VI

Dos días más tarde Guevara viajaba en un avión de Alitalia con destino a Florencia. Pensaba pasar el menor tiempo posible en el país y así no tener que dar explicaciones de su ausencia a sus superiores. Trabajaba en aquel caso extraoficialmente, por lo cual no debía sobrepasarse de los límites o tendría problemas. Como detective de homicidios gozaba de bastante libertad, pero solo hasta cierto punto.

   El vuelo aterrizó en Florencia hacia las tres de la tarde. En el aeropuerto tomó un taxi para ir directamente a la estación, desde donde saldría en tren para R... Le hubiese gustado mucho quedarse en Florencia para recorrer la ciudad. Por lo poco que pudo ver desde la ventanilla del taxi, valía la pena.  Aquellos edificios antiguos y espléndidos, las iglesias, la  arquitectura. Por todos lados se respiraba una sensación de fino arte, de amor puro por la estética. Pero ahora no tenía tiempo, quizás en otra ocasión podría hacerlo. Recorrer esas calles tenía que ser una buena sensación. Tomar un café italiano en alguna mágica terraza y conocer alguna guapa florentina. Sonaba bien.

   El tren para R... no salía hasta las siete. Llegaría al pueblo por la noche. No tenía reserva de habitación, le había sido imposible realizarla desde Barcelona. Contaba sin embargo con tener suerte al llegar, cualquier pensión barata valdría.  Mientras esperaba en la estación, Guevara leyó un diario local. Nada importante, salvo la noticia de un fichaje estrella del equipo de fútbol de la ciudad, que pretendía recuperar el terreno perdido tras la catástrofe sufrida por la bancarrota de su propietario que lo había  hecho descender de división.

   El tren regional llegó a la pequeña estación de R... hacia las nueve. Ya era de noche y había poco movimiento. Guevara se informó en la estación mismo acerca de alguna posibilidad de alojamiento. Le indicaron que siguiese la calle principal y encontraría el hotel. El "hotel" era una pensión de mala muerte, pero parecía limpia y no se podía pedir más. Se instaló en la pequeña habitación y luego salió a dar una vuelta para respirar el aire local y familiarizarse con el pueblo. Al parecer la gente estaba en sus casas porque apenas se cruzó con un par de transeúntes que lo miraron con cierto aire de indiferencia, aunque probablemente le habían escrutado a conciencia.   

   Llegó hasta la explanada de la Iglesia, un edificio humilde como el propio pueblo pero con cierto encanto producido por la antigüedad y los nobles árboles de la plaza. Intentó imaginarse al padre Antonio. No tenía ninguna referencia suya, más que su nombre. Esperaba poder verle a la mañana siguiente si no surgía ningún contratiempo.

   Siguió andando por las callejas tratando de visualizar cómo habría sido la infancia de Anterraglo en aquél pueblo. Se detuvo frente a la escuela, seguramente la misma a la que había asistido el italiano. Se lo imaginó por aquél jardín jugando entre los árboles con su amigo Giancarlo, o junto a la reja esperando a su madre a la salida de clase. En realidad era pura ficción, pues no tenía ni la más remota idea de como había sido su infancia, salvo que había sufrido bastante al parecer, eso fue al menos lo que habían dicho sus amigos. Por lo demás, era una incógnita que esperaba tener la suerte de resolver en su entrevista con el Padre Antonio, si es que se producía. Tampoco tenía la certeza de que siguiese siendo el párroco del pueblo, o de que no estuviese fuera. Incluso podía haber muerto. Solo cabía esperar hasta el día siguiente.

 

   Más tarde regresó al hotel y pidió algo para comer. El propietario, un viejo con el que no era fácil entenderse por lo cerrado de su acento, se extrañó de tal petición pues ya era tarde según las costumbres locales, pero acordó prepararle un plato de pasta. Guevara comió con hambre y se fue a la cama, aunque por los agitados pensamientos que daban vuelta en su cabeza no fue hasta entrada la madrugada que consiguió dormir.

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