VIII

Al principio se trató de una historia de amor. Ella, llamémosle Ana, era la hija de un campesino de los más prósperos de la región. Su padre, que carecía de cualquier tipo de instrucción formal, poseía sin embargo ese don que el Señor otorga a algunos para aprender a exprimir al máximo sus recursos personales. Así, sin saber ni leer ni escribir, nuestro hombre había sido dotado de un ingenio particular además de una gran perseverancia. Su espíritu emprendedor y liberal, poco común por cierto entre la mayoría de los campesinos que no ambicionan más que lo mínimo para una vida digna, le impulsó a investigar y probar nuevas técnicas en el cultivo, siempre a partir de métodos tradicionales, pues carecía de los medios económicos e incluso culturales para aprovechar los grandes avances tecnológicos. Con el transcurso del tiempo y después de duros esfuerzos, consiguió aumentar la calidad y la cantidad de su producción de forma considerable, aventajando notablemente a sus iguales de la zona. Se convirtió en un hombre muy respetado y muchos acudían a él en busca de consejo o de ayuda económica, pues se había enriquecido considerablemente. Y él respondía siempre de forma solidaria. A diferencia de algunos a quienes la avaricia hace atesorar no solo el dinero, sino también el conocimiento, en detrimento de la mejora de los demás, este señor no dudaba instruir quién se lo pidiese en el uso de las técnicas que había desarrollado.  Era igualmente  muy generoso cuando lo que se le pedía era dinero, prestándolo  a quién considerase que lo quería para una buena causa, y en condiciones muy favorables, más como un gesto de amigo que con el fin de lucrar a través de los intereses. Estas cualidades, por cierto muy dignas y que hacían de él sin duda un caso raro, le servían también para obtener un perdón implícito en el aspecto de su vida en el que se alejaba de la sana virtud; la cara oculta de su espíritu. Bien es sabido que todos la tenemos, forma parte de este mundo del Señor. Y nuestro hombre no escapaba a esta suerte. Todos nacemos pecadores, pero debemos luchar incansablemente y seguir la vía que el Señor nos enseñó. Don Guido tenía una debilidad especial. Digamos que incumplía el voto sagrado de fidelidad, recurriendo bastante asiduamente a una carnal satisfacción extra-matrimonial. Su mujer sin embargo le quería y admiraba tanto, y respetaba en tal medida  sus virtudes y su bondad natural, que había aprendido a aceptarlo y a convivir sin sufrimiento, convencida de que no eran más que deslices necesarios para el equilibrio de aquél hombre tan especial. Así pues, la familia había prosperado a pesar de todo y habían tenido muchos hijos como se espera de los buenos cristianos.

   Fueron cinco, cuatro hermanos varones cuyos nombres no es necesario mencionar, y Ana, de la que antes hablé. Los varones eran jóvenes fornidos y emprendedores que cooperaban grandemente con su padre y le ayudaban mucho en la gestión de sus negocios, pues ellos sí habían tenido la posibilidad de instruirse en la educación básica. Ana era una muchacha muy bella, y ya desde pequeña se veía que era inteligente. Sus padres habían depositado mucha confianza en ella. Al contrario de las costumbres que aún hoy persisten, y mucho, en este país, no se esperaba  simplemente convertirla en una buena esposa y madre de familia. A este respecto, me gustaría decir que personalmente estoy dispuesto a aceptar la emancipación de las mujeres en cierta medida,  siempre y cuando no descuiden su deber sagrado de madre y su respeto por su marido y su familia, tal y como mandan los preceptos de nuestra religión. Pero volviendo a Ana, las ideas liberales de sus padres eran favorables a un desarrollo óptimo de las cualidades de la joven. Querían que fuese universitaria, que  saliese adelante y llegara lejos en sus estudios; soñaban con una carrera brillante para su hija, algo que ellos jamás hubiesen podido tener.

   Como he dicho antes, la gente de la zona cerraba los ojos en lo concerniente a las conductas inmorales de don Guido. Muchas eran las amantes que se le atribuían y ciertamente se hablaba mucho de ello, era un plato principal de las tertulias. Pero no por eso se le perdía el respeto al hombre, porque se le consideraba un verdadero benefactor.

  La joven Ana partió a los dieciséis años hacia Florencia para terminar sus estudios secundarios y prepararse para la universidad. Siempre había tenido buenas calificaciones y no tendría problemas para seguir cualquier carrera que quisiese. Vivía con otras chicas de su edad que también habían venido de fuera para estudiar, y visitaba regularmente a su  familia. La verdad es que le gustaba mucho su tierra. Disfrutaba con sus padres y hermanos y siempre que podía pasaba tiempo en su casa natal. Fue en una de esas estadías en casa cuando concibió su idea principal y por la cual se esforzaría al máximo en los años siguientes. Ahora lo tenía claro, ingresaría en una escuela de turismo y aprendería todo lo necesario para llevar a cabo su soñado proyecto, un pequeño hotel rural en las tierras de su padre. Estaba segura de que él aceptaría aquella idea, que no pondría reparo alguno e incluso la alentaría y la ayudaría en todo lo que pudiese. Ana quería mucho a su padre, y era un cariño mutuo.

