Chapter 17

     El gran sedan se deslizaba suavemente a moderada velocidad. Rob volvió sus ojos hacia los iluminados instrumentos en el tablero de mandos y vio que el tanque estaba lleno de gasolina, que el aceite circulaba bien, que el generador mantenía la aguja a cero aun con todas las luces encendidas y que el cuenta kilómetros indicaba que el automóvil solamente había rodado unos trece mil kilómetros.

     Tenía magníficos caballos de fuerza encerrados bajo la carrocería y con una ligera presión del acelerador, Rob sintió que el auto se lanzaba vigorosamente a vanguardia.

     Llegó a la carretera de intersección, vio un letrero y por él supo que se encontraba en la carretera precisa, y entonces ya empezó a lanzar el coche a velocidad.

     Mirando afuera por el lado derecho del río, pudo ver una llamarada grande y roja entre las bajas nubes. Oyó el gemir de una sirena y vio la luz roja de un reflector cuando una bomba rural de incendios llegó por una carretera lateral y, dando vuelta hacía el Norte, dirigióse audazmente en dirección adonde se alzaban las rugientes llamas.

Rob aminoró la marcha del coche, conduciendo éste dentro de la velocidad legal.

     Le llevó algo más de una hora el llegar a Noonville, y entonces, por una corazonada, estacionó el coche al lado de la carretera a unos trescientos metros del lugar en donde él tenía su pequeña hacienda y las perreras.

     Cerró con llave el coche, se guardó aquélla en el bolsillo y empezó a caminar con precaución hacia su casa, teniendo cuidado de ir despacio y por los senderos secundarios familiares, escogiendo el camino de forma de llegar a las perreras por la parte posterior de aquéllas.

     Primero las vio cual una larga línea de edificios semejando sombras proyectadas contra las dispersas estrellas, oyó el gruñido de uno de los perros y el impaciente e inquieto movimiento de los otros.

     Rob les habló con suavidad, tratando de mantenerlos quietos y que no empezasen a ladrar armando una infernal algarabía. —Quietos, muchachos, quietos —les dijo.

Los perros reconocieron su voz. Uno de ellos ladró alegremente con un solo y alegre ladrido de bienvenida y después, obediente a las órdenes de Rob, se quedó callado.

     Los otros perros —todos ellos ya más viejos— permanecieron tranquilos, pero Rob pudo oír el ruido de sus movimientos y sabía que sus colas estaban moviéndose en la oscuridad. De vez en cuando oía como un lloriqueo bajo. Los perros percibían la tensión del momento por la voz de él.

     Rob se detuvo y después caminó directamente frente a las perreras, se paró frente al enrejado de alambre de éstas y volvió a hablarles a los perros infundiéndoles calma.

     Echó a andar decidido hacia la casa, cuando un gemido a su derecha le hizo detenerse.

     Estaba demasiado oscuro allí para poder ver, pero en aquel gemido había algo extraño y urgente y Rob se dirigió despacio, a través de la oscuridad, hacia el lugar de donde provenía el ruido, hasta que oyó un arrastrar de cadenas. Momentos después ya pudo ver la silueta de un perro tirando violentamente de una cadena, poniendo en tensión cada músculo de su cuerpo para lograr tocarlo. El hocico del perro husmeaba al propio tiempo que una serie de bajos, casi inaudibles gemidos, salían de la garganta del animal.

Rob dio un paso hacia el perro, tendió la mano para poner sus dedos en el frío hocico de aquél y cuando estuvo a su lado dijo:

—¡Pero, cómo, si es Lobo! ¿Qué haces aquí encadenado, Lobo?

Lobo avanzó su hocico basta tenerlo debajo del rostro de Rob y después se agachó para que éste le quitase la cadena.

     Rob se preguntaba qué habría obligado a Joe a atar a Lobo y dejarlo fuera de la caseta con una cadena; le quitó ésta y el animal se echó adelante metiendo la cabeza entre las manos de Rob.

Después, cuando Rob lo acarició, el perro se estiró y empezó a olfatearlo.

—Bueno, vamos, viejo compañero. Iremos a casa ahora.

Dio un par de pasos en esa dirección.

Lobo retrocedió y gruñó.

—¿Qué pasa, compañero? —le preguntó Rob sintiéndose instantáneamente sospechoso.

