y qué fue lo que le sucedió al automóvil?

—No lo sé; fue robado de mi casa esta noche pasada.

—¿Informó usted del robo a la policía?

—No, todavía no.

—¿Por qué no?

     —Bueno, yo..., yo pensé en verla a ella primero. Yo no tenía los datos del motor, el número de matrícula y..., bueno, todo eso parecerá más bien extraño, al acudir sin esos datos a la policía, contándoles una historia como esa. Quería obtener algunos detalles seguros antes de denunciar el hecho.

     —Yo debería creer que en efecto usted deseaba aclarar las cosas. Pero eso me suena de manera extraña, muy falsa. Y si alguien ha estado haciéndose pasar por mí, yo quiero saberlo.

     —Nadie ha estado haciéndose pasar por usted —dijo Rob Trenton—. Se trata simplemente de que yo tengo que encontrar a la Linda Carroll que venía en el barco conmigo. Tiene que haber habido algún error en la dirección. Verdaderamente, esta ciudad no es tan grande como para...

—Bueno, puedo asegurarle a usted que es demasiado pequeña para saber si hay otra Linda Carroll en la ciudad, y particularmente si ésta es pintora. O alguien ha tratado de engañarlo a usted, o usted está tratando de engañarme a mí.

     A pesar del hecho de que las palabras y el tono de voz eran enfurecidos, había un cierto brillo de bondad en sus ojos.

     Rob Trenton trató de mantener el tono de su voz dominado de forma que no pudiera mostrar excesivo interés. —¿Me permite preguntarle si tiene usted un pasaporte? —dijo él.

—Desde luego que tengo un pasaporte. ¿Qué tiene eso que ver con este asunto?

—Solamente deseaba saberlo. Quizá su pasaporte le ha sido robado.

—No, no lo fue.

—¿Lo ha visto usted recientemente?

—Le estoy diciendo a usted que mi pasaporte no ha sido robado. Dígame ahora, ¿qué hay sobre todo eso? Usted no necesita tratar de interrogarme a mí, joven. El zapato está en el otro pie.

     —Yo no estoy tratando de interrogarla a usted —dijo Trenton—. Evidentemente usted cree que alguien ha estado usando su nombre y en vista de ese hecho esa persona tiene que haber tomado su pasaporte para ir a Europa. Yo estoy casi seguro de que el pasaporte tenía su nombre.

—¿Y mi fotografía?

—Eso no lo sé. Yo no vi la fotografía.

—Bueno, nadie se ha llevado mi pasaporte, puedo asegurárselo a usted.

—¿No le importaría a usted darme una seguridad absoluta sobre ello?

—¿Qué quiere usted decir con eso?

Muéstreme su pasaporte. Yo tengo la firme convicción de que usted se hallará conque el pasaporte se ha perdido.

—¡Absurdo!

—Bueno, ¿quiere usted verlo, por favor?

     Ella dudó un momento y después dijo: —Muy bien. Siéntese usted allí. No se mueva de esa silla. No vaya a permitirse husmear por ahí. No me gusta tener gente rondando dentro de mi casa.

     Rob sonrió y le dijo: —Muy bien, le prometo hacerlo. Usted vaya por su pasaporte y creo que se va a llevar una sorpresa.

     La mujer abandonó el cuarto y permaneció ausente unos tres minutos. Después regresó y triunfalmente puso bajo las narices de Rob Trenton un pasaporte. —¿Quizá le guste verlo?

     Tan firmemente se había convencido Trenton de que la muchacha que él conocía como Linda Carroll había estado usando el pasaporte de esta mujer, que difícilmente podía disimular su sorpresa.

     Tomó el pasaporte y con su pulgar pasó las páginas. No había duda alguna de que éste era el pasaporte de Linda Carroll, de Falthaven y que no había sido sellado. La fotografía en el frente del pasaporte, era sin duda alguna de la mujer que estaba sentada frente a él y no podía ser, bajo ningún concepto, la de la mujer que él había conocido como Linda Carroll.

—¿Está satisfecho? —le preguntó la mujer después de largo rato.

Robert Trenton le entregó el pasaporte.

     Ella vio la expresión en los ojos de él y repentinamente se dulcificó. —Lo siento —dijo—. Pero me temo que alguien lo ha engañado a usted. ¿Supóngase que ahora me dice usted exactamente lo que sucedió?

     Rob Trenton movió la cabeza en forma negativa. —Me temo que no puedo decirle a usted nada.

—¿Dijo usted algo sobre un automóvil?

     —Mi historia suena absolutamente increíble —dijo Rob—. Yo necesito tiempo para pensar en ella. Yo..., yo siento de veras el haber sido un intruso, señorita Carroll, y espero no haberle causado demasiada molestia.

     Ella puso una mano con expresión de lástima en el brazo de él. —Ahora no se contraríe —le dijo en tono maternal—. Usted conoció a esa mujer que le dijo ser Linda Carroll..., ¿y qué sucedió?

Rob solamente sacudió la cabeza, pero nada dijo.

—Yo quiero que usted me lo diga.

     Trenton dijo: —No hay nada que decir. La historia completa está sólo detrás de mi comprensión. Lo siento... Perdóneme.

Salió a la puerta.

     Ella lo siguió y otra vez tomó su brazo: —Creo que haría usted mejor en decírmela. ¿Cuál es? ¿Se enamoró usted?

     Rob no contestó y la mujer de la nariz puntiaguda y los lentes se detuvo en la puerta observándolo marcharse abatido, mientras descendía los peldaños de madera y se dirigía a la acera hacia el destartalado automóvil.

     Después, cuando arrancó con el coche, ella cerró despacio la puerta. La expresión ceñuda de su rostro, mostraba una pensativa perplejidad.

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