HISTORIA DEL PESCADOR Y EL EFRIT (CONT2)

 

 Y CUANDO LLEGO LA SEXTA NOCHE

 

       Schehrazada dijo:

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: "Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pe­ro no has querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré a ese mar", entonces el efrit clamó y dijo:

 

       "¡Por Alah sobre ti! ¡oh pescador, no lo hagas! y consérvame gene­rosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fui criminal tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: "¡Oh tú, que ha­ces bien a quien mal hizo; perdona sin restricciones el crimen del mal­hechor!"

        Y tú, ¡oh pescador!, no hagas conmigo lo que hizo Umama con Atika". El pescador dijo: "¿Y qué caso fué ese?" Y respondió el efrit: "No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso". Pero el pescador dijo: "¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que ten­gas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He com­prendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber que voy a echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido a todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces per­manecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios". El efrit le contestó: "Suéltame, que ha llegado el momen­to de contarte la historia. Además, te prometo no hacerte jamás nin­gún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siem­pre". Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que si li­bertaba al efrit, no sólo no le haría jamás daño, sino que le favorece­ría en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopode­roso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó a subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dió un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vió que el jarrón iba camino del mar, dió por segura su propia perdición, y orinándose encima, dijo: "Verdade­ramente, no es esto una buena señal". Después intentó tranquilizarse y dijo: "¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: "Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos". Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el mé­dico Ruyán al rey Yunán: "Consérvame, y Alah te conservará".

        Al oír estas palabras, el efrit rompió a reír y echando a andar delante de él, dijo: "¡Oh pescador, sígueme!" Y el pescador echó a andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron comple­tamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron a una monta­ña, y bajaron a una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró a través del agua, y vió peces blancos y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro pe­ces, cada uno de color distinto.

        Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: "Ve con esos peces al palacio del sultán, ofrécelos y te dará con qué enriquecerte. Y, mientras tanto, ¡por Alah!, discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, donde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto a ti, vendrás todos los días a pescar a este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección". Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le tragó.

       Entonces el pescador volvió a la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó a su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colo có en ella los peces, que comenzaron a nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había encargado. Cuando el pescador se pre­sentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: "Que entreguen esos peces a nuestra cocinera negra". Por­que esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aun no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: "¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te diga: "Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ata­que.”  (Para las grandes ocasiones)

       “De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platos". Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encar­gos, y el rey ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Ha­biéndoselos dado el visir, los guardó el pescador en una halda de su túnica, y volvió a su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró a sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.

       En cuanto a la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, me­jillas redondas y tersas, párpados pintados con kohl negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú.

.       Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: "¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?" Al ver aquello la esclava se desmayó y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: "¡Oh, sí... ! ¡Oh, sí... !" Y entonaron a coro la siguiente estrofa:

 

       ¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cum­ples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras es­caparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!

 

Al oír estas palabras, la joven derribó la sartén, y salió por el mis­mo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.

       Cuando la esclava volvió de su desmayo, vió que se habían que­mado los cuatro peces, y estaban negros como el carbón. Y comenzó a decir: "¡Pobres pescados! ¡Pobres pescados!" Y mientras seguía la mentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: "Llévale los pescados al sultán". Y la esclava se echó a llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: "Eso es verdaderamente una historia muy rara". Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presen­tó el pescador, le dijo: "Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez". Y el pescador se dirigió al estanque, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fué a entregárselos a la negra, y le dijo: "¡Levántate! ¡Vas a freírlos en mi presencia, para que yo vea qué asunto es éste!" Y la negra se levantó, preparó los peces y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, hete aquí que se hendió la pared, y apareció la joven vestida siempre con las mismas vestiduras, y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?". Y los peces levantaron la cabeza, y canta­ron a coro esta estrofa:

      

¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! Pero si tú reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resar­ciremos!

 

       En este momento de su narración, Schehrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

 

                           

                                            

                                       PERO CUANDO LLEGO LA SEPTIMA NOCHE

 

 

       Ella dijo:

      

       He llegado a saber, ¡oh rey afortunado!, que cuando los peces empezaron a hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: "Es esta una cosa que verdaderamente no po­dría ocultar al rey". Después se marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales a los primeros, para lo cual le dió tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al estanque, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dis­puso que le dieran cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: "Prepara tú mismo delante de mí esos pescados". Y el visir contestó: "Escucho y obedezco". Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso a freír los peces, después de haberlos lim­piado bien, y en cuanto estuvieron fritos por un lado, los volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro se­mejante a un búfalo entre los búfalos, o a un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: "¡Oh peces! ¡oh peces! ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?".

       Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sar­tén, y dijeron: "Cierto que sí, cierto que sí".   Y declamaron a coro es­tos versos:

 

       ¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gri­taremos tanto que acabarás por ceder!

 

       Después el negro se acercó a la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fue en­tonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: "Es éste un asunto so­bre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña". Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador le dijo: "¿De dónde proceden estos peces?" El pescador contestó: "De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad". Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: "¿Cuántos días se tarda en llegar a ese sitio?".

       Y dijo el pescador: "¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora".

       El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó a sus soldados que marchasen inmediata­mente con el pescador. Y el pescador iba muy contrariado, maldicien­do en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron a una montaña, y bajaron hasta una vasta llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces de cuatro colores: rojos, blancos, azules y ama­rillos. Y el rey se detuvo y preguntó a los soldados y a cuantos esta­ban presentes: "¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?" Y todos respondieron: "¡Oh, no!". Y el rey dijo: "¡Por Alah! No volveré jamás a mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra". Y mandó a los soldados que cercaran las montañas. Y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó a su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó ante el rey, éste le dijo: "Tengo intención de hacer una cosa y voy a enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta no­che y marchar yo solo a descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás a la puerta de mi tienda, y dirás a los emires, visires y chambelanes: "El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar a nadie". Y a ninguno revelarás mi in­tención". De este modo el visir no podía desobedecer.

       Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse has­ta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó a descan­sar. Después anduvo durante todo el resto del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vió a lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: "Es probable que encuentre allí a alguien que me contará la historia del lago y sus peces". Y al acer­carse a esta cosa negra vió que aquello era un palacio enteramente construido con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hie­rro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra ce­rrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente, pero como no le contestasen llamó por segunda y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó por cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: "No hay duda, este palacio está desierto". Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó a un pasillo, y allí dijo en alta voz: "¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante que pide provisiones para continuar su viaje".

       Después reiteró su de­manda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmósu corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró a nadie. Pero vió que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un pa­tio interior había un estanque coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba perlas y pedrería. En torno veíanse numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio, por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar a alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:

      

       ¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amo­res fué revelado...! ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!

 

       ¡Oh amor! ¡Viniste al oír mi voz pero cuánta tortura dejaste mis pensamientos  

 

       ¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayáis a visitar a Aquella que es toda mi alma, para hacerla pade­cer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!

 

       Cuando el rey oyó estas quejas amargas se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vió un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso; su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro.

        Ya lo dijo el poeta:

 

       ¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!

 

       ¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!

 

       Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: "¡La paz sea contigo!". Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bor­dado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por to da su persona, devolvió el saludo del rey y le dijo: "¡Oh señor! ¡Perdona que no me pueda levantar!". Pero el rey contestó: "¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de este palacio y de la causa de su soledad y de tus lá­grimas".

        Al oírlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían a lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: "¡Oh joven! ¿qué es lo que te hace llorar?" Y el joven respondió: "¿Cómo no he de llo­rar, si me veo en este estado?" Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vió que toda la mi­tad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el om­bligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: "Sabe, ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, a fin de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador cuidadoso".

 

Y el joven contó la historia que sigue:

 

 

 

           

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