     Lobo se mantuvo inmóvil, con la cola levantada y rígida y la nariz olfateando adelante. Cada músculo del perro estaba tieso mientras aquél apuntaba directamente a la casa. El animal lanzó de nuevo un gruñido bajo, casi inaudible.

     Rob se dio cuenta repentinamente de que al haber Joe atado a Lobo con una cadena en las vecindades de la perrera, era que había querido transmitirle algún mensaje por medio del perro.

     En el momento en que Rob tratase de aproximarse con precaución a la casa y hallase a Lobo encadenado fuera de las perreras, tenía que pensar que algo anormal ocurría. Sólo esa podía ser la razón por la que Joe hubiera hecho lo que hizo: encadenar al perro fuera y no en una perrera, sin abrigo alguno en el campo y teniendo únicamente por techo el firmamento. Alguien, con seguridad, le había ordenado que amarrase al perro. Alguien que no quería que estuviese suelto. Y ese alguien se encontraba de momento en posición de ordenar.

     Rob se agachó y se mantuvo en esta posición. Avanzó silenciosamente hacia la casa, la cual se encontraba completamente a oscuras salvo por la luz que alumbraba en la cocina. Las cortinas de ésta se hallaban echadas, pero llegaba la claridad suficiente a través de la ventana de la despensa para que Rob pudiera fijar de donde esa luz procedía.

     Pulgada a pulgada y con precaución se fue acercando a la casa y se quedó inmóvil cuando vio una silueta que se movía entre él y el reflejo de la luz que venia de la ventana de la despensa. Alguien estaba vigilando la casa y ese alguien era un policía, sin duda alguna a juzgar por sus hombros cuadrados, típicos de un uniforme oficial. El pelo del perro se puso tieso como si fuera púas de alambre y arrimándose contra Rob gruñía claramente.

En un instante Rob Trenton analizó un plan de retirada.

     —Muy bien, Lobo —le susurró, y dando vuelta regresó hacia las perreras, después dio vuelta por detrás de aquéllas y salió a la carretera enlodada, que era paralela a la carretera principal y que estaba a unos doscientos metros detrás y donde Rob acostumbraba a hacer muy a menudo ejercicios con sus perros.

Volvió marchando en ángulos precisos, llegó al fin a la carretera principal y después, avanzando con precaución, se dirigió al lugar en donde había dejado el coche.

     Mantuvo su mano en el cuello de Lobo para comprobar si había algún peligro al frente, ya que de haberlo los músculos del animal se pondrían tiesos y algún gruñido bajo le advertiría que en la oscuridad se ocultaba un potencial enemigo.

     Pero Lobo se mantenía más bien tranquilo al lado de Rob, olfateando las profundas y misteriosas sombras, y no dio señal alguna de que hubiera nada peligroso adelante. Cuando Lobo vio el sedan grande estacionado, se paró repentinamente, levantó la cabeza, olfateó el aire con cuidado y después, ya convencido de que no había ningún olor hostil en relación con el coche, dejó que Rob se acercase al vehículo. Cuando comprobó con el olfato junto al sedan el olor de Rob, se acercó a él y empezó a mover la cola despacio indicando que ahora ya sabía que el peligro había pasado.

Rob abrió la puerta del frente del coche y dijo: —Muy bien, Lobo.

     El perro saltó rápido a la parte delantera del coche, y vaciló sólo el tiempo indispensable para saltar después graciosamente al asiento de atrás, donde se acomodó con un profundo suspiro de alegría.

     Rob cerró la puerta, encajó la llave de encendido del motor, pero no encendió las luces hasta que hubo dado una vuelta completa al coche y lo situó en dirección a Falthaven de nuevo. Después encendió ya las luces y otra vez lanzó el auto a velocidad normal.

     Una mirada al reloj en el tablero le reveló que sus maniobras en relación con la subrepticia aproximación a su casa le habían costado aproximadamente cuarenta y cinco minutos de precioso tiempo. Sabía que las horas de su libertad estaban contadas. Pronto sería llamado para dar una amplia explicación de lo ocurrido y de momento se daba penosamente cuenta de que cualquier explicación que pudiera presentar estaría muy lejos de ser convincente.

     Una vez más echó mano a la pistola automática que guardaba en el bolsillo de atrás del pantalón, bajó la ventana del coche e inició un ademán para tirarla a un lado de la carretera. Pero entonces, lo pensó mejor.

