Chapter 27

     La audiencia preliminar contra Robert Trenton por el asesinato de Harvey Richmond había sido cosa de coser y cantar, en cuanto a lo que estaba relacionado con la acusación pública.

     Habiéndose probado la identidad del carbonizado cadáver por un gráfico dental y la declaración de un dentista, Norton Berkeley, el Fiscal del Distrito, hizo comparecer al estrado de los testigos al doctor Nathan Beaumont.

     El doctor Beaumont, rígidamente profesional, declaró que él había sido llamado al barco incendiado y que le habían sido mostrados por el sheriff los restos carbonizados del difunto; que al principio él había concluido que la muerte había sido causada por quemaduras, pero que para estar más seguro de ello había sometido el cadáver carbonizado a los Rayos X. Las placas de los Rayos X habían descubierto la presencia de dos halas. Por esa razón había explorado cuidadosamente el cadáver para localizarlas. Por la posición de los proyectiles en el cadáver, él diría que una de las balas había perforado por completo el corazón y la otra, situada inmediatamente encima de aquél, había roto una arteria. En opinión del doctor, cualesquiera de las dos balas hubiera sido fatal.

     El doctor declaró que había marcado esas balas de forma que él pudiera identificarlas, y que se las había enviado al médico forense. Las dos balas que él ahora presentaba para ser incluidas en la prueba, eran las mismas que él había extraído del cadáver carbonizado. Él diría, según su opinión, que la muerte fue producida por las heridas de bala e incluso iría más lejos para afirmar que la causa de la muerte fue producida por las dos balas que él había presentado como prueba.

     Al repreguntar Staunton Irvine, el abogado que representaba a Rob Trenton, habiendo estudiado la lista de las preguntas que el doctor Dixon le había dado a aquél para que las entregase a su abogado, dio principio a un interrogatorio un poco indiferente.

—¿Cesó la investigación cuando las balas fueron halladas?

     El doctor Beaumont miró fijamente al abogado con ojos desdeñosos y le contestó condescendiendo con arrogancia: —Yo fui designado para averiguar la causa de la muerte. Y yo averigüé la causa de la muerte.

—¿Y después, usted cesó de investigar, doctor?

     —Habiendo encontrado lo que estaba buscando, cesé de buscar..., lo cual, creo yo, es una cosa natural.

—¿Había evidencia de hemorragia en las proximidades de las balas?

     —La había. Es decir, había tanta evidencia como uno podría esperar. El cuerpo había sido carbonizado, literalmente abrasado.

—¿Y está usted seguro de que esas balas fueron la causa de la muerte?

—Tan seguro, como lo estoy de hallarme aquí sentado.

El doctor Beaumont, impaciente, miró a su reloj de pulsera.

—Eso es todo —dijo Irvine.

     El doctor había declarado cuanto tenía que declarar. El próximo testigo era un perito en balística y que presentó una pistola automática de calibre 32, para ser incluida como prueba; presentó también el análisis de las balas que habían sido disparadas por la automática, e identificó las dos balas presentadas como prueba, como habiendo sido las disparadas por aquella pistola automática calibre 32.

—Que comparezca en el estrado de los testigos Merton Ostrander —dijo el Fiscal del Distrito.

     Merton Ostrander se levantó y dijo: —Me temo que yo no puedo contribuir con mi declaración en nada y...

—Venga aquí y preste juramento —le ordenó el Fiscal del Distrito.

—Yo prefería no hacerlo.

—Sus preferencias no tienen nada que ver con esto —replicó el Juez—. Venga aquí, joven, levante su mano derecha y preste juramento.

     Ostrander dudó, después, con bien marcada mala gana, caminó por el pasillo, abrió la puerta oscilante de la barandilla que separaba a litigantes, testigos y abogados de los demás, y avanzó hacia el estrado, donde prestó juramento.

—Siéntese allí mismo —le ordenó el Juez.

     —Ahora pues —dijo en voz alta y dramática el Fiscal del Distrito Berkeley—, yo tengo aquí, Su Señoría, a un testigo hostil. Va a ser necesario hacerle algunas preguntas primero. Él está declarando con claro disgusto y...

—Prosiga —dijo el Juez—. Ya estoy observando la actitud del testigo sin necesidad de que nadie me la señale.

     El Fiscal del Distrito dijo: —Señor Ostrander, yo llamo su atención a la noche del día veinte. ¿Conocía usted al acusado en ese tiempo?

