HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS (CONT6)

HISTORIA DE ZOBEIDA, LA MAYOR DE LAS JOVENES

 

 

 

       ¡Oh Príncipe de los Creyentes! Sabe que me llamo Zobeida; mi hermana, la que abrió la puerta, se llama Amina, y la más joven de todas, Fahima. Las tres somos hijas del mismo padre, pero no de la misma madre. Estas dos perras son otras dos hermanas mías, de padre y madre.

       Al morir nuestro padre nos dejó cinco mil dinares, que se repar­tieron por igual entre nosotras.   Entonces mis hermanas Amina y Fahi­ma se separaron de mí para irse con su madre, y yo y las otras dos hermanas, estas dos perras que aquí ves, nos quedamos juntas. Soy la más joven de las tres; pero mayor que Amina y Fahima, que están entre tus manos.

       Al poco tiempo de morir nuestro padre, mis dos hermanas mayo­res se casaron y estuvieron algún tiempo conmigo en la misma casa. Pero sus maridos no tardaron en prepararse a un viaje comercial; cogieron los mil dinares de sus mujeres para comprar mercaderías, y se marcharon todos juntos, dejándome completamente sola. Estuvieron ausentes cuatro años, durante los cuales se arruinaron mis cuñados, y después de perder sus mercancías, desaparecieron, abandonando en país extranjero a sus mujeres.

       Y mis hermanas pasaron toda clase de miserias y acabaron por llegar a mi casa como unas mendigas. Al ver aquellas dos mendigas, no pude pensar que fuesen mis hermanas, y me alejé de ellas; pero entonces me hablaron, y reconociéndolas, les dije: "¿Qué os ha ocu­rrido? ¿Cómo os veo en tal estado?" Y respondieron: "¡Oh hermana! Las palabras ya nada remediarían, pues el cálamo corrió por lo que había mandado Alah".(1)

       Oyéndolas se conmovió de lástima mi corazón, y las llevé al hammam, poniendo a cada una un traje nuevo, y les dije: "Hermanas mías, sois mayores que yo, y creo justo que ocupéis el lugar de mis padres. Y como la herencia que me tocó, igual que a vosotras, ha sido bendecida por Alah y se ha acrecentado considerable­mente, comeréis sus frutos conmigo, nuestra vida será respetable y honrosa, y ya no nos separaremos". Y las retuve en mi casa y en mi corazón.

       Y he aquí que las colmé de beneficios, y estuvieron en mi casa durante un año completo, y mis bienes eran sus bienes. Pero un día me dijeron: "Realmente, preferimos el matrimonio, y no podemos pa­sarnos sin él, pues se ha agotado nuestra paciencia al vernos tan solas". Yo les contesté: "¡Oh hermanas! Nada bueno podréis encontrar en el matrimonio, pues escasean los hombres honrados. ¿No probasteis el matrimonio ya? ¿Olvidáis lo que os ha proporcionado?"

       Pero no me hicieron caso, y se empeñaron en casarse sin mi con­sentimiento. Entonces les di el dinero para las bodas y les regalé los equipos necesarios. Después se fueron con sus maridos a probar fortuna.

       Pero no haría mucho que se habían ido, cuando sus esposos se burlaron de ellas, quitándoles cuanto yo les di y abandonándolas. De nuevo regresaron ambas desnudas en mi casa, y me pidieron mil per­dones, diciéndome: "No nos regañes, hermana. Cierto que eres la de menos edad de las tres, pero nos aventajas a todas en razón. Te prome­temos no volver a pronunciar nunca la palabra casamiento".  Entonces les dije: "¡Oh hermanas mías! Que la acogida en mi casa os sea hos­pitalaria. A nadie quiero como a vosotras". Y les di muchos besos, y las traté con mayor generosidad que la primera vez.

       Así transcurrió otro año entero, y al terminar éste, pensé fletar una nave cargada de mercancías y marcharme a comerciar a Bassra.(Bassora) Y efectivamente, dispuse un barco y lo cargué de mercancías y géneros y de cuanto pudiera necesitarse durante la travesía, y dije a mis her­manas: "¡Oh hermanas! ¿Preferís quedaros en mi casa mientras dure el viaje hasta mi regreso, o viajar conmigo?" Y me contestaron: "Vía­¡aremos contigo, pues no podríamos soportar tu ausencia". Entonces las llevé conmigo y partimos todas juntas.

       Pero antes de zarpar había cuidado yo de dividir mi dinero en dos partes; cogí la mitad; y la otra la escondí, diciéndome: "Es posible que nos ocurra alguna desgracia en el barco, y si logramos salvar la vida, al regresar, si es que regresamos, encontraremos aquí algo útil". Y viajamos día y noche;

pero por desgracia, el capitán equivocó la ruta. La corriente nos llevó hasta una mar distinta por completo

 

 

 

(1)Equivale a "estaba escrito".

a la que nos dirigíamos. Y nos impulsó un viento muy fuerte, que duró días. Entonces divisamos una ciudad en lontananza, y le pre­guntamos al capitán: "¿Cuál es el nombre de esa ciudad adonde va­mos?" Y contestó: "¡Por Alah que no lo sé! Nunca la he visto, pues en mi vida había entrado en este mar. Pero, en fin, lo importante es que estamos por fortuna fuera de peligro. Ahora sólo os queda bajar a la ciudad y exponer vuestras mercancías. Y si podéis ven­derlas, os aconsejo que las vendáis".

       Una hora después volvió a acercársenos, y nos dijo: "¡Apresu­raos a desembarcar, para ver en esa población las maravillas del Altísimo! "

       Entonces desembarcamos, pero apenas hubimos entrado en la ciudad, nos quedamos asombradas.   Todos los habitantes estaban con­vertidos en estatuas de piedra negra. Y sólo ellos habían sufrido esta petrificación, pues en los zocos y en las tiendas aparecían las mercan­cías en su estado normal, lo mismo que las cosas de oro y de plata. Al ver aquello llegamos al límite de la admiración, y nos dijimos: "En verdad que la causa de todo esto debe ser rarísima".

       Y nos separamos, para recorrer cada cual a su gusto las calles de la ciudad, y recoger por su cuenta cuanto oro, plata y telas pre­ciosas pudiese llevar consigo.

       Yo subí a la ciudadela, y vi que allí estaba el palacio del rey. Entré en el palacio por una gran puerta de oro macizo, levanté un gran cortinaje de terciopelo, y advertí que tolos los muebles y obje­tos eran de plata y oro. Y en el patio y en los aposentos, los guardias y chambelanes estaban de pie o sentados pero petrificados en vida. Y en la última sala, llena de chambelanes, tenientes y visires, vi al rey sentado en su trono, con un traje tan suntuoso y tan rico, que desconcertaba, y aparecía rodeado de cincuenta mamalik con trajes de seda y en la mano los alfanjes desnudos. El trono estaba incrustado de perlas y pedrería, y cada perla brillaba como una estrella. Os ase­guro que me faltó poco para volverme loca.

       Seguí andando, no obstante, y llegué a la sala del harén, que hubo de parecerme más maravillosa todavía, pues era toda de oro, hasta las celosías de las ventanas. Las paredes estaban forradas de tapices de seda. En las puertas y en las ventanas pendían cortinajes de raso y terciopelo. Y vi por fin, en medio de las esclavas petrifi­cadas, a la misma reina, con un vestido sembrado de perlas deslum­brantes, enriquecida su corona por toda clase de piedras finas, osten­tando collares y redecillas de oro admirablemente cincelados.

       Y se hallaba también convertida en una estatua de piedra negra.

       Seguí andando, y encontré abierta una puerta, cuyas hojas eran de plata virgen, y más allá una escalera de pórfido de siete peldaños, y al subir esta escalera y llegar arriba, me hallé en un salón de mármol blanco, cubierto de alfombras tejidas de oro, y en el centro, entre grandes candelabros de oro, una tarima también de oro salpicada de esmeraldas y turquesas, y sobre la tarima un lecho incrustado de perlas y pedrería, cubierto con telas preciosas. Y en el fondo de la sala advertí una gran luz, pero al acercarme me enteré de que era un brillante enorme, como un huevo de avestruz, cuyas facetas des­pedían tanta claridad, que bastaba su luz para alumbrar todo el apo­sento.

       Los candelabros ardían vergonzosamente ante el esplendor de aquella maravilla, y yo pensé: "Cuando estos candelabros arden, al­guien los ha encendido".