     La policía, sin duda alguna, lo estaba buscando por cuenta propia y los miembros de la cuadrilla de contrabandistas lo estarían buscando por la suya.     Podía esperar muy poca consideración en lo tocante a su libertad por parte de la Policía del Estado, y podía esperar aún menos, en lo concerniente a su vida, por parte de los contrabandistas. Iba guiando lo que probablemente era un coche robado, y puesto que la pistola que tenía en su poder era un arma confiscada, pensó que mejor le sería conservarla para su propia protección que confiarse demasiado, dada la situación en que a estas alturas se encontraba aquel juego siniestro.

     Consciente plenamente del hecho de que el número de matrícula del auto que iba conduciendo podía estar en estos momentos siendo difundido por la radio policíaca para que lo capturaran los coches de patrulla, dio vuelta en Falthaven y se deslizó suavemente pasando frente a las fachadas de los establecimientos que ahora estaban oscuros y silenciosos.

     En la intersección, la señal de tráfico estaba ajustada de modo que solamente una luz naranja advertía a los coches de ambas direcciones que fueran con precaución. Rob dio vuelta en la calle de Robinson y deslizó el coche para detenerlo en un lugar frente a la gran residencia de estilo antiguo, de dos pisos.

     La esfera luminosa de su reloj de pulsera le indicó que pasaban cinco minutos de la una de la madrugada.

Rob abrió la puerta del coche y le dijo a Lobo: —Bien, muchacho, vamos.

     El perro saltó alegremente al pavimento, después se detuvo prestando atención con las orejas y esperando las órdenes de su amo. Con telepatía canina percibía toda la urgencia del caso y la tensión que revelaba la voz de Rob.

—Vamos —le dijo Rob—. A mi lado.

     Caminaron subiendo los escalones de madera del pórtico, cruzaron éste hasta llegar a la puerta de la casa y Rob apretó con el dedo el botón del timbre.

Oyó el sonido de la campanilla.

     Cuatro o cinco veces Rob volvió a presionar el botón del timbre. Finalmente las luces se encendieron en una de las ventanas de abajo y un momento después oyó ruido de pies en zapatillas viniendo hacia la puerta.

La luz del pórtico se encendió y Rob parpadeó con el reflejo.

Súbitamente la voz de la mujer de nariz larga se oyó del otro lado de la puerta: —¿Qué está usted haciendo aquí otra vez?

—Yo preciso hablar con usted —dijo Rob—. Es importante. Terriblemente importante.

—¿Importante para quién?

—Para mí. Para usted. Para... Linda.

—Usted está loco.

     —Yo no estoy loco. Yo preciso verla a usted. Tengo que hablarle. Y usted no querrá que yo le diga desde aquí y a gritos lo que tengo que decirle, de forma que los vecinos lo oigan y se enteren de todo, ¿verdad?

     Ese último argumento se convirtió en una maniobra maestra de estrategia. El resultado fue que después de unos cinco segundos de silencio, durante los cuales la persona en el otro lado de la puerta medía las posibilidades de la situación, el cerrojo se descorrió y la puerta se abrió hasta el límite permitido por una fuerte cadena de pasador, la cual en seguida fue desenganchada y echada a un lado.

     La Linda Carroll a quien Rob había conocido a primera hora del día, con sus lentes colgando de una cinta y su larga nariz inquisitiva, y envuelta en una bata de franela fuerte, dijo: —Bueno, entre. Creo que usted es lo suficientemente inofensivo... Usted... Dios santo, ¿qué es eso?

Solamente un perro —contestó Rob.

—Es demasiado grande para... ¿Morderá?... Déjelo fuera. Rob tomó ventaja del momentáneo pánico de ella para hacerle una señal al perro y hacer que penetrase en el interior de la casa.

     Lobo caminaba a su lado firme y lleno de dignidad moviendo muy suave y lentamente la cola como indicando que estaba dispuesto a aceptar propuestas de amistad aunque por el momento no se comprometía a nada de manera definitiva.

—Y bien, joven, veamos ahora, ¿qué es lo que usted quiere? —le preguntó la mujer.

     Rob captó la mirada del perro, movió su mano con un ademán indicando que lo dejaba en libertad y que debía irse a realizar sus propias pesquisas.

     Por un momento, Lobo miró con ojos de duda como si pensase que acaso había interpretado mal la señal, pero Rob repitió el movimiento con su mano y Lobo empezó a olfatear por el cuarto.

Rob le dijo a la mujer: —Ya estoy convencido por completo de que me jugaron una mala partida este mediodía. Han ocurrido cosas desde entonces que...

—¿Qué quiere usted decir con eso? —le interrumpió ella.

     —Yo creo que alguien viajó con su pasaporte y creo que usted sabe una gran cantidad de cosas que son vitales para mí y que no me ha dicho hasta ahora.

     —Bueno, yo no sé por qué tengo que decirle a usted todo lo que yo sé, y ciertamente no me agrada el ser sacada de la cama casi a las dos de la madrugada para responder a una serie de preguntas.

     Rob dijo: —La Policía del Estado está trabajando en este asunto. Se trata de una cuestión de contrabando de narcóticos y también de un intento de asesinato.

—¿Un intento de asesinato? ¿De qué está usted hablando?

—Alguien claramente trató de eliminarme a mí de la circulación.

—Oh, Dios santo. Toda esa monserga de gangsterismo y de cosas sensacionales... ¿Quién cree usted que soy yo? Usted viene aquí, me lanza a la cara todo eso y...

     Rob la interrumpió: —Yo quiero una contestación definitiva a pregunta. ¿Hay o no hay otra Linda Carroll a quien usted conozca?

—¿Y usted me saca de la cama a las dos de la madrugada para contestarle a una pregunta tan absurda como esa, joven? Voy a llamar a la policía si usted no sale de aquí inmediatamente.

     Lobo, que había andado husmeando por el cuarto, olfateaba cada vez más excitado con su nariz pegada al suelo, y repentinamente empezó a arañar con las patas en la puerta que daba al estudio.

     Rob se abrió paso apartando a un lado a la artista de la bata, y rápidamente acudió junto a Lobo.

La mujer confundió por entero las intenciones de él.

—Ya está bien –dijo—. Saque usted ese perro fuera de aquí. Está arañándolo todo. Hágalo que se eche en el suelo. O póngalo fuera en el pórtico. Ese es el sitio donde le pertenece estar a un perro.

Rob fue hacia la puerta y de un tirón la abrió.

     La Linda Carroll que él había conocido en el barco, vestida con bata de casa y calzada con zapatillas, estaba agachada en el otro lado de la puerta escuchando con el oído pegado al agujero de la cerradura.

     Por un momento la aguda sorpresa la dejó inmóvil, y cuando Rob tiró de la puerta y la abrió, ella permaneció en aquella posición medio agachada.

Lobo gimió ávidamente y puso su hocico a unos milímetros del rostro de la muchacha.

—¡Oh! —gritó ella y se irguió.

     Lobo acercó su cabeza a la mano de ella y los dedos de la muchacha acariciaron mecánicamente al perro en la cabeza y las orejas, pero sus ojos, asustados y aprensivos, miraban fijamente a Rob Trenton.

—Ya pensé que usted estaría aquí —dijo Rob con tranquila satisfacción.

     La mujer más vieja atravesó el cuarto a grandes zancadas y con voz chillona dijo: —¿Qué significa eso de que usted entre aquí en esta forma? Escúcheme, joven, usted sale fuera de aquí inmediatamente. No crea que va a abrir de un tirón las puertas de los dormitorios y...

Rob continuaba de espaldas a ella con los ojos fijos en los de Linda Carroll.

—¿Tiene usted —preguntó Rob— alguna explicación que dar antes de que yo llame a la policía?

—¿Antes de que usted llame a la policía? Bien, a mí me gustaría eso dijo la mujer más vieja—. Soy yo quien va a llamar a la policía. Yo...

     —Tía Linda, por favor —dijo la muchacha—. Por favor, no lo hagas. Deja que tratemos de las cosas sobre bases razonables.

—¿Sabía usted —preguntó Rob que su coche fue utilizado como un medio para realizar un contrabando de narcóticos?

—Rob Trenton: ¿de qué está usted hablando? ¿Qué quiere usted decir con eso?

—Exactamente lo que dije. Que su coche fue utilizado con el propósito de introducir una gran cantidad de contrabando de narcóticos en este país.