—Sí, señor, lo conocía.

—¿Vio usted al acusado esa noche?

—Sí, señor.

—¿Tenía él en su poder algún arma?

Ostrander dudó.

—Conteste a la pregunta —le dijo con violencia el Fiscal del Distrito.

—Sí, señor, la tenía.

     —¿Ha visto usted antes de ahora esa pistola automática calibre 32? —le preguntó el Fiscal, quien después añadió: —Permítanme recordarles que el arma que le estoy mostrando al testigo es la prueba número tres de la acusación pública. —

—Yo... yo creo que la vi.

—¿Usted no lo sabe?

—Sí.

—¿La ha visto usted, entonces?

—Sí.

—¿En dónde?

     —La vi a última hora de la noche del día veinte, o más bien a primera hora de la madrugada del veintiuno.

—¿Sobre qué hora?

—Alrededor de las dos de la madrugada.

—¿Y quién tenía ese arma?

Ostrander cambió de posición.

—Señor Ostrander, le he hecho a usted una pregunta. ¿Quién tenía esa arma?

—Robert Trenton.

—¿El acusado?

—Sí, señor.

—¿Hizo él alguna declaración en relación con eso?

     —Él dijo que había sido mantenido prisionero, que se había escapado y que había tomado esa arma con él para protegerse.

—¿Y dijo él alguna cosa sobre haber disparado con esa arma?

—Sí. Dijo que él la había disparado.

—¿Cuántas veces?.

—Dos veces.

¿Contra quién?

     —Bueno..., con objeto de obligar a alguien qué estaba en el barco persiguiéndolo a mantenerse a distancia de él evitando así que esa persona saltara a tierra.

—¿Y dónde tuvo lugar esa conversación?

—En la casa de Linda Mae Carroll.

—¿Cuál es la dirección?

—Calle Robinson Este, número 205, Falthaven. ¿Quién estaba presente?

—Linda Mae Carroll, su sobrina Linda Carroll, Robert Trenton y yo.

—¿Alguien más?

—Nadie más.

—¿Cómo fue para que usted se encontrase allí, señor Ostrander?

     —Yo había estado hablando con la señorita Linda Carroll a primera hora de ese día y quedé con ella de visitarla en la residencia de su tía, Linda Mae Carroll. A esa hora ya era más bien tarde en la noche y...

—¿Tarde a qué punto?

—Bueno, yo diría que era alrededor de las once de la noche o las once y media, quizá incluso un poco más tarde.

—Muy bien, continúe. ¿Qué ocurrió?

     —Que Linda Mae Carroll, la tía de la señorita Carroll, se había acostado ya. Sin embargo, ella, muy amable, se levantó e insistió en que yo pasara allí la noche, cuando más tarde manifesté que había perdido el autobús para regresar a mi casa.

—Puede usted repreguntar —dijo el Fiscal del Distrito a Irvine. Staunton Irvine dijo agresivo: —¿Cómo supo usted que ésta es la misma arma que usted vio?

     —Porque hubo allí una cuestión sobre notificarlo a la policía —contestó Ostrander—, y después de alguna discusión fue decidido esperar hasta la mañana siguiente y volver al sitio donde él..., bueno, donde habían ocurrido los sucesos y echar un vistazo por allí.

—¿Por qué?

     —Bueno, era..., era tarde, serían las dos de la madrugada y nosotros pensamos que las cosas podían esperar, ya que Robert Trenton estaba actuando en una forma errónea.

—¿Cuál era el error?

—Él pensaba que..., bueno, parece que el automóvil el cual..., yo creo que mejor no hablaré de eso.

—Lo que yo le estoy preguntando es: ¿cómo sabe usted que esa era la misma pistola?

     —Porque nosotros anotamos los números de ella y después fue cerrada bajo llave en el escritorio, a sugestión de una de las partes.

—¿Quién hizo esa sugestión? ¿Lo sabe usted?

—Yo creo que fue Linda Mae Carroll quien la hizo.

—¿Y quién guardó la llave del escritorio?

—¿Cómo? Yo creo...

—¿La guardó usted?

—Sí.

—¿Está usted seguro de eso?

—Sí.

     —No hay más preguntas —dijo Irvine y volviéndose a Trenton le cuchicheó: —Estoy con temor de repreguntarle, pues cada palabra que dice empeora las cosas.

