I

El 15 de octubre del año 20... un barrendero del ayuntamiento encontraba el cadáver de un joven de origen incierto recostado contra una de las paredes de la galería que circunda la plaza. “Eh chaval, muévete que estoy trabajando”. Con esas palabras (tal como expresó posteriormente en su declaración) intentó el barrendero disuadir al cuerpo que creyó simplemente dormido tras una noche de excesos, pero no obtuvo respuesta ni siquiera al insistir, y se decidió a "cogerlo por el cuello para zarandearlo". Cabe decir que no le profesaba gran aprecio a esos "vagos que pasan la vida pidiendo monedillas para comer bocatas y fumar haschich, mientras la gente honrada trabaja cada día para ganarse su sueldo de  currante". Sin embargo al intentar moverlo, se percató rápidamente de que  de su cuello manaba sangre, y no tardó en comprender que todo era inútil; aquel muchacho se encontraba en un estado de lamentable destrozo. Sin más, se dirigió a la central de policía (muy cerca de ahí), para dar parte del hecho, tras lo cual se desentendió totalmente de aquel acontecimiento para continuar su rutinaria labor. Y por cierto no fue hasta mucho tiempo después, cuando el caso ganó cierto renombre a raíz de la publicación de un polémico libro, que oyó nuevamente hablar del “muerto de la Plaza Real”.

   Tras las indagaciones de rutina pudo determinarse que el cuerpo era el de un joven Italiano de nombre Luigi Anterraglo, pero realmente poco se avanzó en la investigación puesto que no se encontraron testigos del suceso. Tampoco fue posible contactar con alguien en Barcelona que le conociera o supiera algo de él. En cuanto a su país de origen, la información compartida por la policía Italiana poco aportó al caso. Simplemente se informó que provenía de un pueblo toscano, y que no se había podido encontrar a parientes cercanos ni amigos. Solo hubo declaraciones de algunos vecinos que dijeron que el joven había desaparecido del pueblo años atrás al fallecer sus padres en un lamentable accidente. En consecuencia se dejó en suspenso la investigación, archivándose el caso para atender otros de más urgencia. De todas formas aquel muerto no le interesaba a nadie, y probablemente había sido víctima de alguna trifulca callejera o ajuste de cuentas.

   Así lo creyó al menos el detective de homicidios Josep Guevara, que había estado a cargo de la investigación. Puede decirse que Guevara fue la única persona a quién interesó en cierta medida aquel incidente, ya que verdaderamente lamentaba dejar un caso sin resolver, aunque fuera de poca importancia. Era un tipo joven y siempre se aplicaba al máximo, consiguiendo generalmente buenos resultados.

 

   Fue por casualidad que, algún tiempo después, Guevara se encontró con algo de sumo interés que le hizo volver al caso Anterraglo, si bien de forma extraoficial. Observaba el telediario cotidiano por TV, y pudo ver como el cuerpo antidisturbios intervenía para desalojar por la fuerza una "casa okupa" del barrio de Gracia. Como suele suceder, la noticia era presentada provocando cierta impresión negativa de los "antisociales" y justificando la actitud violenta de los uniformados. Pero Guevara no se fijaba en eso, porque su atención se centró en un graffiti que al azar las cámaras captaron en el interior de la casa. Era una pintura sobre la pared, una tumba con su cruz, y Guevara estaba casi seguro que sobre la lápida y escrito en tinta roja había leído “Anterraglo”.

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