—¡Cómo, Rob! Yo no sé nada sobre eso. Yo no sé nada sobro lo que usted está hablando.

     —Usted me debe una explicación —dijo Trenton—, y usted debería empezar ya por explicarme toda esta mascarada.

     —Muy bien —dijo la muchacha. Su voz era cortante con la indignación—. Yo le explicaré y después le ruego que se vaya de aquí, sin que me importe lo más mínimo si nunca más lo vuelvo a ver.

—Prosiga usted y explíquese.

Ella dijo: —Por razones que no necesito exponer aquí, yo no quería que nadie que yo conociese en el barco supiese donde yo vivía y...

—Exactamente —dijo Rob—. Esas razones que usted no quiere exponer son precisamente las razones en las que yo estoy interesado y en las que tengo derecho a estarlo... bajo estas circunstancias.

     La mujer más vieja observaba a Rob con ojos parpadeantes y dijo: —Usted ciertamente está procediendo en forma muy arrogante, joven. Usted está decidido a todo. Pero desde el momento que usted hizo su juego, tiene que continuar adelante y dominar la situación, o bien de lo contrario irá a parar a la cárcel.

—¡Tía! ¡Tú abstente de intervenir en esto! —gritó la muchacha.

—Todavía estoy esperando por la explicación —señaló Rob.

     Linda miró desdeñosa y despreciativa a Rob: —Yo difícilmente esperaba todas esas escenas dramáticas por parte de usted, pero desde el momento que escogió la violencia como medio de entrar en mi casa con el truco de su perro amaestrado y todo lo demás, yo le diré a usted la historia... y después puede irse, y por lo que a mi se refiere, no vuelva nunca más.

      “Tía Linda es hermana de mí padre. Nosotros tenemos el mismo nombre. El segundo nombre de mi tía es Mae, y en la familia siempre se la llama Linda Mae. Yo soy simplemente Linda. Después de morir mi padre, nosotras marchamos al extranjero el año pasado y cada una tenía su respectivo pasaporte. En ese tiempo yo estaba viviendo con mi tía Linda, de forma que la dirección que figuraba en mi pasaporte era esta misma dirección, aquí en Falthaven. Y puesto que yo todavía tenía registrada esta dirección en mí pasaporte la usé como la mía propia al viajar este verano. ¿Ahora le explica a usted esto lo que ha ocurrido?

—Eso no explica el porqué su tía me mintió a mí deliberadamente esta tarde —dijo Rob.

     —Yo no le mentí a usted, yo..., yo sólo cambié unas palabras con usted. No le dije a usted todo lo que yo sabia, y no tenía por qué hacerlo. Le dije que yo no había salido de viaje, y que nadie había estado usando mi pasaporte y que ninguna otra Linda Carroll estaba viviendo aquí, y esa es la honrada y pura verdad..., aunque yo la haya adornado un poco.

—Pues ella parece que está viviendo aquí ahora —comentó Rob.

     —Ella está de visita aquí. Después de telefonearle yo a ella sobre su visita y sobre lo que usted me dijo del coche robado, ella vino aquí a hablar conmigo. Y si usted quiere saber mi opinión, joven, usted está haciendo un papel muy triste, y está haciendo el tonto. Usted la ha dejado a ella que lo obligase a ponerse a la defensiva ahora. Eso lo elimina a usted.

     —A mí no me interesa su opinión —contestó Rob—. Yo estoy tratando de averiguar los hechos. Y tan pronto como consiga saber los hechos y me pueda proteger a mí mismo, voy a llamar a la policía y contarles toda la historia.

—¿Qué historia? —preguntó Linda.

     —La de que su coche fue utilizado para pasar un contrabando de opio. Yo no puedo creer que usted formara parte en una cosa de este género, pero si usted no tomó parte, entonces Merton Ostrander...

Repentinamente Lobo gruñó.

—Bien —dijo una voz de hombre desde las escaleras—, si usted va a hablar de mí, Rob, supóngase que me lo dice a mí a la cara.

     Rob se volvió y Merton Ostrander apareció completamente vestido con un traje de lana bicolor y con una cínica sonrisa en el rostro mientras bajaba las escaleras.

