III

Mirabe Kunz era alemana. Vivía en Barcelona desde hacía poco más de un año. Había partido de Berlín con la idea de encontrarse con un chico, Toni Fábregas, un catalán que la había cautivado con sus ideas revolucionarias, su pinta desarreglada y su fuerte personalidad.

   Mirabe se marchó muy joven  de su casa, una perfecta morada de clase media alemana en un pueblo pequeño, y se fue a vivir a un Squat de Berlín. Allí conoció a gentes del contramundo y  ciertas ideas la marcaron profundamente. Paralelamente comenzó a perfeccionarse en el arte de la pintura y el dibujo, que desde siempre la había atraído con fuerza. Era muy talentosa y sus obras, impregnadas de una estética dark y poco convencional, no pasaban desapercibidas. Vivió allí hasta los veinte años. Fue entonces cuando Fábregas irrumpió en su vida como un tornado. Además de venir del sur de Europa y tener cierto carácter latino que la atrajo inmediatamente, Toni era un verdadero activista. Se revelaba contra el consumismo ilimitado y el modo de vida de las sociedades ricas de occidente, así como la famosa globalización estandandarizante impulsada por intereses puramente económicos. Era muy culto y había viajado mucho, y sus ideas eran claras, acompañadas de una firme determinación de lucha. Todo esto impresionó grandemente a Mirabe, y la estancia del aquel catalán en el squat originó el segundo cambio radical en su vida, luego que decidiera marcharse de casa con 17 años. Cuando Fábregas se fue después de dos meses en Berlín, Mirabe, que había perdido su virginidad con él en una noche de alcohol y marihuana -la más feliz de su vida- quiso marchar con él. Pero Toni le explicó que no era lo mejor, que él debía hacer un viaje a Sudamérica ahora, que más tarde iría a Barcelona para la cumbre de los presidentes europeos. Podían encontrarse allí. Para él era una dulce chica guapa, pero nada más. Para ella, él lo era todo, era el amor de su vida. Pese a su modo de vida poco convencional, su estética anarco-punk y su gesto desdeñoso, Mirabe no escapaba a los ideales típicos del amor, y cierta inocencia intrínseca a su personalidad germánica acrecentaba el idealismo con que percibía la realidad. Así que estaba decidida a volver a encontrarse con Toni en Barcelona como él había sugerido. Mientras tanto se dedicó a estudiar el español y siguió entregada a su actividad artística mejorando sustancialmente.

   Mirabe formó parte de la gente que se alojó en el Teatro Okupa durante los días de la cumbre europea. Había gente de muchos países, miembros de diversas plataformas de protesta antiglobalización. Aquella fue una semana bastante tumultuosa en Barcelona, hubo disturbios y enfrentamientos en una ciudad que contrariamente a su tradición liberal y pacífica, abarrotó sus calles y sus cielos de vigilancia policial y fuerzas de choque dispuestas a entrar en acción contra los grupos subversivos.

   Fue en ese contexto que sucedió el esperado reencuentro. Sin embargo, no ocurrió como la joven alemana hubiese querido. Fábregas estaba demasiado ocupado en la organización de protestas y marchas, entregado plenamente a su activismo. Quizás para Mirabe todo aquello era el entorno arriesgado y aventurero ideal para enmarcar su idílica historia de amor, pero para el catalán, el activismo era un modus vivendi, e hizo caso omiso de aquella chica de ojos hipnóticos. Mirabe no desistió fiel a su tesón germánico; pensó que aquél no era el momento ideal, pero que a ambos los unía una fuerza inquebrantable. Se las arreglaba para ir a donde él fuese, lo seguía, siempre estaba allí donde él estuviese, intentando acercarse lo más posible. Entonces, como suele ocurrir en esos casos, Fábregas, conciente del poder que sobre ella ejercía e impulsado por una inercia autodefensiva, comenzó a herirla constantemente. Primero ridiculizándola en público una y otra vez, luego presumiendo de conquistas femeninas en su presencia y finalmente exponiéndola a la peor humillación, la de presenciar su relación íntima con otra chica ya mayor que tenía mucho más experiencia en esos asuntos que Mirabe, que pese a sus 20 años, aún tenía el alma de una adolescente. Aquella actitud provocó un gran sufrimiento en la alemana. Sin embargo al mismo tiempo le sirvió de aprendizaje y pasada la crisis primera se sintió fortalecida y más madura. Había vivido la primera trampa del amor y tras librarse de ella (aunque siempre llevaría a Toni grabado en el alma), podía considerarse una mujer. Su aspecto era menos inocente y su mirada, ya de por sí atractiva, había ganado en profundidad y reflejaba cierta sabiduría.

 

   Después de la cumbre presidencial Mirabe decidió quedarse en Barcelona. Su personalidad había sin embargo sufrido un cambio importante. Ya no se interesaba tanto por los movimientos sociales y las protestas antiglobalización. Era como si todo  aquello se hubiese marchado con Fábregas. No había cambiado de ideales, ni de estética, ni de forma de ver el mundo. Pero cada vez más empezó a centrarse solamente en su arte, en la pintura y sus formas alternativas, pensando en que esa era la mejor forma de expresión para ella. Ya no poseía un idealismo inocente, pues había comprobado como entre quienes dicen profesar ciertos ideales se destapan también personajes mediocres y oportunistas. Prefería distanciarse de los grupos y aportar su grano de arena a través de su arte crítico y comprometido. Hacía casi un año que estaba en Barcelona, viviendo en aquél enorme edificio donde poseía lo primordial, el espacio para trabajar. Fue en estas circunstancias que la había conocido el detective Josep Guevara en aquella visita al Teatro.

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