Chapter 11

     Ron fue recobrando el conocimiento gradualmente. Primero sintió el dolor que sacudía su cabeza, después hubo una luz turbia que penetraba en sus ojos, y en seguida la sensación de asfixia que volvía a él.

Por el momento no pudo recordar qué había sucedido ni dónde estaba, pero el instinto defensivo le previno que continuara todavía extendido.

Gradualmente volvió a él la memoria.

     Comprobó que la capucha todavía estaba sobre su cabeza, pero que había un agujero en el paño que permitía que una limitada cantidad de aire entrara por las ventanillas de su nariz. Algo, enrollado en su cabeza, alcanzaba basta el agujero en el paño y le quitaba el aire. Sus muñecas estaban sujetas con esposas, y por lo tirantes que se hallaban los músculos de la parte baja de sus piernas no pudo percibir si había ligaduras en ellas.

     Se dio cuenta de que estaba tendido sobre el piso del coche y de que los dos hombres que continuaban sentados en el asiento de atrás, uno a cada lado, tenían sus pies apoyados contra su cuerpo, así es que aquellos podían golpearlo o patearlo sin compasión si él hiciese algún movimiento para levantarse.

Nadie decía nada, pero por el olor a humo de tabaco que le llegaba a Rob, éste sabía que uno de los hombres iba fumando un gran puro.

     El motor del coche zumbaba avanzando a velocidad constante. Rob Trenton pensó que había estado inconsciente durante algún tiempo, porque los huesos y los músculos que estaban en contacto con la alfombra del piso del coche estaban doloridos. Tuvo la clara sensación de que cualquier esfuerzo que hiciera para moverse, tendría desastrosas consecuencias.

Los minutos se prolongaban tanto que parecían ser horas

Finalmente, una voz rompió el silencio. —Oye, ¿está ese pazguato bien?

—Seguro.

—Es que lo atasteis muy fuerte.

—Él está bien.

     Rob sintió movimientos encima de él. Una mano palmoteó su frente, y después bajó hasta la muñeca. Dos dedos (el medio y el pulgar) le tomaron el pulso. —Demonio, está en excelente condición.

El hombre que le había tomado el pulso se acomodó en el asiento.

     Rob Trenton ya no pudo resistir más tiempo. Se agitó y tan pronto como cambió de posición las faldas de la capucha cayeron sobre su nariz y virtualmente le quitaron todo el aire.

—¡Aire! —rezongó rápidamente, sorprendido del tono de su propia voz—. ¡Aire, denme aire!

     Uno de los hombres rió y con un pie le dio un golpe en la base de la columna vertebral. Rob luchó por enderezarse. Cualquier cosa era mejor que esta lenta asfixia.

Oyó una voz que dijo: —Parad ya con eso. Dadle al muchacho un poco de aire.

     Hubo movimientos arriba de él y la capucha le fue tirada hacia atrás una mitad. Un aire frío bañó la cara de Rob y éste aspiró profundamente llenando sus pulmones de oxigeno.

—No intente levantarse —advirtió una voz—. No trate de ver dónde se encuentra. Continúe en esa posición. Y no hable.

—¿Pero qué demonios es esto...?

—Cállese.

—Déjalo hablar —ordenó una voz autoritaria desde el asiento del frente.

El hombre del lado derecho del asiento de atrás, prontamente desechó la sugestión. —Mejor será que lo dejemos que diga de una vez cuanto tenga que decir. —Su voz apacible era claramente contradictoria.

—Muy bien —convino el hombre del asiento del frente malhumorado.

     El coche avanzaba rápido y ahora Rob Trenton creyó estar seguro, por el suave ronronear de las ruedas, que rodaban sobre una pista moderna. Los ruidos transitorios del tráfico indicaban que, o estaban aproximándose a alguna gran ciudad, o estaban abandonándola.

Unos momentos más tarde, Rob ya juzgó que habían dejado atrás la ciudad, pues el coche empezó a acelerar la marcha.

Trató despacio de cambiar de posición y a esto no hubo objeciones por parte de los hombres del asiento de atrás.

—¿Por qué demonios no pueden ustedes quitarme estas cosas? —preguntó Rob cuando sintió que el acero de las esposas le taladraba las muñecas otra vez.

—Están bien en esa forma, compañero. No será por mucho tiempo.

—Pero me lastiman.

—Bueno, no lo lastimarán demasiado, ¿verdad?

Alguien rió.

     Súbitamente, incapaz ya de soportar la tortura de estar tendido en tan estrecha posición por más tiempo, Rob sacó fuerzas de sí mismo contra el dolor de sus muñecas y se dio vuelta completamente, de forma que quedó de cara al asiento de atrás. Vio los pies de dos hombres y los elegantes pliegues de los pantalones.

—No, nada de eso —dijo uno de los hombres—. Vuelva a ponerse como estaba.

—No puedo. Estoy demasiado apretado.

     El hombre del otro lado del asiento dijo: —Ya ha estado en esa posición demasiado tiempo. Déjalo que se dé vuelta si quiere. Pero no trate de levantarse, muchacho, o le damos unos puntapiés y le levantamos un dolor de cabeza que lo recordará mientras viva.

     Rob, sintiéndose ya más cómodo ahora que se había dado la vuelta del lado que torturaba sus músculos, se acomodó y esperó.

El coche tomó un ángulo recto y dobló, traqueteando sobre una carretera tosca. El olor de vegetación fresca y de humedad llegó a las narices de Rob. El coche, avanzando despacio, daba fuertes sacudidas y después de unos diez minutos paró.

     Uno de los hombres, abriendo la puerta del auto, dijo: —Muy bien, muchacho, salga.

     Rob trató de ponerse en pie, pero sus manos, sujetas con las esposas detrás de su espalda, se lo impidieron haciendo que pareciese un desmañado pescado condenado a muerte luchando por salir de la red.

     Los hombres lo levantaron poniéndolo en el suelo. Rob echó una breve ojeada a los árboles y al débil resplandor del sol de la tarde sobre el agua, y después le fue puesta una venda sobre los ojos, sujetándosela apretadamente.

Rob no sabía como los prisioneros podían soportar la tortura de las esposas. La presión del metal contra el hueso tenía que constituir una terrible y constante tortura.

—¡Por Dios Santo, sáquenme estas esposas! —pidió.

—Sácaselas —ordenó el hombre de la voz suave— Ha pasado un rato muy duro.

     Uno de los hombres tomó del brazo derecho a Rob. Otro lo tomó del izquierdo. Las esposas se abrieron tras de un golpe seco.

—Ahora, limítese a caminar despacio y en línea recta —le ordenó el hombre de la voz suave.

     Echaron a andar. Después de unos minutos, Rob se dio cuenta de que estaba caminando sobre una tabla gruesa. Una sensación de vacío le sugirió que aquello era un embarcadero o algo por el estilo. Luego, momentos más tarde, uno de sus guardias le dijo: —Con calma ahora, Trenton. Levante su pie en alto. Ahora dé un paso largo.

     Trenton echó el pie derecho hacia delante, con miedo de que no fuera a encontrar debajo de él otra cosa que agua. Después su pie se apoyó en la cubierta de una embarcación. Por el movimiento de la misma cuando los hombres embarcaron también, Rob juzgó que quizá fuese la cubierta de un barco grande, de unos cincuenta o sesenta pies de largo.

     Rob fue guiado y bajó con rapidez una empinada escalera entrando en un cuarto. Allí le fue sacada la venda y Rob se encontró en un pequeño camarote con alguno que otro mueble. A través de una ventana de forma redondeada pudo ver las puntas de unos espesos árboles y un trozo de cielo azul. Se frotó las muñecas durante algún tiempo.

     El hombre que llevaba los zahones y el que había ocupado el asiento del lado derecho atrás en el coche, permanecieron en el camarote Los otros salieron. El hombre con los zahones inició la conversación.

—¿Y bien? —preguntó.

—Eso es lo que yo quisiera saber —dijo Rob—. No tengo la menor idea de lo que es todo esto.

     —Olvídese de ello —le interrumpió el hombre de los zahones—. Nosotros estamos interesados en ese automóvil Rapidex. Y nos lo llevamos de su casa la última noche. Pero algo tiene que haber sucedido entre el momento en que fue descargado en la Aduana y aquél en que llegó a su casa. Ahora, yo quiero saber qué fue eso.

     Rob trató de conservarse sereno de forma a no demostrar que él tenía alguna idea sobre lo que el hombre estaba manifestando. —¿Quiere decir usted que se llevaron ese auto de mi casa?

—Así fue.

—Pero ustedes no debieran haberlo hecho, no tenían derecho a hacerlo sin mi permiso. Eso es un robo, es lo que...

—Seguro que es un robo —convino el hombre—. No se moleste en hablar de eso. Nosotros queremos saber lo que sucedió con el coche.

     —¿Qué quiere usted decir con eso de saber lo que sucedió con el coche? Precisamente acaba usted de admitir que ustedes lo robaron. Pues eso mismo fue lo que sucedió.

—Usted sabe a lo que yo me refiero.

—¿A qué hora se llevaron ustedes el coche? —preguntó Rob.

—¿Y qué tiene eso que ver?

     —Puede tener mucho que ver —dijo Rob—. Yo lo dejé estacionado en mi camino de grava. Y si todo este lío es por un neumático que reventó..., pero no, todo esto no puede ser por un neumático. No puede ser.

Los hombres cambiaron miradas.

—¿Dónde fue que reventó el neumático, Trenton?

—No puedo decírselo a ustedes. Fue..., bueno, no recuerdo el punto exacto.

El hombre rechoncho que había viajado en el asiento de atrás, dijo:

—Cuando usted fue allí, Rex, alguien pudo habérsele adelantado llegando antes que usted al camino de grava y...

—Oh, eso es absurdo —replicó el hombre de los zahones.

     Se levantó de la silla, se quitó la chaqueta azul precipitadamente, dudó un momento y después se sacó la camisa y la camiseta. Y desnudo hasta media cintura, caminó hacia Rob y de pronto, girando la cadera, golpeó fuertemente la mandíbula de Rob.

     La cabeza de éste dio con la nuca contra la pared. Vio una procesión de estrellas sobre la pared. Una encendida rabia se apoderó de él. Atacó ciegamente a la figura borrosa del hombre con el torso desnudo, y con su izquierda, directo y en línea recta, le golpeó la cabeza por detrás.

De súbito, Rob se sintió mortalmente frío.

     El hombre se abalanzó sobre él con expresión furiosa. Rob retrocedió esquivando el golpe, después se adelantó lanzándole un rápido izquierdazo y tuvo la satisfacción de sentir un profundo hormigueo en todo el brazo por efecto de la sacudida del certero golpe.

     El hombre corpulento, sentado con una de las caderas apoyada en la mesa, fumaba un puro y parecía estar disfrutando con la pelea.

—¿Cómo? Usted, pequeño jeringazo —le dijo Rex, y fue hacia adelante con el estilo y las maneras que revelaban sin lugar a duda al boxeador profesional.

Esgrimía su izquierda y derecha, fustigando los nervios de Rob.

     Este se balanceó negligentemente y con violencia le dio un puñetazo al hombre. Creyó que su puño había golpeado con toda precisión la nariz de su adversario.

     El hombre que estaba sentado en la mesa observando divertido la pelea, cuidadosamente dejó su puro y se bajó de la mesa.

El adversario de Rob retrocedió.

     Un chorro rojo brotó de su nariz y cubrió sus labios y su mentón, salpicándole el desnudo pecho.

Sus ojos se empequeñecieron con la rabia, y dio un paso hacia adelante.

Rob hizo ademán de agacharse.

     El hombre rechoncho le dio a Rob dos patadas en el estómago. Rob luchó, pero el dolor de las patadas le restó ya toda fuerza. Golpeó al otro hombre en las costillas y después se desplomó.

     El hombre rechoncho abrió la puerta y llamó con un agudo silbido. Otros dos hombres vinieron del pasillo. Rob oyó una exclamación de incredulidad y de sorpresa ante la ensangrentada nariz del hombre de los zahones y después Sintió las ligaduras de unas cuerdas en sus brazos.

Los hombres que ataron a Rob lo hicieron con la perfección de marineros que están acostumbrados a realizar un trabajo primoroso con las cuerdas.

     Rob estaba ahora temblando con la reacción de la rabia y del esfuerzo físico. Vio un rostro golpeado y ensangrentado y por un momento pudo a duras penas creer que su propio puño había causado aquella destrucción.

Era la primera vez que él podía recordar que le hubiera pegado a un hombre con tamaña furia con los puños.

