HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS (CONT7)

En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.

       Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al con­cluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé con­migo a la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y a quien co­nocía de muy antiguo. Y añadió: "Es un muchacho que heredó mu­cho dinero y riquezas al morir su padre". Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: "Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama". Y dijo él: "Escucho y obedezco". Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas seguía elogiándo­lo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: "Nada me im­portan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos ve­nido más que a comprar lo que necesito, para volvernos luego a casa".

 Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el di­nero de su importe. Pero éste se negó a coger el dinero y nos dijo:

       "Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda". Entonces le dije a la vieja: "Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela". Y él excla­mó: "¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras.

       Todo eso os lo regalo.

       En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas las mercancías de mi tienda". Y la vieja le dijo, riéndose: "¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable". Y a mí me dijo: "¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No ten­gas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso única­mente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas estas telas preciosas".

        Entonces contesté: "¿No sabes que estoy ligada por un juramento?" Y la vieja replicó: "Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también". Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que tuve de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, a fin de que no vieran nada los transeúntes. Entonces el mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi mejilla y me besó.

        Pero a la vez me mor­dió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.

       Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido.

        Entonces la vieja me dijo: "¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!" Y luego añadió: "Ahora tenemos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente". En­tonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché a andar hacia mi casa y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar entré en mi aposento, y me fingí enferma.

       A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: "¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?" Yo le contesté: "Nada. Estoy bien". Entonces me miró con atención, y dijo: "¿Pero qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?" Y yo le dije entonces: "Cuando salí hoy con tu permiso a comprar esas telas, un camello, cargado de leña, ha trope­zado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!"

       Entonces se llenó de ira, y dijo: "¡Mañana mismo iré a ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar a todos!" Al oírle, repliqué compasi-  va:   "¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Ade­más, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que em­pezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara haciéndome esta herida en la mejilla".

       Entonces exclamó él: "¡Mañana iré a ver a Giafar Al­Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten a todos los arrie­ros de la ciudad". Y yo le repuse: "¿Pero vas a matar a todo el mundo por causa mía? Sabes que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, a quien gobierna".  Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: "¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!" Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio.   Entonces mi esposo mandó a uno de estos negros qúe me suje­tara por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apo­yase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: "¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá en dos mitades!" Y otro negro afia­dió: "Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla (el Tigris) pues así debe castigarse a quien hace traición al juramento y al cariño". Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:

 

       ¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcan­zará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!

 

       Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: "¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!" Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: "Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida".

       Entonces le dije: "¡Oh servidor de Alah, el Optimo!, dame nada más que el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento". Después levanté al cielo la mi­rada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado mísero e ignomi­nioso en que me veía, arrasándome en lágrimas los ojos, y recité llo­rando estas estrofas:

 

       ¡Encendiste en mis entrañas la pasión para enfriarte después! ¡Hi­ciste que mis ojos velaran largas noches para dormirte luego!

 

       ¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos? ¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!

     

        ¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi des­dicha y de la de toda mi juventud?

       ¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo mue­ra escribáis en la losa de mi tumba: "¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!"

 

       ¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!

 

       Terminados los versos, seguía llorando, y al oírme y ver mis lá­grimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas es­trofas:

 

       ¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!

 

       ¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni mi cora­zón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!

 

       Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: "Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas".  Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

 

       ¡En verdad te juro que si quisieres ser justo, no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la se­páración nunca supo ser justo!

 

       ¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o algún otro todavía más ligero!

 

       ¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!

 

       Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:

 

       ¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!

 

       ¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñan­do mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!

 

       ¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros, no tendré yo la culpa, sino tú solamente!

 

       Y al concluir estos versos, dijo al negro: "¡Córtala en dos mita­des! ¡Ya no es nada mío!"

       Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo segura ya mi muerte, me confié a Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso a besarlos, y le dijo: "¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, a que perdones a esa criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti". Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: "¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida".

       Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillo me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda es­peranza de sobrevivir a tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando a los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme des­pués a mi antigua casa, a favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hi­cieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme; a cau­sa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron

de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y lá­tigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!

       Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fui víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno hasta el otro extremo. Y en lugar de todas aquellas mara­villas no había más que montones de basura acumulados por las ba­rreduras de la ciudad. Y a pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.

       Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo:  "Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!"

       Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto nece­sitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, co­rre con el peso de la casa.

       Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo el mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos a descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, ves­tidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!   

       ¡Esta es mi historia!

Entonces el califa quedó profundamente maravillado y...

 

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

 

 

 

                                             Y CUANDO LLEGO LA 18ª  NOCHE

 

 

 

       Ella dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al­Raschid quedó maravilladísimo al oír las historias de las dos jóvenes Zobeida y Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y esmerada letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.

       En seguida dijo a la joven Zobeida: "Y después, ¡oh mi noble señora! ¿no has vuelto a saber nada de la efrita que encantó a tus hermanas bajo la forma de estas dos perras?" Y Zobeida repuso: "Po­dría saberlo, ¡oh Emir de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo: "Cuando me necesites, quema un cabello de éstos y me presentaré, por muy lejos que me halle, aunque estu­viese detrás del Cáucaso". Entonces el califa le dijo: "¡Dame uno de esos cabellos!" Y Zobeida le entregó el mechón, y el califa cogió un cabello v lo quemó.

Y apenas hubo de notarse el olor a pelo chamuscado, se estremeció todo el palacio con una violenta sacudida, y la efrita surgió de pronto en forma de mujer ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de decir al califa: "La paz sea contigo ¡oh Vicario de Alah!" Y el califa contestó: "¡Y desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!"

       Entonces ella le dijo: "Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esta joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la semilla que en mí sembró siempre germinará, porque jamás he de agradecerle bas­tante los beneficios que le debo. A sus hermanas las convertí en pe­rras, y no las maté para no ocasionarle a ella mayor sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh Príncipe de los Creyentes! deseas que las desencante, lo haré por consideración a ambos, pues no has de olvidar que soy musulmana".    Entonces el califa dijo: "En verdad que deseo las liberes, y luego estudiaremos el caso de la joven azotada, y si compruebo la certeza de su narración, tomaré su defensa y la vengaré de quien la ha castigado con tanta injusticia".

        Entonces la efrita dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién trató así a la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que es el más cercano a ti entre los humanos".Y la efrita cogió una vasija de agua, e hizo sobre ella sus con­juros, rociando después a las

 dos perras y diciéndoles: "Recobrad in­mediatamente vuestra primitiva forma humana!" Y al momento se transformaron las dos perras en dos jóvenes tan hermosas, que hon­raban a quien las creó.

       Luego la efrita, volviéndose hacia el califa, le dijo: "El autor de los malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín". Y le refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de labios de una segunda persona, no humana, sino efrita.

       Y el califa se quedó muy asombrado, pero dijo: "¡Loor a Alah porque intervine en el desencanto de las dos perras!" Después mandó llamar a su hijo El-Amín, le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y entonces el califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma sala en donde estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con sus dos hermanas desencantadas recien­temente.

       Y con auxilio de kadíes y testigos, casó de nuevo a su hijo. El­Amín con la joven Amina; a Zobeida con el primer saalik, hijo de rey; a las otras dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por

 último mandó extender su propio contrato con la más joven de las cinco hermanas, la virgen Fahima, ¡la proveedora agradable y dulce!

       Y mandó edificar un palacio para cada pareja, enriqueciéndoles para que pudiesen vivir felices. Y en cuanto anocheció fué a tenderse entre los brazos de la joven Fahima, con la cual hubo de pasar una noche de las más gratas.

 

 

       "Pero --dijo Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar- no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que ahora sigue".

