IV

Algunos días más tarde Guevara regresó al Teatro Okupa, pero no con el fin de presentarse para ver a nadie, si no con la idea de apostarse cerca de la puerta y esperar la salida de la chica alemana. Y así lo hizo. Justo frente a la puerta, una pequeña calle lateral desciende hacia las peores zonas del barrio. Guevara se recostó contra un muro que rodeaba un terreno baldío, desde donde divisaba claramente el movimiento de la casa, y se dispuso a esperar. Abrió una caja de puritos cubanos J.L. Piera, que eran baratos pero bastante buenos, y encendiendo uno adoptó la actitud de alguien que simplemente pasa el rato. Aquél barrio está lleno de personajes así, de los cuales no se sabe a ciencia cierta que hacen horas y horas en las esquinas, así que nadie se fijaría demasiado en él.

   Durante los últimos días, Guevara había estado repasando los pocos datos que tenía del caso y no había podido sacar nada en limpio. Era necesaria alguna pista importante, algo que lo encaminase hacia algún posible motivo de la muerte de Anterraglo, o al menos conocimientos más certeros acerca de la personalidad y las actividades del italiano. Por eso era tan importante la chica; ella lo había conocido, y al parecer de una forma cercana porque lo había llamado Luigi. Algo tenía que saber. Guevara también reflexionó sobre cuál sería la mejor forma de abordarla. Obviamente tenía que ser fuera del Teatro, lejos de cualquier influencia. Pero lo que más le preocupaba era como presentarse. Ciertamente la chica no tenía una personalidad corriente. Parecía de esas personas que no se rigen por las pautas de comportamiento más comunes, de esas cuya lógica difiere en cierta medida de la línea general. Presentarse como periodista  no parecía la mejor idea. Era demasiado alejado de su mundo, necesitaba algún elemento cercano. Por otra parte, presentarse como inspector de policía era interponer un muro en la comunicación casi con certeza. Sin embargo, algo le decía que quizás la verdad fuese el mejor camino, llegar directamente hasta ella con su propia personalidad, no como un mero policía, sino como lo que él era de verdad; simplemente Josep Guevara.

   Pasaron varias horas y no hubo señales de Mirabe. Se percibía poco movimiento en el Teatro. A eso de las seis y media  se abrió la puerta y Guevara vio salir al argentino Gutiérrez. Intercambió unas palabras con alguien en el interior y se marchó en una vieja bicicleta verde. Llegada la ocasión hablaría también con él, pero desde otra perspectiva. A él si podía interrogarlo formalmente, y bajo cierta presión. Seguramente ocultaba algo, su gesto no era precisamente de los que inspiran confianza. Además, probablemente no poseyese documentación legal para vivir en el país, y aunque Guevara no tenía intención de hacer expulsar a nadie (creía en la inercia creadora del cosmopolitismo), podía ser un buen medio para apretarlo, ya que se había mostrado tan reacio a hablar.

   El tiempo seguía pasando, pero no hubo señales de la alemana. El detective comenzó a impacientarse. Ya se había fumado media caja de puritos. En ese momento lo que hubiese querido era sentarse en una terraza y beber una cerveza fría. Pero el tesón era esencial para obtener frutos, y había que seguir esperando. Era de noche y el movimiento del barrio había disminuido notablemente. Unas horas antes, la calle de Sant Pere mes Baix bullía de gente que salía a pasear por las diversas y variadas tiendas, o a hacer la compra cotidiana de alimentos. Ya eran cerca de las diez y todo estaba tranquilo. Cada tanto se abría la puerta de algún edificio, o se escuchaba algún diálogo callejero. Justo frente a donde estaba Guevara, una ventana abierta escupía el sonido de un televisor. El inspector se entretuvo escuchando una película e imaginándose las imágenes. La puerta del Teatro no se había vuelto a abrir. Como a la media noche Guevara se rindió, regresaría al día siguiente.

   Mientras volvía a su piso del Poblenou, Guevara revivió una y otra vez la pequeña charla que había tenido días atrás con la alemana. No podía olvidar la forma como había pronunciado aquel "Luigi". En esa palabra había expresado un  sentimiento especial y el tono de su voz en ese instante había contrastado con la frialdad indiferente de su postura. Guevara empezaba a sentirse bastante atraído por el caso. Presentía que era algo diferente, lejano a los asuntos con los que generalmente trataba, casi siempre ajustes de cuentas entre bandas o trifulcas callejeras. Pero en esta ocasión estaba lejos de adivinar un motivo. Por el momento su conocimiento del personaje muerto era mínimo y aún no podía intuir nada.