     Desde algún lado encima de él, un hombre resoplaba una lluvia de gruesas palabras: —Usted, endemoniado pequeño respingón, si cree que vamos a permitirle jugar aquí al campeón del optimismo con medio Millón de dólares de por medio, es usted tonto.

Un pie golpeó la mandíbula de Rob y éste perdió el conocimiento.

 

     Rob no tenía la menor idea de cuánto tiempo había estado sin conocimiento. Cuando lo recobró, oyó voces bajas. Despacio, esos sonidos disgregados se convirtieron en palabras. Mas bien con repugnancia, Rob descifró el significado de aquellas palabras. Dos hombres estaban sentados a la mesa con una botella de whisky, dos vasos y un sifón entre ellos. Rob oyó el sonido del hielo en los vasos, y la sequedad de su garganta se acentuó con el repetido ruido. La cabeza le palpitaba con el profundo dolor. Todo su cuerpo estaba torturado de dolores. Habiendo osado abrir los ojos lo bastante para ver a aquellos hombres, los volvió a cerrar otra vez y permaneció inmóvil.

     Uno de los hombres manifestó con naturalidad: —Te digo que yo creo que el muchacho está en lo cierto. No es un tipo de esa clase capaz de hacer una jugada tan hábil. Este, si lo hubiera encontrado, habría llamado a la policía.

     —Bueno, entonces —dijo el otro hombre— solamente hay una posible solución, y ésa es que lo hizo alguien de alto grado apoderándose de ello mientras el coche estuvo en el camino de grava y antes de haberlo sacado nosotros de allí. Pero yo no creo que eso fuera posible.

     Rob oyó el chorro del sifón dentro de los vasos de whisky y después uno de los hombres dijo: —Bueno, precisamos decidir esta cuestión en un par de horas. Tenemos que pensar en largarnos.

—Yo no voy a hacer una cosa semejante abandonando todas las ganancias.

—Olvídalo, nosotros hemos obtenido ya bastantes ganancias.

     —¿Quieres decir que hemos hecho bastantes ganancias cuando tenemos este asunto de por medio? Hasta que hayamos terminado con esto, somos sencillamente unos pobres diablos. Todas nuestras ganancias las hemos metido en esto. Los grandes beneficios están concentrados enteramente en este negocio.

—Los grandes beneficios para mí, están en el librarme de conflictos. Ya no hay tiempo para hacerlo. Y yo no quiero saber nada más de todo esto.

     Hubo un silencio, roto solamente por el ruido del hielo dentro de los vasos, sonido que torturaba los oídos de Rob Trenton, haciéndole más consciente de lo abrasada que tenía su garganta.

     Rob oyó el sonido de rápidos y atropellados pasos en el pasillo fuera del camarote. Después, el tirador de la puerta se movió y ésta se abrió con violencia.

     Uno de los hombres que estaban sentados a la mesa, dijo con cólera: —Cuando vengas aquí, llama antes de entrar. ¿Qué demonio...?

     Una voz desde la puerta lo interrumpió en un enronquecido murmullo: —Hay un hombre afuera entre la maleza observando desde allí este barco; está preparando una especie de mampara para poder agacharse y esconderse; se encuentra exactamente en la orilla y actúa con prisa y...

     Dos sillas fueron echadas ruidosamente para atrás como si esta acción hubiese sido ensayada. Una voz autoritaria y tranquila dijo:

—Bueno, llevad a otro de los muchachos con vosotros, vais a hurtadillas allí y os echáis encima de él; lo traéis aquí dentro. Nosotros queremos hablarle.

     Rob oyó ruido de pies en el piso de madera y una voz diciendo: —¿Y qué sobre este muchacho?

     —Enciérrenlo —dijo alguien. Era una voz de mando. Rob pensó que era la del hombre rechoncho que se había encaramado a la mesa y estaba fumando mientras Rob peleaba, pero no estaba seguro de ello—. Preparad la chispa eléctrica de emergencia para tenerla conectada con la gasolina —continuó la voz—. Si nos vamos de aquí, tenemos que estar seguros de que el barco no queda como prueba para los investigadores que rondan por aquí. Vamos a librarnos del hombre de allí afuera primero.

