Chapter 25

     El doctor Herbert Nixon, encerrado con Rob Trenton en el cuarto de visitas de la pequeña cárcel, dijo: —Trenton, yo desearía que usted tuviese confianza en mí.

Trenton asintió con la cabeza.

     —Yo deseo que usted me diga lo que ocurrió. Yo quiero que usted empiece desde el principio y me diga toda su historia, desde el momento en que conoció primeramente a Linda Carroll en el barco, hasta que se encontró usted bajo arresto.

     Rob Trenton meditó las cosas un momento y después dijo: —Lo siento, doctor, pero mi abogado me dice que no debo hablar con nadie.

—¿Y quién es su abogado, Trenton?

—Staunton B. Irvine.

—¿Tiene usted confianza en él?

—Naturalmente.

—¿Le conoce usted a él hace mucho tiempo?

—No.

—¿Cómo lo consiguió usted?

     —Un amigo mío lo contrató por mí. Es decir, él puso a Irvine en contacto conmigo.

—¿Quién es ese amigo?

—Merton Ostrander.

—¿Tiene usted confianza en Ostrander?

—No mucha.

     —Entonces, ¿por qué tiene usted confianza en el abogado que Ostrander eligió para usted?

     —Porque cuando uno se encuentra en un conflicto parecido a éste, uno tiene que contratar a un abogado. Exactamente lo mismo que cuando uno se encuentra enfermo y necesita una operación, tiene que consultar con un doctor.

—¿Y por qué su abogado no quiere que usted diga ninguna cosa?

—Bueno, yo me supongo...

     —¿Está usted con temor de que pueda caer en una trampa y ser cazado en alguna mentira?

—Oh, desde luego que no.

—Entonces, ¿por qué no dice usted su historia?

—Yo creo que él quiere que sea una sorpresa cuando yo la diga en el Tribunal.

—Puede ser una sorpresa desde luego, y puede ser que el sorprendido sea usted.

Rob nada dijo.

     —Le voy a decir a usted esto —continuó el doctor Dixon—. Hay algo extraño en los hechos de este caso. Estos no enlazan en la forma que debieran hacerlo. Yo quiero que usted me diga su historia. Quiero que usted me relate todos y cada uno de los hechos, incluso aquellos que le parecen a usted totalmente insignificantes.

—¿Por qué?

     —Porque yo creo que algún hecho insignificante, alguna pequeña cosa, la cual a simple vista le parece a usted que no tiene nada de particular, ni conexión o importancia en el caso, es la llave mediante la que la situación puede ser puesta a descubierto.

—Cuando uno tiene un abogado, uno tiene que hacer lo que él le ordena.

     —No siempre. ¿Está usted con temor de hablarme a mí..., con temor de quizá traicionarse a sí mismo?

—Desde luego que no.

—Entonces, ¿por qué no me habla?

—Ya se lo he dicho a usted.

     —Yo le prometo guardar la información tan secreta como sea posible. Yo, desde luego, soy un médico, usted lo sabe.

—Pero usted está unido a la Policía del Estado.

—¿Y eso qué significa?

     —Eso significa que la Policía siempre va a su lado, y que por el camino más largo usted trata de atacarme a mí.

—Yo trato de encontrar al verdadero criminal. Si usted es el asesino, no hable conmigo.

—Exactamente, ¿qué quiere usted saber?

—Usted llevó esa pistola automática de calibre 32 a la casa de Linda Mae Carroll en Falthaven, ¿verdad?

—Sí. Confieso eso. Yo la llevé allí. Todos ellos vieron la pistola.

—¿Dónde consiguió usted esa arma?

     Rob dijo: —Yo se la quité al hombre que logré derribar allí en el barco. Si esa pistola fue usada para matar a alguien, tiene que haber sido usada antes de apoderarme yo de ella. Y si ese es el caso, la persona estaba ya muerta.

—¿Usted disparó esa pistola?

Rob dudó un momento, reflexionando si debería o no contestar a esa pregunta.

—Por favor —dijo el doctor Dixon—. Esto puede significar mucho para usted.

     —Sí, yo la disparé —contestó Rob Trenton—, pero no apunté a nadie cuando disparé y no maté a nadie.

—¿Quiere usted decirme, Trenton, las circunstancias bajo las cuales usted disparó esa pistola?

     —Bueno, yo logré salir del barco y llegar al muelle, pero después estaba con temor de que los otros pudieran perseguirme y alcanzarme y entonces corté las cuerdas que sujetaban ese barco al muelle. Había corriente allí y el barco suavemente, muy despacio, empezó a ser arrastrado por aquélla.

—¿No chocó el barco contra el muelle?

—No.

     —¿No hubo algún choque, nada que le advirtiera a la gente de a bordo que ellos estaban siendo llevados por la corriente?

     —Bueno —dijo pensativamente Rob—. Tiene que haberlo habido porque alguien vino a la cubierta y miró alrededor. Para entonces la proa del barco ya había empezado a alejarse y se balanceaba. La popa del barco empezaba a alejarse también y ya tocaba muy poco al muelle. Aquella persona empezó a correr hacia la popa... pero yo no debería decirle a usted esto.

     —Yo creo que usted sí debe, Rob. Creo que usted se encuentra precisamente en la parte del asunto que yo quiero saber, exactamente ahora.

Rob Trenton cambió de posición en la incómoda y dura silla de la prisión y después dijo: —Bueno, entonces yo disparé el arma.

—¿Cuántas veces?

—Dos veces.

—¿Por qué?

—Para mantener a raya al hombre que corría hacia la popa.

—¿Le dio usted?

—No lo sé, pero no creo que le diese.

—¿Cómo lo sabe usted?

—Porque él no dio señales de haber sido herido. El se arrojó al suelo en la cubierta del barco.

—¿No se desplomó?

—No, no se desplomó. Lo hizo en forma que yo no lo creo. Yo lo que creo es que él se arrojó al suelo.

—¿Le apuntó usted antes de disparar?

—No, yo solamente tiré en dirección al frente.

—¿Y disparó dos veces?

—Sí.

—¿Está usted seguro de que usted no le dio al hombre?

     —Yo..., yo no lo sé seguro —contestó Rob—. Yo deseaba entonces haberlo hecho. Y me animaba a mí mismo diciéndome que lo había obligado a tirarse al suelo. ¿Pero, cómo voy a saber yo lo que hace un hombre cuando recibe una bala fatal en el corazón? Yo he visto a hombres recibir un tiro en la guerra, pero aquellas circunstancias eran diferentes. De cualquier modo este hombre parecía que se había echado al suelo por su propia voluntad.

—¿Se movió después de eso?

     —Yo no lo vi moverse. Nosotros podemos también encararlo así, doctor. Yo no puedo decirle a usted si estoy seguro de haberlo alcanzado o no. Yo creo que no lo hice, pero no puedo afirmarlo.

     —Ahora, vamos a pensar cuidadosamente sobre esto —continuó el doctor Dixon—. Cuando uno dispara un arma, hay un segundo entre el sonido de la explosión y el sonido del golpe del proyectil, y particularmente cuando el arma es manejada con una velocidad relativamente baja, y si la distancia es suficientemente grande, se produce un apreciable intervalo. Son tres las cosas que usted necesariamente tuvo que haber alcanzado con aquellas balas. Una era la silueta del hombre, la otra era la madera, tanto la del barco como la del muelle, y la otra el agua. Ahora, ¿recuerda usted haber oído el golpe que se produce al chocar con un objeto duro una bala, por ejemplo, cuando choca con madera... o con cualquier cosa dura?

—Yo..., yo no puedo recordarlo. Yo no me di cuenta si se produjo ese ruido.

     —¿Y no recuerda usted haber oído un chasquido, indicando que la bala había golpeado el agua?

—Le contesto lo mismo. Yo no puedo recordar nada de eso. Si así sucedió, yo no me di cuenta entonces, y desde luego no lo recuerdo ahora.

—Muy bien, usted disparó dos veces. ¿Después, qué ocurrió?

     —Bueno, el barco se balanceó y después que la proa alcanzó la corriente, la popa empezó también a balancearse, y la corriente llevó el barco de costado arrastrándolo río abajo.

—¿Entonces, qué hizo usted?

—Le puse el seguro al arma y corrí hacia el refugio que me ofrecían algunos árboles... porque oí que venia un coche.

—¿Y después, qué?

—Bueno, cuando yo estaba a una distancia corta, oí unos pasos. Escuché y pude claramente oír el sonido de unos pasos. Eran los pasos de una mujer.

—¿Entonces, qué hizo usted?

—Me agaché, me volví y esperé.

—¿Y qué ocurrió?

     —Entonces, al instante hubo un destello de luz que salía del barco. El barco empezó a arder. Una gran columna de algo inflamable como si fuera gasolina o algo semejante se había incendiado. Yo, agachado, observaba y vi a una mujer pararse allí fuera en un extremo del muelle, mientras su figura era reflejada por el barco en llamas. Hubo un resplandor rojizo en el agua y, después de un momento, el cielo, que estaba lleno de nubes, empezó a reflejar las llamas.

—¿A qué distancia estaba el barco del muelle entonces?

—A poca. Yo no puedo decirle a usted a qué distancia estaba.

—¿Unos cien pies?

     —Bueno..., es difícil calcular distancias en la noche y menos de algo que está ardiendo. Quizá estaba a un poco más de cien pies.

     —La última vez que usted vio á ese hombre contra el que disparó, él estaba tendido del lado donde el barco fue arrastrado por la corriente, es decir, hacia el centro del río, ¿verdad?

—Sí.

—¿De qué lado?

—Debió de ser del lado izquierdo. El lado del puerto.

     —Muy bien. ¿Y usted disparó mientras la silueta estaba del lado del desembarcadero?

—Sí.

—¿Disparó dos veces?

—Sí.

—¿Disparó para amedrentarlo?

     —Sí, señor. Así fue. De esa manera él no podría correr hacia la parte de atrás del barco y tampoco podría, por lo tanto, saltar a tierra. Le disparé aquellos dos tiros más bien como una advertencia.

—¿Y la silueta dejó de correr?

—Así fue. Se arrojó sobre el suelo de la cubierta.

—¿Y estaba entonces del lado del muelle del barco?

—Sí, señor.

—¿Y seguía tendido en el suelo la última vez que usted lo vio?

—Sí, señor.

—¿Y cuánto tiempo habría pasado de eso cuando usted vio arder el barco en llamas?

     —Pues yo diría que fue... —, bien, no lo sé. Uno pierde la noción del tiempo en ocasiones de esa clase. Yo creo que quizá pudieran haber transcurrido unos dos minutos. Pero no lo sé.

—¿Dónde estaba usted cuando disparó los tiros, Rob?

     —Yo creo que esa parte de la cuestión está bien. Ellos hallaron los cartuchos allí donde fueron expulsados por la automática. Yo estaba a unos diez o quince pies de la línea de tierra, a contar desde el final del muelle allí donde éste toca aquélla.

—¿Estaba usted en tierra?

—Sí—

—¿A unos diez o quince pies del final del muelle?

—Sí.

—¿Y qué largo tiene ese muelle?

—Oh, pues tiene unos treinta o treinta y cinco pies de largo.

—¿Y el barco estaba fuera del embarcadero?

—Sí.

     —Entonces la distancia de donde usted estaba a la de la silueta a bordo del barco, tienen que haber sido por lo menos unos sesenta o setenta pies, ¿verdad?

—Sí.

—Setenta pies, son veinte yardas. Esa es poca distancia para disparar y meter dos balas casi en un mismo lugar.

—Yo creo que así es. Yo no apunté. Yo solamente disparé al frente.

     —Muy bien —dijo el doctor Dixon—. Ahora que usted me dijo todo esto, yo no quiero que usted hable nada más. Su interrogatorio preliminar es esta tarde. Dígale a su abogado que me llame como testigo.

     Mi abogado no va a presentar ninguna prueba —contestó Trenton—. Él dice que va a repreguntarle únicamente a los testigos del Fiscal para lograr toda la información que pueda y que después dejará que el Juez me obligue a comparecer. Dice que eso es lo que hará el Juez de todas formas y que seríamos tontos si descubriésemos nuestro juego.

—Sin embargo —dijo el doctor Dixon—, yo quiero que usted insista para que su abogado me llame a mí como testigo.

—¿Qué puede usted hacer si nosotros le llamamos?

     El doctor Dixon contestó: —Yo creo que puedo ayudarlo a usted mucho, Rob. Quiero encontrar al verdadero asesino. Ahora voy a hablar con su abogado. Le voy a entregar una lista de preguntas que yo quiero que él me formule a mí y una lista de preguntas que yo quiero que él le pregunte al doctor que primeramente examinó el cadáver y extrajo las balas del cadáver. Pero usted tiene que ayudarme. Por lo tanto, quiero que usted insista con su abogado para que él haga exactamente como yo le indico.

—El no va a querer.

     —Ya lo sé. Yo he tratado de hablar con él. Pero él no quiere verme. Dijo que él no quería hablar nada sobre el caso. Yo voy a tratar de verlo y hablar con él otra vez. Le voy a decir que si él quiere realmente ayudarle a usted en su caso, él tiene que hablar conmigo. Y yo voy a necesitar de su cooperación para esto.

     —En la forma en que las cosas están ahora, resulta que yo he sido demasiado crédulo —dijo Trenton.

—Y así —observó sarcásticamente el doctor Dixon— usted se ha decidido ahora a irse al otro extremo. ¿Es esto exacto?

Trenton pensó el asunto por unos momentos y después dijo:

     —Muy bien, continúe adelante. Usted está de acuerdo conmigo, y yo voy a estar de acuerdo con usted. ¿Dónde está Linda Carroll? ¿Lo sabe usted?

El doctor Dixon sacudió la cabeza negativamente.

—¿Ha tratado usted de verla?

—Unas cuantas personas están tratando de verla.

—¿Dónde se encuentra ella?

—Nadie parece saberlo.

—Su tía debe saberlo.

—Si su tía lo sabe, no lo dice. Ella asegura que no lo sabe.

—La declaración de Linda podría ayudarme, ¿verdad?

—Ella ha desaparecido.

—¿Deliberadamente?

—Al parecer, así fue.

     Rob Trenton dijo ásperamente —Muy bien, le he dado a usted toda la información que usted quería. Prosiga y haga algo. ¿Qué está usted haciendo todavía aquí?

—Estoy contestando preguntas— dijo sonriendo el doctor Dixon.

 

—Bueno —dijo Rob levantándose de su silla y acercándose a la reja de la ventana— usted ya las ha contestado.

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