II

No le fue fácil a Guevara entrar en la casa Okupa. Debido al desalojo reciente había gente custodiando y, pese a ser policía, el agente a cargo le negó en un principio el paso. (Este hecho le llamó bastante la atención.) Pero Guevara no era de los que se rinden con facilidad. Consiguió confundir al guardia con alusiones a una importante investigación de carácter confidencial, y entró en el recinto.

   La casa estaba semi-vacía. Por aquí y allá se veían restos y despojos, aunque el legado Okupa se mantenía firme en el arte de pared. Se apreciaban pinturas y graffitis por todas partes, algunas de extrema calidad. Aunque Guevara no había venido a ver arte,  sabía bien que cualquier información podía ser útil para la investigación, así que no dudó en tomar algunas fotografías. Subió por las viejas escaleras de madera hacia la segunda planta y no tardó en encontrar lo que buscaba. En una de las paredes de la habitación grande pudo ver la pintura de aerosoles que había aparecido por televisión. Guevara no se había equivocado; claramente alguien había pintado una lápida en memoria del italiano muerto, el tal Luigi Anterraglo. Solo era eso, una tumba con su nombre puesto encima, nada más.  Pero ahora tenía un indicio; probablemente el italiano había estado allí, en aquella casa, y alguien lo conocía, sabía algo sobre él. Se había abierto una vía de investigación.

 

 

*      *      *

 

 

   Días después, sentado frente a su escritorio del departamento de homicidios y mientras revisaba un caso de sicarios colombianos en el que estaba trabajando, Guevara recibió la llamada que había estado esperando. Era el "Negro", un informante de la policía:

 

-Tengo a uno, Julio Gutiérrez.  Un argentino. Está en un sitio llamado 'Teatro Okupa', en la calle de Sant Pere mes Baix. Vive en el país desde hace cuatro años. No sé cuanto tiempo estuvo en  Gracia ni por qué.

-Vale, avisa si hay algo nuevo.

 

   La calle Sant Pere mes Baix está ubicada en la zona alta del Born. Es una calle comercial, llena de pequeñas tiendas de todo tipo y bastante folclórica. Atraviesa un barrio antiguo y de edificios viejos, algunos en estado de decaimiento pero muchos recientemente remodelados y con el encanto característico de lo antiguo que ha sido remodelado conservando el espíritu original. La zona está poblada aún por habitantes locales en su mayoría, aunque la mezcla con marroquíes, pakistaníes, sudamericanos y otros inmigrantes es una realidad en aumento, como sucede en muchas zonas de Barcelona.

   Guevara anduvo un rato por las callejuelas angostas. Conocía bastante aquel barrio, pero quería respirar otra vez su aire distintivo para interiorizar los elementos subjetivos de la investigación. En la zona del llamado "Forat de la Vergogna" (Agujero de la Vergüenza) se encontró con un espectáculo singular. Un grupo numeroso de personas celebraba un acto de protesta en contra de la especulación inmobiliaria. Preparaban una paella gigante y gratuita. Guevara conocía bien el tema. Su vida en las calles lo hacía entrar frecuentemente en contacto directo con ese tipo de asuntos con bastante frecuencia. El problema está en que algunos barrios tradicionalmente dejados de la mano de Dios y convertidos casi en ghetos de gentes pobres durante generaciones, se han transformado en un plato suculento para los inversores que conocen el valor folclórico del casco antiguo y el provecho que se obtiene de la remodelación y venta de sus edificios y apartamentos. Esto hace que se vaya expulsando poco a poco a los moradores originales y de condición humilde a través del aumento del precio de la vivienda y de los alquileres, y de cierta presión sutil pero constante. Por ejemplo se empapela el barrio entero con avisos de supuestos compradores "particulares" dispuestos a comprar urgentemente pisos al contado en el barrio. La técnica es bastante sofisticada, llegando incluso pegar o "buzonear" cientos de avisos escritos a mano uno por uno en descuidadas hojas de papel. Detrás hay una organizada trama de empresas inmobiliarias que pretenden comprar a bajo precio con una oferta jugosa al contado, para luego revender a precios elevados dando paso a gente con mayor capacidad adquisitiva que busca el encanto del barrio antiguo y céntrico,  y que puede pagarlo a un precio mucho más alto. Guevara era más bien realista en cuanto al futuro del proceso. Sabía que algunos cambios era casi imposible evitarlos, por lo cual aquella gente reunida en su protesta de barrio le despertaba cierta admiración; eran como quijotes contra molinos de viento.

   El detective centró su atención en los Okupas que por allí había. Eran bastantes, puesto que en esa zona existen varias casas ocupadas. Intentaba imaginarse en ese contexto al italiano muerto. ¿Había sido como ellos? ¿Hubiese asistido a aquel acto de haber estado vivo? Mucha gente prejuzga a los Okupas por su apariencia un poco descuidada y sus peinados y ropas particulares. Sin embargo detrás de la apariencia existe una ideología, y una actividad social a veces intensa, donde la solidaridad es la pieza clave. Claro que como en cualquier colectivo, no escasean tampoco los oportunistas y los hipócritas. Guevara conocía un poco todo eso, pero aún no concebía ninguna teoría de por qué un okupa podía verse implicado en un asesinato como aquél. ¿Drogas? La autopsia no había revelado ninguna sustancia en su sangre, y aunque esto no fuese una prueba definitiva, su instinto le decía que no. También  en alguna ocasión se habían mencionado relaciones entre los movimientos okupas con alguna banda terrorista. Pero Guevara lo veía más como un hecho aislado o incluso cierta manipulación informativa. En todo caso era necesaria más información para esbozar cualquier hipótesis. Se dirigió hacia el "Teatro okupa".

   Iba vestido con ropas normales. Había elegido sus prendas más viejas y desgastadas porque pretendía entrar como uno más, pensando que así podría conseguir mejores resultados que si se presentaba como policía. Golpeó la gran puerta del Teatro. Se oía una música de flamenco a gran volumen que venía desde dentro. Un tipo de unos treinta años se asomó al balcón y preguntó que pasaba. Guevara le contestó que buscaba a Julio Gutiérrez. El tipo volvió a entrar al edificio y solo después de unos minutos se abrió la gran puerta. Guevara entró. La puerta la había abierto el mismo sujeto que antes había aparecido en el balcón. Le dijo que subiese, que Gutiérrez estaba arriba del todo pintando unas paredes, tras lo cuál salió a la calle dejándolo solo. El Teatro era un edificio enorme de varias plantas. Había sido ocupado con motivo de la Cumbre Presidencial de los Países Europeos un tiempo atrás, como alojamiento para gente llegada de todas partes, integrantes de los movimientos de protesta. Subió por las escaleras y llegó a una primera planta muy amplia, donde al parecer celebraban fiestas porque había una barra de bar y un equipo de sonido de alta potencia. Siguió subiendo, siempre observando todo a su alrededor en busca de indicios. En la segunda planta había varias habitaciones. Se veían señales de reformas recientes, pinturas y arte alternativo. El aspecto general era de bastante desorden. Al pasar frente a una habitación Guevara cruzó la vista con una chica de extraño aspecto. Parecía extranjera y sus ojos eran de un indefinible y profundo color. Su mirada tenía una fuerza intensa. Guevara se detuvo un tanto atraído y decidió abordarla.

 

-¿Tu vives aquí?

-Pues sí.

-¿Vive mucha gente en este sitio?

-Bastantes, no sé.

-¿Los conoces a todos?

-Que más da. ¿Los conoces tú?

-¿Como te llamas?

-Mirabe

-¿Mirabe? Un nombre raro. Yo me llamo Josep.

-(Asiente con un gesto indiferente pero no dice nada).

-¿Pintaste tú esa pared?

-Sí.

-Pintas bien. Sabes, busco a un chico que conocí tiempo atrás, quizás lo conozcas.

-Quizás.

-Se llama Luigi, es Italiano, hace tiempo que no lo veo y...

-¿Luigi?

-Sí, Luigi.

-Luigi está muerto.

-¿Muerto? Entonces lo conocías, pero cómo, ¿de verdad murió? (Hubiese preferido no tener que mentirle a esa chica).

-Luigi murió, hace un tiempo...

 

   En ese instante apareció un tipo por el pasillo. Era alto delgado, con bigote y perilla.

 

-Hola, ¿vos me buscabas?

 

   La chica salió de la habitación y se fue hacia las escaleras.

 

-¿Julio Gutiérrez?

-Si, soy yo.

-Me llamo Josep Guevara. Soy periodista, estoy buscando información sobre Luigi Anterraglo, tengo entendido que tú le conociste.

-¿Quién te dijo?

-Averiguaciones, ya sabes, para eso soy periodista. Me han dicho que viviste en la casa de Gracia, al mismo tiempo que él.

-Es cierto, pero no lo conocí mucho. ¿Por qué te interesa?

-Verás, simplemente me llamó la atención su caso, las circunstancias en que apareció muerto, y pretendo investigar las causas de su muerte.

-Yo no puedo ayudarte, no sé nada.

-Pero habrás hablado con él alguna vez. Tendrás una idea de como era, de qué hacía o qué pensaba...

-Apenas hablé con él. Vivíamos en la misma casa, pero no teníamos demasiada relación. No te puedo decir más nada. Tengo que ir a comprar yerba para el mate, te acompaño hasta la puerta.

 

 

   Al salir Guevara se cruzó una vez más con Mirabe. Sus ojos seguían siendo igual de hipnóticos, pero algo había cambiado en la expresión de su mirada. El argentino apuró el paso y Guevara tuvo que seguirlo. Se marchó pensando dos cosas: que Gutiérrez no decía todo lo que sabía y que Mirabe, aquella chica de mirada profunda, seguramente poseía alguna información valiosa que era necesario conseguir.

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