Chapter 13

     Big Ed Wallington condujo el coche de patrulla hacia el lado de la carretera y aminoró la marcha. —Bien, fue exactamente aquí en alguna parte —dijo.

El Teniente Tyler replicó: —Me gustaría encontrar el sitio exacto, si pudiéramos lograrlo.

     —Bueno, yo recuerdo que pasé sobre un trecho blando de terreno, precisamente antes de apearme del coche. Debe ser... justamente cerca de aquí...

—Cálmese —le dijo Tyler—. Ponga el coche a marcha lenta.

El coche fue deslizándose. Repentinamente, Wallington dijo:

—Este es el sitio. Aquí están mis huellas. Aquí es donde yo atravesé el terreno blando.

—Muy bien... Esto es magnífico —dijo Tyler—. Dejemos el coche aquí.

     Pararon el auto. Moose Wallington encendió el faro de luz roja, de forma que ésta avisase a los que viniesen en cualquiera de ambas direcciones que el coche de la Policía del Estado estaba estacionado allí al lado de la carretera. Los dos policías se apearon llevando las linternas de mano y caminaron despacio hacia el terreno, estudiando las huellas del coche.

—Aquí es donde yo me estacioné. Exactamente aquí —dijo Wallington—. Cuando arranqué, usted puede ver por las huellas que giré a la izquierda.

—Muy bien. Y ahora dígame, ¿dónde estaba el otro coche?

     —Bueno, pues verá, yo diría que estaba a unos quince pies delante de mí. Yo quería que mis luces lo mostrasen a él con claridad... y..., sí, allí están las huellas, allí exactamente.

—Muy bien —dijo el Teniente Tyler—. Vamos a inspeccionar todo esto.

Examinaron el terreno cuidadosamente.

     —Yo no veo ninguna señal de que hubiese sido puesto aquí ningún gato —dijo Wallington—, y ciertamente no había ningún neumático reventado en el coche cuando él se paró aquí.

El Teniente Tyler caminaba despacio y cuidadosamente.

     La linterna de Wallington se detuvo en la valía. —Mire —dijo—. Mire esto. Hay un pedazo de terreno cavado aquí y parece reciente.

     Los dos policías se acercaron al lugar y observaron el color fresco de la tierra en contraste con la oscura superficie de la parte restante.

—Hay un trozo de astilla en el suelo —dijo Wallington—. Alguien la cortó recientemente. Está bien fresca. .. y eso es una señal.

El Teniente Tyler examinó el trozo de astilla, sacó del bolsillo una lata de tabaco de pipa y, aunque pesaroso, vació el tabaco y puso dentro de la lata la astilla.

—Lo siento —dijo Wallington—. Yo estropeé esto, señor.

     —Usted no ha estropeado nada —replicó el Teniente Tyler—. Ya mandé a un hombre a Noonville para que nos informara sobre Rob Trenton. Es muy conocido allí. Amaestra perros. De hecho él nos vendió a nosotros una media docena de perros a los que él había dado un adiestramiento básico. Nosotros los continuamos amaestrando después.

—¿Y qué dice Trenton? —preguntó Wallington.

—El no dice nada. No está allí. Pero el hombre que trabaja para él y que se quedó al cuidado de los perros cuando Trenton estuvo ausente, dijo que éste vino con ese coche a casa y que lo dejó en el paseo de grava de su casa. A la mañana siguiente había desaparecido. Trenton salió con su automóvil y el hombre no había sabido nada de él desde entonces. Trenton acababa de regresar de un viaje a Europa. Yo llamé a la Aduana para ver si ellos sabían algo sobre el coche y me dijeron que Trenton había sido sometido a un registro por causa de su relación con un hombre llamado Ostrander de quien ellos pensaban que estaba mezclado en un contrabando de narcóticos.

—¿Y qué sucedió con Ostrander?

     —Ostrander fue también registrado y al parecer no tenía nada; pero bajo las circunstancias actuales no me voy a fiar de eso.

Las linternas de los guardias se movían despacio por el terreno. Moose Wallington dijo: —Mire allí, Teniente. Hay lodo fresco encima de la hierba y allí hay un punto donde el césped ha sido cortado.

—Traiga la pala del coche, Ed —dijo fulminantemente el Teniente Tyler.

     El guardia fue deprisa al coche de patrulla, y de la caja de atrás sacó una pequeña pala y volvió con ella.

     El Teniente Tyler levantó suavemente el pedazo circular del césped, después, con precaución, escarbó abajo. Se detuvo súbitamente cuando el borde de la pala tocó algo metálico, y un momento después sacó al exterior una pieza circular de metal y los paquetes envueltos en papel de seda aceitoso.

Wallington silbó.

     El Teniente Tyler dijo: —Ajuste su radio. Comuníquele a la Jefatura de Policía la señal catorce del código. Eso hará que tengamos enseguida cuatro hombres más operando en esto. ¿Cuál es aquí la señal de coordinación?

—Voy a verla —dijo Wallington tomando su libro del departamento de guantes del coche.

     Un momento después tomó el receptor del gancho de la radio de doble comunicación y dijo: —Aquí habla el coche número siete transmitiendo a la Jefatura de Policía la señal catorce, clasificación A. B. Norte 372 Este.

Wallington pudo oír la voz del operador llenarse del más vivo interés al contestar: —¿Señal catorce?

—Exacto.

—Muy bien —dijo el operador y después colgó.

     El Teniente Tyler dijo: —Ahora, quiero poner algunos de estos elementos otra vez en el agujero. Nosotros nos guardamos el resto de ellos y...

—¿Quiere decir que va usted a dejar alguna de esas cosas aquí?

     —Así es. Cuando el hombre que excavó el agujero venga a recogerlas quiero estar seguro de que dispondremos de pruebas seguras contra él para acusarlo. No es un delito el hacer un agujero en la tierra, pero sí es un delito el tener pasta de opio en posesión de uno. Yo quiero asegurarme que él tenga bastante de ella en su posesión.

—Sí, señor.

     —Bien —dijo Tyler, llenando sus bolsillos con los paquetes que habían estado escondidos envueltos en papel de seda aceitoso—. Enterraremos el resto y dejaremos el terreno exactamente como estaba. Después nos vamos de aquí de forma que esos automovilistas que pasan no sepan lo que estamos haciendo. Desde luego, corremos el riesgo de que el hombre que enterró eso pueda o no ser alguno de esos automovilistas que están pasando. Creo que es todavía un poco pronto. Bien quisiera que los refuerzos estuviesen ya aquí. Sin embargo, cuando ellos lleguen, voy a estacionar a un hombre en este sitio con un teléfono. Y nosotros nos instalamos con los coches abajo en la carretera, uno en cada lado. Yo no quiero que esos individuos escapen. Quiero cazarlos con las manos en la masa.

     Regresaron al coche de la policía y se sentaron a esperar, sabiendo que en cuestión de minutos estarían allí más coches de patrulla con agentes preparados para cualquier emergencia que pudiera surgir.

     Las comunicaciones de enlace habían localizado la posición del coche número siete en un punto situado en un radio de doscientos pies.

 

La trampa estaba ya presta para ser armada.

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