   Al día siguiente Guevara volvió a dirigirse al teatro  esperando tener mejor suerte. Y la tuvo, porque apenas llegó la vio salir sola. Iba vestida de negro y llevaba un tubo de plástico negro de esos que se usan para guardar bocetos. El inspector la siguió a cierta distancia observándola. Anduvo por Sant Pere mes Baix hacia la zona del Arc du Triomf. Tenía un andar fino. Guevara no pudo dejar de centrarse en su lado femenino. Era ciertamente atractiva, sobre todo aquella extraña mirada que estaba deseando volver a encontrar. La chica subió al paseo, al parecer se dirigía al metro. El detective decidió interceptarla antes. Lo hizo justo cuando pasaba debajo del Arco.

 

-Hola, ¿te acuerdas de mí?

-Sí, el periodista.

-En realidad no lo soy. Mi nombre es Josep Guevara, soy policía, detective de homicidios. Trabajo en el caso de tu amigo Luigi Anterraglo.

-¿Te he dicho yo que fuese mi amigo?

-Lo supongo.

-No me gustan los policías.

-Normal. A mí tampoco (sonríe un instante). Pero yo soy el único que se está preocupando por él. Para el resto del mundo ya no existe.

-No me interesa hablar de él. Tengo que irme.

-Espera. Mírame. No soy un poli cualquiera, ¿puedes verlo? No sé nada de él. No sé quién era, que hacía en Barcelona, cuánto tiempo vivió aquí, a quién conocía. Necesito saber algo más o no podré avanzar. Tu puedes ayudarme, y también a él, aunque esté muerto. ¿No te parece una buena razón?

-Ya no puedo ayudarlo, está muerto. Mejor así, sufría demasiado.

-¿Sufría? ¿Por qué?

-Porque así es todo, ¿no? a algunos les toca sufrir. Y aunque luchen, aunque obedezcan todas las recomendaciones o intenten levantar la cabeza, su suerte no mejora, siguen sufriendo, hasta el final.

-¿Eres tú así?

-No lo sé, aún.  Eso que más da. Y tú, ¿no sufres nunca?

-Sí. Pero intento que sea lo menos posible. Dime, ¿por qué sufría Luigi?

-Sufría por muchas cosas. Por su infancia y porque no lo dejaban en paz, hacía lo que querían y no podía escapar.

-¿Hacía lo que querían? ¿Quiénes? ¿De que quería escapar? ¿Qué era que lo hacía?

-No lo sé, a veces decía que "ellos", o los "cabrones de mierda" nunca lo dejaban en paz, pero nada más, no me explicaba nada y yo lo dejaba tranquilo.

-Dices que sufría por su infancia, ¿por qué?

-El no hablaba de eso, pero yo podía intuirlo.

-Dime, ¿como lo conociste?

-Lo conocí en la calle, en la plaza "del Tripi", ya sabes, acababa de llegar a Barcelona, igual que yo. Vino para la cumbre de los jefes de estado, como muchos otros.

-Eso fue en marzo  del año pasado, ¿no es cierto?

-Oye, tengo que irme, voy a un sitio.

-Espera, ¿puedes decirme quién más conocía a Luigi? Alguien con quién pueda hablar y me dé más información.

-Luigi siempre venía a verme solo, le gustaba conversar conmigo, le hacía sentir bien. Yo no conocía a otros amigos suyos y él tampoco me hablaba de eso, hablábamos de otras cosas, era un chico muy raro. Pero creo que conocía a alguien del Razzmatazz, en una barra creo, decía que le daban copas gratis.

-¿El Razzmatazz? Eso es una discoteca. Queda cerca de mi casa. Y que hay del argentino, Julio Gutiérrez, ¿que relación tenía con Luigi?

-No lo sé, pregúntaselo a él ¿no? Bueno, tengo que irme.

-Llevas tus pinturas, ¿verdad?

-Sí.

-Me gustó lo que estabas pintando en tu habitación, de verdad que eres buena.

-Hasta luego.

-Me gustaría volver a verte, quizás me puedas contar más cosas.

-Te he dicho que no me gusta la policía.

-Y yo te he dicho que no soy un policía cualquiera. (Sonríe) Espera, te daré una tarjeta con mi número de teléfono, llámame si tienes más cosas para decirme, te lo agradeceré. Aquí tienes. Necesitaré también tu número por si pasa algo.

-Seis dos siete, cero nueve uno, cinco cero cero...

-Vale, ya nos veremos.

-Adiós.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar