Chapter 29

     Rob no perdió ninguno de los preciosos minutos de que disponía en ir a ver el departamento vacío de Linda, pero en cambio tomó un taxi y se dirigió al Palacio de justicia del Distrito de Londonwood. Buscó al empleado de la oficina y le dijo: —Yo deseo ver la prueba legal y plena de la autenticidad de un testamento de una herencia.

—¿Cuál es el nombre? —preguntó el empleado.

—El apellido —contestó Rob— era Carroll, y yo creo que la herencia fue testada hace unos cuatro o cinco años. Bueno, aunque yo no estoy muy enterado de eso.

—Bien, nosotros podemos encontrarla con esos detalles —dijo el empleado.

     Veinte minutos después, Rob Trenton estaba ocupado copiando la descripción de una propiedad de trescientas veinte acres, la cual, bajo una cláusula de distribución de la herencia de George Hammond Carroll, le había sido dejada a su hija, Linda Carroll. Inmediatamente después de eso, Rob se dirigió con toda prisa a una agencia que alquilaba coches y alquiló uno.

     Poco tiempo después y cuando apenas el sol se estaba poniendo a distancia y detrás de un cerro, Rob se salió del pavimento y se encontró en una carretera de grava.

Iba mirando nombres en los buzones de correo, pero de pronto frenó el coche y lo detuvo.

     Desde la pradera, en la loma, llegaba el sonido de una campana musical, seguido, después de un momento, de otro sonido, que empezaba en un tono más agudo, pero ambos tenían una música melosa. Las esquilas de Suiza le suscitaron recuerdos nostálgicos, causándole una gran conmoción íntima.

     Rob Trenton encontró un amplio sitio al lado de la carretera donde poder estacionar el coche. Apagó las luces y lo cerró con llave.

     Las esquilas se oían ahora en dirección del lado del cerro en un ritmo musical. Había cuatro esquilas y los efectos de la armonía eran tan agradables al oído, como el paisaje ondulado lo era a la vista.

     Rob Trenton saltó una valía de alambre y cruzó bajo la sombra de unos árboles, saliendo arriba de todo al final de la pradera, donde las cuatro vacas estaban pastando tranquilamente.

     Arriba, en el Sureste, había una casa de campo de dos pisos, de estilo antiguo, construida íntegramente de madera de roble, y por su apariencia curtida por la intemperie, se veía que había estado así por largos años.

     No había señales de vida en la casa y Rob Trenton se hizo cargo de la situación, escondiéndose detrás del tronco de uno de los árboles, desde donde podía observar la casa a través de las ramas más bajas del mismo y ver todo, al mismo tiempo que se mantenía invisible para cualquiera que pudiese asomarse a las ventanas de la casa.

     El campo parecía tranquilo y satisfecho. Las notas musicales de las esquilas suizas eran lanzadas bonanciblemente al aire. Las sombras se hicieron más profundas en el crepúsculo vespertino, y después finalmente oscureció.

     Rob Trenton conservó esta posición oculto por los árboles hasta que pudo ver las estrellas en lo alto y también hasta que la gran casa de campo de dos pisos se veía ya cual si fuera solamente una silueta negra contra la tenue iluminación del cielo.

     Las vacas pararon de pastar y con el silencio de las esquilas el campo quedó sumido en un impenetrable silencio.

     Rob Trenton dejó su refugio del árbol y se dirigió hacia un ángulo de la pradera, con precaución y cuidado.

No había signo de vida en la casa de campo.

Defendido por la oscuridad, Rob se iba aproximando despacio a la casa.

     Llegó al fin a un paseo de grava donde una leñera vieja había sido convertida en garaje. Las oscilantes puertas estaban abiertas y mostraban un interior vacío. Rob caminó por la parte de atrás de la casa, se paró en el pórtico y escuchó. No oyó un solo sonido.

     Cuidadosamente intentó abrir la puerta de alambrada, pero estaba enganchada por el lado de adentro. Empinándose por encima de la puerta suavemente, Rob pudo darse cuenta de como se encontraba puesto el gancho.

     Con su navaja, Rob cortó un poco del alambre de la reja, precisamente en el sitio donde la puerta se encontraba enganchada, haciendo un agujero de unas ocho pulgadas. Después de esto pudo meter la mano hasta la muñeca y comprobó que el gancho, de uno de los lados, se desprendía con facilidad, abrió esta puerta de alambre e intentó abrir otra interior que daba acceso a la casa.

Estaba cerrada con la llave puesta por la parte de adentro.