       Continué andando, y hube -de penetrar asombrada en otros apo­sentos, sin hallar a ningún ser viviente. Y tanto me absorbía esto, que me olvidé de mi persona, de mi viaje, de mi nave y de mis hermanas. Y todavía seguía maravillada, cuando la noche se echó encima. En­tonces quise salir del palacio; pero no di con la salida, y acabé por llegar a la sala donde estaba el magnífico lecho y el brillante y los candelabros encendidos. Me senté en el lecho, cubriéndome con la colcha de raso azul bordada de plata y de perlas, y cogí el Libro No­ble, nuestro Corán, que estaba escrito en magníficos caracteres de oro y bermellón, e iluminado con delicadas tintas, y me puse a leer algu­nos versículos para santificarme, y dar gracias a Alah, y reprender­me; y cuando hube meditado en las palabras del Profeta (¡Alah le bendiga!) me tendí para conciliar el sueño, pero no pude lograrlo. Y el insomnio me tuvo despierta hasta medianoche.

       En aquel momento oí una voz dulce y simpática que recitaba el Corán. Entonces me levanté y me dirigí hacia el sitio de donde provenía aquella voz. Y acabé por llegar a un aposento cuya puerta apa­recía abierta. Entré con mucho cuidado, poniendo a la parte de afuera la antorcha que me había alumbrado en el camino, y vi que aquello era un oratorio. Estaba iluminado por lámparas de cristal que col­gaban del techo, y en el centro había un tapiz de oraciones extendidohacia Oriente, y allí estaba

 sentado un hermoso joven que leía el Corán en alta voz, acompasadamente. Me sorprendió mucho, y no acertaba a comprender cómo había podido librarse de la suerte de todos los otros. Entonces avancé un paso y le dirigí mi saludo de paz, y él, volviéndose hacia mí y mirándome fijamente, correspondió a mi saludo. Luego le dije: "¡Por la santa verdad de los versículos del Corán que recitas, te conjuro a que contestes a mi pregunta!"

       Entonces, tranquilo y sonriendo con dulzura, me contestó: "Cuan­do expliques quién eres, responderé a tus preguntas". Le referí mi historia, que le interesó mucho, y luego le interrogué por las extraordi­narias circunstancias que atravesaba la ciudad. Y él me dijo: "Espera un momento". Y cerró el Libro Noble, lo guardó en una bolsa de seda y me hizo sentar a su lado. Entonces le miré atentamente, y vi que era hermoso como la luna llena; sus mejillas parecían de cristal; su cara tenía el color de los dátiles frescos, y estaba adornado de per­fecciones, cual si fuese aquel de quien habla el poeta en sus estrofas:

 

       ¡El que lee en los astros contemplaba la noche! ¡Y de pronto surgió ante su mirada la esbeltez del apuesto mancebo! Y pensó:

 

       ¡Es el mismo Zohal,(Saturno) que dió a este astro la negra cabellera destrenzada, semejante a un cometa!

 

       ¡En cuanto al carmesí de sus mejillas, Mirrikh (Marte) fue el encargado de extenderlo! ¡Los rayos penetrantes de sus ojos son las flechas mis­mas del Arquero de las siete estrellas!

 

       ¡Hutared (Mercurio) le otorgó su maravillosa sagacidad y Abylssuha (Venus) su valor de oro!

 

       ¡Y el astrólogo no supo qué pensar al verle, y se quedó perplejo! ¡Entonces, inclinándose hacia él, sonrió el astro!

 

       Al mirarle, experimentaba una profunda turbación de mis sentidos, lamentando no haberle conocido antes, y en mi corazón se encendían como ascuas. Y le dije: "¡Oh dueño y soberano mío! atiende a mi pre­gunta". Y él me contestó: "Escucho y obedezco". Y me contó lo si­guiente:

       "Sabe ¡oh mi honorable señora! que esta ciudad era de mi padre. Y la habitaban todos sus parientes y súbditos. Mi padre es el rey que habrás visto en su trono, transformado en estatua de piedra. Y la reina, que también habrás visto, es mi madre. Ambos profesaban la religión de los magos adoradores del terrible Nardún. Juraban por el fuego 'y la luz, por la sombra y el calor, y por los astros que giran.

       Mi padre estuvo mucho tiempo sin hijos. Yo nací a fines de su vida, cuando transpuso ya el umbral de la vejez. Y fui criado por él con mucho esmero, y cuando fui creciendo se me eligió para la verda­dera felicidad.

       Había en nuestro palacio una anciana musulmana, que creía en Alah y en su Enviado; pero ocultaba sus creencias y aparentaba estar conforme con las de mis padres. Mi padre tenía en ella gran confian­za, y muy generoso con ella la colmaba de su generosidad, creyendo que compartía su fe y su religión. Me confió a ella, y le dijo: "Encárgate de su cuidado; enséñale las leyes de nuestra religión del Fuego y dale una educación excelente atendiéndole en todo".        '

       Y la vieja se encargó de mí; pero me enseñó la religión del Islam, desde los deberes de la purificación y de las abluciones, hasta las santas fórmulas de la plegaria. Y me enseñó y explicó el Corán en la lengua del Profeta. Y cuando hubo terminado de instruirme, me dijo: "¡Oh hijo mío! Tienes que ocultar estas creencias a tu padre, profesándolas en secreto, porque si no, te mataría".

       Callé, en efecto; y no hacia mucho que había terminado mi ins­trucción, cuando falleció la santa anciana, repitiéndome su recomenda­ción por última vez. Y seguí en secreto siendo un creyente de Alah y de su Profeta. Pero los habitantes de esta ciudad, obcecados por su rebelión y su ceguera, persistían en la incredulidad.

        Y un día la voz de un muezín invisible retumbó como el trueno, llegando a los oídos más distantes: "¡Oh vosotros, los que habitáis esta ciudad! ¡Renunciad a la adoración del fuego y de Nardún, y adorad al Rey Unico y Poderoso!"

       Al oír aquello se sobrecogieron todos y acudieron al palacio del rey, exclamando: "¿Qué voz aterradora es esa que hemos oído? ¡Su ame­naza nos asusta!" Pero el rey les dijo: "No os aterréis y seguid firme­mente vuestras antiguas creencias".

       Entonces sus corazones se inclinaron a las palabras de mi padre, y no dejaron de profesar la adoración del fuego. Y siguieron en su error, hasta que llegó el aniversario del día en que habían oído la voz por primera vez. Y la voz se hizo oír por segunda vez, y luego por ter­cera vez, durante tres años seguidos. Pero a pesar de ello, no cesaron en su extravío. Y una mañana, cuando apuntaba el día, la desdicha y la maldición cayeron del cielo y los convirtió en estatuas de piedra negra, corriendo la misma suerte sus caballos y sus mulos, sus camellos y sus ganados. Y de todos los habitantes fui el único que se salvó de esta desgracia. Porque era el único creyente.

       Desde aquel día me consagro a la oración, al ayuno y a la lectura del Corán.

       Pero he de confesarte, ¡oh mi honorable dama llena de perfeccio­nes! que ya estoy cansado de esta soledad en que me encuentro, y quisiera tener junto a mí a alguien que me acompañase".

       Entonces le dije:

       ".¡Oh joven, dotado de cualidades! ¿Por qué no vienes conmigo a la ciudad de Bagdad? Allí encontrarás sabios y venerables jeiques versados en las leyes y en la religión. En su compañía aumentarás tu ciencia y tus Conocimientos de derecho divino, y yo, a pesar de mi rango, seré tu esclava y tu cosa. Poseo numerosa servidumbre, y mía es la nave que hay ahora en el puerto abarrotada de mercancías. El Destino nos arrojó a estas costas para que conociésemos la población y ocasionarnos la presente aventura. La suerte, pues, quiso reunirnos".

       Y no dejé de instarle a marchar conmigo, hasta que aceptó mi ruego.         `       

 

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGO LA 17ª  NOCHE

 

 

 

       Ella dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que la joven Zobeida no dejó de instar al mancebo, y de inspirarle el deseo de seguirla, hasta que éste consintió.

       Y ambos no cesaron de conversar, hasta que el sueño cayó sobre ellos. Y la joven Zobeida se acostó entonces y durmió a los pies del príncipe. ¡Y sentía una alegría y una felicidad inmensas!

       Después Zobeida prosiguió de este modo su relato ante el califa Harún Al-Raschid, Gaifar y los tres saalik:

       "Cuando brilló la mañana nos levantamos, y fuimos a revisar los tesoros, cogiendo los de menos peso, que podían llevarse más fácilmente y tenían más valor. Salimos de la ciudadela y descendimos hacia la ciudad, donde encontramos al capitán y a mis esclavos, que me buscaban desde el día antes. Y se regocijaron mucho al verme, preguntándome el motivo de mi ausencia. Entonces les conté lo que había visto, la his­toria del joven, y la causa de la metamorfosis de los habitantes de la ciudad, con todos sus detalles. Y mi relato los sorprendió mucho.

       En cuanto a mis hermanas, apenas me vieron en compañía de aquel joven tan hermoso, envidiaron mi suerte, y llenas de celos, ma­quinaron secretamente la perfidia contra mí.

       Regresamos al barco, y yo era muy feliz, pues mi dicha la aumen­taba el cariño del príncipe.   Esperamos a que nos fuera propicio el viento, desplegamos las velas y partimos. Y mis hermanas me dijeron un día: "¡Oh hermana! ¿qué te propones con tu amor por ese joven tan her­moso?" Y les contesté: "Mi propósito es que nos casemos". Y acercán­dome a él le declaré: "¡Oh dueño mío! mi deseo es convertirme en cosa tuya. Te ruego que no me rechaces". Y entonces me respondió: "Escucho y obedezco". Al oírlo, me volví hacia mis hermanas y les dije: "No quiero más bienes que a este hombre. Desde ahora todas mis riquezas pasan a ser de vuestra propiedad". Y me contestaron: "Tu vo­luntad es nuestro gusto".

       Pero se reservaban la traición y el daño.

       Continuamos bogando con viento favorable, y salimos del mar del Terror, entrando en el de la Seguridad. Aun navegamos por él algu­nos días, hasta llegar cerca de la ciudad de Bassra, cuyos edificios se divisaban a lo lejos. Pero nos sorprendió la noche, hubimos de parar la nave y no tardamos en dormirnos.

       Durante nuestro sueño se levantaron mis hermanas, y cogiéndonos a mí y al joven, nos echaron al agua. Y el mancebo, como no sabía nadar, se ahogó, pues estaba escrito por Alah que figuraría en el nú­mero de los mártires. En cuanto a mí, estaba escrito que me salvaría, pues en cuanto caí al agua, Alah me benefició con un madero, en el cual cabalgué, y con el cual me arrastró el oleaje hasta la playa de una isla próxima. Puse a secar mis vestiduras, pasé allí la noche, y no bien amaneció, eché a andar en busca de un camino. Y encontré un camino en el cual había huellas de pasos de seres humanos, hijos de Adán. Este camino comenzaba en la playa y se internaba en la isla. Entonces, des­pués de ponerme los vestidos ya secos, lo seguí hasta llegar a la orilla opuesta, desde la que se veía en lontananza la ciudad de Bassra. Y de pronto advertí una culebra que corría hacia mí, y en pos de ella otra serpiente gorda y grande que quería matarla. Estaba la culebra tan rendida, que la lengua le colgaba fuera de la boca. Compadecida de ella, tiré una piedra enorme a la cabeza de la serpiente, y la dejé sin vida. Mas de improviso, la culebra desplegó dos alas, y volando, des­apareció por los aires. Y yo llegué al límite del asombro.

       Pero como estaba muy cansada, me tendí en aquel mismo sitio, y dormí aproximadamente una hora. Y he aquí que al despertar vi sen­tada a mis plantas a una negra joven y hermosa, que me estaba aca­riciando los pies. Entonces, llena de vergüenza, hube de apartarlos en seguida, pues ignoraba lo que la negra pretendía de mí. Y le pregunté: ¿Quién eres y qué quieres?" Y me contestó: "Me he apresurado a venir a  tu lado, porque me has hecho un gran favor matando a mi ene­migo. Soy la culebra a quien libraste de la serpiente. Yo soy una efrita.

       Aquella serpiente era un efrit enemigo mío, que deseaba violarme y matarme. Y tú me has librado de sus manos. Por eso, en cuanto estuve libre, volé con el viento y me dirigí hacia la nave de la cual te arrojaron tus hermanas. Las he encantado en forma de perras negras, y te las he traído". Entonces vi las dos perras atadas a un árbol detrás de mí. Luego la efrita prosiguió: "En seguida llevé a tu casa de Bagdad todas las ri­quezas que había en la nave, y después que las hube dejado, eché la nave a pique.   En cuanto al joven que se ahogó, nada puedo hacer con­tra la muerte. ¡Porque Alah es el único Resucitador!"

       Dicho esto, me cogió en brazos, desató a mis hermanas, las cogió también, y volando nos transportó a las tres, sanas y salvas, a la azotea de mi casa de Bagdad, o sea aquí mismo.

       Y encontré perfectamente instaladas todas las riquezas y todas las cosas que había en la nave. Y nada se había perdido ni estropeado. Después me dijo la efrita: "¡Por la inscripción santa del sello de Soleimán, te conjuro a que todos los días pegues a cada perra trescien­tos latigazos! Y si un solo día se te olvida cumplir esta orden, te con­vertiré también en perra".

       Y yo tuve que contestarle: "Escucho y obedezco".

       Y desde entonces, ¡oh Príncipe de los Creyentes! las empecé a azo­tar, para besarlas después llena de dolor por tener que castigarlas. ¡Y tal es mi historia! Pero he aquí, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que mi hermana Amina te va a contar la suya, que es aún más sor­prendente que la mía".

 

       Ante este relato, el califa Harún Al-Raschid llegó hasta el límite más extremo del asombro. Pero quiso satisfacer del todo su curiosidad, y por eso se volvió hacia Amina, que era quien le había abierto la puerta la noche anterior, y le dijo: "Sepamos, ¡oh lindísima joven! cuál es la causa de esos golpes con que lastimaron tu cuerpo".

                                              HISTORIA DE AMINA, LA

                                              SEGUNDA JOVEN

 

 

 

       Al oír estas palabras del califa la joven Amina avanzó un paso, y llena de timidez ante las miradas impacientes, dijo así:

       "¡Oh Emir de los Creyentes! No te repetiré las palabras de Zobeida acerca de nuestros padres. Sabe, pues, que cuando nuestro padre murió, yo y Fahima, la hermana más pequeña de las cinco, nos fuimos a vivir solas con nuestra madre, mientras mi hermana Zobeida y las otras dos marcharon con la suya.

Poco después mi madre me casó con un anciano, que era el más rico de la ciudad y de su tiempo. Al año siguiente murió en la paz de Alah mi viejo esposo, dejándome como parte legal de herencia,

según ordena nuestro código oficial, ochenta mil dinares en oro.

       Me apresuré a comprarme con ellos diez magníficos vestidos, cada uno de mil dinares. Y -no hube de carecer absolutamente de nada. Un día entre los días, hallándome cómodamente sentada, vino a visitarme una vieja. Nunca la había visto. Esta vieja era horrible: su cara era más fea que el trasero de un viejo; tenía la nariz aplastada, peladas las cejas, los dientes rotos, el pescuezo torcido, y le goteaba la nariz.

       Bien la describió el poeta:

    

       ¡Vieja de mal agüero! ¡Si la viese Eblis le enseñaría todos los fraudes sin tener que hablar, pues bastaría con el silencio únicamente! ¡Podría desenredar a mil mulos que se hubieran enredado en una te­laraña, y no rompería la tela!

 

       ¡Sabe echar sortilegios y cometer todos los horrores: le ha hecho cosquillas en el ano a una niña; cohabitó con una adolescente; ha for­nicado con una mujer madura, y excitó hasta lo increíble a una anciana!

 

       La vieja me saludó y me dijo: "¡Oh señora llena de gracias y cua­lidades! Tengo en mi casa a una joven huérfana que se casa esta noche. Y vengo a rogarte -¡Alah otorgará la recompensa a tu bondad!- que te dignes honrarnos asistiendo a la boda de esta pobre doncella tan afligida y tan humilde, que no conoce a nadie en esta ciudad y sólo cuenta con la protección del Altísimo". Y después la vieja se echó a llorar y comenzó a besarme los pies. Yo, que no conocía su perfidia, sentí lástima de ella, y le dije: "Escucho y obedezco". Entonces dijo: "Ahora me ausento, con tu venia, y entretanto vístete, pues al anochecer volveré a buscarte". Y besándome la mano, se marchó.

       Fui entonces al hammam, y me perfumé; después elegí el más hermoso de mis diez trajes nuevos, me adorné con mi hermoso collar de perlas, mis brazaletes, mis ajorcas y todas mis joyas, y me puse un gran velo azul de seda y oro, el cinturón de brocado y el velillo para la cara, luego de prolongarme los ojos con kohl. Y he aquí que volvió la vieja y me dijo: "¡Oh señora mía! ya está la casa llena de damas, parientes del esposo, que son las más linajudas de la ciudad. Les avisé de tu segura llegada, se alegraron mucho, y te esperan con impaciencia". Llevé conmigo algunas de mis esclavas, y salimos todas, andando hasta llegar a una calle ancha y bien regada, en la que soplaba fresca brisa. Y vimos un gran pórtico de mármol con una cú­pula monumental de mármol y sostenida por arcadas. Y desde aquel pórtico vimos el interior de un palacio tan alto, que parecía tocar las nubes. Penetramos, y llegados a la puerta, la vieja llamó y nos abrie­ron. Y a la entrada encontramos un corredor revestido de tapices y colgantes. Colgaban del artesonado lámparas de colores encendidas, y en las paredes había candelabros encendidos también y objetos de oro y plata, joyas y armas de metales preciosos.    Atravesamos este corredor, y llegamos a una sala tan maravillosa, que sería inútil describirla.

       En medio de la sala, que estaba tapizada con sedas, aparecía un lecho de mármol incrustado de perlas y cubierto con un mosquitero de raso.

       Entonces vimos salir del lecho una joven, tan bella como la luna. Y me dijo: "¡Marhaba! ¡Àhlan! ¡Ua sahlan! ¡Oh hermana mía, nos haces el mayor honor humano! ¡Anastina! (1). ¡Eres nuestro dulce con­suelo, nuestro orgullo!"

Y para honrarme, recitó estos versos del poeta:

 

       ¡Si las piedras de la casa hubiesen sabido la visita del huésped tan encantador, se habrían alegrado en extremo, inclinándose ante la hue­lla de tus pasos para anunciarse la buena nueva!

 

       ¡Y exclamarían en su lengua: "¡Ahlan! ¡Ua sahlan! ¡Honor a las personas adornadas de grandeza y de generosidad!"

 

       Luego se sentó, y me dijo: "¡Oh hermana mía! He de anunciarte que tengo un hermano que te vió cierto día en una boda. Y este jo­ven es muy gentil y mucho más hermoso que yo. Y desde aquella no­che te ama con todos los impulsos de un corazón enamorado y ardiente.

 

 

(1)Marhaba, ahlan, ua sahlan y anastina, son saludos de bienvenida, que no se pueden traducir literalmente. Vienen a significar: ¡Que nuestra acogida te sea cordial, amistosa, y fácil!

       Y él es quien ha dado dinero a la vieja para que fuese a tu casa y te trajese aquí con el pretexto que ha inventado. Y ha hecho todo esto para encontrarte en mi casa, pues mi hermano no tiene otro deseo que casarse contigo este año bendecido por Alah y por su Enviado. Y no debe avergonzarse de estas cosas, porque son licitas".

       Cuando oí tales palabras, y me vi conocida y estimada en aquella mansión, le dije a la joven: "Escucho y obedezco". Entonces, mos­trando una gran alegría, dió varias palmadas. Y a esta señal, se abrió una puerta y entró un joven como la luna, según dijo el poeta:

 

       ¡Ha llegado a tal grado de hermosura, que se ha convertido en obra verdaderamente digna del Creador! ¡Una joya que es realmente la gloria del orfebre que hubo de cincelarla!

 

       ¡Ha llegado a la misma perfección de la belleza! ¡No te asombres si enloquece de amor a todos los humanos!

 

       ¡Su hermosura resplandece a la vista, por estar inscripta en sus facciones! ¡Juro que no hay nadie más bello que él!

 

       Al verle, se predispuso mi corazón en favor suyo. Entonces el joven avanzó y fué a sentarse junto a su hermana, y en seguida entró el kadí con cuatro testigos, que saludaron y se sentaron. Después el kadí escribió mi contrato de matrimonio con aquel joven, los testigos estamparon sus sellos y se fueron todos.

 

       Entonces el joven se me acercó, y me dijo: "¡Sea nuestra noche bendita!" Y luego añadió: "¡Oh señora mía! quisiera imponerte una condición". Yo le contesté: "Habla, dueño mío. ¿Qué condición es esa?" Entonces se incorporó, trajo el Libro Sagrado, y me dijo:; "Vas a jurar por el Corán que nunca elegirás a otro más que a mí, ni sen­tirás inclinación hacia otro". Y yo juré observar la condición aquella.   Al oírme mostróse muy contento, me echó al cuello los brazos, y sen­tí que su amor me penetraba en las entrañas y hasta el fondo de mi corazón.

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