   Los siguientes años los pasó estudiando en una escuela de Florencia. Poco a poco iba perdiendo sus rasgos de niña y ganando los de una mujer. Una mujer muy bella por cierto, no eran pocos los que se fijaban en ella. Pero ella solo se ocupó de sus estudios. Centró toda su atención en aprender y aprovechar al máximo aquel período, con el fin de adquirir las herramientas necesarias para llevar a cabo su proyecto, en el que no dejaba de pensar. Imaginaba, diseñaba, agregaba, quitaba, calculaba; todo en su imaginación excitada por el idealismo de la juventud. Realizó una brillante carrera.

   Mediado el cuarto año de sus estudios, faltándole poco para graduarse, conoció a un chico que consiguió llamar su atención. Se llamaba Gianni, y enseguida se llevaron muy bien puesto que provenía de la misma zona que ella, aunque no vivía en el campo como Ana sino en el pueblo, en donde su familia poseía una pequeña tienda de muebles. Gianni era un año más joven que ella, y estudiaba la misma carrera. Era muy atractivo, alto y de tez morena, con una sonrisa blanca muy cálida. Ambos jóvenes sintieron una fascinación mutua del uno por el otro, alentada por el parecido de sus caracteres, que hacía que se entendiesen a la perfección. Gianni se emocionó mucho cuando ella le habló de su proyecto, invitándolo a participar. Desde entonces surgió una tremenda unidad, un caso de pareja de los que hay pocos, donde la complementación es perfecta y la fuerza de la unión parece multiplicarse por mil. Además, un genuino amor intenso llenaba sus vidas de optimismo y energía.

   Cuando Ana terminó su carrera, se quedó un año más en Florencia para esperar a Gianni. Pero no perdía el tiempo. Las obras para el hotel ya habían comenzado en un trozo de tierra muy bonito que Don Guido le había ofrecido junto al río. En una primera etapa se construiría una pequeña casa, pero planificada para poder extenderse de manera sencilla. La familia de Ana ya conocía a Gianni y el joven contaba con la aprobación de Don Guido, porque veía a su hija feliz y eso era lo más importante para él. Cuando Gianni acabó su carrera poco tiempo después, la pareja ya disponía de una casa para ir a vivir y comenzar a trabajar en el proyecto de sus sueños. Antes claro, habría boda...

 

   En este punto el Padre Antonio se detuvo unos instantes para descansar y servirse otra copa de grappa. También rellenó la de Guevara que no pronunció palabra. Estaba completamente absorto, inmerso en el relato. El padre Antonio retomó la narración.

 

   Fue una fiesta maravillosa. Acudieron los vecinos de la zona, los campesinos y la gente del pueblo. Cierto párroco celebró la sagrada unión. Esa misma noche, la noche de bodas, la noche en la que estrenaban la casa donde iban a vivir y a emprender un sueño, Ana le comunicó a Gianni la fabulosa noticia; estaba embarazada. Debo recalcar que habían vivido en pecado, aunque no es de extrañarse visto los tiempos de liberación que ya entonces corrían, y el carácter liberal de aquellos jóvenes. No puedo decir que apruebe que las parejas actúen así, como párroco debo defender el mandato de la Santa Iglesia, pero esta falta puede perdonarse mediante una sincera devoción.

   Los siguientes meses fueron de gran alegría y excitación para todos. La pareja vivía su más alegre momento, y sus respectivas familias también. Un arquitecto de Florencia había venido especialmente para proyectar la obra final del hotel, que ya se había comenzado a construir sobre la base de la edificación original. Los jóvenes vivían con intensidad aquella etapa de sus vidas, llena de esperanza y motivación. La perspectiva de un niño los llenaba de ilusión. Después de mucho reflexionar, habían decidido que si era una niña se llamaría Alexandra, y si era un niño, su nombre sería...

 

-Luigi... Su nombre sería Luigi, ¿verdad padre Antonio? O me equivoco...

-Efectivamente mi joven amigo. Ese sería su nombre. Pero permítame continuar. O acaso le aburro, quizás preferiría que le resumiese los hechos....

-En absoluto... Perdone mi interrupción. Es usted un excelente narrador, le escucho con la mayor atención.

