Chapter 28

     Rob Trenton observó la oleada de espectadores agolpándose hacia él prestos a estrecharle la mano.

     Rob fue rápidamente hacia el doctor Dixon antes de que el médico pudiera dejar el sitio reservado para los abogados y los testigos. —Yo quiero agradecerle a usted todo lo que hizo —dijo.

     —Usted no tiene nada que agradecer —dijo el doctor Dixon—. Yo solamente hice una autopsia completa, conforme yo trato de hacer invariablemente en cada caso de muerte inexplicable, particularmente donde las circunstancias indican homicidio.

Rob lo llevó aparte, a un lado. —Yo tengo un favor que pedirle a usted.

—¿Qué favor es ese?

     —¿No hay alguna forma de que yo pudiera salir de aquí sin pasar entre toda esa multitud?

     —Ellos están esperándolo para estrecharle la mano —dijo el doctor Dixon, mientras sus agudos ojos observaban el rostro de Rob—. Quieren felicitarlo a usted, y hacer de usted algo así como un héroe.

     —Ya lo sé —dijo Trenton—, y si el Juez hubiera sentenciado de forma opuesta y me hubiera declarado culpable del crimen, ellos me hubieran mirado como si pensasen que yo era una serpiente.

La mirada del doctor Dixon se suavizó. —¿Qué quiere usted que haga yo?

Yo creo que hay otra puerta para salir afuera además de esta —dijo Rob Trenton—. Y yo quisiera lograr salir por allí. ¿Puede usted mostrarme dónde está?

     El doctor Dixon dudó solamente unos segundos y después asintió con la cabeza. —Usted puede ir a esa puerta que está reservada para el Juez haciendo como si usted tratase de agradecerle a aquél lo que hizo, y después usted puede seguir por el pasillo y allí está la puerta que da a uno de los lados de la calle. Venga conmigo si usted quiere.

Rob Trenton se dirigió a la puerta que daba a la tribuna de la presidencia.

     En el otro lado de la baranda, Merton Ostrander hacía ademanes significando que quería hablarle a Rob, y éste, sonriéndole, asintió vagamente con la cabeza, hizo un ambiguo gesto con la mano y acompañado del doctor Dixon atravesó la puerta de la tribuna reservada al Juez.

     —Ocurre —dijo sonriéndole el doctor Dixon— que yo tengo mi coche estacionado aquí y lo puedo llevar a usted para cruzar el puente. Algo me dice que será mejor para usted el salirse de este Estado.

—¿Huir? —preguntó Rob.

     —Cambiar su base de Operaciones —dijo el doctor Dixon –e incidentalmente dejar la jurisdicción de un Fiscal del Distrito hostil a quien le ha inferido heridas en su vanidad y prestigio político, y quien puede no obstante tratar de recobrar el terreno perdido volviendo a arrestarlo a usted, si él puede siquiera hallar alguna nueva prueba. Después de una hora o dos, él recordará que los dos contrabandistas que están en custodia están demasiado dispuestos a comprarse la inmunidad sirviendo de testigos al acusador público. Y cuando eso suceda, será mejor para usted estar en el otro Estado y resistir a la extradición.

     Se fueron por el pasillo, salieron por la puerta del lado y encontraron que ni los periodistas ni nadie había previsto su escapada. La multitud o estaba todavía saliendo de la sala de Justicia, o se encontraba apiñada alrededor de la puerta principal de la calle, y el doctor Dixon y Trenton entraron en el automóvil del médico y se deslizaron por la carretera sin llamar la atención de nadie.

     —Yo espero que usted se dé cuenta —dijo Rob— que, sin perjuicio de lo que el Fiscal del Distrito pueda hacer, yo estoy exactamente empezando la partida en este asunto.

     El doctor Dixon lo miró de lado y con perspicaz cálculo y después dijo en tono de conversación: —Yo presumo que usted ya sabe que Harvey Richmond estaba investigando sobre la muerte de la señora Charteux. El cadáver fue desenterrado y se descubrió que había suficiente arsénico en él para haber matado a un caballo.

—Entonces, ya comprendo —dijo Trenton.

     —Y —continuó el doctor Dixon— para mantener las cosas en orden, usted recordará que los agentes de la Aduana tomaron de su albornoz dos cápsulas que contenían un polvo blanco, cápsulas que, según usted dijo, Merton Ostrander se las había dado a usted para curar su estómago, ¿verdad?

Trenton miró al doctor agudamente.