     Rob tomó su pequeña linterna del bolsillo y metió su pañuelo por debajo de la puerta. Arrancó unas hilachas de paja de una escoba que estaba en el pórtico y con ellas metió el pañuelo más adentro por debajo de la puerta. Esta tenía una rendija grande en la parte de abajo, que era suficiente para que Rob creyese ya seguro el poder conseguir lo que intentaba

     Usó la pequeña linterna para guiarse en la operación. Introdujo la navaja por el agujero de la cerradura y manipuló la llave hasta que logró ponerla derecha Después movió la navaja arriba y abajo. Empujó la punta de la navaja y oyó que la llave caía al otro lado de la puerta. Suavemente tiró de su pañuelo hacia él y tuvo la satisfacción de comprobar que la llave era arrastrada al mismo tiempo que el pañuelo y que se encontraba encima de éste.

     Tan pronto como a la luz de la linterna Rob vio brillar el metal debajo de la puerta, metió la hoja de la navaja por debajo de la rendija y con ella presionó la llave, y después, tirando al mismo tiempo de la navaja y del pañuelo, sacó la llave por la rendija.

     Hecho esto el asunto fue simple: metió la llave en la cerradura y suavemente le      dio vuelta, abriendo la puerta y penetrando en el interior.

     Rob, con su pequeña linterna, exploró el interior de la cocina. Se movía con mucho cuidado y cruzó la cocina dirigiéndose a una puerta que daba a unas escaleras y que conducía a los cuartos de arriba.

     Rob ascendió pulgada a pulgada aquellas escaleras, manteniéndose bien a los lados, para evitar así que la madera crujiera.

     Una vez que estuvo en el vestíbulo de arriba, se volvió a detener para inspeccionar.

     No se atrevió a usar la linterna ahora, pero calculando el camino del pasillo, escuchó por si algún sonido le indicaba la presencia de algún ser humano. Pero escuchó en vano. La espaciosa casa de campo estaba silenciosa como una cueva. Rob únicamente pudo oír su propia respiración y el latir de su corazón.

     A mitad del pasillo y por primera vez, la duda apuñaló la mente de Rob Trenton con la daga del desaliento.

     Todas las señales eran de que la casa se hallaba vacía. Los razonamientos por los cuales Rob había aventurado todas las cosas, tenían que tener en alguna parte un eslabón débil, el cual le hizo fallar y detenerse. Y por saber Rob que estaba trabajando contra el tiempo, y que cada minuto que perdiera era precioso para él, su fracaso se volvía causa de amargura y de reproche para sí mismo.

     Encontrándose allí en el pasillo de la desierta casa de campo, Rob examinó en su mente las distintas causas que lo habían llevado hasta allí. No pudo, sin embargo, encontrar nada equivocado en ellas, pero no obstante el hecho subsistía de que aparentemente él se había guiado por sus razonamientos y que las conclusiones eran completamente erróneas.

     Después, repentinamente, cuando estaba allí razonando consigo mismo, las ventanas de sus narices descubrieron olor a humo fresco de tabaco.

     Desde luego era bien claro que allí no había ruido alguno, ni reflejo de luz que llegara por debajo de alguna de las puertas que daban al pasillo, ni cualquiera otro signo de presencia humana, pero sin duda alguna el olor a humo fresco de tabaco indicaba que alguien había encendido un cigarrillo.

     Rob sintió erizársele la piel con la duda nerviosa. Su boca estaba seca. Y su corazón palpitaba aceleradamente.

     Se movió despacio y con precaución por el pasillo, tratando de localizar el lugar de donde el humo del tabaco procedía.

     El aroma del fragante tabaco se esparció por todo el pasillo, pero parecía imposible descubrir cualquier vestigio particular del origen del mismo. Después, y tan repentinamente que hizo sobrecogerse a Rob, oyó la voz de una mujer que aparentemente estaba haciendo alguna pregunta.

     Era un hombre el que le contestaba, y la contestación era evidentemente negativa. Después oyó algunas palabras airadas y malhumoradas que sin duda alguna silenciaron cualquier otro argumento.

     Rob se dirigió hacia el lugar de donde procedían las voces. Tan ansioso estaba ahora de comprobar la seguridad de sus conclusiones, que se le olvidó mantenerse del lado del pasillo que tenía menos posibilidades de que la madera crujiese.

Una de esas tablas crujió bajo su peso y el ruido fue tan fuerte en aquel silencio, que el susto hizo a Rob saltar rápidamente al otro lado.

     Por un momento hubo allí un silencio tenso, el silencio que antecede siempre a una acción drástica y dramática.

Después, Rob oyó el ruido de una silla echada para atrás.

Una mujer gritó: —¡Mira!

     Un hombre de voz fuerte gruñó alguna amenaza y la puerta se abrió. Rob se encontró deslumbrado por el ciego resplandor de la luz de una linterna que estaba enfocando su rostro.

     Por un momento la completa sorpresa asaltó al hombre que sostenía la linterna y le quitó el poder de iniciar cualquier acción.

     Rob aprovechó esa ventaja y ese segundo de fría inmovilidad, y aunque sus ojos estaban deslumbrados hasta el extremo de que no podía ver nada, se agachó la cabeza, atacó y después de avanzar tres pasos, se lanzó contra su adversario como en una jugada violenta de rugby.

     Encima de él, un chisporrotear y una llama azul naranja fuego, seguidos por el estampido de un revólver, y después Rob logró poner sus brazos alrededor de las piernas del hombre. La furia se apoderó de él y demostró su buen estilo de luchador agarrando a su adversario. Los dos hombres entablaron una lucha feroz que hacía trepidar la casa. La linterna cayó de las manos del hombre y rodó una media docena de vueltas y después vino a quedar con la luz hacia la pared, enviando por detrás de ella un reflejo opaco y fantástico. Por medio de esa luz Rob pudo reconocer las facciones del hombre y comprobar que era el mismo a quien había oído llamar Rex, y con el cual él había tenido la primera pelea en el barco. El hecho de que uno de los ojos del hombre estuviese hinchado y casi cerrado y descolorido, le dio a Rob un sentimiento de confianza en sí mismo.

     Lucharon ferozmente sobre el piso del pasillo. En un furioso arrebato, Rob trató de agarrar a Rex y golpearlo para vencerlo y Rex a su vez trató de ponerse encima de Rob, luchando por libertar su brazo derecho para lograrlo.

Por el reflejo de luz en el acero del revólver, Rob se dio cuenta de dónde se encontraba aquél y trató de apoderarse de él.

     Falló y se echó a un lado. Un disparo hizo caer un trozo de techo y no obstante el fragor de la lucha, Rob sintió la lluvia de trozos de yeso que golpearon su cabeza.

     Metió la mano sobre el cañón caliente del revólver, apoyando los dedos para sujetar el gatillo.

     El otro hombre se esforzaba por libertarse y empujaba intentando lograr que el gatillo funcionara. Pero no era posible que consiguiera su intento mientras los dedos de Rob se mantuviesen sujetando el gatillo e impidiendo que el mecanismo de doble acción funcionase.

     Rex, al fin, logró libertar su mano izquierda y golpeó en la cabeza a Rob, que todavía sostenía agarrado el revólver. Rob lanzó a la cabeza avante y el impacto de ésta golpeó en pleno rostro al otro hombre dejándolo atontado.

El golpe surtió el efecto deseado. Rex soltó el revólver y Rob se apoderó de él.

     Luego, de pronto, la casa se llenó de pasos y de voces y de penetrantes toques de silbatos de la policía.

Demasiado tarde Rob comprendió las intenciones de Rex. Trato de escabullirse, pero el tacón del zapato del hombre le aplastaba la barbilla.

     Rob estaba consciente de lo que hacía y echó su brazo izquierdo alrededor del hombre tratando con la pierna de apresar el pie de éste por debajo. Sintió una oleada de náuseas negras, pero se aferró al pie y la pierna del hombre con desesperación, haciendo también presa firmemente en el revólver con su mano derecha.

     Algo inconsciente le impidió a Rob el hacer uso del revólver, incluso cuando el hombre libertó su pie derecho y se dispuso a darle otra patada.

     En este momento la cabeza de Rob se despejó ligeramente. Levantó el revólver y apretó el cañón del mismo contra la rodilla de su adversario.

     Oyó un alarido de agonía y después surgieron linternas en el pasillo como gusanos de luz en los árboles en el verano. Parecía haber infinidad de hombres en torno a él vestidos de uniforme y que desde luego sabían qué hacer y cómo hacerlo.

     Rob se sintió alzado en pie. El revólver le fue arrancado de la mano con un diestro retorcimiento de la muñeca y se sorprendió de que el arma hubiera desaparecido antes de que él se diese siquiera cuenta de la importancia de conservarla. Alguien dijo: —Él está perfectamente bien —y Rob fue empujado a un lado.

 

     Oyó a Rex lanzar un torrente de juramentos, el ruido de un golpe y luego el chasquido seco de unas esposas.

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