Chapter 16

     Hacía ya horas que había oscurecido, cuando Rob Trenton oyó que se acercaba un coche hacia allí. Juzgando por el ruido del motor, éste había estado trabajando a gran presión.

     Pocos momentos después oyó pasos rápidos sobre las tablas del embarcadero, exactamente del lado exterior de la ventana redonda del camarote en donde él se encontraba encerrado.

     Había algo muy familiar en aquellos pasos. Lo rápido, lo nervioso del golpe, la ligereza, el breve pisar..., sí, algo. Eran los pasos de una mujer. ¿Seria acaso...? Rob se esforzó para ponerse en posición de sentado, y escuchó lleno de esperanzas.

     Oyó el sonido de voces excitadas y después el susurrar de una conferencia. Los pasos de la mujer se volvieron a oír cuando aquélla regresó al embarcadero. Después Rob oyó fuertes pasos viniendo hacia su cuarto. Los pasos eran de hombres que parecían estar caminando de manera irregular y con gran esfuerzo, como si llevaran cargado algo muy pesado.

Los pasos se aproximaban a su cuarto. Evidentemente eran pasos de hombres transportando algo de considerable peso.

     La cerradura se corrió al ser metida la llave. La puerta fue abierta a puntapiés, y Rob vio sólo los rostros sonrientes de dos hombres, llevando cada uno una hélice de acero, las cuales aparentemente pesarían unos treinta y siete o cuarenta kilos cada una. También llevaban varios metros de cable.

     Los hombres se mantenían notoriamente silenciosos cuando arrojaron aquellos objetos en el suelo, volviéndose para salir sin decir una palabra.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntó Rob.

     —Demasiadas cosas —dijo uno de los hombres—. Usted se creía que era muy mañoso. Muy bien, compañero, usted pagará por eso cuando empiece a hacer burbujas.

—Vengan aquí —dijo desesperadamente Rob—. Eso no era una trampa...

     —Oh, claro que no —dijo uno de los hombres sarcásticamente—. Pero ocurrió que la Policía del Estado estaba esperando allí. Y solamente ocurrió que agarraron a mi compañero. Bien, usted hizo el primer truco. Veremos a ver ahora cómo hace el resto de los trucos.

     Los dos hombres abandonaron el cuarto, cerrando la puerta de un golpe cuando salieron. La llave, una vez más, dio vuelta en la cerradura.

     Rob sabía por la expresión de los rostros de los hombres, de quienes ya había visto los métodos, que no podía esperar piedad de ellos. Esos hombres lo arrojarían al río. Ellos habían llevado el juego hasta el final y ahora, en pocas horas, se dispersarían a los cuatro vientos, escondiéndose en lugares secretos, antes de que la Policía del Estado y el Departamento Federal de Narcóticos pudiera difundir informaciones completas de ellos.

     Con aire lúgubre, Rob contemplaba las dos hélices de acero y el cable tan silenciosamente elocuentes y que estaban destinados para él. Sabia ahora que aquellos hombres no pensaban dejarlo vivo en el barco.

La seguridad de esto le produjo cierta desesperación.

     Y volvió a pensar con rabia en la oportunidad que había perdido cuando tenía la navaja en su bolsillo. Nunca se había encontrado en una situación semejante a ésta, y como resultado de ello creía, cuando lo pensaba, que estaba golpeando contra una pared de piedra. Al mismo tiempo se dio cuenta de que ahora o usaba toda la concentración y el ingenio que poseía, o después ya sería demasiado tarde.

Sus ojos vagaban por el cuarto sin encontrar absolutamente nada que le sirviera de inspiración.

     Entonces, repentinamente, pensó en el vaso. Ese vaso que estaba en una esquina de la mesa donde el hombre lo había dejado cuando Rob terminó de beber, y poco antes de empezar a registrarle los bolsillos. Los resultados de esa busca habían sido tan importantes, que el hombre había olvidado por completo el vaso.

     Rob se retorcía y se enrollaba, arrastrándose parecido a una devanadera, hasta que tuvo sus pies apoyados contra las patas de la mesa. Después los levantó sacudiéndolos como un pez desesperado por liberarse del anzuelo. La cuerda tiraba de sus muñecas con una fuerza tal, que amenazaba llevarse parte de la piel cada vez que él daba patadas; el choque hizo caer de la mesa al vaso de agua y rodar por el suelo, pero no se rompió.

     Rob se acercó al vaso, lo levantó con la punta de los dedos de sus manos atadas y después, arrastrándose, regresó, colocándose lo más cerca que pudo de las hélices de acero y empezó a golpear el vaso contra una de ellas.

     Al segundo golpe el vaso se rompió en pedazos y Rob colocó sujeto uno de aquellos fragmentos circulares y cortantes entre la hélice y la pared; después, tendido de espaldas, empezó a cortar la cuerda que ataba sus muñecas.

     Le resultaba difícil el mover sus brazos y al mismo tiempo conservar el vaso cortando en un mismo sitio, pero continuó serrando hasta que hubo cortado la cuerda que tenía en sus muñecas en media docena de puntos y pudo sentir el calor de la sangre corriendo por sus dedos; parecía que sus entumecidos músculos no podrían por más tiempo soportar ese doloroso empujar y tirar cada vez que frotaba la cuerda para romper uno de los hilos de ésta con el vaso.

     Después, cuando ya parecía casi imposible realizarlo, la cuerda se rompió repentinamente y Rob estiró sus entumecidos brazos y pudo desatar sus tobillos, ponerse en pie y recobrar la flexibilidad en sus músculos. El recobrar la circulación le hizo sentir como si sus extremidades estuvieran llenas de agujas.

     Pudo oír gentes moviéndose en las cercanías, en el interior del gran barco. Puertas que eran golpeadas, pasos que retumbaban en los pasillos y después subiendo las escaleras. Hasta entonces, y por en cuanto, Rob bahía permanecido sin ser molestado, pero sabía que de un momento a otro ellos vendrían ya por él. Se sentía como un hombre condenado a muerte en una lancha, esperando por las pisadas fuertes que sonarían como una solemne marcha fúnebre de muerte.

     Rob arrastró la mesa hasta cerca de la puerta cerrada con llave, desenredó la cuerda que había sido usada para atarlo a él y después la unió atando los pedazos unos a otros, encontrándose con que tenía una cuerda de unos diez pies de largo. Rápidamente anudó una de las puntas de la cuerda a una de las pesadas hélices de acero, se puso en pie y trató de levantar la pesada hélice y ponerla encima de la mesa y de allí subirla hasta colocarla balanceándose sobre una pequeña viga de madera que cruzaba directamente por encima de la puerta, a unos dos pies detrás del marco de aquélla.

     Después, tranquilamente, Rob se bajó de la mesa, agarró la otra hélice y puso todo su esfuerzo en lograr colocar también esta hélice en la misma posición, balanceándose y encima de la otra, ambas directamente sobre la puerta y sujetas con la delgada cuerda.

Rob echó la cuerda al suelo, se agachó y moviendo la mesa hacia atrás se paró allí, tomó la cuerda y esperó.

Pero no tuvo que esperar mucho tiempo.

Oyó pasos viniendo hacia la puerta.

     La forma en que fue girada la llave desde el otro lado, Indicaba el estado de ánimo del hombre que llegaba para entrar en el cuarto. Y ese hombre estaba con un genio violento e intratable. El pasador fue descorrido con un golpe seco y rencoroso

Rob, de pie, podría ver detrás de la puerta cuando ésta se abriera.

     La puerta fue abierta de una patada, El hombre corpulento, de pie en el umbral, no pudo ver inmediatamente a Rob. Dio un corto paso hacia el interior del cuarto y dijo: —¡Qué demonios es esto!

     Rob tiró de la delgada cuerda con una fuerte y rápida sacudida. El hombre tuvo la sensación de la amenaza sobre él, e iba a retroceder, pero ya fue demasiado tarde. Ochenta kilos de acero cayeron inesperadamente sobre su cabeza y hombros. Se derrumbó con un fuerte gemido.

Rob se abalanzó a él.

     No tenía tiempo en esos momentos de preocuparse de escrúpulos de conciencia. La figura del hombre fuerte estaba tendida en el suelo sin movimiento, inmóvil salvo por una pesada y profunda respiración. El encendido habano que al entrar tenía en su boca, había rodado unas cuantas pulgadas y todavía resplandecía, enviando a lo alto una espiral de azul y aromático humo.

     Rob se inclinó sobre el cuerpo y por el momento le pareció que sus dedos estaban aún torpes. Se dio cuenta cuán difícil era registrar a otra persona. De uno de los bolsillos laterales del pantalón, Rob recuperó su navaja, la que sabía que estaba afilada como una hoja de afeitar, y después, volteando al hombre al otro lado, le encontró un alma de fuego, la cual quitó de la funda.

     Rob escuchó pero no oyó nada. Trató de empujar el pesado cuerpo del hombre a un lado cerca de la puerta. Pero era demasiado trabajo. Entonces lo arrastró dándole vueltas hasta que lo puso enteramente en el umbral de la puerta. Después empujó también las hélices de acero.

     El conocimiento volvía a aquel individuo y éste empezaba a moverse. Sus músculos se crisparon bruscamente. Lanzó quejidos, intentando abrir los ojos y tratando de sentarse.

     Rob salió, cerró la puerta de un golpe y le echó el pasador del cerrojo con la llave que había sido dejada en la puerta de afuera y se guardó ésta después en el bolsillo. Agarró con su débil mano la pistola automática de la que se había apoderado y caminó rápidamente dirigiéndose por el pasillo; después, de prisa, subió las escaleras que iban a la cubierta del barco.

     Allí no había luz visible de ninguna clase, y Rob dedujo que a esto era debido el que él no hubiera tenido luz alguna en el cuarto donde estuvo encerrado. Pero al resplandor de las estrellas pudo ver claramente la forma del barco y comprobar que era, como él se lo había supuesto espacioso y grande.

     No parecía que hubiera nadie en la cubierta. Gateó por la cubierta principal y saltó al embarcadero, siempre con la pistola en su mano. Tenía la seguridad de que allí había un escalón para pasar y se deslizó preparado para cualquier contingencia. No se hacía ilusiones. Ahora se encontraba luchando por su vida.

     El barco estaba amarrado al muelle por la popa y la proa y había una ligera corriente contra el pequeño embarcadero, escondido por una arboleda, y al cual el barco estaba amarrado. Decidió aprovecharse de la oportunidad ganando más tiempo para hacer su huida lo más segura posible.

     Corrió por la arboleda y usó la afilada navaja para cortar por la parte de la proa las fuertes amarras que sujetaban el barco al muelle. Después de dejar atrás la línea de proa, empujó las amarras y las lanzó al agua. Observando, pudo recrearse en ver que casi instantáneamente se produjo una brecha oscura y de unas pocas pulgadas de ancho entre el barco y el embarcadero. La brecha se ensanchaba constantemente.

     Volvió a los árboles, pero se quedó paralizado cuando oyó un automóvil viniendo en dirección de la carretera. Fuertes reflejos se veían a través de los árboles, después fueron extinguiéndose y por fin se apagaron. Rob oyó aún el ruido del motor durante un par de segundos y después todo quedó en silencio. Se encontraba ahora acorralado y entre dos fuegos.

     Tan absorto se había quedado con esta amenaza a su espalda que momentáneamente alejó los ojos de la cubierta del barco. Cuando volvió a mirar vio una figura que estaba corriendo a lo largo de la cubierta.

—¡Oiga! —le gritó el hombre.

     Rob sabía que él constituiría una sombra confusa a la luz de la luna aunque probablemente algo menos confusa que la del hombre que estaba corriendo hacia él. La proa se había alejado claramente del muelle, pero la popa todavía estaba cerca de aquél y había una oportunidad para el hombre de saltar a tierra, agarrar la soga de la popa, amarrar de nuevo el barco, dar la señal de alarma y después atrapar a Rob.

Trenton, volviéndose, empezó a correr.

—¡Oiga usted! —gritó el hombre de la cubierta—. ¡Vuelva aquí!

—Muy bien —le gritó por encima del hombro Rob corriendo ya hacia tierra adentro.

     Miró para atrás y vio que el hombre había girado y ahora estaba corriendo hacia la parte de atrás del barco, aparentemente preparado para ejecutar alguna maniobra a la cual Rob temía. Si al menos él tuviera algún medio de poder distraer la atención del hombre o de dejarlo inmóvil por algunos segundos, el barco entonces podría ser lanzado por la corriente hacia el medio del río y la brecha sería ya tan ancha que el hombre tendría que saltar al agua y nadar para poder llegar al embarcadero. Y cuando pudiera realizar esto, ya el barco se habría alejado lo suficiente y sería demasiado tarde para que pudiera recobrar la delantera que Rob le llevaba. Tendrían que emplear unos quince o veinte minutos para poner en marcha el motor y para que el barco fuera traído de nuevo al muelle y poner otra vez las cosas en orden en el mismo.

—Alto —gritó Rob—. Queda usted detenido —añadió después de pensar un instante.

El hombre seguía corriendo.

     Rob apretó el gatillo de la pistola automática y disparó dos veces a ciegas. Vio salir del cañón del revólver lenguas de fuego de color naranja, se sintió ya más tranquilizado y rechazó el temor de si realmente su atinada artimaña había surtido efecto sobre el hombre de la cubierta. Por todo lo que él podía apreciar a la luz de las estrellas, el hombre había cesado de correr y se había echado todo lo largo que era en el suelo de la cubierta del barco.

     De momento Rob estaba ya libre del muelle y pudo ver que el barco se balanceaba completamente, y estaba ahora bastante lejos del embarcadero y la corriente lo llevaba hacia el medio del río.

     Rob volvióse de nuevo y corrió protegido por la sombra de los árboles llevando la automática en la mano, presto a disparar.

     En el sitio donde las sombras de los árboles eran más espesas y donde la negra tierra era más suave y silenciaba sus pasos, Rob se detuvo y esperó para comprobar la situación, tratando de localizar el lugar donde el automovilista había dejado el coche.

Pudo oír a alguien corriendo, a alguien viniendo hacia él desde el lado de la carretera.

     Rob se escondió detrás del tronco de un árbol corpulento. Por todo lo que desde allí pudo deducir, era sólo una persona la que Corría en su persecución.

Miró hacia atrás en dirección al barco y se quedó repentinamente rígido.

     Una espiral de rojiza luz estaba saliendo del puente del barco, éste se inclinaba ya y, según Rob podía ver, una faja de llama color naranja flameó con gran resplandor y se extinguió momentáneamente, pero luego volvió a aparecer más fuerte que antes. Poco después se produjo allí algo similar a una tenue explosión y las llamas parecieron ráfagas de cadenas arrastrándose por la cubierta en la proa del barco. Diez segundos más, y todo el puente del barco era ya una mole de llamas.

     Rob observaba como el barco era llevado por la corriente del río y como las llamas ascendían rugiendo al cielo. El barco, gradualmente, se acercaba más y más al centro del río hasta que un violento resplandor fue lanzado no sólo hacia las bajas nubes que venían del Sur y seguían el curso del río sino también a las arremolinadas aguas de aquél. El color rojo del fuego iluminaba la línea del muelle al cual el barco había estado amarrado, así como también las ramas de los árboles. Entonces, mientras Rob contemplaba esto, una mujer se detuvo más allá de los árboles a la orilla del río destacando su silueta contra aquella roja llamarada. Una mujer que, a juzgar por su tenue figura y suave gracia, era joven y pequeña.

Rob pudo verla sólo de espaldas a él. La silueta, recortándose contra el reflejo del barco incendiado, parecía inmovilizada por él fuego y aparentemente hipnotizada, absorta por entero y ajena a todas las cosas menos al latido crujiente de las llamas rugiendo hacia el cielo desde el río.

     Rob echó el seguro a la pistola automática, de forma que no fuera a disparársele inesperadamente. Dándole la espalda al fuego aprovechó la luz de éste para guiarse, descubrió un camino y deslizándose tan despacio como le fue posible, atravesó el borde del arbolado un poco más cerca del río y llegó a la carretera, encontrando allí el sedan grande y negro, parado y con las luces apagadas, pero con el motor en marcha de forma que esto venía en su ayuda.

     Rob aprovechó la oportunidad. Se metió en el coche, cerró la puerta de un golpe, y a tientas encontró la llave de las luces, las encendió y con suavidad puso en movimiento el coche y lo condujo rápido hasta que encontró el camino pavimentado.

     No tenía idea de en qué dirección había corrido y únicamente sabía que había localizado el Norte y el Sur. El gran río estaba en el lado Este del Estado, actuando como frontera entre ese Estado y el otro vecino, y Rob estaba en la margen Este del río.

 

     Dio la vuelta hacia el Norte y exactamente al doblar y a metro y medio de distancia llegó a un puente levadizo. Girando al Este, cruzó el río y después volvió al Sur. Creyó cierto que estaba ahora completamente al Norte de Noonville.

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