     El rostro del doctor Dixon era enigmático y completamente sin expresión. Sus ojos estaban concentrados en la carretera que tenía por delante.

—Continúe —dijo Trenton.

     —Yo no sé exactamente lo que usted tiene en su mente —continuó el doctor Dixon—, pero los agentes de la Aduana le transfirieron esas cápsulas a Harvey Richmond. Cuando nosotros registramos los efectos de éste, no pudimos hallar esas dos cápsulas.

—¡Dios Santo! —dijo Rob—. Yo espero que usted no crea que yo pienso que esa solución pudiera ser tan simple.

     El doctor Dixon le echó una rápida mirada y mantuvo un ojo observándolo. —Yo estoy contento de oírle decir a usted eso, joven, pero me temo que la solución no sea simple en absoluto, sino más bien compleja.

—¿Qué más sabe usted? —preguntó Trenton.

     —Muy poco, por cierto —dijo el doctor Dixon—. Nosotros, desde luego, hemos investigado a todas las partes interesadas, lo mejor que nuestras habilidades lo permitió. Linda Mae Carroll y Linda Carroll estuvieron en América del Sur hace dos años. Linda Mae Carroll fue a Europa hace un año, y Linda Carroll fue a África. A ellas evidentemente les gusta viajar.

—¿De dónde obtienen ellas el dinero?

     —Al parecer el padre de Linda murió y le dejó a ella algún dinero, y también algún dinero a su hermana, Linda Mae Carroll.

—¿Dinero en efectivo? —preguntó Trenton.

     —Bueno, había una cantidad buena en dinero en efectivo, algo en cédulas, algo en bonos y había tres propiedades, una casa de campo de trescientas veinte acres y el edificio de departamentos de Londonwood. —Estas dos fueron para Linda Carroll— y la casa de Falthaven, que fue para Linda Mae Carroll.

—¿Hasta qué punto se buscó para encontrar a Linda Carroll?

     —No gran cosa. Ella tenía un departamento en la Avenida Chestnut, 1940, y la casa de departamentos de Londonwood, donde su padre vivía. Linda Carroll fue allí inmediatamente después de regresar de su viaje a Europa. Por alguna razón, ella parece querer independencia y aparentemente dio esa otra dirección Cuando ella sacó su pasaporte, estaba viviendo en la dirección de Linda Mae, en Falthaven, y entonces ella la usó y puso esa dirección en su pasaporte cuando fue a Europa.

     "Y parece ser que usted y Merton Ostrander fueron a la dirección de Falthaven a verla a ella. Linda Mae los echó de mala manera pero Ostrander fue más afortunado que usted. Y precisamente salía cuando Linda llegaba a ver a su tía. Seguramente ella le dio algunas instrucciones a su tía.

—¿Qué clase de instrucciones?

     El rostro del doctor Dixon estaba completamente impasible. —Me temo que eso es todo lo más que nosotros pudimos averiguar. Y aparentemente el resto lo conoce usted tan bien como nosotros.

     El doctor Dixon, tranquilamente cruzó el gran puente de cemento y dijo: —Bueno, pues usted está ahora en un nuevo Estado. ¿Dónde quiere usted quedarse?

     —Yo estoy pensando que me gustaría ir a Londonwood, si no le importa a usted llevarme hasta allí.

—Ella no está allí— dijo el doctor Dixon.

—Ya lo sé. Yo creo que por eso mismo me gustaría quedarme por allí

—¿En algún sitio particular?

—Bueno —replicó Rob Trenton, quizá... no, déjeme ahí en cualquier parte.

     El doctor Dixon guió en silencio hasta que entraron en Londonwood, después paró el coche cerca del centro de la ciudad. —¿Está bien aquí? —le preguntó a Rob.

—Magnifico —dijo Rob Trenton.

El doctor Dixon le dio la mano.

—Yo no puedo ni decirle cuán agradecido le estoy, doctor —dijo Rob Trenton.

     —Usted no tiene que estarme agradecido —dijo el doctor Dixon—. Yo solamente hice una autopsia médico legal para determinar la causa de la muerte.

—Y lo que usted halló probó mi inocencia —le hizo presente Rob.

     El doctor Dixon asintió con la cabeza. —Magnífico en cuanto a usted respecta, pero nosotros tenemos una responsabilidad. Nosotros tenemos que encontrar al verdadero criminal.

Rob Trenton lo miró vivamente. —¿Alguna pista? —le preguntó.

