Chapter 14

     Rob tenía todo el cuerpo dolorido. La sequedad de su boca le estaba causando una inflamación en la lengua. Se decidió a intentar gritar. En esos momentos pensó en arriesgar todo lo que fuese, a condición de obtener un vaso de agua fría y refrescante. Respiró profundamente y después se animó al oír pasos cercanos y el ruido de la llave dando vuelta en la cerradura. La puerta se abrió. Se encendió una lámpara eléctrica de luz mortecina. El hombre fornido que había estado sentado en la mesa fumando mientras divertidamente observaba la pelea de Rob con el otro individuo, caminó cruzando el camarote hacia la ventana redonda, corrió una cortina para tapar aquélla y se detuvo mirando a Rob con los ojos entornados, observándolo pensativamente.

—¿Qué tal si me diera un poco de agua? —preguntó Rob.

     —Seguro —dijo el hombre—. Como no. Apuesto a que usted está sediento. Pero lo pidió con suma facilidad. Por lo tanto, no debe estar usted muy mal.

—Me siento como si estuviera tendido sobre una máquina de planchar —contestó Rob.

     —Ciertamente que debe sentirse mal. Bien, voy a buscar el agua. Abandonó el pequeño cuarto, teniendo cuidado de cerrar con llave la puerta cuando salió. Permaneció fuera unos veinte o treinta segundos y después regresó con un vaso de agua.

—¿Qué, si se sentara? —le Preguntó.

Rob se sentó. El hombre acercó el vaso a los labios de Rob, inclinándolo para que éste pudiera tomar el agua.

—¿Qué tal está eso? —preguntó.

     Rob sorbió hasta el final el líquido y después dijo: —Esto ya es mejor. ¿Me puede dar algo más de beber?

     —No por ahora —dijo el hombre, encaramándose sobre la mesa y apoyando sus manos en las rodillas, y observando pensativamente a Rob dijo: —Usted y yo tenemos que hablar un poco.

Rob nada replicó.

     —Usted es un gallito fuerte —dijo el hombre admirativamente encendiendo un gran puro—. ¿Dónde aprendió usted a pelear?

—Practiqué algo el boxeo en el colegio.

     —Vaya que si lo hizo. Usted realizó una buena pelea, considerando que tuvo que habérselas con un hombre de cuarenta libras más que usted. Ahora vamos a hablar con algo de sentido. Vamos a terminar con este negocio de ser fuertes unos y otros. Eso no nos lleva a ninguna parte.

—¿Sobre qué quiere usted que hablemos?

—Su nombre es Trenton, ¿verdad?

—Sí.

—Robert Trenton.

—Exacto.

     —Ahora, mire, Rob; vamos a tratar como hombres sobre este asunto. Usted guió ese Sedan Rapidex desde el muelle a su casa en Noonville. Pero bien, al coche algo le sucedió entre el momento de salida y el de llegada.

—Claro que le sucedió. Tuve un reventón en un neumático —contestó Rob.

—No es sólo eso. Al coche le ocurrió algo más.

Rob trató de fingir inocencia.

     —Ahora yo le voy a hablar con toda franqueza —dijo el hombre fuerte—. Nosotros podemos ser muy duros. No queremos actuar con dureza pero estamos jugando con grandes armas y cuando un hombre tiene que luchar con grandes armas se pone muy impaciente cuando las cosas no van bien. Usted entiende lo que yo quiero decir, ¿verdad?

—Puedo calcular todo el alcance de su declaración —dijo Rob.

     —Claro que puede, eso es seguro —dijo el hombre fuerte tranquilizador— Ahora, mire, Rob; las cosas no han marchado allá muy bien y nosotros tenemos que aclararlas y buscar un refugio. Cada minuto que estamos desperdiciando, nos corta una oportunidad de poder hacerlo. Desde luego, los muchachos creen que ellos pueden tirar de esto y salir bien de ello, pero están contrariados, están ansiosos. Nosotros tenemos como punto límite esta noche. Tenemos que empezar a desperdigamos a la medianoche. Tenemos que salir de esto y abandonar el Estado en un avión antes de que sea de día, y eso tiene que hacerse de forma que no puedan cazarnos. Ahora póngase usted en el lugar de uno de los muchachos, Rob, y de seguro que usted estaría muy impaciente, ¿verdad?

—Adivino que así sería.

     —Claro que lo estaría. Si usted pensase que algo se le interponía en el camino, usted actuaría con toda rudeza. Usted se pondría demasiado rudo.

—Sí, creo que yo lo haría.

     —Bueno —continuó el hombre fuerte—. Pero usted se está interponiendo en nuestro camino, Rob. Usted, pues, tiene que enterarse de que eso no le va a hacer a usted ningún bien y nosotros necesitamos su información. Tenemos que obtenerla. Hay dos caminos: uno fácil y otro difícil. No me gusta pensar en el camino difícil a causa de que los muchachos están demasiado aguijoneados. Y yo no puedo predecir adónde ellos llegarían una vez que se lanzasen. No me gustaría ni por mí mismo; pero, maldito sea yo si voy a ser suave y exponerme a que usted nos engañe y se lleve todas las ventajas después que nosotros hemos tenido que correr con todos los riesgos.

Rob dijo: —¿Por qué me culpan a mí? ¿Sabe usted lo que sucedió allí en el muelle?

—¿No, qué fue?

Rob dijo: —Yo fui detenido y registrado hasta la piel. Fue un asunto que duró un par de horas y creo que durante todo ese tiempo el coche estuvo allí afuera en el muelle...

     El hombre sonrió sacudiendo la cabeza en forma negativa y bonachona. —No, Rob —dijo—. Eso no le vale. Nosotros no somos tan tontos como para dejar el coche allí sin tener a alguien que lo vigilase. Le digo la verdad, estábamos muy contrariados cuando usted no salía para conducirlo. Eso nos contrarió bastante.

     —¿Cómo sabían ustedes que yo iba a conducir ese coche? —preguntó Rob tratando de conservar su voz anhelante e incluso matizada de horror por oír la contestación.

     El hombre corpulento se limitó a sonreír y sacudió negativamente la cabeza otra vez. —Estamos perdiendo un montón de tiempo y un montón de palabras, Rob –dijo—. Supóngase que usted nos dice lo que pasó. Díganoslo y yo le puedo asegurar a usted que nada más le sucederá. Usted está un poco incómodo, pero eso es todo. Tiene oportunidad de quedar libre alrededor de la medianoche y..., bueno, nosotros arreglaremos las cosas de forma que usted no pueda comunicarse con las autoridades por..., oh, pueden ser ocho o diez horas, pero eso es todo lo que le sucederá a usted.

—Eso me parece demasiada bondad —contestó Rob.

     La sonrisa desapareció del rostro del hombre fuerte. —Mire, Rob —dijo—. Si usted no coopera, las cosas van a resultarle malas; ellos van a ser duros con usted, y después que los muchachos hayan ido demasiado lejos, usted ya no va a poder contar lo que sucedió. Ellos obtienen siempre las informaciones que quieren, pero si tienen que ir demasiado lejos para obtenerlas, entonces..., bueno, póngase usted en el lugar de ellos. Usted no dejaría a un testigo detrás de usted que pudiera denunciar un secuestro y una diabólica tortura y realizar después la identificación de los autores. Ahora seamos razonables sobre esto.

Rob dijo: —Desde donde yo estoy sentado, mis oportunidades no parecen ser demasiado buenas en ningún sentido.

—¿Por qué no, Rob?

—Yo no puedo realizar la identificación.

     Por un momento los ojos del hombre fuerte fueron fríos y duros y después dijo claramente: —Usted continúe forzando su suerte y entonces puede estar seguro de que nunca más volverá a la circulación. Este río tiene aproximadamente unos cuarenta pies de profundidad y echándolo a usted en él sujeto con las cadenas y poniéndole además peso amarrado al cuerpo de forma que las burbujas nunca vengan a la superficie...

Rob dijo: —Usted puede hacer exactamente como dice, sin importar lo que yo diga. Lo que puedo asegurarle es que usted no juega limpio.

—Usted tiene que creer en mi palabra.

—Yo no creo que su palabra sea buena.

     El hombre fuerte se bajó despacio, se quitó el cigarro de la boca y cuidadosamente lo puso en un ángulo de la mesa, se quitó la chaqueta, se enrolló las mangas de la camisa y dijo: —Muy bien, joven compañero. Usted va a resultar lastimado. Así lo pidió. En cualquier momento que quiera que esto termine, ya sabe lo que tiene que hacer: decir exactamente lo que pasó.

     El hombre fuerte se inclinó sobre Rob. Su rostro había sufrido una completa transformación. Era un rostro endurecido y perverso, y la mano derecha, con los de dos abiertos, estaba moviéndose hacia el rostro de Rob. Se detuvo un momento con el dedo pulgar sobre el ojo izquierdo de Rob. Después, súbitamente, se paró y dijo: —¿Oiga, usted tiene una pluma fuente en su bolsillo?

—¿Y bien? —preguntó Rob procurando conservar su voz firme.

—¡Qué diablos! Ellos no lo han registrado a usted —dijo el hombre fuerte—. Vaya una endiablada forma de hacer las cosas. Los muchachos obtienen una pista y cuando la logran uno no puede depender de ellos en nada. Déjeme echar una ojeada y ver lo que tiene en sus bolsillos, hijo.

     Volteó a Rob hacía abajo y con toda naturalidad puso el pie derecho en las ligaduras de las muñecas de Rob, causándole tan gran dolor con el peso de su cuerpo, que Rob se retorcía.

     Sus manos buscaron en los bolsillos de Rob. —Pañuelo —dijo—. Dinero..., cómo, los malditos tontos, aquí está una navaja. Usted sabe, Rob, yo estoy cansado de arriesgar mi cuello tratando de hacer trabajar mi cerebro para un manojo de malditos tontos como estos... Los muchachos no piensan.

     "Ahora vea usted esa cuestión de inutilizarle su coche, metiendo cualquier cosa en el piñón..., esos estúpidos. Pero si les hubiera bastado con vaciarle de aire la rueda de repuesto y abrir la válvula en otro neumático de la parte de atrás, y así el aire se hubiera salido. Y entonces ellos se hubieran presentado como por casualidad cuando usted estuviera luchando contra dos neumáticos desinflados. Y hubiera sido la cosa más fácil entonces cazarlo a usted.

     "Después de agarrarlo, uno de los muchachos pudo haber llenado de aire de nuevo los neumáticos y llevarse su coche, y eso es todo lo que tenían que haber hecho. Después su coche hubiera quedado fuera de la vista. Pero en la forma que está ahora, ¿qué va a pensar el hombre del garaje cuando vea que alguien intencionalmente puso algo en el motor? Usted habrá desaparecido y su coche estará allí.

     "En la otra forma usted pudo haber desaparecido y su coche también y toda la gente se hubiera figurado que usted había huido. Desde luego ellos lo ataron a usted muy fuerte, pero usted pudo fácilmente haber colocado sus talones encima de la mesa y sacudirse como un cascabel hasta que esa navaja hubiera caído del bolsillo de su pantalón. Después usted se hubiera contorsionado hasta que sus dedos pudieran alcanzar la navaja y con ella cortar las cuerdas, sin que nadie se enterara de ello".

     Rob sintió como su cara se ponía roja con la indignación cuando comprobó cuán simple hubiera sido para él haber hecho precisamente lo que el hombre había dicho. Y nunca había pensado en ello.

     El hombre fuerte levantó su pie de las muñecas de Rob. —Muy bien, Rob —dijo—. Vamos a voltearlo para ver lo que encontramos en ese otro lado... Es un segundo, vamos a ver qué tiene en el bolsillo de la chaqueta... de ese lado. Oh, sí, una cartera, una licencia de conducir y..., oh espere un momento. ¿Qué es esto? Una libreta de notas.

     El hombre fuerte la tomó, se fue a corta distancia y volviéndose de forma que la luz le diera sobre sus hombros dijo: —Usted es un individuo meticuloso. Probablemente conservará los informes completos. Sí. Aquí estamos nosotros. Gastos..., el número de sus cheques de viaje, el número de su pasaporte. Ahora, Rob, sepa que si usted escondió alguna cosa, tengo el presentimiento de que hizo algún apunte de ella..., particularmente si usted la ocultó en la carretera. Ahora vamos a ver, Rob; pasaremos todas estas páginas de gastos y veremos la última página del libro de anotaciones. La última donde..., ¡bien, bien, bien! Aquí está un pequeño croquis de un plano de una carretera de intersección y..., bueno, ahora, Rob, yo creo que estamos empezando a conseguir el llegar a alguna parte. Si usted se ablanda ahora y me dice lo que significan esas marcas... no espere un instante. No tiene que hacerlo. Son la valla y esos números... Tienen que ser los números de los kilómetros de la carretera, exactamente la distancia a la intersección. Esos tienen que haber sido contados desde la valla y esta diagonal con las distancias en ella... ¿Cómo? Bendito sea su corazón, Rob, eso debe ser el signo de la carretera señalando matemáticamente las distancias. Bueno, ahora, Rob, eso ya está mejor, enormemente mejor. Infinitamente mejor.

     "Bueno, pues ahora, Rob, va a llevar un par de horas para que nosotros investiguemos esto, pero creo que ahora realmente tenemos la verdadera pista. Creo que real y verdaderamente estamos en lo cierto. Desde luego, puede ser una trampa, pero no lo creo así. Ahora, mire, Rob, se lo digo. Usted es un hombre mayor y nosotros podemos muy bien ser francos. Yo voy a enviar a uno de los muchachos para que echen una ojeada a ese lugar.

     "Si es una trampa, va a ser muy malo para usted, Rob. Usted sabe que yo no quiero ser melodramático y hacer un montón de teatro, pero si esto es una trampa, Rob, las cosas van a ocurrir en forma que no le gustarán. Hay un par de hélices viejas que pesan unos cuarenta y dos kilos cada una; están abajo en el cuarto de máquinas y hay montones de cable. Nosotros lo ataremos a usted con el cable y con esas hélices y lo echaremos al río, que tiene una profundidad como de cuarenta pies, para que se quede allí para siempre, Rob Vamos a arriesgar a una persona en esto. Si ese asunto está allí, una persona podrá encontrarlo. Pero si es una trampa..., bueno, Rob, nosotros estamos aquí y usted también esta aquí prisionero".

     El hombre fuerte hizo una pausa mirando a Rob, después levantó su pie derecho y tranquila y metódicamente le dio duras patadas a Rob en la rabadilla.

—Hable, ¿cuándo va usted a hablar? —dijo.

—No es una trampa —gimió Rob.

 

—Eso ya está mejor —dijo el hombre fuerte. Salió del cuarto cerrando la puerta con llave y dejando la luz encendida.

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