 

   Quedamos en que su nombre sería Luigi si nacía varón. Por supuesto usted y yo sabemos ahora de que sexo fue el niño. Pero en ese entonces nuestra prometedora pareja desconocía esta información. Si bien la medicina podía proporcionársela luego de los primeros meses de embarazo, ellos habían optado por no saberlo, siguiendo un poco la línea de las generaciones anteriores, que debieron siempre esperar hasta el día del parto para conocer el sexo de sus hijos. Corría el séptimo mes de embarazo, la expectativa era grande. Fue entonces cuando comenzó una nefasta serie de acontecimientos que darían origen a un derrumbamiento terrible; un declive largo y constante; una desgracia que llevaría a algunos seres de Dios hasta los límites más insospechados de la decadencia y la depravación.

   Ocurrió que el padre de Gianni, Don Giuliano, el vendedor de muebles, cayó gravemente enfermo. Sufrió un primer ataque cardíaco al que apenas resistió para sufrir al poco tiempo un segundo que se lo llevaría indefectiblemente de este mundo impuro de pecadores. Aquel hecho conmocionó a todos, porque era un hombre querido que había llevado una vida justa y había sido un buen devoto. Su mujer, Leonora, sufrió grandemente por la pérdida, más aún porque su marido no había podido llegar al nacimiento de su primer nieto, algo que realmente lo había ilusionado mucho durante los últimos meses. Pero el sufrimiento de Leonora no hacía más que comenzar. Poco tiempo después de la muerte de su marido recibió una visita que había estado esperando mucho tiempo. Una visita que hubiese preferido no recibir nunca, pero que muy dentro de ella sabía que inevitablemente debía llegar. Giannina V... había vuelto.

   Giuliano y Leonora la habían conocido muchos años atrás cuando comenzaban su negocio de muebles. Ella era una joven de Firenze, proveniente de una de las mejores familias de la ciudad. Su padre, cuyo nombre prefiero omitir en esta historia, poseía una gran finca en la región donde la familia solía pasar algunas temporadas. Gianina se presentó un día en la tienda para ver los muebles. Era una mujer muy guapa, con una clase y unos vestidos que ciertamente despertaban admiración entre los habitantes locales. Sin embargo tenía un espíritu bohemio y le gustaba conocer gentes de todo tipo, por lo cuál no tenía problema en conversar con las personas del pueblo, e incluso en alguna ocasión se la oyó cantar junto a la banda de música local. Una chica encantadora ciertamente. Giannina entabló una relación amistosa con Leonora, puesto que además tenían edades similares, y visitaba a la pareja con frecuencia. Les ayudó mucho en sus inicios convenciendo a su padre de la compra de diversos muebles de calidad en su tienda. Las dos mujeres eran buenas amigas.

   Sucedió en determinado momento que Giannina dejó de visitar a Leonora, y esta no tuvo noticias suyas por un tiempo largo. Pensó que estaría en Florencia con su familia. Pero una noche apareció de repente, llamando a la puerta de los Cannavaro. Leonora abrió y se encontró con que su amiga estaba extremadamente excitada y tenía un aspecto terrible. Y entonces ella le contó lo que ocurría; había tenido un bebé. Nadie lo sabía, había conseguido ocultarlo mediante grandes esfuerzos, entre los cuales un viaje a Roma, y la complicidad de una sirvienta de la familia, que le  ayudó a parirlo en casa de un campesino a quién hubieron de recompensar. Pero ahora se encontraba en una situación desesperada no sabía que hacer; nadie aceptaría a ese niño en su casa, lo rechazarían y a ella también. Su vida se arruinaría completamente, y también perjudicaría mucho a su padre y al apellido familiar. ¿Podía Leonora cuidarlo y ocultarlo por un tiempo hasta que encontrase una salida viable? Los Cannavaro se encontraban en una situación difícil, pero la amistad y el agradecimiento que le tenían a la joven terminaron por convencerlos y aceptaron aquel encargo. Esa misma noche y con la máxima discreción Giannina les trajo al bebé; les agradeció mucho su esfuerzo y les prometió que jamás olvidaría aquel gesto. No volvieron a verla más...

 

-Supongo mi joven y detective amigo, que habrá más o menos comprendido ya la situación, ¿verdad? Se imaginará como continúa la historia...

-Parece claro en efecto. Comienzo a intuir algo acerca de esa terrible oscuridad de la que tanto he oído a hablar. Sin embargo me temo que me falta muchísimo por comprender, y no quisiera librarme a mi imaginación. Comprenderá que mi trabajo ha de basarse en los hechos, sobre todo cuando se tiene la oportunidad de conocerlos a través de un relato tan apasionante. Así que, y si no le importa desperdiciar un poco más de su grapa en la copa de un profano como yo, será para mí un placer...

-Apasionante sí, Señor Guevara, si se tratara de una ópera macabra. Pero he de decirle que no es sin un profundo estremecimiento que consigo continuar la narración. Dios me ayude, si es que por hacer el bien lo hago.