          HISTORIA DE LA MUJER DESPEDAZADA, DE LAS TRES MANZANAS Y DEL NEGRO RIHAN

 

 

 

       Schehrazada dijo:

       Una noche entre las noches, el califa Harún Al-Raschid dijo a Giafar Al-Barmaki: "Quiero que recorramos la ciudad para enterar­nos de lo que hacen los gobernadores y walíes. Estoy resuelto a des­tituir a aquellos de quienes me den quejas". Y Giafar respondió: "Es­cucho y obedezco". '

       Y el califa, y Giafar, y Massrur el portaalfanje salieron disfraza­dos por las calles de Bagdad; y he aquí que en una calleja vieron a un anciano decrépito que en la cabeza llevaba una canasta y una red de pescar, y en la mano un palo; y andaba pausadamente, canturreando estas estrofas:

     

       Me dijeron: "¡Por tu ciencia, ¡oh sabio! eres entre los humanos como la luna en la noche!"

 

       Yo les contesté: "¡Os ruego que no habléis de ese modo     ! ¡No hay más ciencia que la del Destino!

 

       ¡Porque yo, con toda mi ciencia, mis manuscritos, mis libros y mi tintero, no puedo desviar la fuerza del Destino ni un solo día! ¡Y los que apostasen por mí, perderían su apuesta!

 

       ¡Nada, en efecto, hay más desolador que el pobre, el estado del pobrere y el pan y la vida del pobre!

 

       ¡En verano, se le agotan las fuerzas! ¡En invierno, no dispone de abrigo!

 

       ¡Si se para, le acosarán los perros para que se aleje! ¡Cuán mí­sero es! ¡Ved cómo para él son todas las ofensas y todas las burlas! ¿Quién es más desdichado?

 

       ¡Y si no clama ante los hombres, si no pregona su miseria, ¿quién lo compadecerá?

 

       ¡Oh! Si tal es la vida del pobre, ¿no ha de preferir la tumba?

 

Al oír estos versos tan tristes, el califa dijo a Giafar: "Los versos y el aspecto de este pobre hombre

indican una gran miseria".

        Después se aproximó al viejo y le dijo: "¡Oh jeique! ¿cuál es tu oficio?" Y él respondió: "¡Oh señor mío! Soy pescador. ¡Y muy pobre! ¡Y con familia! Y desde el mediodía estoy fuera de casa trabajando, y ¡Alah no me concedió aún el pan que ha de alimentar a mis hijos! Estoy, pues, cansado de mi persona y de la vida, y no anhelo más que morir". Entonces el califa le dijo: "¿Quieres venir con nosotros hasta el río, y echar la red en mi nombre, para ver qué tal suerte tengo? Lo que saques del agua te lo compraré y te daré por ello cien dinares". Y el viejo se regocijó al oírle, y contestó: "¡Acepto cuanto acabas de ofrecerme y lo pongo sobre mi cabeza!"

       Y el pescador volvió con ellos hacia el Tigris, y arrojando la red, quedó en acecho; después tiró de la cuerda de la red, y la red salió. El viejo pescador encontró en la red un cajón que estaba ce­rrado y que pesaba mucho. Intentó levantarlo el califa y lo encontró muy pesado. Pero se apresuró a entregar los cien dinares al pescador, que se alejó muy contento.

       Entre Giafar y Massrur cargaron con el cajón y lo llevaron al palacio. Y el califa dispuso que se encendiesen las antorchas, y Giafar y Massrur se abalanzaron sobre el cajón y lo rompieron. Y dentro de él hallaron una enorme banasta de hojas de palmera cosida con lana roja. Cortaron el cosido, y en la banasta había un tapiz; apartaron el tapiz y encontraron debajo un gran velo blanco de mujer; levan­taron el velo y apareció, blanca como la plata virgen, una joven muerta y despedazada.

       Ante aquel espectáculo, las lágrimas corrieron por las mejillas del califa, y después, muy enfurecido, encarándose con Giafar, excla­mó: "¡Oh perro visir! ¡Ya ves cómo, durante mi reinado, se asesina a las gentes y se arroja a las víctimas al agua! ¡Y su sangre caerá sobre mí el día del juicio, y pesará eternamente en mi conciencia! Pero ¡por Alah! que he de usar de represalias con el asesino, y no des­cansaré hasta que lo mate. En cuanto a ti, juro por la verdad de mi descendencia directa de los califas Bani-Abbas, que si no me presen­tas al matador de esta mujer, a la que quiero vengar, mandaré que te crucifiquen a la puerta de mi palacio, en compañía de cuarenta de tus primos los Baramka!" (Los Barmecidas, noble familia árabe).

       Y como el califa estaba lleno de cólera, y Giafar dijo: "Concédeme para ello no más que un plazo de tres días". Y el califa respondió: "Te lo otorgo".

       Entonces Giafar salió del palacio muy afligido y anduvo por la ciudad, pensando: "¿Cómo voy a saber quién ha matado a esa joven, ni dónde he de buscarlo para presentárselo al califa? Si le llevase a otro que pereciese en vez del asesino, esta mala acción pesaría sobre mi conciencia. Por lo tanto no sé qué hacer". Y Giafar llegó a su casa, y allí estuvo desesperado los tres días del plazo. Y al cuarto día el califa le mandó llamar. Y cuando se presentó entre sus manos, el califa le dijo: "¿Dónde está el asesino de la joven?" Giafar respon­dió:

        "No poseo la ciencia de adivinar lo invisible y lo oculto, para que pueda conocer en medio de una gran ciudad al asesino".

        Entonces el califa se enfureció mucho, y ordenó que crucificasen a Giafar a la puerta de palacio, encargando a los pregoneros que lo anunciasen por la ciudad y sus alrededores de esta manera:

       "Quién desee asistir a la crucifixión de Giafar Al-Barmaki, visir del califato, y a la, crucifixión de cuarenta Baramka, parientes suyos, vengan a la puerta de palacio para presenciarlo".

 

       Y todos los habitantes de Bagdad afluían por las calles para pre­senciar la crucifixión de Giafar y sus primos, sin que nadie supiese la causa; y todo el mundo se condolía y se lamentaba de aquel casti­go, pues el visir y los Baramka eran muy apreciados por su generosi­dad y sus buenas obras.

       Cuando se hubo levantado el patíbulo, llevaron al pie de él a los sentenciados y se aguardó la venia del califa para la ejecución. De pronto, mientras lloraba la gente, un apuesto y bien portado joven hendió con rapidez la muchedumbre, y llegando entre las manos de Gia­far, le dijo: "¡Que te liberten, ¡oh dueño y señor de los señores más altos, asilo de los menesterosos! Yo fui quien asesinó a la joven des­pedazada y la metí en la caja que pescasteis en el Tigris. ¡Mátame, pues, en cambio, y usa las represalias conmigo!"

       Cuando escuchó Giafar las palabras del joven, se alegró por sí propio, pero compadecióse del mancebo. Y hubo de pedirle explica­ciones más detalladas; pero de súbito un anciano venerable separó a la gente, se acercó muy de prisa a Giafar y al joven, les saludó, y les dijo: "¡Oh visir! no hagas caso de las palabras de este mozo, pues yo soy el único asesino de la joven, y en mi sólo tienes que vengarla".  Pero el joven repuso: "¡Oh visir! este viejo jeique no sabe lo que dice. Te repito que soy yo quien la mató, debiendo ser, por lo tanto, el único a quien se castigue".

        Entonces el jeique exclamó: "Oh hijo mío! todavía eres joven y debes vivir; pero yo, que soy viejo

 y estoy cansado del mundo, te serviré de rescate a ti, al visir y a sus primos. Repito que el asesino soy yo. Y conmigo se debe usar de represalias". Entonces Giafar, con el consentimiento del capitán de guardias, se llevó al joven y al anciano, y subió con ellos al aposento del ca­lifa. Y le dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! aquí tienes al asesino de la joven.