     —Muy bien —dijo Rob—. Se lo diré a usted en la cara. Alguien ha utilizado el coche de Linda con el objeto de introducir un contra—bando de narcóticos en este país y se ha realizado un intento de que yo apareciese como el sujeto de la trampa. Y eso me indigna... Lobo, ven y aquí y échate en el suelo.

—No se lo censuro a usted —dijo Ostrander— si los hechos que cuenta son verdad. Si no lo son, usted merece ser arrojado a la calle.

     —Esos hechos son verdad —dijo sonriendo Rob—. Demasiado ciertos. Y si alguien va a ser arrojado a la calle, mejor será que empiece usted pidiendo ayuda porque la va a necesitar. Yo descubrí el escondrijo de los narcóticos en el coche y enterré éstos pensando que eso me daría una oportunidad para averiguar de lo que se trataba.

—¿Usted lo hizo así? —preguntó con mofa Merton Ostrander.

—Lo hice hasta ese extremo contestó Rob—. Alguien robó el coche, y luego, cuando empecé a investigar, me secuestraron. Fui llevado a un lugar en el río y dejado prisionero en un barco. Por eso ahora, quiero una explicación.

     —No lo censuro a usted por eso —dijo Ostrander—. Únicamente que usted vino al sitio equivocado para conseguir la explicación; pero puesto que está usted aquí, hay unas cuantas cosas que usted debería explicarnos a nosotros, Rob. ¿Cómo sucedió para que usted esté libre y haya venido aquí a esta hora de la noche provisto con un arma que claramente se percibe en el bolsillo de su pantalón?

Rob sacó la pistola del bolsillo. —Se la arrebaté a uno de mis raptores. Tuve que disparar dos veces para evitar el ser dominado y capturado otra vez.

—¿Mató a alguien? —preguntó más bien con naturalidad Linda Mae.

Era la primera vez que esa posibilidad se le ocurría a Rob. —Lo dudo —dijo—. Sólo disparé a bulto.

—¿Pero usted no sabe si le dio a alguien? —preguntó Ostrander.

     —Francamente no lo sé. Y en este punto, no me importa mucho. Ostrander parecía escucharlo con divertida tolerancia y se rió amistosamente. —Muy bien, Rob —dijo con voz que resultaba natural por primera vez—. Díganos su historia y lo que sucedió. Después veremos lo que será mejor hacer.

     Rob, molesto de que Merton Ostrander hubiera actuado de maestro de ceremonias, se preguntó cómo era que Ostrander se encontraba allí, pero se dio cuenta que prácticamente nada podía hacer, excepto contar su historia. Había sido uno de los principios básicos en su amaestramiento de perros el ordenarle a uno de éstos el hacer algo precisamente cuando ya el animal iba a hacerlo de todas formas. Y ahora Ostrander, al insistir en que él contase su historia, estaba invirtiendo los papeles para Rob. Sin embargo, al permanecer de pie allí con el revólver en la mano y con los tres esperando, Rob no vio otra alternativa sino contar lo que le había sucedido, empezando desde el momento en que partió conduciendo el sedan Rapidex.

     Cuando Rob hubo terminado, el rostro de Ostrander estaba grave y dijo: —¿Pero esto es en serio, Rob?

—Desde luego que es en serio.

—¿Usted se escapó de ese barco y cortó las cuerdas de amarre?

Rob movió la cabeza afirmativamente. —Yo corte una de las cuerdas y dejé la otra suelta.

—¿Y según yo entiendo, el barco empezó a ser arrastrado por la corriente hacia el medio del río? ¿Y fue entonces cuando usted vio la sombra de un hombre en la cubierta y disparó los dos tiros?

—Así fue.

—¿Por qué disparo usted, Rob?

     —Quería que ellos supiesen que yo estaba armado y que no sería aconsejable que me persiguiesen y tratasen de cazarme. Y quería impedir que este hombre que estaba en la cubierta saltase al muelle.

—¿Le disparó usted directamente a él?

     Rob dijo: —Claro que no. Aunque yo hubiera querido hacerlo no lo hubiera logrado, pues no podía verlo bien para apuntarle. Disparé a bulto en dirección general al barco. No creo que las balas llegaran siquiera a una milla del hombre.

—¿Y usted sabe quién era ese hombre?

—¿El que estaba corriendo sobre la cubierta, cuando yo disparé?

—Sí.

—No. Era solamente una sombra, una sombra borrosa.

—¿Pero sus disparos le impidieron a él saltar al muelle?

—Así fue; él se arrojó al suelo en la cubierta.

—Y cuando usted hizo caer esas hélices de acero encima del otro hombre para derribarlo, ¿su puro encendido rodó a un lado del cuarto?

—Sí.

—¿Y continuó encendido?

—Sí, recuerdo haber visto la espiral del humo.

     —Ahí fue probablemente donde el fuego empezó —comentó Ostrander—. Algo de gasolina tiene que haber sido dejada allí y la lumbre del puro...

     Linda dijo con súbito sentimiento: —Bueno, yo creo que Rob fue maravilloso. Únicamente.. únicamente que a mí no me agrada la forma en que él creyó que nosotros..., que yo...

La muchacha disimuló sus lágrimas volviéndose repentinamente de espaldas.

—Yo no lo pensé, Linda —dijo Rob.

—Usted sí lo pensó —repuso ella acusadora.

—¿Y bien? —preguntó Linda Mae—. ¿En su lugar no hubieras pensado tú lo mismo que lo hizo él?

—No —repuso su sobrina—. Si uno tiene amigos debe tener confianza en ellos.

     Ostrander movió la cabeza afirmativamente: —Y ahora, ¿dice usted que el barco continuaba ardiendo, Rob?

—Continuó ardiendo durante algún tiempo, pero yo no creo que el fuego se incrementase. Ellos pueden haberlo controlado. Produjo un resplandor rojo en el cielo durante un rato. Yo creo que ellos provocaron deliberadamente el fuego.

Ostrander miró a Linda Carroll.

     Fue la mujer más vieja, sin embargo, la que intervino y se hizo cargo de la situación. —Nosotros tenemos que hacer algo sobre esto —dijo.

—Eso mismo creo yo —dijo Ostrander—. Si alguien ha descubierto donde Rob enterró ese opio... Bueno, nosotros tenemos que empezar por ir a buscarlo y precisamos averiguar antes de nada cómo ese opio fue puesto en el coche.

     Linda Carroll se adelantó, puso su mano en el brazo de Rob y dijo: —Rob, por favor, perdóneme... Yo traté de evitar que usted supiese donde me encontraba..., yo quería ir a verlo a usted, no que usted viniese a verme a mí, y esa era la razón por la que tía Linda...

     —Ya comprendo —dijo Rob secamente—. Sí, usted quería tener a Merton Ostrander por confidente y arregló con su tía para tenerme a mí en la ignorancia más completa de todo. Yo me supongo que eso era cuestión exclusiva del capricho de usted.

     —Pero, Rob —dijo ella angustiada—. Yo no tomé a Merton por confidente. Merton hizo lo mismo que usted hizo, únicamente que él..., bueno, él tuvo más suerte que usted. Cuando él vino aquí..., bien, fue poco después de usted haberse marchado, y tía Linda me telefoneó y me dijo todo lo que usted le había contado sobre el robo del coche y... yo estaba tan nerviosa y contrariada, que decidí venir aquí y hablar con ella, y dio la casualidad que Merton llegó aquí poco antes que yo. Tía Linda no le dio muchas explicaciones. Le dijo a él la misma historia que le había dicho a usted antes, pero cuando Merton salió, él... —Ella rió añadiendo: —Bueno, él tuvo más suerte, eso es todo. Se encontró conmigo cuando yo llegaba.

—Usted no tiene necesidad de explicarse —dijo con dignidad Rob.

     —Usted, ¿cómo se atreve a proceder así? —dijo ella enfurecida—. Naturalmente que habiéndonos sorprendido in fragante, nosotras le debíamos una explicación a Merton.

 

      “Yo tenía una cita para una cena esta tarde, pero le dije a Merton que si él quería yo lo vería aquí mañana. Le dije que entonces hablaría con él y le explicaría. Llegué aquí a eso de las doce y media y..., bueno, Merton se presentó diez minutos después de yo llegar. Él hizo levantar de la cama a tía Linda Mae. Vino en un autobús y el último autobús de regreso había partido... Bien, tía Linda le ofreció el cuarto de los invitados, y eso es todo lo que hay que decir. Oh, Rob, ¿por qué me obligó usted a tener que decirle todas estas cosas, ahora?

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