VII

El Padre Antonio estaba sentado tras un escritorio de roble antiguo en la pequeña biblioteca de la iglesia. Observaba con atención a aquél joven extranjero que decía ser el detective Guevara de la Policía española. Era un hombre ya mayor, pero bien envejecido,  con un aspecto saludable y jovial. Un aspecto más cercano al de cura de pueblo que al de prelado de gran iglesia. Su nariz y sus mejillas coloridas delataban un especial cuidado de la salud siguiendo los preceptos griegos, a través de "un" buen vaso de vino diario. Parecía predispuesto a la conversación y seguramente aquella presencia novedosa en el pueblo le despertaba cierta curiosidad. Además, era una gran oportunidad para practicar su español, al que tanto tiempo había dedicado durante su vida.

 

-Así que viene usted de Barcelona, sepa perdonar mi ignorancia de la lengua catalana, pero ya bastante tuve con el latín, el griego y el español. Además del inglés claro.

-No se preocupe por eso. Por cierto, su castellano es muy bueno por lo que veo...

-Hago lo que puedo dentro de mis limitaciones. He dedicado muchos años de mi juventud al aprendizaje del español. Pero dígame, ¿en qué puedo serle útil? Imagino que no habrá venido hasta aquí en un viaje de placer, se tratará de algún asunto más serio...

-En efecto; actualmente estoy trabajando en un caso de asesinato. Supongo que habrá tenido noticia de la muerte en Barcelona hace unos meses de Luigi Anterraglo. Tengo entendido que nació y vivió en este pueblo...

-Ah... Luigi, caro Luigi. Un triste final por cierto. La noticia de su muerte causó mucha impresión en el pueblo, un hecho lamentable. Una muerte triste para una vida triste. La verdad es que me costó creer que muriese en una pelea, era un chico tan pacífico y retraído...

-¿Una pelea?

-Sí, ¿no fue así como murió?

-Eso es precisamente lo que intento aclarar, cómo murió. Pero puedo decirle que dudo mucho que haya sido de forma fortuita, aunque por el momento la información que poseo es limitada. Justamente en eso necesito su colaboración. ¿Cree usted que puede ayudarme a saber quién era Luigi Anterraglo, cómo fue su vida, cuál era su personalidad? Me sería de gran utilidad.

-Verá señor Guevara... Este es un pueblo pequeño. Ahora mismo muchas personas estarán hablando de usted, preguntándose que hace aquí y por qué ha venido a verme. Y en estos pueblos suele haber temas tabú, cosas de las que nadie habla, de las que casi no está permitido hacerlo aunque no haya  un mandato escrito, bajo riesgo de exponerse a una censura social extremadamente contraproducente. Y Luigi Anterraglo es el secreto trágico de este pueblo, no conseguirá que nadie le diga nada acerca de él.

-¿Ni siquiera usted?

-Yo... bueno, verá, aquí todos confían en mí. Soy casi la figura principal. No aceptarían que yo lo hiciese, me lo echarían en cara, se pondrían en mi contra, y le aseguro que es algo serio, aquí la gente le da mucha importancia a esas cosas. Espero que lo entienda...

-Pero nadie tiene por qué saberlo, quedará entre usted y yo, se lo aseguro.

-Se equivoca mi joven amigo. Aquí todo se sabe. La gente escrutará su rostro, y el mío, lo adivinarán, hablarán, exagerarán, es una técnica que viene de siglos atrás. El control social es inevitable...

-Pero no lo entiendo, ¿le da igual que Luigi Anterraglo haya sido asesinado? ¿No era él también uno de sus feligreses, habitante de este pueblo? ¿No quiere cooperar para esclarecer lo sucedido? Debo decirle que me decepciona usted... ¿No le quería usted? Al menos dígame por qué, ¿acaso era odiado por el pueblo entero?

-No lo entiende, pero no lo culpo. Claro que le quería, Luigi era un niño muy bueno, muy puro. Solo que la vida para él fue como una larga pesadilla sin fin. Son razones que solo el Señor entiende, que no están al alcance de nosotros.

-Pues ayúdeme, hábleme de él. Usted mismo lo ha dicho, nadie en este pueblo me hablará de él, usted es mi única posibilidad.

 

   El Padre Antonio se levantó parsimoniosamente y se dirigió a una cómoda que estaba situada junto a la ventana. La abrió y extrajo dos pequeñas copas y una botella de grappa de la mejor calidad. Con la misma parsimonia se dirigió hacia la puerta que estaba entornada y la cerró suavemente. Luego regresó a su silla y adoptando un gesto serio volvió a hablar:

 

-Voy a contarle una historia. Una historia triste y escabrosa que nos hace descender a los humanos hasta la más terrible bajeza de la que somos capaces. Nuestra raza se equivoca demasiado. Comete el error de no seguir el camino que Cristo nos indicó; el Señor nos da todo para que obremos bien, pero nosotros nos entregamos a nuestro lado oscuro, aquél que los ángeles del mal se encargan de fomentar. Somos desagradecidos, vendemos baratas nuestra devoción y dignidad, seguimos los caminos del mal. El egoísmo y la ambición nos pierden como raza.

   La historia que voy  a contarle no es la de nadie en particular. Es necesario que así lo establezcamos, usted comprenderá... Considérela una alegoría de la vida, un ejemplo de como podemos desviarnos irreversiblemente del camino que Él nos marcó. Sé que usted es policía, que está en parte inmunizado contra hechos terribles. Por otra parte, quién no lo está, basta con observar la frivolidad con que se exponen diariamente los más terribles males de nuestro planeta. Pero la cercanía amigo mío, la cercanía de un suceso trágico oficia como el máximo potenciador, como un medicamento o una droga que inyectados por vía intravenosa multiplican sus efectos inmensamente...

 

 

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