        Y el califa preguntó: "¿En dónde está?" Giafar dijo: "Este joven afirma que es el matador, pero este anciano lo desmiente y ase­gura que el asesino es él". Entonces el califa contempló al jeique y al mozo, y les dijo: "¿Cuál de vosotros dos ha matado a la joven?" Y el mancebo respondió: "¡Fui yo!" Y el jeique dijo: "¡No; fui yo solo!"

        El califa, sin preguntar más, dijo a Giafar entonces: "Llévate a los dos y crucifícalos". Pero Giafar hubo de replicarle: "Si sólo uno es el criminal, castigar al otro constituye una gran injusticia". Y enton­ces el joven exclamó: "¡Juro por Aquel que levantó los cielos hasta la altura que están y extendió la tierra en la profundidad que ocupa, que soy el único que asesinó a la joven! Oid las pruebas". Y describió el hallazgo, conocido sólo por el califa, Giafar y Massrur. Y con esto el califa se convenció de la culpabilidad del joven, y llegando al límite del asombro, le dijo: "¿Y por qué has cometido esa muerte? ¿Por qué la confiesas antes de que te obliguen a hacerlo a palos? ¿Por qué pides de este modo el castigo?" Entonces dijo el mancebo:

       "Sabe, ¡óh Príncipe de los Creyentes! que esa joven era mi es­posa, hija de este jeique, que es mi suegro. Me casé siendo ella toda­vía virgen, y Alah me ha concedido tres hijos varones. Y mi mujer me amó y me sirvió siempre, sin que tuviese yo que motejarle nada re­prensible.

       Pero a principios de este mes cayó gravemente enferma, y llamé en seguida a los médicos más sabios, que no tardaron en curarla ¡con ayuda de Alah! Y como desde el comienzo de su enfermedad no me había acostado con ella, y lo deseaba en aquel instante, quise que primero se diera un baño. Pero ella dijo: "Antes de entrar en el ham­mam, desearía-satisfacer un antojo". Y le pregunté: "¿Qué antojo es ese?" Y me contestó: "Tengo ganas de una manzana para olerla y darle un bocado".

        Inmediatamente me fui a la calle a comprar la man­zana, aunque me costara un dinar de oro. Y recorrí todas las frute­rías, pero en ninguna había manzanas. Y regresé a casa muy triste, sin atreverme a ver a mi mujer y pasé toda la noche pensando en la ma­nera de lograr una manzana. Al amanecer salí de nuevo de mi casa y recorrí todos los huertos, uno por uno, y árbol por árbol, sin hallar nada. Y he aquí que en el camino me encontré con un jardinero, hom­bre de edad, al que le consulté sobre lo de las manzanas. Y me dijo: "¡Oh hijo mío! Es una cosa difícil de encontrar, porque ahora no las hay en ninguna parte como no sea en Bassra, en el huerto del Comen­dador de los Creyentes. Y aun allí no te será fácil conseguirlas, pues el jardinero las reserva cuidadosamente para uso del califa".

       Entonces volví junto a mi esposa contándoselo todo; pero el amor que le profesaba me movió a preparar el viaje. Y salí, y emplée quince días completos, noche y día, para ir a Bassra y regresar, favo­recido por la suerte, pues volví al lado de mi esposa con tres manza­nas compradas al jardinero del huerto de Bassra por tres dinares. Entré, pues, muy contento, y se las ofrecí a mi esposa, pero al verlas ni dió muestras de alegría ni las probó, dejándolas, indiferen­te, a un lado. Observé entonces que durante mi ausencia la calentura se había vuelto a cebar en mi mujer muy violentamente, y seguía atormentándola; y estuvo enferma diez días más, durante los cuales no me separé de ella un momento.    Pero gracias a Alah, recobró la salud, y entonces pude salir y marchar a mi tienda para comprar y vender. Pero he aquí que una tarde estaba yo sentado a la puerta de mi tienda, cuando pasó por allí un negro, que llevaba en la mano una manzana.