 

   Pasaron unos días y no hubo señales de Giannina. La situación comenzaba a inquietar a los Cannavaro ya que no dejaba de ser un asunto delicado. Cuando había transcurrido un mes tomaron la decisión de ir a hablar con el párroco del pueblo, pensando que era necesario y honrado ponerse en sus manos para tomar una decisión. Por otra parte comenzaban a encariñarse con el niño, que aún no tenía nombre pues no había sido bautizado. La pareja había intentado  desde sus primeros momentos conseguir un embarazo, pero aún no habían obtenido la gracia del Señor. Prodigaban al niño un intenso cariño, similar al que le hubiesen dado a un hijo propio. Cierto día se dirigieron entonces a la iglesia y se entrevistaron con el párroco. Este les reprochó el no haber ido a verle antes, pero supo ver una intención justa en su conducta y en seguida mandó traer al niño para bautizarlo. Se decidió ponerle Gianni, el nombre de su madre natural. Inmediatamente el cura intentó ponerse en contacto con Giannina, pero todos sus intentos fueron vanos. Finalmente se le informó que la joven había marchado al extranjero por tiempo indefinido.

   Esta noticia fue recibida con preocupación por los Cannavaro, que se encontraban frente a una responsabilidad muy grande y un dilema a resolver. ¿Que hacer con el niño? Sin embargo, muy dentro de ellos, tanto Leonora como Giuliano sentían cierto burbujeo interior. ¿Y si conservaban al niño? ¿Y si lo hacían su hijo? Lo amarían y lo cuidarían, le darían todo para una vida feliz. Consultaron al párroco sobre esta posibilidad; el hombre fue débil. Vio la esperanza y la luz que brillaban en sus miradas. Sopesó la posibilidad de dejar al recién nacido en manos de fríos organismos estatales, y finalmente cedió  decidiendo darles su apoyo. Era necesario sin embargo concebir un plan. Una forma de integrar al niño sin que se le tuviese por un bastardo, pues aquello podía acarrearle consecuencias muy negativas al lo largo de su vida. Así que el propio párroco ofició de intermediario de un supuesto viudo enfermo de una región cercana, cuya mujer había muerto en el parto. El hombre, sabiendo de su muerte próxima, sólo y sin más familia, buscaba la forma de dejar a su hijo en manos de gente que pudiese asegurarle una buena vida. Qué paradoja burlona de la vida, aquel niño terminaría perdiéndose en los peores caminos de la oscuridad. Un día de misa el cura dio un emotivo sermón en el cual habló de la vida y de la muerte, de la piedad y el sacrificio, del amor... Un bebé lloró en una cuna depositada junto al altar. ¿Quién estaba dispuesto a amarlo, cuidarlo siempre, y educarlo en los preceptos del Señor nuestro padre y en los de la Santa Iglesia? Una joven pareja se ofreció. Se sentían capaces de hacerlo, y querían obrar bien.

   Veinticinco años después, en momentos de dolor y angustia, la terrible visita se hacía presente, como enviada por el mismísimo Satanás para darle la puntilla a una obra macabra que años atrás había comenzado a escribir. Giannina había vuelto, y en aquél triste día reveló a la pobre Leonora el más terrible secreto; el padre de Gianni era Don Guido, el gran hombre, el campesino sabio y liberal, el hombre que inconscientemente sería el causante de una tremenda catástrofe moral. Pero no hemos de asombrarnos señor Guevara, pues los caminos del pecado solo pueden llevar a la perdición.

   Los acontecimientos se sucedieron a una velocidad vertiginosa. La noticia fue como una flecha mortal que se alojó en el pecho de todos los implicados. Utilizando lo que le quedaba de sus maltrechas fuerzas, Leonora se dirigió a casa de Don Guido para informarle de la situación. El pobre hombre se sintió desfallecer en el preciso instante en que oyó la nueva. Si ya era un hombre mayor, en pocas horas se convirtió en un verdadero anciano. La vida, que tanto le había sonreído siempre, había guardado para el final el sendero más tortuoso y escarpado. Un túnel oscuro y macabro en el que estaba obligado a adentrarse para recorrerlo en grave lamento y no salir hasta el final. Su esposa tampoco escapó al funesto golpe. Sufrió una intensa crisis nerviosa de la que ya no conseguiría reponerse.

   Don Guido y Leonora anduvieron como fantasmas por el camino que iba hacia la casa de sus hijos.  En todo el trayecto no fueron capaces de pronunciar palabra, ni siquiera de mirarse a los ojos. Cerca del hotel, que aún estaba a medio construir, los esperaba Giannina, para acompañarlos en aquel doloroso trance. Cuando ella y Don Guido cruzaron sus miradas, el tiempo se detuvo un instante, en el que revivieron probablemente aquellos días de pasión de su juventud, origen fatal de la turbulencia que acompañaría sus últimos días. No había lugar para reproches, culpabilidades, errores. Nada de eso valía ya, era demasiado tarde. Cuando ocurren cosas de una magnitud que nos desborda, no hay espacio en nuestros espíritus más que para una infinita y melancólica resignación. Una especie de muerte temporal que solo el tiempo, en algunos casos, consigue anular.

   Imagínese los hechos señor Guevara. Imagínese una joven y feliz pareja, una madre embarazada y esperanzada, un joven y emprendedor muchacho, con un futuro luminoso por delante. ¿Qué habrán podido pensar cuando vieron llegar a esos fantasmas? ¿Como habrán reaccionado al oír el destructor mensaje que aquellas almas en pena apenas alcanzaron a pronunciar? ¿Espanto? ¿Desesperación? ¿Desolación? ¿Rabia? ¿Odio? ¿Que sentimientos pueden haber recorrido sus almas en esos momentos? No consigo imaginarlo, va más allá de mis posibilidades. Dios nos enseña a ser fuertes, pero hasta yo mismo a veces me estremezco ante estos ejemplos que el Señor nos brinda a modo de enseñanza. Imagínese como se tomó la comunidad aquella noticia que pronto se expandió como una devastadora plaga. La noticia de un terrible acto de incesto. Es una imagen tan potente, tan aterradora para un pueblo devoto como el nuestro, que pocos se atrevieron a utilizar la palabra directamente. Pero su nefasto efecto fue inmediato. Aquella familia se convirtió automáticamente en una desgraciada mancha, un mal público y vergonzoso, una imagen casi satánica.

   Poco tiempo después, don Guido murió. Se dice que fue su corazón el que falló. Es posible, pero si alguien me preguntase de qué murió Don Guido, no dudaría en contestar: de tristeza. Su mujer apenas le sobrevivió unos días.

   Doña Leonora vivía recluida en su casa, y no salía ni para comprar alimentos. Algunas almas piadosas se ocuparon de llevárselo pero no conseguían que abriese la puerta. Entonces se lo arrojaban por la ventana, pero la desgraciada mujer ya no respondía a ningún estímulo. Acomodada en su lecho simplemente esperaba la muerte. Rezó hasta el final, pues fue en posición de plegaria que encontraron su cuerpo enjuto y atormentado por el inmenso sufrimiento. Que Dios tenga buen cuidado de su alma.

   Giannina se marchó del pueblo de la misma forma en que lo había hecho veinticinco años atrás, como una sombra maldita, y ya nada más se supo de ella.

Los hermanos de Ana sufrieron grandemente por toda la situación. Es sabido que en esta tierra profana pagan justos por pecadores. El estigma era tan fuerte que se vieron rechazados socialmente. Esto afectó directamente a sus negocios, cuyo inevitable declive iba camino de llevarlos a la ruina. Y todas las penurias agravadas por el sufrimiento de ver a su hermana perderse irremediablemente en el abismo, sin tener posibilidad alguna de ayudarla. Uno a uno se fueron marchando hacia Roma o Florencia, en busca de una nueva vida lejos de aquél calvario que solo podía empeorar. Que dolor habrán sentido al abandonar su tan querida tierra para siempre, como si de exiliados políticos se tratase, pero sin la esperanza de volver.

 

-Como verá mi joven amigo, el futuro no se presentaba muy prometedor para aquél niño que iba a nacer producto de una relación incestuosa.

   He de entrar en la última y más oscura parte de este relato. Puedo asegurarle que no hay día de mi vida en que no me arrepienta de la benevolencia de aquel párroco que no supo leer la trampa que Satán le había puesto delante. Debo decirle que el camino no le fue fácil desde entonces. El pueblo no llegó a perdonarle nunca que hubiese sido cómplice. Solo el respeto a la autoridad eclesiástica y la buena fe del cura en tantas otras cuestiones y labores en favor de la comunidad consiguieron mantenerle como un referente y asegurar su continuidad. Comprende el por qué de mi reticencia inicial a hablarle de ciertos temas. Pero el peso de la conciencia es muy grande, y he de hacer todo lo que esté en mis manos para retribuir algo, aunque sea en una ínfima proporción, a aquella alma a la cual ayudé a provocar tanto dolor, sin importarme las consecuencias que esto me pueda traer.

-Comprendo. Y le agradezco mucho que lo haga, es un gesto digno.

-No debe agradecerme señor Guevara. Verá, y espero que no se ofenda, no lo hago por usted. Lo hago por Luigi. Era un chico muy puro, incapaz de culpar a nadie por su suerte. Pero yo no dejo de sentirme culpable ni un momento, y rezo incesantemente por su alma.

 

   En un primer momento la desesperación se apoderó de la pareja. Todo su mundo, su ideal de vida, sus sueños y expectativas, todo se venía abajo violentamente. Pero además, el amor que los había unido era tan grande y la atracción tan fuerte, que indefectiblemente toda esa energía debía sufrir alguna tremenda mutación a raíz de la nueva situación. Se imaginará que el resultado no podía ser nada bueno. Mientras veían como a su alrededor todo se rompía, como sus familias se desintegraban en la agonía y la muerte, como la gente se volvía inevitablemente contra ellos, sus mentes empezaron a perder todo tipo de referencia, en un proceso casi gemelo. Alrededor todo era hostilidad y rechazo. El mundo para ellos se volvió gris y frío, las manos amigas habían desaparecido completamente. El propio párroco,  fuertemente atormentado por el devenir de los hechos, no atinaba a reaccionar y veía pasar la tormenta totalmente disminuido, casi acobardado, esperando recibir la ayuda divina que le enseñase el camino a seguir.

 

-La locura señor Guevara, tan estudiada en los últimos tiempos, la locura está muy cerca de todos. La mente es una moneda que suele enseñar la cara, pero la cruz está apenas a media vuelta, y puede hacer acto de presencia en cualquier momento. No debemos fiarnos, ni siquiera los más fuertes de entre nosotros.

 

   La pareja comenzó a perder la razón. Un gran resentimiento se apoderó de ellos. Odiaban todo a su alrededor, pero también, y en mucho mayor grado, se odiaban entre sí. Dicen que el amor y el odio son sentimientos tan cercanos, que a veces se confunden. El odio que ellos se tenían no era más que la imposibilidad de amarse, de amarse pasionalmente como se habían amado, de amarse totalmente. La relación se tornó violenta, no solo en el plano físico, que es de por sí peligroso, si no en uno mucho más cruel aún, en el plano psicológico. Su decadente declive se fue acrecentando. Vivían recluidos en el hotel a medio construir, en una total dejadez. Cuando el niño nació, un par de meses después del inicio de la catástrofe, su casa comenzaba a parecerse a una ruina abandonada solamente habitada por unos andrajosos mendigos. Pero la situación había de empeorar aún. Bebían demasiado y poco a poco el deseo carnal se fue apoderando de sus descarriadas almas hasta vencer finalmente la partida. Se entregaron entonces a las más sórdidas e incestuosas pasiones. (Dios me perdone por hablar de estas cosas, lo hago en calidad de científico y sociólogo, y con un fin justo, que el Señor me de licencia y me perdone a la hora de rendirle mis cuentas). Sus vidas comenzaron a funcionar entorno  a la lujuria y el sexo desenfrenado; el sadismo y la total corrupción del alma se apoderaron de ellos degradándolos hasta los confines de la perversión. Cabe decir que estaban totalmente fuera de sus cabales, enfermos en una oscura aberración de la naturaleza humana. Esto provocó que se consolidase una nueva y tremenda unidad entre los dos, similar a la que habían vivido antes, en los días de luz. Pero esta era una unidad fundada en los más turbios y negros sentimientos; una fuerza diabólica los ligaba y los sumía en el vicio y la lujuria, en una orgía de violencia y depravación sexual tremendamente poderosa...

 

   El Padre Antonio calló un instante. Parecía profundamente consternado. Su mirada estaba perdida y apretaba su vacía copa fuertemente sin darse cuenta.

 

-Un espectáculo decadente sin duda Padre Antonio...

-Terriblemente decadente... Perdóneme si me pongo así, pero ya le he dicho antes señor Guevara, la cercanía de los hechos, la cercanía...

-Tómese un respiro Padre, no quisiera que se disguste por mi causa.

-No pasa nada. Ya estoy bien. Prefiero continuar ahora y luego descansar tranquilo. Es mejor así.

 

   Aquella nueva situación provocó que trasladaran su odio hacia el recién nacido. La inocente criatura de Dios se transformó paulatinamente en el centro de todo su resentimiento. Ya desde pequeño fue expuesto al dolor  y al sufrimiento. Estaba mal alimentado, descuidado e incluso recibía golpes cuando lloraba como consecuencia de los pocos cuidados que se le otorgaban. Jamás recibió cariño. Sus padres se entregaban a sádicas torturas como quemarlo u obligarlo a comer malsanas inmundicias. Si sus primeros años fueron un total calvario, su situación no haría más que empeorar con el transcurso del tiempo. Los maltratos eran constantes, así como las burlas y vejaciones. A la edad de cinco años fue violado por primera vez por sus padres, que a partir de entonces lo hicieron objeto constante de sus perversiones sexuales, impulsados por aquél incestuoso deseo que los consumía. Imagínese a un niño atado, golpeado, tocado, humillado y violado. Así era la vida de Luigi, un infierno terrestre de los peores que se puedan imaginar.

 

-Me imagino que se preguntará, y con razón señor Guevara, porqué no se hizo nada al respecto. Debo decirle, sin que sirva de excusa, que la profundidad del mal solo se conocería con el tiempo. Las gentes del pueblo, como es de esperarse en este entorno, desviaron la vista y se desentendieron de todo lo concerniente a esa familia. Cierto es que no era difícil sospechar los malos tratos, pero nadie imaginaba su magnitud. Yo mismo he de arrepentirme de mi propia cobardía, lo admito y por ello pido perdón a Dios cada día. Pero las cosas no siempre son como uno pretende que sean, y cuando decidimos reaccionar, a veces es demasiado tarde... 

 

   Cuando el niño tuvo la edad para ir a la escuela, sus padres se cuidaron de dejarle marcas que pudiesen despertar sospechas y así evitaron que se tomasen medidas en contra de ellos. Bien es sabido que el desequilibrio mental no impide la lucidez, y el ser más cruel pude ser el más cuidadoso cuando se trata de su propia supervivencia. La verdad es que no dejaban de atormentarlo. El niño encontraba en el colegio un refugio donde pasar unas horas de paz. Era tímido y retraído, y al principio le costó adaptarse. Sin embargo Dios parecía haberlo dotado de una especial resistencia. A pesar de su situación conseguía avanzar en los cursos y aparentaba una conducta que entraba dentro de los límites de lo normal. Era como si fuese capaz de dividirse en dos, de configurar dos seres paralelos; uno que se ocupaba de absorber el dolor y el sufrimiento y el otro que luchaba para seguir adelante sin convertirse en un inadaptado. Pese al estigma que llevaba sobre sus hombros, su carácter tranquilo y dócil y su simpatía natural le hicieron ganarse el afecto de los demás. Entabló una amistad muy positiva con un compañero de clase, hijo de una maestra de la escuela. Se llamaba Giancarlo y Luigi pasaba todo el tiempo que podía con él. Giancarlo se convirtió en su confidente e inseparable compañero. Eran casi como hermanos. Junto a él, Luigi había aprendido a sonreír y  a albergar una creciente esperanza de futuro. Pero esto solo ocurría lejos de casa. Cuando regresaba cada tarde, el tormento volvía a empezar.

   Un niño criado así tiene un enemigo virtual que es mucho mayor que el real. Hablo del miedo. ¿Como enfrentarse a unos demonios que lo perseguían desde sus primeros llantos de bebé? Para un observador externo la salida se presenta fácil, casi evidente. Parece una empresa imposible en cambio a quien se encuentra en esa posición.

   A la edad de 18 años Luigi aún no había encontrado la fuerza necesaria para rebelarse. Era humillado y golpeado periódicamente y ambos, su padre y su madre, abusaban de él sexualmente. Fue entonces cuando ocurrió un hecho que cambiaría su vida definitivamente, aunque mucho me temo que Luigi jamás encontrase una libertad duradera; un incendio  acabó con todo.

   Debido al desorden y al amontonamiento de cosas por todos lados el fuego se expandió velozmente desintegrándolo todo a su paso. Gianni y Ana estaban dentro, inconscientes tras una noche de  alcohol y excesos, y no consiguieron escapar. Cuando llegó la policía y el coche de bomberos poco quedaba por hacer. El fuego había arrasado con todo. A  unos metros de distancia estaba Luigi sentado sobre un tronco, contemplando absorto los restos ruinosos de aquella gran hoguera.

   Que ironía, ¿verdad detective? Un infierno consumido por el fuego...

 

-Sin duda. Un fuego liberador en todo caso.

-Me pregunto que habrá pasado por la mente del chaval en esos momentos, al verse súbitamente librado de quienes lo maltrataban tan vilmente. Habrá sentido que el mundo se abría ante si. Y sin embargo, no creo que le haya sido fácil, pues a esa edad y con la vida que había vivido, apenas tenía los medios para valerse por sí mismo. Quiero decirle que mi primer impulso fue ayudarlo, hacerme cargo de él. Sin embargo, unas circunstancias por demás curiosas me imposibilitaron cualquier intento.

-¿A qué se refiere?

-El niño fue llevado a la jefatura de policía del pueblo, con el fin de interrogarlo acerca de lo ocurrido. El Comisario Materazzi se ocupó personalmente del asunto.

-¿Materazzi?

-Sí, el jefe de policía local. Como le venía diciendo, el niño fue llevado a la jefatura y desde entonces no se supo más de él. Intenté averiguar que había ocurrido con Luigi. Se me comunicó que había sido trasladado Roma para ser atendido psicológicamente pues estaba en estado de shock. Me dijeron que estaba en buenas manos, que no me preocupase. Por supuesto esto no hizo más aumentar mi preocupación por Luigi. Pero mi relación con el comisario no es demasiado buena; el señor Materazzi no es precisamente la clase de persona que viene a misa los domingos, ¿me comprende?

   Todos mis intentos posteriores de localizarlo fueron vanos. Llegué incluso a desplazarme hasta Roma. Nada, como si se hubiese esfumado. No tuve más noticias, hasta que me enteré en el periódico, años más tarde, que un joven italiano de nombre Luigi Anterraglo había muerto en una trifulca callejera en Barcelona. Como le dije antes, me costó imaginármelo en esa situación. Sin embargo, nada era imposible, pues mucho tiempo había pasado desde que aquel niño frágil abandonó para siempre el pueblo. Ahora solo me queda rezar por su alma.

-Un historia triste Padre Antonio. Y no menos intrigante. Me sorprende el grado de conocimiento que tiene de todos los hechos. ¿Como es posible padre?

-Ah, mi joven amigo. Parece que no recuerda lo que antes le dije. Se trata de una historia, una alegoría de la corrupción moral, pura ficción, ¿acaso no se lo advertí? Los detalles son un mero producto de mi imaginación atormentada... Pero si esta explicación no le convence del todo detective, le diré que en un pueblo como este no hay nada más cercano a la omnividencia que un confesionario.

-Entiendo. ¿Cree usted que el comisario Materazzi me recibirá?

-Lo recibirá, sí. Y con una gran sonrisa, se lo aseguro. Pero no obtendrá nada de él más que las buenas tardes.

-Lo intentaré igualmente, no tengo nada que perder. Padre, no sé como agradecerle su tiempo y su excelente narración.

-Ya le dicho antes que no es necesario. Espero que le haya sido de utilidad y que consiga llegar hasta el final en su búsqueda. Me hará saber sus conclusiones espero...

-Sin duda. Y vendrán acompañadas de un par de botellas del mejor vino catalán. Se sorprendería del nivel actual de algunas bodegas.

-Vaya con Dios muchacho. Y cuídese mucho.

-Lo haré Padre Antonio. Hasta la próxima.

-Adio.

 

 

   Cuando Guevara salió de la iglesia se sentía muy diferente a cuando entró. La narración del padre Antonio lo había afectado bastante. Había conseguido llevarlo a un alto nivel de cercanía con Luigi Anterraglo; conocía parte de su macabro pasado. Era como si poseyese un poco de su esencia.

   Al adentrarse en las calles del pueblo comprendió lo que había querido decir el cura con lo de que en esos pueblos todo se sabe. Sentía las miradas punzantes fijas en él. Sabía que todo su ser reflejaba el cambio, veía que la gente sabía que él sabía. Se preguntó que suerte correría el padre Antonio, si sería censurado por haber revelado la historia a un extranjero.

   Se dirigió al pequeño hostal donde se alojaba. Necesitaba descansar un poco, recuperarse de aquél viaje virtual que acababa de realizar. Por la mañana, antes de coger el tren visitaría al tal Materazzi. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Hubiese querido estar en Barcelona, en su casa, con su copa de ron y su saxofón, en paz, tocando sin preocupaciones...

 

*         *         *

 

   Tal como había predicho el Padre Antonio, Guevara se encontró a un comisario Materazzi sonriente y extrovertido. Guevara pensó que si había un prototipo de policía corrupto y mafioso, tenía que ser aquél. Moreno y de gafas negras, una buena barriga y un gesto de falsedad sumamente desagradable que se tornaba en una expresión intimidante cuando se ponía serio.

 

-Y bien señor detective Guevara, ¿qué lo trae por aquí? Ha venido a visitar nuestro bonito pueblo...?

-No exactamente. Investigo un caso de asesinato en Barcelona, y he venido buscando  información. Seguramente  usted podrá decirme algo al respecto, se trata de Luigi Anterraglo.

 

  Materazzi se puso serio un instante, tras lo cual soltó una sonora carcajada.

 

-Luigi, Luigi. ¿Asesinato dice? Por lo que yo sé se trata de un homicidio, una pelea callejera,  una muerte natural...

-Tengo indicios para creer que no fue así como sucedió. Pero quizás usted pueda aclararme algunos hechos. Quisiera saber qué sucedió después de la muerte de sus padres. Tengo entendido que se entrevistó con usted, y desde entonces no se le vio más por el pueblo.

-El viejo cura ya ha soltado la lengua ¿verdad? Ese borracho, haría mejor en cuidar su salud, el mismísimo Satanás se estará frotando las manos ahora, ¡esperando su llegada! Ja ja ja.

-¿Que me dice entonces? ¿Que pasó en esa entrevista? Y sobre todo, ¿qué pasó después?

-Es usted muy curioso detective Guevara (pronunció el nombre con una afectada ironía). Pero no creo que esos asuntos sean de su incumbencia. A no ser que la jurisdicción de su policía llegue hasta este maloliente pueblo, ja ja ja. ¿Es que los españoles nos habéis invadido? Ja ja. Escuche amigo, no pierda el tiempo por aquí. No encontrará asesinos de sucios  antisociales en este pueblo. Vuelva a su bonita ciudad y busque entre su propia basura. Y ahora si me permite, tengo mucho trabajo, mi novia me espera para la sesión matinal, y tiene un jodido carácter, ja ja ja, buen viaje colega...

 

 

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