     Los individuos salieron de prisa, se detuvieron una vez más para una conferencia agrupados en el pasillo y después se fueron arriba. Rob esforzaba sus oídos para escuchar, tendido, sin movimiento alguno, con los ojos cerrados y conservando su respiración lenta y regular.

Dos de los hombres permanecieron detrás de la puerta discutiendo su estrategia en voz baja.

—Creo que nosotros nos estamos metiendo en demasiadas honduras —dijo una voz ansiosa.

—Ahora ya no podemos evitarlo.

—Empezamos primero con dedicarnos a suministrar narcóticos y ahora pasamos ya a secuestradores. Ya sabes lo que eso significa.

     —Muy bien. Desiste ahora y seremos cazados —dijo la otra voz salvaje y sarcásticamente—. Ya puedes figurártelo por ti mismo. Lo que tenemos que hacer ahora es evitar el ser cazados.

     —Os digo que esto es el final. Podemos marcharnos, pero antes es preciso poner esto en claro y cobrar. ¿Te has sentido alguna vez seguro cuando el dinero se te acabó? Si yo he de huir, ha de ser cargado de dinero. Bueno, ahora prepara las piernas y lárgate de aquí inmediatamente.

     La puerta se cerró y Rob oyó el ruido de la llave del otro lado. Después percibió repentina actividad arriba, en la cubierta del barco, y a alguien dando órdenes.

     Un hombre subió a la cubierta y Rob oyó pasos avanzando por el muelle. Después de un breve intervalo, cruzó una sombra por el exterior ante la ventana en forma redondeada; momentáneamente esa sombra borró un poco la luz del sol del atardecer... Cuatro o cinco minutos después, otro hombre subió a cubierta y caminó con naturalidad sobre el piso de madera. Después los otros dos se marcharon tranquilamente.

Rob abrió los ojos, se retorció y trató de analizar la situación.

     Tenía los brazos atados a su espalda y la cuerda iba desde sus muñecas hasta los tobillos. No podía liberarse de las ataduras y tenía que mantener sus rodillas ligeramente encorvadas para evitar que la cuerda lo lastimara en la carne de las muñecas. Podía, sin embargo, mover las piernas alzándolas hasta el estómago, pero con esto no resolvía nada, y después de unos pocos segundos de dolor y de soportar su peso sobre sus rodillas contra el duro suelo, esto le dio base para acomodarse y dejar que todo el peso de su cuerpo cargara sobre una cadera; después de un momento se cambió al otro lado.

     Había tenido oportunidad de examinar aquella estancia donde se encontraba. Evidentemente era una especie de camarote, provisto de estantes con buen surtido de latas de conserva. Había una mesa, dos o tres sillas y ningún muebles más.

     Rob trató de hacer girar sus muñecas sujetas por las cuerdas, pero estaban amarradas con nudos marineros de forma que aquellos se apretaban más firmemente cuanto más Rob se movía.

     Tendido sobre un costado trató de doblar las rodillas de forma que pudiera alcanzar el nudo que tenía en los tobillos, pero se encontró con que solamente las puntas de sus dedos alcanzaban al nudo, que estaba demasiado apretado para ceder a todo intento. Ensayó diferentes posiciones y finalmente encontró una en la que se sentía más cómodo y se las arregló para esperar así.

     Por el lado exterior, la luz diurna disminuía hasta que poco a poco oscureció y penetraron en el camarote profundas sombras.

     Rob oyó pasos que procedían del pequeño muelle al cual el barco estaba amarrado. Después oyó una tumultuosa actividad a bordo, la cual fue seguida por un largo período de silencio.

 

     Cuando estaba completamente a oscuras, de forma que únicamente podía ver las estrellas a través de la ventana redonda, oyó un arrastrar de pies sobre la cubierta de al lado. Por el sonido parecían un compacto grupo de hombres transportando alguna cosa al barco. Este se inclinó ligeramente cuando los hombres subieron a él, y Rob oyó un vivo forcejeo que se produjo en la cubierta, encima directamente de él. Era un golpear de pies y ruido de hombres esforzándose y maldiciendo, acompañado de sonido de porrazos. Después, repentinamente, la pelea cesó. Rob oyó que algo era arrastrado a poca distancia y en seguida el ruido de pasos cautelosos que precedió a otro largo período de silencio.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar