Chapter 15

     El policía del Estado se instaló agachándose en la zanja cubierto con una oscura manta, de forma que únicamente su frente, ojos y nariz quedaban fuera. Hacía frío. La humedad enfriaba todavía más el terreno y se filtraba en el cuerpo del policía a través de sus ropas y de la manta.

     Fuera, en la carretera, los coches zumbaban al pasar, haciéndose primero audibles desde la distancia, por el plañido de los neumáticos y el ruido del motor. El quejido se volvía mayor al acercarse y después las luces de los faros se hacían visibles brevemente, pasaba el resplandor y el coche desaparecía dentro de la espesa noche.

     El policía del Estado, cambió de posición dos o tres veces, para evitar que sus músculos se entumecieran. Miraba la resplandeciente esfera de su reloj de pulsera, esperando la hora en que podría cambiar de sitio con Moose Wallington.

     Por el momento, Moose estaba sentado en su coche de patrulla estacionado a un lado de la carretera, y en el otro lado de aquélla, dos millas más abajo, dos hombres esperaban tranquilamente, bajo órdenes tan estrictas que no les era permitido revelar ni la presencia de un cigarrillo encendido.

     Un coche viniendo del Este aminoró la marcha perceptiblemente, después salía fuera, al parecer sin dirección, a través del campo hasta das. Los destellos de un reflector danzaban y cruzaban la irregular parte del césped, obligando al policía del Estado que se hallaba dentro de la zanja a cubrirse enteramente con la manta.

     El teléfono de campaña de tipo militar colocado en el suelo entre sus pies, estaba conectado con otro teléfono por medio de un negro cable que se tendía a lo largo de la zanja a unas doscientas yardas, después salía fuera, al parecer sin dirección, a través del campo hasta alcanzar lo alto de una alambrada de púas de una cerca.

     El policía hizo girar la manija, y llevó el auricular a su oído. Casi instantáneamente, la voz del otro guardia que esperaba dijo:

—Hola, Larry, ¿qué pasa?

—Que he conseguido un cliente —dijo Larry—. Tengan los coches alerta.

—Muy bien. ¿Puede usted describir el coche?

—No todavía. Todo lo que puedo ver son las luces de un reflector inspeccionando el terreno. Ellos están buscando algo. Ahora, no cuelgue. Voy a atisbar.

     El guardia levantó suavemente una esquina de la manta y miró largo rato; después dijo: —Se están acercando. Han encontrado el poste con las señales y evidentemente están contando los postes de la valía. Están mirando al terreno, ahora. Es un sedan negro..., un coche grande. Puede tener cristales a prueba de balas.

—¿Cuántos son ellos?

     —Hay uno esperando con el reflector y también veo a otro más... Espere un minuto, el otro parece una mujer.

     —Muy bien. Espere un momento así —le dijo el hombre del otro extremo del hilo. Este llamó a la Jefatura de la Policía del Estado a cincuenta millas y por la radio dio una señal y continuó: —Coches dieciséis, diecinueve, señal especial veinticuatro.

     Instantáneamente dos coches de patrulla del Estado conectaron el arranque del motor y lo pusieron en marcha, de forma que pudieran estar preparados para la persecución. El instructor regresó al teléfono y Larry, agachándose tanto como le fue posible, dijo: —El hombre empezó a excavar ahora. La mujer parece que se fue por el otro lado de la carretera a ese huerto. No la veo a ella ahora.

—Muy bien. Manténgase al habla. Voy a comunicarlo.

     Larry pudo oír al instructor diciendo por el otro teléfono de la radio al expedidor: —Muy bien, envíe nuestra señal especial veinticinco —y un segundo después de eso, los coches de patrulla que estaban esperando oyeron la voz del expedidor de la Jefatura diciendo con esa peculiar monotonía con la que todos los operadores de radio dan las más excepcionales noticias: —Coches dieciséis y diecinueve, señal especial veinticinco, contesten confirmándolo a la Jefatura.

     En cosa de segundos ambos coches habían informado, diciendo que habían recibido las señales especiales veinticuatro y veinticinco y que estaban preparados para salir.

     Agachado en el terreno, Larry esperó hasta que la pala del hombre que excavaba hubo tropezado con el metal que protegía la cubierta. Luego, breves momentos más tarde, vio que la linterna se apagaba de repente y una figura se metió en el coche. Larry dijo al teléfono: —Estaría preparado para dar la próxima señal si no fuera por esa mujer. Ella cruzó la carretera y no ha regresado.

—¿Listo para la señal veintiséis con el hombre?

—Muy bien.

—Bueno. El no puede escapar. Esperaremos un minuto a ver si los cazamos a ambos cuando la mujer regrese.

     —Oiga, espere un momento, ella no regresa —dijo el guardia—. Ella se fue a espiar. Mejor será que cacen a este hombre. Está poniendo en marcha el motor. Dé la señal veintiséis.

     Al otro extremo del teléfono el guardia oyó la voz de Moose Wallington dirigiéndose al expedidor central: —Coche siete, llama a la Jefatura para que la señal especial veintiséis sea dada a los coches dieciséis y diecinueve.

     El guardia que se ocultaba dentro de la zanja había esperado demasiado tiempo a que la mujer regresara. El hombre sentado al volante del sedan grande, tenía ahora el coche en movimiento.

Echado en el suelo sobre la manta, el guardia empuñaba su revólver teniéndolo a punto y se arrastró saliendo de la zanja hasta llegar al alambre de púas.

Repentinamente, enfocó el coche con una linterna.

—La Policía del Estado –grito—. ¿Qué le pasa?,

—Nada, oficial.

—¿Por qué se detuvo usted?

—Por nada.

—Espere. Quiero inspeccionar su licencia.

El coche arrancó con una sacudida brusca.

Larry apuntó su revólver, pero, sonriendo, reservó la bala.

     El coche literalmente, volaba metido en la noche, rumbo al Este. El hombre que iba en el asiento del conductor, con la cara blanca y tensa, atravesó con el coche hasta la carretera en breves segundos, conservando el pie en el acelerador.

     El policía del Estado se detuvo esperando. Su linterna iluminó poderosamente el huerto del otro lado de la carretera. Le pareció ver allí como un remolino de apresurados movimientos, pero no estaba seguro de ello. El huerto estaba en terreno inclinado. Detrás de él había un matorral de espesa vegetación.

El policía continuó enfocando su linterna en un círculo. Pero no descubrió nada.

     El hombre que iba en el coche huyendo, respiró profundamente. Su corazón estaba latiendo aceleradamente y su boca estaba seca. Había estado muy de cerca de caer en manos de la policía pero había conseguido huir. Ahora estaba libre.

     Después los faros de su coche descubrieron repentinamente los coches de la patrulla de la policía, uno de cada lado de la carretera. Una luz roja iluminó los ojos del asustado conductor.

     El hombre sacó un revólver del bolsillo de la cadera. Sus labios se apretaron. Su pie se clavó en el pedal del freno. El coche rechinó al patinar y parar.

     Moose Wallington se dirigió al conductor y el otro policía caminó del otro lado del coche con precaución.

El conductor, bajando la ventanilla, dijo: —¿Cuál es la causa de todo este jaleo?

—Eso mismo es lo que nosotros queremos saber —dijo Moose Wallington—. ¿Por qué no paró usted cuando se lo ordenó el otro guardia?

     El conductor rió y dijo: —Ese muchacho no era un policía. Era solamente un pájaro de cuenta gastándome una broma.

Moose abrió la puerta por el lado del volante: —Déjeme ver su licencia.

—Muy bien, guardia. Aquí está —dijo el hombre mostrando el revólver a través de su solapa.

     Lo que sucedió después se produjo con increíble rapidez. La gran manaza de Moose Wallington se descargó sobre la muñeca del individuo. El revólver fue desviado y cayó a tierra, el brazo del individuo se dobló vencido e impotente y aquél fue sacado fuera del coche dando traspiés.

     Moose Wallington dio un puntapié al revólver apartándolo a un lado, y con toda precisión sacó de su cinturón las esposas.

Detrás de él estaba el otro guardia que había permanecido cerca iluminando la escena con los reflectores rojos.

—Todo está bien —dijo Wallington.

     Dos minutos después la Jefatura de policía recibía la señal siguiente: —Coche diecinueve con señal especial treinta y uno, sedan negro con una persona, número de la licencia del sedan 6LB4981.

El operador repitió el número.

Moose Wallington informó: —Llevamos con nosotros al prisionero.

     —Muy bien. El Departamento Federal de Narcóticos, ha sido notificado del caso y sus agentes estarán aquí. ¿Alguna resistencia?

—No hablemos de ello —dijo Con naturalidad Wallington—. Permítanme continuar aquí otros quince minutos antes de partir. Queremos ayudar a rastrillar el terreno por causa de una mujer que parece ser que se ha escapado. Aparentemente ella vio algo que debió alarmarla.

—¿Consiguió usted las pruebas? —preguntó el operador.

—Sí, aquí están.

—Muy bien, busquen a la mujer. Yo haré una transmisión especial.

     Después de esto una verdadera lluvia de luces producida por las linternas de los policías rastrillaban el campo, pero lo hacían en vano.

     La voz del operador, sin embargo, dispersaba por todo el distrito la noticia de que había por allí personas sospechosas. Llamó a todos los coches y les dijo: —Cerca del cruce de las carreteras del Estado números 40 y 42 con clasificación A. B. Norte, trescientos setenta y dos Este, una mujer escapó por una barranca y puede ser que se encuentre pidiendo a los automovilistas de paso que la lleven de favor. Investiguen todos los coches que sean conducidos por mujeres, hagan una revisión de rutina. Detengan para interrogarías a todas las mujeres que se encuentren en las carreteras pidiendo ser llevadas de favor. Todo esto será de suprema importancia en la próxima media hora.

     Aquí y allí los coches de patrulla se concentraron en el área indicada. Cientos de motoristas fueron detenidos para una revisión de rutina de sus licencias de conducir.

     Pero la mujer había desaparecido, haciendo una magnífica escapada. Dos mujeres que se encontraban en la carretera solicitando de los automovilistas que las condujesen de favor, fueron detenidas por la Policía del Estado para interrogarías, pero ninguna era aquella que la policía buscaba. Cada una de ellas pudo probar que estaba viajando de favor en un coche en el mismo momento en que la patrulla del Estado había estado investigando para ver si detenían una mujer a quien ellos describían como joven y atractiva... juzgando la figura de ella por la forma en que se movió al apearse del coche cuando fue descubierto el escondrijo de los narcóticos.

     Con eso la policía ya tenía a Rob Trenton. Sin embargo, ellos creyeron justificado el comprobar si la mujer era la misma que había hecho el viaje recientemente con él a Europa.

     El único impedimento era aquel Harvey Richmond, un as como investigador de narcóticos, quien había estado trabajando en este caso y que no había podido ser localizado. Las palabras del informador de la policía fueron: "Que no estaba inmediatamente disponible. Que seguramente estaría investigando una pista caliente, tan caliente que esperaban hacer una redada de arrestos a medianoche", y le pidió a dos policías de la patrulla del Estado para que estuvieran preparados para esa hora.

     El Coronel Miller C. Stepney se paseaba por su despacho pensativamente analizando los informes que le habían sido emitidos por todos los policías de la región. El hombre que había sido detenido se negaba hablar. La licencia de conducir mostraba que su nombre era Marvus L. Gentry. Tenía en su posesión los paquetes envueltos en papel aceitoso, que habían sido dejados en el lugar de la escena para servir como cebo para la persona que pudiera regresar a recogerlos. Por el momento no había nada que relacionara a Marvus L. Gentry con cualquier persona o cualquier punto del Estado. Tenía una licencia de conducir de fuera del Estado y mientras no fuera hecha la clasificación de sus huellas dactilares para compararlas, pasarían varias horas antes de que se lograse cualquier resultado definitivo. Sus maneras, sin embargo, eran las de un veterano ladrón. Estaba sentado, completamente estirado y conservaba su boca silenciosa y cerrada en un firme rictus de silencio.

     El Coronel Stepney deliberaba sobre la posibilidad de que la lista de los pasajeros le proporcionase más información sobre los compañeros de Rob Trenton en la excursión a Europa. Este asunto había sido de la exclusiva incumbencia de Harvey Richmond, y era contrario al criterio de Harvey Richmond el hacer informe alguno hasta que el caso estuviese completamente en sus manos. Richmond era un policía especializado en narcóticos y las relaciones de él con la Policía del Estado consistían en clasificar los narcóticos trabajando en la diferente ejecución de leyes de las agencias. Mientras él no pudiera dar informes más detallados a sus inmediatos superiores, ciertamente adoptaría una actitud enigmática para con la Policía del Estado.

     Bajo tales circunstancias, conociendo cuán fácil era estropear el juego actuando con demasiada impaciencia, y cuán desastrosas pueden ser las preguntas prematuras, el Coronel Stepney decidió dejar todo así hasta que supiera de Harvey Richmond. Después de todo, la Policía del Estado tenía en su poder el depósito completo de narcóticos que había sido anteriormente enterrado por los contrabandistas. No había forma de comunicarle esta información a Harvey Richmond. Sin embargo, Richmond, sin duda alguna, pronto llamaría.

 

Y mientras tanto, el Coronel Stepney paseaba por su despacho esperando.

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