     El doctor Dixon le contestó secamente. —Usted puede usar su propio juicio, joven. Harvey Richmond no estaba a bordo de ese barco voluntariamente. Por lo que usted me ha dicho a mí y por lo que la policía ha podido averiguar, yo sé que Richmond tenía una pista de los contrabandistas. El se había construido un escondite desde el cual podía observar el barco sin anteojos de larga vista. Él estaba planeando hacer una razia esa noche. Yo creo que se hubiera apoderado de ellos por la fuerza legal más pronto si el barco no hubiera sido amarrado al otro lado del río, lo cual lo puso fuera de su jurisdicción.

     "Ocurrió que los contrabandistas descubrieron ese escondrijo. Y ellos se acercaron cautelosamente por detrás de Richmond y se apoderaron de él. Y mi idea es que fue entonces cuando él recibió el golpe en la cabeza y cuando ese coágulo de sangre se le formó en el cráneo.

     "Nosotros ahora ya podemos eslabonar ciertas cosas. Usted sabe, por lo que le oyó a los contrabandistas, que ellos habían planeado conseguir esos narcóticos, abandonar el barco y prenderle fuego de forma que desaparecieran así todas las pruebas. Ahora supóngase que usted mira a esto desde el ángulo de ellos y considera los hechos desde el punto de vista de uno de los contrabandistas.

     "Es manifiesto que no pudo haber sido Harvey Richmond el que corría sobre la cubierta cuando usted disparó. Yo creo que en ese tiempo Harvey Richmond ya estaba inconsciente. Pero el hombre al que usted le disparó estaba corriendo hacia popa y por el lado del puerto. Y tenía que tener el lado derecho hacia usted, pero las balas que penetraron en su cuerpo fueron disparadas un poco más de frente, y a corta distancia.

     "Usted recordará que le gritó al hombre del barco para que se detuviera y que después añadió que él quedaba detenido. Entonces usted disparó dos veces. El hombre se echó al suelo y se tendió en la cubierta.

     "Ahora supóngase que usted hubiera sido uno de los contrabandistas que hubiera estado esperando en el barco. ¿Qué hubiera usted pensado?"

—¿Que era una incursión de la policía? —preguntó Rob.

     —Exactamente —dijo el doctor Dixon—. Entonces el contrabandista conectó la llave que ellos habían preparado para incendiar el barco y usar el fuego para destruir todas las pruebas. Después, ellos empezaron a abandonar el barco, pero entonces el hombre que había estado echado en la cubierta fue hacia ellos para informarles que él solamente había visto a una persona. Ellos lo buscaron a usted y se encontraron con que usted había escapado. Entonces trataron de apagar el fuego, probablemente porque todavía tenían cosas que esperaban sacar del barco. Antes de que lograran apagar el fuego, Harvey Richmond, que de seguro se hallaba tendido inconsciente en alguna cabina situada probablemente cerca de la proa del barco, inhaló el suficiente humo, y el monóxido del carbón le causó la muerte.

     —Ya veo —dijo ávidamente Rob—. Entonces, antes de abandonar el barco los contrabandistas dispararon dos balas en el cuerpo de él.

     La mirada astuta del doctor Dixon observaba a Rob, y aquél añadió: —¿Le dispararon a él con el revólver que usted tenía en su poder, Rob? —le preguntó el doctor.

     —Pero ellos tenían que haberlo tenido. Ellos... No, no pudieron hacerlo. Y no pudieron haberle disparado a él antes de apagar el incendio porque entonces él no hubiera respirado e inhalado el humo. Ellos...

     El doctor Dixon dijo: —Empiece a usar su cabeza, Rob. Aquellas gentes del otro lado del río están un poco humilladas. Están un poco picadas y confusas por el repentino cambio de las cosas, y yo creo que antes de una hora ellos tienen ya alguna otra orden de arresto contra usted y quizá una nueva teoría de ataque. Recuerde que ellos todavía tienen a dos miembros de la banda de los contrabandistas, quienes estarán dispuestos a asegurar cuanto sea necesario para ganar la inmunidad personal.

     "Antes de una hora o usted está bajo arresto otra vez, o será un fugitivo de la justicia. No acepte la extradición y no vuelva voluntariamente a encarar esa segunda acusación de crimen. Usted manténgase firme en este lado del río y luche contra la extradición al último grado. Y no diga que yo le di a usted este consejo.

 

     "Muy bien, Rob, aquí es donde usted se queda" dijo el doctor Dixon, y le tendió la mano en señal de despedida.

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