     —Espere un momento —dijo el Fiscal del Distrito cuando Ostrander se disponía a dejar el estrado de los testigos—. Hay unas preguntas en un interrogatorio redirecto que deseo que usted conteste. Antes, usted dijo algo sobre un automóvil el cual había sido objeto de discusión. ¿Qué hay de todo eso?

—Me opongo a la pregunta por considerarla improcedente, no hacer al caso y no ser propia de un interrogatorio redirecto —replicó Irvine.

—Pero —anunció suavemente el Fiscal del Distrito— usted trajo a la luz los hechos relacionados con esta conversación en su interrogatorio, al repreguntarle al testigo. Habiendo revelado una parte de la conversación, yo estoy ciertamente en el derecho de que sea revelada toda.

—La objeción es denegada —dijo el Juez—. Conteste el testigo a la pregunta

     Ostrander dijo con desasosiego: —Robert Trenton pensó que quizá el automóvil que le había sido prestado a él por la señorita Carroll había sido usado para alguna clase de..., bueno, para una cierta clase de actividades ilegales.

—¿Se refiere usted al contrabando de narcóticos?

—Sí.

—Bueno, ¿por qué entonces no dijo usted eso también?

—Yo..., este es un tema que yo no tengo interés en tratarlo.

     —Nosotros estamos averiguando un crimen —le reconvino el Juez—. Sus sentimientos personales deben ser dejados a un lado, señor. Usted es un testigo. ¿Entiende usted bien eso?.

—Sí, Su Señoría —contestó Ostrander.

—Prosiga —ordenó el Juez.

—¿Exactamente, cuál fue esa conversación?

     —Bueno, después de llegar al puerto, la señorita Linda Carroll esperaba que Robert Trenton condujese el automóvil de ella. Algunos amigos la estaban esperando y ella le sugirió a Robert Trenton que condujese su automóvil a la casa de él y que después ella lo recogería más tarde. Bueno, Trenton nos dijo a nosotros que él había tenido un pinchazo en uno de los neumáticos del coche y que al mirar bajo uno de los lados del mismo encontró una combadura. Nos dijo que él había comprado un cortafríos y que sacó esa combadura que había sido soldada al automóvil... , bueno, que allí encontró algunos narcóticos.

     —¿De veras? —dijo sarcásticamente el Fiscal del Distrito——. ¿Y en esa conversación el señor Trenton dijo lo que él había hecho con esos narcóticos?

—Sí, dijo que él los había enterrado.

—¿Y acusó a la señorita Carroll de haber sido la culpable del contrabando?

—No, nada de eso, pero él..., él dijo que quería una explicación de todo eso.

—¿Y usted, convencionalmente olvidó decirle todo esto a la policía, verdad?

—Yo no he sido preguntado sobre esto antes.

     —Ya veo —dijo significativamente el Fiscal del Distrito y después añadió con algo de desprecio al mirar al abogado defensor: —¿El abogado defensor tiene algo que repreguntar?

—Nada, Su Señoría —dijo incómodo Irvine.

     —Que comparezca en el estrado de los testigos Linda Mae Carroll. Linda Mae Carroll prestó juramento y se sentó en el estrado, apuntando su nariz al Fiscal del Distrito y apretando sus labios.

—¿Ha oído usted la declaración del señor Merton Ostrander?

—Sí.

—¿Es exacta?

—Si, yo supongo que sí.

—¿A qué hora tuvo lugar esa conversación con el señor Trenton?

—Exactamente alrededor de las dos de la madrugada, creo yo que eran.

—¿Y Trenton les presentó ese arma para que ustedes la vieran?

—Bueno, él la presentó.

—¿Y qué hizo usted con ella?

     —Le dije a Merton Ostrander que la guardara bajo llave. Yo no quería tener un arma suelta por la casa. Le pregunté si tenía el seguro echado y él le quitó el cargador y me mostró que éste estaba con balas. Yo creo que el cargador estaba lleno faltándole sólo dos balas. Entonces le dije que le pusiera el cargador otra vez y que encerrara el arma en alguna parte.

—¿Y después, qué hizo usted?

     —Recordé entonces que el escritorio tenía una llave, y así pues hice que pusiese el arma en mi escritorio y le sugerí a Merton Ostrander que guardara él la llave.

—¿Y hubo allí alguna conversación —obre su sobrina, respecto a que ésta hubiera tenido que ver con el contrabando?

—Ciertamente no.

—Oyó usted lo que el señor Ostrander dijo, ¿verdad?

     —Eso —contestó con dignidad Linda Mae Carroll— es cosa sin importancia. Robert Trenton estaba solamente describiendo algo que le había ocurrido al automóvil. Y eso no tiene nada que ver con mi sobrina.

     —Lo que usted recuerda de esa conversación es aproximadamente lo mismo que lo que recuerda el señor Ostrander, creo yo. Así pues, ¿tiene usted alguna cosa más que añadir a la declaración de él?

     —Yo creo que eso es todo —contestó ella—, pero ni por un minuto crean ustedes que Rob Trenton apuntó con esa arma a ese hombre, disparó y lo hirió. El solamente apuntó al frente y disparó para amedrentar al hombre; y tampoco ni por un momento crean ustedes que él es tan buen tirador como para disparar y meter dos balas en un espacio tan pequeño que no era mayor que la palma de su mano, de noche y... eso es absurdo.

     —Nosotros no le estamos preguntando su opinión sobre el caso, señora —interpuso el Juez cortante.

—¿Sabe usted dónde está su sobrina Linda Carroll? —le preguntó el Fiscal del Distrito.

     —No lo sé —le replicó ella—. Todo lo que yo sé es que ella estaba siendo perseguida a muerte por los policías y los periodistas, hasta que estuvo a punto de sufrir un ataque nervioso, y ella debió de irse a algún lugar para tratar de tener un poco de independencia. Yo no sé dónde ella está, y si yo lo supiera no se lo diría. Ella se presentará en el momento adecuado, no se contraríen por eso.

—Este es el momento adecuado —contestó el Fiscal del Distrito.

—Este puede ser el momento adecuado según usted piensa, pero yo no necesito que usted piense por mí. Yo sé cuándo será el momento adecuado y entonces ella se presentará.

     —¿Acaso no sabe usted los esfuerzos que nosotros tenemos que hacer para lograr encontrarla a ella?

—Ya lo sé.

—Bueno, pues por si acaso, le voy a decir todo lo que tenemos que hacer.

     Linda Mae lo miró con ojos centelleantes. —Bueno, si esto va a figurar como una prueba, mejor será que usted preste juramento y venga aquí conmigo.

Suavemente el Juez sonrió ante la salida de ella, que hizo reír a los espectadores de la sala de Justicia.

—Bien, usted sabe que la policía ha buscado en su casa a su sobrina —gritó el Fiscal del Distrito.

     —¡Que si lo sé! —dijo Linda Mae—. Ellos pisaron mis flores, me estropearon el timbre de la puerta y dejaron colillas de cigarros por todo el césped.

     —Bueno —replicó el Fiscal del Distrito—, ellos eran policías, quizá no mejores, pero ciertamente no peores que el promedio. Bajo mis órdenes estaban buscando a su sobrina Linda Carroll y no lograron encontrarla.

Linda Mae asintió con la cabeza y descaradamente le contestó

     —Si yo fuera usted, tomaría unos policías mejores que el promedio para encontrar a alguien en un lugar donde éstos no estuvieron.

Otra vez la risa se contagió a toda la sala de Justicia, antes de que el Juez pudiera poner orden.

—Puede usted repreguntar —dijo el Fiscal del Distrito con una sonrisa torcida.

     —Señorita Carroll —dijo Staunton Irvine—, ¿qué ocurrió después que el arma, prueba número tres del Pueblo, fue guardada bajo llave en el escritorio?

—Que nosotros estuvimos conversando durante un rato y después nos fuimos a la cama.

—¿Hubo allí alguna discusión sobre un automóvil..., me refiero a otro automóvil que no fuera el que le prestó al señor Trenton su sobrina?

     —Sí, la hubo. El señor Trenton traía un automóvil que él había tomado en el lugar de donde se escapó. Nosotros lo estacionamos en un sitio donde la policía lo pudiera hallar, eventualmente.

—¿Y por qué no lo notificaron ustedes a la policía?

—Bueno, entonces yo no vi que eso pudiera traernos algo bueno.

—Y ahora diga —continuó Irvine—, ¿quién tenía la llave de ese escritorio?

     —Yo creo que el señor Ostrander. La tomó y la puso en alguna parte o quizá la guardó en su bolsillo. Él dijo que nosotros deberíamos tener cuidado para conservar el arma conforme se hallaba, con objeto de no estropear las huellas cuando se le entregase a la policía..., es decir, que nada le sucediera al arma. Desde luego, entonces ninguno de nosotros tenía la menor idea de que había sido muerto un hombre. Pensábamos únicamente que era una cuadrilla de contrabandistas.

—Eso es todo.

     El Fiscal del Distrito llamó a Sam Joyner al estrado de los testigos, pero repentinamente cambió de parecer y dijo: —No, yo creo que no es necesario.

     Se volvió al Juez y le dijo: —Su Señoría, yo creo que nosotros hemos terminado con la fase principal del caso, la cual es más que amplia para que se procese al acusado. La víctima fue muerta por dos balas disparadas con una pistola automática, la cual se ha demostrado que estaba en poder del acusado y, como él mismo ha admitido, disparó con ella cuando él estaba huyendo del barco, apuntándole al finado. Cualquier cuestión sobre premeditación, o de diferencias entre homicidio casual, homicidio en segundo grado o en primer grado, se ventilará en el juicio mayor. Por ahora parece existir solamente un camino para Su Señoría y éste es que el acusado sea procesado bajo acusación de asesinato en primer grado y dejar que el Tribunal Superior decida los aspectos legales de la situación.

El Juez asintió con la cabeza.

—Por lo tanto —continuó el Fiscal del Distrito—, el Fiscal da por presentadas todas las pruebas.

     —Bien —dijo el Juez—, yo creo que desde luego en este caso existe una causa razonable para relacionar al acusado con el crimen. Yo...

—Llame a nuestro testigo rápidamente —le susurró Rob a su abogado.

Irvine sacudió la cabeza negativamente.

     —Un momento, Su Señoría —interpuso Rob Trenton en un repentino esfuerzo de desesperación que lo sorprendió hasta a él mismo por su atrevimiento—. Yo deseo conferenciar un momento con mi abogado sobre mi caso.

El Juez, con expresión ceñuda, esperó brevemente.

     Irvine le dijo en un susurro colérico: —Él ha decidido ya procesarlo a usted. No hay nada más que él pueda hacer. Ahora, siéntese quieto y déjeme llevar este asunto a mí

—¿Quiere usted decir que no desea usted llamar al doctor Dixon?

     —Exactamente. Nosotros no podemos exponernos a perder nuestras valiosas municiones ahora, disparando contra un objetivo imposible. El Juez ya ha formado su criterio.

     El Juez golpeó con su mazo. —No parece haber ciertamente otra alternativa para el Tribunal ahora sino declarar al acusado...

—Un momento —interrumpió Rob Trenton—. Yo quiero llamar a un testigo al estrado.

     Staunton Irvine le susurró frenéticamente al oído: —No haga usted esa tontería. Él va a procesarlo a usted de cualquier forma y usted simplemente está mostrando sus cartas. Su testigo iría al estrado y el Fiscal del Distrito lo interrogaría de arriba abajo y cuando el caso pase al Tribunal Superior, el Fiscal del Distrito tendrá un informe para confundirlo a él, preguntándole si él no dijo esto o si dijo aquello...

—No obstante —dijo Trenton—, yo quiero que usted lo llame.

—¿Quién es su testigo? —preguntó irritado el Juez.

—El doctor Herbert Dixon —dijo Trenton.

     El Fiscal del Distrito dijo sonriendo: —Ninguna objeción, su Señoría. Que la Defensa lo llame, por favor.

—Muy bien —dijo el Juez—, si usted quiere llamar a ese testigo, está bien, llámelo. Si el doctor Dixon se encuentra aún en esta sala de Justicia, que pase al estrado de los testigos y preste juramento.

El doctor Dixon se dirigió al estrado y prestó juramento.

     Actuando con manifiesto disgusto, Staunton Irvine calificó al doctor Dixon como un perito, y después tomó la lista de las preguntas que Rob Trenton le había dado.

—Doctor, ¿tuvo usted Ocasión de examinar el cadáver de Harvey Richmond?

—Si la tuve.

—¿Cuándo?

—En la tarde del veintiuno.

—¿Le hizo usted la autopsia?

—Le hice una autopsia sólo parcial, pues ya me fue imposible hacerla completa.

—¿Por qué?

 

     —Porque la primera autopsia había sido ya hecha. El cuerpo había sido abierto para extraer dos balas de él. Sin embargo, el cráneo no había sido abierto y había también otras partes del cuerpo carbonizado que permanecían sin haber sido tocadas.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar