HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS (CONT)

 

                      PERO CUANDO LLEGO LA 10ª  NOCHE

 

 

       Doniazada dijo:

       "¡Oh hermana mía! acaba la relación".

       Y Schehrazada contestó: "Con mucho agrado, y como un deber de generosidad". Y prosiguió: He llegado a saber, ¡oh rey poderoso! que cuando el mandadero hizo su promesa a las jóvenes, se levantó la proveedora, colocó los manjares delante de los comensales, y todos comieron muy regalada­mente. Después de esto encendieron las velas, quemaron maderas olo­rosas e incienso, y volvieron a beber y comer todas las golosinas com­pradas en el zoco, sobre todo el mandadero, que al mismo tiempo decía versos, cerrando los ojos mientras recitaba y moviendo la ca­beza. Y de pronto se oyeron fuertes golpes en la puerta, lo que no les perturbó en sus placeres, pero al fin la menor de las jóvenes se levantó, fué a la puerta, y luego volvió y dijo: "Bien llena va a estar nuestra mesa esta noche, pues acabo de encontrar junto a la puerta a tres ahjam (1) con las barbas afeitadas y tuertos del ojo izquierdo. Es una coincidencia asombrosa. He visto inmediatamente que eran extranjeros, y deben venir del país de los Rum. Cada uno es diferente, pero los tres son tan ridículos de fisonomía, que hacen reír. Si los hiciésemos entrar nos divertiríamos con ellos". Y sus hermanas acep­taron. "Diles que pueden entrar, pero entérales de que no deben hablar de lo que no les importe, si no quieren oír cosas desagradables". Y la joven corrió a la puerta, muy alegre, y volvió trayendo a los tres tuertos. Llevaban las mejillas afeitadas, con unos bigotes retor­cidos y tiesos, y todo indicaba que pertenecían a la cofradía de men­dicantes llamados saalik.(2)

       Apenas entraron, desearon la paz a la concurrencia, y las jóvenes se quedaron de pie y los invitaron a sentarse. Una vez sentados, los saalik miraron al mandadero, y suponiendo que pertenecía a su co­fradía, dijeron: "Es un saaluk como nosotros, y podrá hacernos amistosa compañía". Pero el mozo, que los había oído, se levantó de súbito, los miró airadamente, y exclamó: "Dejadme en paz, que para nada necesito vuestro afecto. Y empezad por cumplir lo que veréis encima de esa puerta". Las doncellas estallaron de risa al oír estas palabras, y se decían: "Vamos a divertirnos con este mozo y los saalik".

     

 

 

(1) Plural de ajami, palabra con que se designa a todos los pueblos que ha­blan lenguas distintas del árabe, y especialmente a los persas y a todos cuantos hablan mal el árabe. Pero generalmente sólo se aplica a los persas.

(2) Los persas los llaman kalendars o calendos. Saalik es el plural de saaluk.

        Después ofrecieron manjares a los saalik, que los comieron muy gus­tosamente. Y la más joven les ofreció de beber, y los saalik bebieron uno tras otro. Y cuando la copa estuvo en circulación, dijo el man­dadero: "Hermanos nuestros, ¿lleváis en el saco alguna historia o alguna maravillosa aventura con qué divertirnos?"

        Estas palabras los estimularon, y pidieron que les trajesen instrumentos. Y entonces la más joven les trajo inmediatamente un pandero de Mussul adornado con cascabeles, un laúd de Irak y una flauta de Persia. Y los tres saalik se pusieron de pie, y uno cogió el pandero, otro el laúd y el tercero  la flauta. Y los tres empezaron a tocar, y las doncellas los acompaña­ban con sus cantos. Y el

 mandadero se moría de gusto, admirando la hermosa voz de aquellas mujeres.

       En este momento, volvieron a llamar a la puerta. Y como de cos­tumbre, acudió a abrir la más joven de las tres doncellas.

       Y he aquí el motivo de que hubiesen llamado:

       Aquella noche, el califa Harún-Al-Raschid había salido a recorrer la ciudad, para ver y escuchar por sí mismo cuanto ocurriese. Le acom­pañaba su visir Giafar-Al-Barmaki (1) y el portaalfanje Masurur, eje­cutor de sus justicias. El califa en estos casos acostumbraba disfrazarse de mercader.

       Y paseando por las calles había llegado frente a aquella casa y había oído los instrumentos y los ecos de la fiesta. Y el califa dijo al visir Giafar: "Quiero que entremos en esta casa para saber qué son esas voces".

        Y el visir Giafar replicó: "Acaso sea un  hatajo de borrachos, y convendría precavernos por si nos hiciesen alguna mala partida". Pero el califa dijo: "Es mi voluntad entrar ahí. Quiero que busques la forma de entrar y sorprenderlos". Al oír esta orden, el visir contestó: "Escucho y obedezco". Y Giafar avanzó y llamó a la puerta. Y al momento fué a abrir la más joven de las tres hermanas.

       Cuando la joven hubo abierto la puerta, el visir le dijo: "¡Oh señora mía! somos mercaderes de Tabaria (Tiberíades)  Hace diez días llegamos a Bagdad con nuestros géneros, y habitamos en el khan de los merca­deres. Uno de los comerciantes del khan nos ha convidado a su casa y nos ha dado de comer. Después de la comida, que ha durado una hora, nos ha dejado en libertad de marcharnos.       Hemos salido, pero ya era de noche, y como somos extranjeros, hemos perdido el camino del khan y ahora nos dirigimos fervorosamente a vuestra generosidad para que nos permitáis entrar y pasar la noche aquí. Y ¡Alah os ten­drá en cuenta esta buena obra!"

       Entonces la joven los miró, le pareció que en efecto tenían ma­neras de mercaderes y un aspecto muy respetable, por lo cual fué a buscar a sus dos hermanas para pedirles parecer. Y ellas le dijeron: "Déjales entrar". Entonces fué a abrirles la puerta, y le preguntaron: "¿Podemos entrar, con vuestro permiso?" Y ella contestó: "Entrad". Y entraron el califa, el visir y el portaalfanje, y al verlos las jóvenes se pusieron de pie y les dijeron: "¡Sed bien venidos, y que la acogida en esta casa os sea tan amplia como amistosa! Sentaos, ¡oh huéspedes nuestros! Sólo tenemos que imponeros una condición: "No habléis de lo que no os importa, si no queréis oír cosas que no os gusten".

       Y ellos respondieron: "Ciertamente que sí". Y se sentaron, y fueron invitados a beber y a que circulase entre ellos la copa. Después el califa miró a los tres saalik, y se asombró mucho al ver que los tres estaban tuertos del ojo izquierdo. Y miró en seguida a las jóvenes, y al advertir su hermosura y su gracia, quedó aún más perplejo. Las doncellas siguieron conversando con los convidados, invitándoles a beber con ellas, y luego presentaron un vino exquisito al califa, pero éste lo rechazó, diciendo: "Soy un buen hadj".(2)

       Entonces la más joven se levantó y colocó delante de él una mesita con incrustaciones finas, encima de la cual puso una taza de porcelana de China, y echó en ella agua de la fuente, que enfrió con un pedazo de hielo, y lo mezcló todo con azúcar y agua de rosas, y después se lo presentó al califa. Y él aceptó, y le dió las gracias, diciendo para sí: "Mañana tengo que re­compensarla por su acción y por todo el bien que hace".

       Las doncellas siguieron cumpliendo sus deberes de hospitalidad y sirviendo de beber. Pero cuando el vino produjo sus efectos, la mayor de las tres hermanas se levantó, cogió de la mano a la

pro­veedora, y le dijo: ¡"Oh hermana mía! levántate y cumplamos nuestro deber". Y su hermana le contestó: "Me tienes a tus órdenes".

       Enton­ces la más pequeña se levantó también, y dijo a los saalik que se apartaran del centro de la sala y que fuesen a colocarse junto a las puertas. Quitó cuanto había en medio del salón y lo limpió.

 

 

(1) el Barmakida o el Barmecida     (2) Hadj, peregrino de Ia Meca

        Las otras dos hermanas llamaron al mandadero, y le dijeron: "¡Por Alah! ¡Cuán poco nos ayudas! Cuenta que no eres un extraño, sino de la casa". Y entonces el mozo se levantó, se remangó la túnica, y apretándose el cinturón, dijo: "Mandad y obedeceré". Y ellas contestaron: "Aguar­da en tu sitio". Y a los pocos momentos le dijo la proveedora: "Sí­gueme, que podrás ayudarme".

       Y la siguió fuera de la sala, y vió dos perras de la especie de las perras negras, que llevaban cadenas al cuello. El mandadero las cogió y las llevó al centro de la sala. Entonces la mayor de las hermanas se remangó el brazo, cogió un látigo, y dijo al mozo: "Trae aquí una de esas perras".

       Y el mandadero, tirando de la cadena del animal, le obli­gó a acercarse, y la perra se echó a llorar y levantó la cabeza hacia la joven. Pero ésta, sin cuidarse de ello, la tumbó a sus pies, y empezó a darle latigazos en la cabeza, y la perra chillaba y lloraba, y la joven no la dejó de azotar hasta que se le cansó el brazo. Entonces tiró el látigo, cogió a la perra en brazos, la estrechó contra su pecho, le secó las lá­grimas y la besó en la cabeza, que la tenía cogida entre sus manos. Después dijo al mandadero: "Llévatela, y tráeme la otra". Y el man­dadero trajo la otra, y la joven la trató lo mismo que a la primera.

       Entonces el califa sintió que sus ojos se llenaban de lástima y que el pecho se le oprimía de tristeza, y guiñó el ojo al visir Giafar para que interrogase sobre aquello a la joven, pero el visir le respondió por señas que lo mejor era callarse.

        En seguida la mayor de las doncellas se dirigió a sus hermanas, y les dijo: "Hagamos lo que es nuestra costumbre". Y las otras con­testaron: "Obedecemos". Y entonces se subió al lecho, chapeado de plata y de oro, y dijo a las otras dos: "Veamos ahora lo que sabéis".

        Y la más pequeña se subió al lecho, mientras que la otra se marchó a sus habitaciones y volvió trayendo una bolsa de raso con flecos de seda verde; se detuvo delante de las jóvenes, abrió la bolsa y extrajo de ella un laúd. Después se lo entregó a su hermana pequeña, que lo templó, y se puso a tañerlo, cantando estas estrofas con una voz sollo­zante y conmovida:

 

       ¡Por piedad ¡Devolved a mis párpados el sueño que de ellos ha huído! ¡Decidme donde ha ido a parar mi razón!

 

       ¡Guando permití que el amor penetrase en mi morada se enojó conmigo el sueño y me abandonó!

 

       Y me preguntaban: "¿Qué has hecho para verte así, tú que eres de los que recorren el camino recto y seguro? ¡Dinos quién te ha extraviado de ese modo!"

 

       Y les dije: "¡No seré yo, sino ella quien os responda! ¡Yo sólo puedo deciros que mi sangre, toda mi sangre, le pertenece! ¡Y siempre he de preferir verterla por ella a conservarla torpemente en mí!

 

       "¡He elegido una mujer para poner en ella mis pensamientos, mis pensamientos que reflejan su imagen! ¡Si expulsara esa imagen, se consumirían mis entrañas con un fuego devorador!

 

       "¡Si la viérais, me disculparíais! ¡Porque el mismo Alah cinceló esa joya con el licor de la vida; y con lo que quedó de ese licor fabricó la granada y las perlas!"

 

       Y me dicen: "¿Pero encuentras en el objeto amado otra cosa que lágrimas, penas y escasos placeres?

 

       "¿No sabes que al mirarte en el agua límpida sólo verás tu som­bra? ¡Bebes de un manantial cuya agua sacia antes de ser saboreada!"

 

       Y yo contesto: "¡No creáis que bebiendo se ha apoderado de mí la embriaguez, sino sólo mirando! ¡No fué preciso más; esto bastó para que el sueño huyera por siempre de mis ojos!

 

       "¡Y no son las cosas pasadas las que me consumen, sino solamen­te el pasado de ella! ¡No son las cosas amadas de que me separé las que me han puesto en este estado, sino solamente la separación de ella!

 

       "¿Podría volver mis miradas hacia otra, cuando toda mi alma está unida a su cuerpo perfumado, a sus aromas de ámbar y almizcle?"

 

       Cuando acabó de cantar, su hermana le dijo: "¡Ojalá te consuele Alah, hermana mía!" Pero tal aflicción se apoderó de la joven portera, que se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada en el suelo.

Pero al caer, como una parte de su cuerpo quedó descubierta, el califa vió en él huellas de latigazos y varazos, y se asombró hasta el límite del asombro. La proveedora roció la cara de su hermana, y luego que recobró el sentido, le trajo un vestido nuevo y se lo puso.

       Entonces el califa dijo a Giafar: "¿No te conmueven estas cosas? ¡,No has visto señales de golpes en el cuerpo de esa mujer? Yo no puedo callarme, y no descansaré hasta descubrir la verdad de todo esto, y sobre todo, esa aventura de las dos perras". Y el visir con­testó: "¡Oh mi señor, corona de mi cabeza!, recuerda la condición que nos impusieron: No hables de lo que no te importe, si no quieres oír cosas que no te gusten".

Y mientras tanto, la proveedora se levantó, cogió el laúd, lo apoyó en su redondo seno, y se puso a cantar:

 

       ¿Qué responderíamos si vinieran a darnos quejas de amor? ¿Qué haríamos si el amor nos dañara?

 

       ¡Si confiáramos a un intérprete que respondiese en nuestro nom­bre, este intérprete no sabría traducir todas las quejas de un corazón enamorado!

 

       ¡Y si sufrimos con paciencia y en silencio la ausencia del amado, pronto nos pondrá el dolor a las puertas de la muerte!

 

       ¡Oh dolor! ¡Para nosotros sólo hay penas y duelo: las lágrimas resbalan por las mejillas!

 

       Y tú, querido ausente, que has huído de las miradas de mis ojos cortando los lazos que te unían a mis entrañas.

 

       Di, ¿conservas algún recuerdo de nuestro amor pasado, una hue­lla pequeña que dure a pesar del tiempo?

 

       ¿O has olvidado, con la ausencia, el amor que agotó mi espíritu y me puso en tal estado de aniquilamiento y postración?

 

       ¡Si mi sino es vivir desterrada, algún día pediré cuentas de estos sufrimientos a Alah, nuestro Señor!

 

       Al oír este canto tan triste, la mayor de las doncellas se desgarró las vestiduras, y cayó desmayada. Y la proveedora se levantó y le puso un vestido nuevo, después de haber cuidado de rociarle la cara con agua para que volviese de su desmayo. Entonces, algo repuesta, se sentó la joven en el lecho, y dijo a su hermana: "Te ruego que cantes más para que podamos pagar nuestras deudas. ¡Aunque sólo sea una vez!" Y la proveedora templó de nuevo el laúd y cantó las siguientes estrofas:

 

       ¿Hasta cuando durarán esta separación y este abandono tan cruel? ¿No sabes que a mis ojos ya no les quedan lágrimas?  .

 

       ¡Me abandonas! ¿Pero no crees que rompes así la antigua amis­tad? ¡Oh! ¡si tu objeto era despertar mis celos, lo has logrado!

 

       ¡Si el maldito Destino siempre ayudase a los hombres amorosos, las pobres mujeres no tendrían tiempo para dirigir reconvenciones a los amantes infieles!

 

       ¿A quién me quejaré para desahogar un poco mis desdichas, las desdichas causadas por tu mano, asesino de mi corazón.. .? ¡Ay de mí! ¿Qué recurso le queda al que perdió la garantía

 de su crédito? ¿Cómo cobrar la deuda?

 

       ¡Y la tristeza de mi corazón dolorido crece con la locura de mi deseo hacia ti! ¡Te busco! ¡Tengo tus promesas! Pero tú, ¿dónde estás?

 

       ¡Oh hermanos! ¡os lego la obligación de vengarme del infiel! ¡Que sufra padecimientos como los míos! ¡Que apenas vaya a cerrar los ojos para el sueño, se los abra en seguida el insomnio largamente!

 

       ¡Por tu amor he sufrido las peores humillaciones! ¡Deseo, pues, que otro en mi lugar goce las mayores satisfacciones a costa tuya!

 

       ¡Hasta hoy me ha tocado padecer por su amor! ¡Pero a él, que de mí se burla, le tocará sufrir mañana!

 

       Al oír esto cayó desmayada otra vez la más joven de las her­manas, y su cuerpo apareció señalado por el látigo.

       Entonces dijeron los tres saalik: "Más nos habría valido no entrar en esta casa, aunque hubiéramos pasado la noche sobre un montón de escombros, porque este espectáculo nos apena de tal modo, que aca­bará por destruirnos la espina dorsal". Entonces el califa, volviéndose hacia ellos, les dijo: "¿Y por qué es eso?" Y contestaron: "Porque nos ha emocionado mucho lo que acaba de ocurrir". Y el califa les preguntó: "¿De modo, que no sois de casa?" Y contestaron: "Nada de eso. El que parece serlo es ese que está a tu lado". Entonces excla­mó el mandadero: "¡Por Àlah! Esta noche he entrado en esta casa por primera vez, y mejor habría sido dormir sobre un montón de piedras".

       Entonces dijeron: "Somos siete hombres, y ellas sólo son tres mujeres. Preguntemos la explicación de lo ocurrido, y si no quieren contestarnos de grado, que lo hagan a la fuerza". Y todos se concer­taron para obrar de ese modo, menos el visir, que les dijo: "¿Creéis que vuestro propósito es justo y honrado? Pensad que somos sus huéspedes, nos han impuesto condiciones y debemos cumplirlas. Ade­más, he aquí que se acaba la noche, y pronto irá cada uno a buscar su suerte por el camino de Alah". Después guiñó el ojo al califa, y llevándole aparte, le dijo: "Sólo nos queda que permanecer aquí una hora. Te prometo que mañana pondré entre tus manos a estas jóvenes, y entonces les podrás preguntar su historia".

       Pero el califa rehusó y dijo: "No tengo paciencia para aguardar a mañana". Y siguieron hablando todos, hasta que acabaron por preguntarse: "¿Cuál de nos­otros les dirigirá la pregunta?" Y algunos opinaran que eso le corres­pondía al mandadero.

       A todo esto, las jóvenes les preguntaron: "¿De qué habláis, buena gente?" Entonces el mandadero se levantó, se puso delante de la mayor de las tres hermanas, y le dijo: "¡Oh soberana mía! En nombre de Alah te pido y te conjuro, de parte de todos los convidados, que nos cuentes la historia de esas dos perras negras, y por qué las has castigado tanto, para llorar después y besarlas. Y dinos también, para que nos enteremos, la causa de esas huellas de latigazos que se ven en el cuerpo de tu hermana. Tal es nuestra petición. Y ahora, ¡que la paz sea contigo!"

       Entonces la joven les preguntó a todos: "¿Es cierto lo que dice este mandadero en vuestro nombre?" Y todos, excepto el visir, con­testaron: "Cierto es". Y el visir no dijo ni una palabra.

       Entonces la joven, al oír su respuesta, les dijo: "¡Por Alah, hués­pedes míos! Acabáis de ofendernos de la peor manera. Ya se os advirtió oportunamente que si alguien hablaba de lo que no le impor­tase, oiría lo que no le había de gustar. ¿No os ha bastado entrar en esta casa y comeros nuestras provisiones? Pero no tenéis vosotros la culpa, sino nuestra hermana, por haberos traído".

       Y dicho esto, se remangó el brazo, dió tres veces con el pie en el suelo, y gritó: "¡Hola! ¡Venid en seguida!" E inmediatamente se abrió uno de los roperos cubiertos por cortinajes, y aparecieron siete negros, altos y robustos, que blandían agudos alfanjes. Y la dueña les dijo: "Atad los brazos a esa gente de lengua larga, y amarradlos unos a otros". Y ejecutada la orden, dijeron los negros: "¡Oh señora nuestra! ¡Oh flor oculta a las miradas de los hombres! ¿nos permites que les cortemos la cabeza?" Y ella contestó: "Aguardad una hora, que antes de degollarlos los he de interrogar para saber quiénes son".

       Entonces exclamó el mandadero: "¡Por Alah, oh señora mía!, no me mates por el crimen de estos hombres. Todos han faltado y todos han cometido un acto criminal, pero yo no. ¡Por Alah! ¡Qué noche tan dichosa y tan agradable habríamos pasado, si no hubiésemos visto a estos malditos saalik! Porque estos saalik de mal agüero son capaces de destruir la más floreciente de las ciudades sólo con entrar en ella".

       ¡Qué hermoso es el perdón del fuerte! ¡Y sobre todo, qué her­moso cuando se otorga al indefenso!

 

       ¡Yo te conjuro por la inviolable amistad que existe entre los dos; no mates al inocente por causa del culpable!

 

 

Cuando el mandadero acabó de recitar, la joven se echó a reír. En este momento de su narración, Schehrazada vió aproximarse la mañana y se calló discretamente.

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