HISTORIA DEL MANDADERO Y LAS TRES DONCELLAS (CONT8)

En seguida los esclavos pusieron la mesa, y comimos y bebimos hasta la saciedad. Y llegada la noche, me cogió y se tendió conmigo en el lecho. Y pasamos entrelazados la noche, uno en brazos de otro, hasta que fué de día.

       Vivimos durante un mes en la alegría y en la felicidad. Y al con­cluir este mes, pedí permiso a mi marido para ir al zoco y comprar algunas telas. Me concedió este permiso. Entonces me vestí y llevé con­migo a la vieja, que se había quedado en la casa, y nos fuimos al zoco. Me paré a la puerta de un joven mercader de sedas que la vieja me recomendó mucho por la buena calidad de sus géneros y a quien co­nocía de muy antiguo. Y añadió: "Es un muchacho que heredó mu­cho dinero y riquezas al morir su padre". Después, volviéndose hacia el mercader, le dijo: "Saca lo mejor y más caro que tengas en tejidos, que son para esta hermosa dama". Y dijo él: "Escucho y obedezco". Y la vieja, mientras el mercader desplegaba las telas seguía elogiándo­lo y haciéndome observar sus cualidades, y yo le dije: "Nada me im­portan sus cualidades ni los elogios que le diriges, pues no hemos ve­nido más que a comprar lo que necesito, para volvernos luego a casa".

 Y cuando hubimos escogido la tela, ofrecimos al mercader el di­nero de su importe. Pero éste se negó a coger el dinero y nos dijo:

       "Hoy no os cobraré dinero alguno; eso es un regalo por el placer y por el honor que recibo al veros en mi tienda". Entonces le dije a la vieja: "Si no quiere aceptar el dinero, devuélvele la tela". Y él excla­mó: "¡Por Alah! No quiero tomar nada de vosotras.

       Todo eso os lo regalo.

       En cambio, ¡oh hermosa joven! concédeme un beso, sólo un beso. Porque yo doy más valor a ese beso que a todas las mercancías de mi tienda". Y la vieja le dijo, riéndose: "¡Oh guapo mozo! Locura es considerar un beso como cosa tan inestimable". Y a mí me dijo: "¡Oh hija mía! ¿has oído lo que dice este joven mercader? No ten­gas cuidado, que nada malo ha de pasar porque te dé un beso única­mente, y en cambio, podrás escoger y tomar lo que más te plazca de todas estas telas preciosas".

        Entonces contesté: "¿No sabes que estoy ligada por un juramento?" Y la vieja replicó: "Déjale que te bese, que con que tú no hables ni te muevas, nada tendrás que echarte en cara. Y además, recogerás el dinero, que es tuyo, y la tela también". Y tanto siguió encareciéndolo la vieja, que tuve de consentir. Y para ello, me tapé los ojos y extendí el velo, a fin de que no vieran nada los transeúntes. Entonces el mercader ocultó la cabeza debajo de mi velo, acercó sus labios a mi mejilla y me besó.

        Pero a la vez me mor­dió tan bárbaramente, que me rasgó la carne. Y me desmayé de dolor y de emoción.

       Cuando volví en mí, me encontré echada en las rodillas de la vieja, que parecía muy afligida. En cuanto a la tienda, estaba cerrada y el joven mercader había desaparecido.

        Entonces la vieja me dijo: "¡Alah sea loado, por librarnos de mayor desdicha!" Y luego añadió: "Ahora tenemos que volver a casa. Tú fingirás estar indispuesta, y yo te traeré un remedio que te curará la mordedura inmediatamente". En­tonces me levanté, y sin poder dominar mis pensamientos y mi terror por las consecuencias, eché a andar hacia mi casa y mi espanto iba creciendo según nos acercábamos. Al llegar entré en mi aposento, y me fingí enferma.

       A poco entró mi marido y me preguntó muy preocupado: "¡Oh dueña mía! ¿qué desgracia te ocurrió cuando saliste?" Yo le contesté: "Nada. Estoy bien". Entonces me miró con atención, y dijo: "¿Pero qué herida es esa que tienes en la mejilla, precisamente en el sitio más fino y suave?" Y yo le dije entonces: "Cuando salí hoy con tu permiso a comprar esas telas, un camello, cargado de leña, ha trope­zado conmigo en una calle llena de gente, me ha roto el velo y me ha desgarrado la mejilla, según ves. ¡Oh, qué calles tan estrechas las de Bagdad!"

       Entonces se llenó de ira, y dijo: "¡Mañana mismo iré a ver al gobernador para reclamar contra los camelleros y leñadores, y el gobernador los mandará ahorcar a todos!" Al oírle, repliqué compasi-  va:   "¡Por Alah sobre ti! ¡No te cargues con pecados ajenos! Ade­más, yo he tenido la culpa, por haber montado en un borrico que em­pezó a galopar y cocear. Caí al suelo, y por desgracia había allí un pedazo de madera que me ha desollado la cara haciéndome esta herida en la mejilla".

       Entonces exclamó él: "¡Mañana iré a ver a Giafar Al­Barmaki, y le contaré esta historia, para que maten a todos los arrie­ros de la ciudad". Y yo le repuse: "¿Pero vas a matar a todo el mundo por causa mía? Sabes que esto ha ocurrido sencillamente por voluntad de Alah, y por el Destino, a quien gobierna".  Al oírme, mi esposo no pudo contener su furia y gritó: "¡Oh pérfida! ¡Basta de mentiras! ¡Vas a sufrir el castigo de tu crimen!" Y me trató con las palabras más duras, y a una llamada suya se abrió la puerta y entraron siete negros terribles, que me sacaron de la cama y me tendieron en el centro del patio.   Entonces mi esposo mandó a uno de estos negros qúe me suje­tara por los hombros y se sentara sobre mí y a otro negro que se apo­yase en mis rodillas para sujetarme las piernas. Y en seguida avanzó un tercer negro con una espada en la mano, y dijo: "¡Oh mi señor! la asestaré un golpe que la partirá en dos mitades!" Y otro negro afia­dió: "Y cada uno de nosotros cortará un buen pedazo de carne y se lo echará a los peces del río de la Dejla (el Tigris) pues así debe castigarse a quien hace traición al juramento y al cariño". Y en apoyo de lo que decía, recitó estos versos:

 

       ¡Si supiese que otro participa del cariño de la que amo, mi alma se rebelaría hasta arrancar de ella tal amor de perdición! Y le diría a mi alma: ¡Mejor será que sucumbamos nobles! ¡Porque no alcan­zará la dicha el que ponga su amor en un pecho enemigo!

 

       Entonces mi esposo dijo al negro que empuñaba la espada: "¡Oh valiente Saad! ¡Hiere a esa pérfida!" Y Saad levantó el acero. Y mi esposo me dijo: "Ahora di en alta voz tu acto de fe y recuerda las cosas y trajes y efectos que te pertenecen para que hagas testamento, porque ha llegado el fin de tu vida".

       Entonces le dije: "¡Oh servidor de Alah, el Optimo!, dame nada más que el tiempo necesario para hacer mi acto de fe y mi testamento". Después levanté al cielo la mi­rada, la volví a bajar y reflexioné acerca del estado mísero e ignomi­nioso en que me veía, arrasándome en lágrimas los ojos, y recité llo­rando estas estrofas:

 

       ¡Encendiste en mis entrañas la pasión para enfriarte después! ¡Hi­ciste que mis ojos velaran largas noches para dormirte luego!

 

       ¡Pero yo te reservé un sitio entre mi corazón y mis ojos! ¿Cómo te ha de olvidar mi corazón, ni han de cesar de llorarte mis ojos? ¡Me habías jurado una constancia sin límite, y apenas tuviste mi corazón, me dejaste!

     

        ¡Y ahora no quieres tener piedad de ese corazón ni compadecerte de mi tristeza! ¿Es que no naciste más que para ser causa de mi des­dicha y de la de toda mi juventud?

       ¡Oh amigos míos! os conjuro por Alah para que cuando yo mue­ra escribáis en la losa de mi tumba: "¡Aquí yace un gran culpable! ¡Uno que amó!"

 

       ¡Y el afligido caminante que conozca los sufrimientos del amor dirigirá a mi tumba una mirada compasiva!

 

       Terminados los versos, seguía llorando, y al oírme y ver mis lá­grimas, mi esposo se excitó y enfureció más todavía, y dijo estas es­trofas:

 

       ¡Si así dejé a la que mi corazón amaba, no ha sido por hastío ni cansancio! ¡Ha cometido una falta que merece el abandono!

 

       ¡Ha querido asociar a otro a nuestra ventura, cuando ni mi cora­zón, ni mi razón, ni mis sentidos pueden tolerar sociedad semejante!

 

       Y cuando acabó sus versos yo lloraba aún, con la intención de conmoverle, y dije para mí: "Me tornaré sumisa y humilde. Y acaso me indulte de la muerte, aunque se apodere de todas mis riquezas".  Y le dirigí mis súplicas, y recité con gentileza estas estrofas:

 

       ¡En verdad te juro que si quisieres ser justo, no mandarías que me matasen! ¡Pero es sabido que el que ha juzgado inevitable la se­páración nunca supo ser justo!

 

       ¡Me cargaste con todo el peso de las consecuencias del amor, cuando mis hombros apenas podían soportar el peso de la túnica más fina o algún otro todavía más ligero!

 

       ¡Y sin embargo, no es mi muerte lo que me asombra, sino que mi cuerpo, después de la ruptura, siga deseándote!

 

       Terminados los versos, mis sollozos continuaban. Y entonces me miró, me rechazó con ademán violento, me llenó de injurias, y me recitó estos otros:

 

       ¡Atendiste a un cariño que no era el mío, y me has hecho sentir todo tu abandono!

 

       ¡Pero yo te abandonaré, como tú me has abandonado, desdeñan­do mi deseo! ¡Y tendré contigo la misma consideración que conmigo tuviste!

 

       ¡Y me apasionaré por otra, ya que a otro te inclinaste! ¡Y de la ruptura eterna entre nosotros, no tendré yo la culpa, sino tú solamente!

 

       Y al concluir estos versos, dijo al negro: "¡Córtala en dos mita­des! ¡Ya no es nada mío!"

       Cuando el negro dió un paso hacia mí, desesperé de salvarme, y viendo segura ya mi muerte, me confié a Alah Todopoderoso. Y en aquel momento vi entrar a la vieja, que se arrojó a los pies del joven, se puso a besarlos, y le dijo: "¡Oh hijo mío! como nodriza tuya, te conjuro, por los cuidados que tuve contigo, a que perdones a esa criatura, pues no cometió falta que merezca tal castigo. Además, eres joven todavía, y temo que sus maldiciones caigan sobre ti". Y luego rompió a llorar, y continuó en sus súplicas para convencerle, hasta que él dijo: "¡Basta! Gracias a ti no la mato; pero la he de señalar de tal modo, que conserve las huellas todo el resto de su vida".

       Entonces ordenó algo a los negros, e inmediatamente me quitaron la ropa, dejándome toda desnuda. Y él con una rama de membrillo me fustigó toda, con preferencia el pecho, la espalda y las caderas, tan recia y furiosamente, que hube de desmayarme, perdida ya toda es­peranza de sobrevivir a tales golpes. Entonces cesó de pegarme, y se fué, dejándome tendida en el suelo, mandando a los esclavos que me abandonasen en aquel estado hasta la noche, para transportarme des­pués a mi antigua casa, a favor de la oscuridad. Y los esclavos lo hi­cieron así, llevándome a mi antigua casa, como les había ordenado su amo.

Al volver en mí, estuve mucho tiempo sin poder moverme; a cau­sa de la paliza; luego me aplicaron varios medicamentos, y poco a poco acabé por curar; pero las cicatrices de los golpes no se borraron

de mis miembros ni de mis carnes, como azotadas por correas y lá­tigos. ¡Todos habéis visto sus huellas!

       Cuando hube curado, después de cuatro meses de tratamiento, quise ver el palacio en que fui víctima de tanta violencia; pero se hallaba completamente derruído, lo mismo que la calle donde estuvo, desde uno hasta el otro extremo. Y en lugar de todas aquellas mara­villas no había más que montones de basura acumulados por las ba­rreduras de la ciudad. Y a pesar de todas mis tentativas, no conseguí noticias de mi esposo.

       Entonces regresé al lado de Fahima, que seguía soltera, y ambas fuimos a visitar a Zobeida, nuestra hermanastra, que te ha contado su historia y la de sus hermanas convertidas en perras. Y ella me contó su historia y yo le conté la mía, después de los acostumbrados saludos. Y mi hermana Zobeida me dijo:  "Oh hermana mía! nadie está libre de las desgracias de la suerte. ¡Pero gracias a Alah, ambas vivimos aún! ¡Permanezcamos juntas desde ahora! ¡Y sobre todo, que no se pronuncie siquiera la palabra matrimonio!"

       Y nuestra hermana Fahima vive con nosotras. Tiene el cargo de proveedora, y baja al zoco todos los días para comprar cuanto nece­sitamos; yo tengo la misión de abrir la puerta a los que llaman y de recibir a nuestros convidados, y Zobeida, nuestra hermana mayor, co­rre con el peso de la casa.

       Y así hemos vivido muy a gusto, sin hombres, hasta que Fahima nos trajo el mandadero cargado con una gran cantidad de cosas, y le invitamos a descansar en casa un momento. Y entonces entraron los tres saalik, que nos contaron sus historias, y en seguida vosotros, ves­tidos de mercaderes. Ya sabes, pues, lo que ocurrió y cómo nos han traído a tu poder, ¡oh Príncipe de los Creyentes!   

       ¡Esta es mi historia!

Entonces el califa quedó profundamente maravillado y...

 

En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

 

 

 

                                             Y CUANDO LLEGO LA 18ª  NOCHE

 

       Ella dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que el califa Harún Al­Raschid quedó maravilladísimo al oír las historias de las dos jóvenes Zobeida y Amina, que estaban ante él con su hermana Fahima, las dos perras y los tres saalik, y dispuso que ambas historias, así como las de los tres saalik, fuesen escritas por los escribas de palacio con buena y esmerada letra, para conservar los manuscritos en sus archivos.

       En seguida dijo a la joven Zobeida: "Y después, ¡oh mi noble señora! ¿no has vuelto a saber nada de la efrita que encantó a tus hermanas bajo la forma de estas dos perras?" Y Zobeida repuso: "Po­dría saberlo, ¡oh Emir de los Creyentes! pues me entregó un mechón de sus cabellos, y me dijo: "Cuando me necesites, quema un cabello de éstos y me presentaré, por muy lejos que me halle, aunque estu­viese detrás del Cáucaso". Entonces el califa le dijo: "¡Dame uno de esos cabellos!" Y Zobeida le entregó el mechón, y el califa cogió un cabello v lo quemó.

Y apenas hubo de notarse el olor a pelo chamuscado, se estremeció todo el palacio con una violenta sacudida, y la efrita surgió de pronto en forma de mujer ricamente vestida. Y como era musulmana, no dejó de decir al califa: "La paz sea contigo ¡oh Vicario de Alah!" Y el califa contestó: "¡Y desciendan sobre ti la paz, la misericordia de Alah y sus bendiciones!"

       Entonces ella le dijo: "Sabe, ¡oh Príncipe de los Creyentes! que esta joven, que me ha llamado por deseo tuyo, me hizo un gran favor, y la semilla que en mí sembró siempre germinará, porque jamás he de agradecerle bas­tante los beneficios que le debo. A sus hermanas las convertí en pe­rras, y no las maté para no ocasionarle a ella mayor sentimiento. Ahora, si tú, ¡oh Príncipe de los Creyentes! deseas que las desencante, lo haré por consideración a ambos, pues no has de olvidar que soy musulmana".    Entonces el califa dijo: "En verdad que deseo las liberes, y luego estudiaremos el caso de la joven azotada, y si compruebo la certeza de su narración, tomaré su defensa y la vengaré de quien la ha castigado con tanta injusticia".

        Entonces la efrita dijo: "¡Oh Emir de los Creyentes! dentro de un instante te indicaré quién trató así a la joven Amina, quedándose con sus riquezas. Pero sabe que es el más cercano a ti entre los humanos".Y la efrita cogió una vasija de agua, e hizo sobre ella sus con­juros, rociando después a las

 dos perras y diciéndoles: "Recobrad in­mediatamente vuestra primitiva forma humana!" Y al momento se transformaron las dos perras en dos jóvenes tan hermosas, que hon­raban a quien las creó.

       Luego la efrita, volviéndose hacia el califa, le dijo: "El autor de los malos tratos contra la joven Amina es tu propio hijo El-Amín". Y le refirió la historia, en cuya veracidad creyó el califa por venir de labios de una segunda persona, no humana, sino efrita.

       Y el califa se quedó muy asombrado, pero dijo: "¡Loor a Alah porque intervine en el desencanto de las dos perras!" Después mandó llamar a su hijo El-Amín, le pidió explicaciones, y El-Amín respondió con la verdad. Y entonces el califa ordenó que se reuniesen los kadíes y testigos en la misma sala en donde estaban los tres saalik, hijos de reyes, y las tres jóvenes, con sus dos hermanas desencantadas recien­temente.

       Y con auxilio de kadíes y testigos, casó de nuevo a su hijo. El­Amín con la joven Amina; a Zobeida con el primer saalik, hijo de rey; a las otras dos jóvenes con los otros dos saalik, hijos de reyes; y por

 último mandó extender su propio contrato con la más joven de las cinco hermanas, la virgen Fahima, ¡la proveedora agradable y dulce!

       Y mandó edificar un palacio para cada pareja, enriqueciéndoles para que pudiesen vivir felices. Y en cuanto anocheció fué a tenderse entre los brazos de la joven Fahima, con la cual hubo de pasar una noche de las más gratas.

 

 

       "Pero --dijo Schehrazada dirigiéndose al rey Schahriar- no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea más prodigiosa que la que ahora sigue".

     

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