       Y le dije:, "¡Eh, buen amigo!            ¿de dónde has sacado esa manzana, para que yo pueda comprar otras iguales?" Y el negro se echó a reír, y me contestó: "Me la ha regalado mi amante. He ido a su casa, después de algún tiempo que no la había visto, y la he en­contrado enferma, y tenía al lado tres manzanas, y al interrogarla, me ha dicho: "Figúrate, ¡oh querido mío! que el pobre cornudo de mi esposo ha ido a Bassra expresamente a comprármelas, y le han cos­tado tres dinares de oro". Y en seguida me dió esta que llevo en la mano".

       Al oír tales palabras del negro, ¡oh Príncipe de los Creyentes! mis ojos vieron que el mundo se oscurecía; cerré la tienda a toda prisa y entré en mi casa, después de haber perdido en el camino toda la razón, por la fuerza explosiva de mi furia. Dirigí una mirada al le­cho, y, efectivamente, la tercera manzana no estaba ya allí. Y pregun­té a mi esposa: "¿En dónde está la otra manzana?" Y me contestó: "No sé qué ha sido de ella". Esto era una comprobación de las pa­labras del negro. Entonces me abalancé sobre ella, cuchillo en mano, y apoyando en su vientre mis rodillas, la cosí a cuchilladas. Después le corté la cabeza y los miembros, lo metí todo apresuradamente en la banasta, cubriéndolo con el velo y el tapiz, y guardándolo en el cajón, que clavé yo mismo. Y cargué el cajón en mi mula, y en se­guida lo arrojé en el Tigris con mis propias manos.

       ¡Por eso, ¡oh Emir de los Creyentes! te suplico que apresures mi muerte, en castigo a mi crimen, pues me aterra tener que dar cuenta de él el día de la Resurrección!

       La arrojé al Tigris, como he dicho, y como nadie me vió, pude volver a casa. Y encontré a mi hijo mayor llorando, y aunque estaba seguro de que ignoraba la muerte de su madre, le pregunté: "¿Por

qué lloras?" Y él me contestó: "Porque he cogido una de las man­zanas que tenía mi madre, y al bajar a jugar con mis hermanos, en la calle, ha pasado un negro muy grande y me la quitó, diciendo: "¿De dónde has sacado esta manzana?"

        Y le contesté: "Es de mi padre, que se fué y se la trajo a mi madre con otras dos, compradas por tres di­nares en Bassra. Porque mi madre está enferma". Y a pesar de ello, no me la devolvió, sino que me dió un golpe y se fué con ella. ¡Y ahora tengo miedo de que mi madre me pegue por lo de la manzana!

       Al oír estas palabras del niño, comprendí que el negro había mentido respecto a la hija de mi suegro, y por lo tanto, ¡que yo había matado a mi esposa injustamente!

       Entonces empecé a derramar abundantes lágrimas, y entró mi suegro, el venerable jeique que está aquí conmigo. Y le conté la triste historia. Entonces se sentó a mi lado, y se puso a llorar. Y no cesamos de llorar juntos hasta medianoche. E hicimos que duraran cinco días las ceremonias fúnebres. Y aun hoy seguimos lamentando esa muerte.

       Así, pues, te conjuro, ¡oh Emir de los Creyentes!, por la memo­ria sagrada de tus antepasados, a que apresures mi suplicio y vengues en mi persona aquella muerte.

       Entonces el califa, profundamente maravillado, exclamó: "¡Por Alah que no he de matar más que a ese negro pérfido... !

 

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

 

 

 

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