Chapter 18

     Rob creía que ya nunca más podría dormir, pero los mitigadores efectos del baño caliente y del vaso de leche que Linda Mae le llevó, sumados a la aguda fatiga mental y nerviosa, hicieron que se sumergiera en un profundo sueño antes de pasar diez minutos de haber puesto la cabeza en la almohada.

     Rob fue despertado por los rayos de sol de la mañana filtrándose a través de las cortinas. La luz, cayendo sobre sus pestañas, lo volvió a la conciencia plena.

     Por unos momentos permaneció tendido gozando del agradable calor de la cama, sabiendo apenas vagamente donde se encontraba, hasta que la comprobación de la realidad lo hizo levantarse. Hubo para él un sentimiento de aprensión cuando pensó cómo había podido dormir tan bien en medio de tantos riesgos.

Sentía la cabeza pesada por efecto de los golpes que había recibido.

     Lobo, que había estado tendido en un rincón con la cabeza entre sus patas, mientras observaba inmóvil los ojos de Rob, acechando en espera de que su amo se despertase, gimió con ansia, se puso de pie y fue hacia la cama husmeando la mano de Rob.

     La comprobación de la presencia del perro en el cuarto le devolvió súbitamente a Rob el sentido de sus obligaciones. Miró su reloj y al ver que pasaba de las ocho de la mañana saltó de la cama. Instantáneamente sus músculos doloridos a causa de los golpes que había recibido, hicieron patente una protesta, pero él logró vestirse, pasó sus dedos pesarosos sobre la barba y abrió la puerta. Un aroma de tocino frito y de café venía de la cocina de abajo.

     Rob, entumecido, bajó las escaleras y en la cocina encontró a Linda Mae, ataviada con sus ropas de casa y con los lentes cabalgando en la punta de la nariz, friendo tocino.

     Linda Mae, que había oído a Rob bajar, echó los lentes atrás en la nariz con la punta de los dedos de la mano derecha y lo inspeccionó interrogadoramente.

—¿Y bien? —dijo ella.

     Rob dijo: —No tengo máquina de afeitar y me temo que debo de presentar un aspecto deplorable. Además de eso, estoy hambriento.

     —No me diga a mí lo que siente —le gritó ella—. Ahí hay una docena de huevos. Pártalos en ese recipiente y añádale media taza de crema y después bátalos. Vamos a tomar huevos revueltos, tocino, tostadas y café. Dese prisa y preste su ayuda.

—Yo creí que íbamos a marchar temprano —contestó Rob—. Me temo que me dormí.

—Nada de precipitaciones —replicó ella.

—Ese coche... —dijo Rob—. Además del hecho de que...

     —No se preocupe sobre ese coche, joven. Después de irse usted a la cama, yo hice que Merton Ostrander lo condujese una media docena de calles más allá y lo dejase estacionado en un sitio frente al Mercado Midget. Allí no llamaría la atención. Ese es el último lugar del mundo donde nadie piensa en ir a buscar un coche. Además, como Ostrander ya señaló, esos maleantes no van a denunciar que el coche les fue robado. Y hasta puede ocurrir que el coche sea de ellos. Vamos, ahora ocúpese de esos huevos. ¿Qué va usted hacer con el perro?

—Lo dejaría fuera en el jardín si pudiera.

—¿No se irá?

Rob, sonrió y movió la cabeza negativamente.

—Muy bien. Vaya entonces.

—¿Qué es de los demás? —preguntó Rob.

—Linda ya se levantó, y ya oí a Merton Ostrander andar por ahí. ¿Qué piensa usted de él, joven?

—¿De quién?

—Usted ya sabe de quién. De Merton Ostrander.

—A mí me parece que es muy..., muy competente —dijo Rob.

     —Él parece darlo todo por hecho... y que todo le salga bien —dijo Linda Mae—. A usted le iría mucho mejor si no fuera tan ansioso por ser siempre justo. ¿Por qué no intenta usted imponerse alguna vez? Vamos, ahora lleve su perro fuera, casque esos huevos... y si usted toca a ese perro, lávese las manos antes de empezar a cocinar. Yo no quiero pelos de perro en mí comida.

     Rob dejó a Lobo en la puerta de atrás de la casa por unos minutos, y después regresó, se lavó las manos y empezó a ayudar en la preparación del desayuno.

     Linda se reunió con ellos unos minutos después y luego Merton Ostrander vino y dijo afablemente: —¿Cómo van las cosas esta mañana para los conspiradores? Yo tengo una máquina de afeitar, Rob, si usted quiere utilizarla.

—Magnífico —contestó Rob.

—Después del desayuno —dijo Linda Mae— tenemos que irnos y no podemos perder tiempo en aseos.

—Tengo entendido que usted llevó el coche de aquí —le dijo Rob a Merton Ostrander—. Siento haberlo molestado.

     —Nada de molestias —le contestó Merton—. Sencillamente lo llevé para estacionarlo en un lugar en el mercado donde me dijo Linda Mae, y dejé las llaves del motor puestas. Ya estaba de regreso aquí mientras usted se encontraba aún en el baño. Creo que Linda Mae es una gran conspiradora. El hecho de que las llaves están todavía en el coche, hará que parezca que el dueño de éste lo dejó allí para irse al mercado.

     Linda Mae apuntó con su larga nariz hacia él. —Bueno, yo le digo a usted una cosa, joven. Yo sería mucho más inteligente que cualquiera de las gentes sobre las que leo en los periódicos, si me decidiera a cometer un delito. Usted lee los periódicos y ve las tonterías que esas personas cometen. Me aburre el oír la forma en que la policía fanfarronea en los periódicos, cuando cualquiera con un poco de sentido puede ver que la realidad es que los maleantes son tontos.

Mantuvo su aguda nariz apuntando hacia Merton Ostrander.

     —Hasta pudiera ocurrir que yo resultase ser mejor detective que hábil maleante. No sea usted tan superficial cuando de clasificar mujeres se trata. Podría usted engañarse.

     Sus ojos parecían mofarse de él, hasta el punto que el dominio de sí mismo de Merton Ostrander, parecía evaporarse bajo la mirada fija de ella, y se puso completamente turbado y dijo con exagerada deferencia: —Sí, señora.

     —Usted se inclina demasiado a que, en cuanto a mujeres se trata, todo se haga a su voluntad —continuó Linda Mae—. Eso lo hace a usted presuntuoso, aunque no le importa gran cosa, y seguro de usted mismo, lo cual me irrita a mí mortalmente. Es buena cosa el que yo no sea muy joven, porque si usted me cortejase, yo le bajaría a usted los humos.

—Sí, señora —repitió Merton poniéndose colorado y tratando de no mirar a los otros.

—Bueno, mejor será que nos marchemos —señaló Rob—. ¿Tenemos coche?

Linda dijo: —Yo tengo mi convertible aquí.

—Me gustaría saber lo que está sucediendo en mi casa —dijo Rob—. Estoy seguro de que allí había gente vigilando la última noche.

     —Claro. La policía quiere agarrarlo a usted —dijo Ostrander—. Y los maleantes también lo quieren. Usted no puede luchar con una pandilla de individuos como esos sin esperar que ellos hagan algo para quitarlo del medio.

     Todos se pusieron en acción con algarabía para emprender la excursión proyectada. A media mañana, ya la situación le parecía más tranquilizadora a Rob Trenton. Linda guiaba el convertible. Su tía se sentó a su derecha, Rob Trenton y Merton Ostrander ocupaban los asientos de atrás con Lobo en un rincón encima de una manta, la cual había sido cuidadosamente doblada como un cojín.

     De vez en cuando, Merton Ostrander le daba en voz baja consejos a Rob Trenton, tratando de mantener a éste animado. —Manténgase firme —le dijo tranquilizador—. Absolutamente firme. No diga a nadie nada. No confiese nada. Nosotros conseguiremos recuperar el coche de Linda e iremos a echarle un vistazo al sitio donde ellos tenían el barco. No hay necesidad de que usted le diga a la policía nada respecto a que ha sido secuestrado, ni sobre sus aventuras en ese barco, ni nada de esa especie. Lograremos localizar ese barco y cuando lo hayamos conseguido le telefonearemos una denuncia anónima a la policía.

—¿Pero supóngase que alguien me reconoce cuando llamemos por teléfono? Supongamos...

—No lo reconocerán —dijo Merton Ostrander—. Nosotros iremos a telefonear a una de esas cabinas que están afuera en la carretera y seré yo quien telefoneará.

     Les llevó menos de una hora el llegar al gran puente levadizo y cruzar el río, y después dos o tres minutos el que Rob recordara el camino que llevaba a donde había estado amarrado el barco.

—¿Ve usted? —dijo Ostrander tranquilamente—. No hay nada por qué preocuparse. Estamos en otro Estado. Y aquí no tienen siquiera Policía del Estado. Todo lo que nosotros precisamos hacer es llamar a la oficina del sheriff. Y ahora, no vayamos directos con el coche al lugar donde estuvo atracado el barco, Rob, a menos...

     El coche dobló en una curva y Rob vio a un grupo de curiosos espectadores reunidos en el muelle.

     —No tiene importancia —dijo con tranquilidad Ostrander—. El fuego ha atraído a un montón de gentes. Condúzcanos allí, Linda. Fingiremos que somos también otros curiosos que quieren saber lo que pasa. Que cada uno de nosotros recuerde ahora que estábamos buscando un sitio para una comida de campo, que vimos el grupo de espectadores y vinimos a averiguar las causas de esa expectación.

     Linda estacionó su coche al lado de una docena de otros. Abrieron las puertas y saltaron todos fuera, sumándose a quince o dieciséis espectadores que estaban observando la escena con gran curiosidad.

     Ostrander, ingenioso y afable, se mezclaba a los otros y andaba de un lado para otro, y en poco tiempo sabía ya toda la historia. La policía había frustrado los esfuerzos de una banda de contrabandistas. El barco que éstos habían usado como cuartel general, había sido incendiado y el cadáver carbonizado de un hombre sin identificar había sido encontrado a bordo del barco siniestrado. La policía había detenido al fin a uno de los miembros de la banda y el sheriff y el médico forense estaban en el barco haciendo una inspección.

     El barco, ennegrecido y carbonizado, estaba encallado en un arenal en el lado opuesto del río. Mientras Rob observaba, unos hombres aparecieron en el barco, saltaron a una lancha y cruzaron el río, regresando hacia el lugar donde había estado amarrado el barco.

—Ahí vienen el sheriff, el médico forense, el auxiliar y uno de los contrabandistas de narcóticos —dijo uno de los hombres de la localidad.

     Rob los observaba remando hacia la orilla del río. Cuando estuvieron a unos quince o veinte metros de distancia, Rob reconoció al hombre que venía esposado como uno de sus secuestradores; era el hombre que en la estación de autobuses había fingido ser contratista y lo había persuadido a ir en el automóvil con ellos.

—Escuche un momento —le dijo Rob a Ostrander—. Yo puedo identificar a ese hombre. Yo soy un testigo ocular que lo ataría a él con los contrabandistas...

     —Estese quieto —protestó en voz baja Ostrander—. No sea tan escrupulosamente cívico. Más tarde su declaración puede ser necesaria. Ahora no. Usted no querrá arrastrar a Linda para meterla en un conflicto de este género. Estese quieto. Ellos no tienen nada respecto a usted.

Rob asintió dubitativo con la cabeza.

     —Bueno, yo no estoy tampoco muy segura —dijo pensativamente Linda Mae. Después de un momento movió la cabeza afirmativamente y añadió: —Sí. Creo que usted tiene razón, Merton. Nosotros no podemos exponernos a sacrificar a Rob sólo para que haga una identificación.

     —Por lo que yo veo —dijo Ostrander— la policía está ahora sobre la pista acertada. Tienen en su poder a uno de los contrabandistas y lo obligarán a que les cuente toda la historia. Han localizado el barco y ahora, de un momento a otro, ya sabrán todo lo ocurrido. Si Rob pudiese mantenerse fuera de la circulación por un breve tiempo, su situación será buena. Si no puede, entonces su nombre será manchado y el nombre de Linda será arrastrado también.

     Los labios de Linda Mae se apretaron en una fina línea, firme y determinada. —Tiene usted razón. Nosotros nos mantendremos al margen de esto.

     La lancha llegó al muelle. El médico forense saltó a tierra y con una cuerda amarró firmemente la embarcación a la orilla. El sheriff y el auxiliar ayudaron al detenido, solemne y reposado, a saltar al pequeño muelle y todos se dirigieron al auto oficial, provisto de un reflector rojo.

Rob se movió en dirección contraria con objeto de que sus ojos no se encontrasen con los del prisionero.

Súbitamente oyó una voz diciendo: —Ahí esta él. Ese es el hombre. Ese que tiene un perro.

     Rob, volviéndose, vio a una muchacha señalando directamente hacia él y a la gente que lo miraba con curiosidad saturada de interés.

     Por un momento no se produjo reacción alguna entre los presentes. Era cual si estuviera pasando suavemente un trozo de película por una máquina proyectora y de pronto la cinta hubiera saltado de su canal y hubiese quedado cortada la proyección, quedando inmóvil, como congelada, toda la acción de la escena.

     La mujer joven añadió nerviosamente: —Yo lo he conocido en alguna parte. Lo vi con ese otro hombre en la terminal de la estación de autobuses en Falthaven ayer. Ellos se fueron juntos en un automóvil.

     Entonces, el sheriff se dirigió a Rob. Su mano derecha fue a colocarse con toda intención sobre la funda de su revólver.

—Muy bien, joven compañero —dijo—. Nosotros queremos hacerle a usted algunas preguntas. Ahora haga usted de forma que ese perro no cause daño alguno, o de lo contrario lo va a pasar mal. Escoja lo que quiera.

Rob sintió la mano de Linda agarrando la correa del perro. —Yo me encargo de él, Rob —dijo con voz apagada.

     —Ni una palabra —oyó Rob que Ostrander le advertía en voz baja—. Calma, no hable. Yo le conseguiré un abogado. Uno de los miembros de mi hermandad ejerce la carrera aquí cerca. Usted puede confiar plenamente en él.

 

—Abajo, Lobo —dijo Rob, y caminó al encuentro del sheriff.

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