X

Era martes por la noche y Guevara se aprontó para salir. Pensaba asistir a un concierto de Jordi Savall, el mejor instrumentista de Viola da Gamba del mundo, un músico excepcional. Además de un gran intérprete de música antigua, era un compositor muy fino, una verdadera joya catalana. Para mejor, el concierto iba a realizarse en una iglesia, un auditorio perfecto para oír obras de Marin Marais, François Coupérin y Sainte Colombe. El detective anduvo desde su casa en Poble Nou hasta la iglesia de Santa María del Mar, ubicada en el barrio del Born, una de las mejores zonas de la antigua Barcelona. Se trata una zona de bonitas fincas antiguas reformadas, bares de copas y restaurantes de calidad, palacetes  y galerías de arte, tiendas de ropa de diseño y finas artesanías. También el museo Picasso en la calle Montcada; un barrio muy cotizado entre los extranjeros y artistas bohemios con dinero.

   La iglesia estaba completamente abarrotada aunque aún fuese temprano. Espectáculos de esa calidad no se desperdician y todos procuran conseguir plaza. La presencia de Montserrat Figueras era un aliciente más. La cantante es capaz de transportar al público a través de su cantar.

   Guevara se apostó contra una de las columnas de la antigua iglesia gótica. Aquella noche no pensaba en nada más que en la música. Era día libre, día lejos del sucio trabajo policial, lejos de las muertes violentas. Aquella noche quería olvidarlo todo y llenarse de aquél arte tan fino. Sin embargo el destino no compartía su idea. Sentada en uno de los bancos de iglesia, sola, como si nadie se hubiese atrevido a acercarse a ella, como si nadie hubiese querido romper la completa armonía entre su espíritu y la sublime expresión musical que estaba por comenzar, estaba Mirabe. Guevara se sorprendió grandemente, aquel encuentro estaba lejos de sus perspectivas. Después de un titubeo inicial se acercó a ella con prisa, casi temiendo que algún osado impostor le ganase la partida en busca de un asiento libre. Pero no fue así, consiguió sentarse junto a ella y creyó, o al menos tuvo la livianísima impresión de que había sonreído al verle. Pero no habló; temía decir algo fuera de lugar. Tampoco ella lo hizo, parecía completamente absorta en el escenario.

   Los músicos entraron y tras un estruendoso aplauso comenzaron a tocar. Desde el inicio sumieron al público en un sueño musical, una ilusión casi divina. La conjunción de los instrumentos y el tempo de la música rayaban la perfección.  El ambiente  y la acústica de la iglesia hacían más profundas las sensaciones. Guevara apenas se atrevió a mirarla en todo el concierto. Sentía su presencia tan fuertemente que estaba cohibido. En ese momento se sentía extremadamente sensible. Había tenido un día de esos en que nada tiene sentido, en que todo alrededor parece una farsa amarga y las esperanzas se esconden en el fondo del alma. Cuando Savall ejecutó "Les Pleurs" de Sainte Colombe, no pudo evitar un gesto de extrema sensibilidad que intentó disimular casi avergonzado. El auditorio estaba completamente compenetrado, y también Mirabe, que no quitaba ojo a los músicos en ningún momento. Cuando ejecutaron la última pieza y se despidieron, el público estaba tan emocionado que no paró de aplaudir intensamente hasta que volvieron para tocar el "bis." Pero no alcanzó con una pieza, la gente pedía más. Entonces Savall ejecutó solo el "Cant dels Ocells" (el canto de los pájaros), una hermosa y triste composición que conmovió definitivamente a los oyentes. Al terminar, nadie se atrevió a pedir más, hubiese sido casi una ofensa al arte musical.

   La gente se levantó y comenzó a retirarse lentamente, acorde al estado de ánimo en que se encontraba. Guevara tuvo que mirarla, e  impresionado una vez más por su hipnótica mirada le habló casi con un dejo de timidez. Aquél no era su territorio, ahora no era un poli interrogando a un testigo, solo era uno más de entre la gente.

 

-Hola.

-Hola.

-No esperaba encontrarte aquí, ha sido una sorpresa.

-No pensaba que a un polis le gustase esta música.

-A mí sí. Es que mi padre era músico, aunque no tan bueno. Pero desde siempre he escuchado todo tipo de música y me volví un gran aficionado.

-Como es posible que un músico tenga un hijo poli, es difícil de entender.

-No sé, así es la vida supongo. Quizás mi hijo sea músico, o deportista, quién sabe.

-¿Tú tienes un hijo?

-No, todavía no, pero si lo tuviese...

-Te ha gustado el concierto, ¿verdad? Te he visto llorar.

-Sí, mucho, son unos músicos impresionantes. ¿Que me has visto llorar? Bueno, no exageres...

-¿Me equivoco?

-No, es cierto. Reconozco que a veces soy demasiado sensible.

-No es bueno para un poli...

-Quizás no, pero es solo en algunas ocasiones. También puedo ser frío, cuando es necesario.

-¿Cuando tienes que matar a alguien?

-No lo sé, nunca he matado a nadie.

-Pero lo harás.

-No puedo saberlo. Ya veremos. ¿Puedo invitarte una copa en algún bar?

-¿Has encontrado al asesino ya?

-¿Al asesino de Luigi? Aún no. ¿Acaso tienes algo más para contarme?

-Me han estado siguiendo.

-¿Qué? ¿Quién te ha seguido?

-No lo sé, un tío, lo he visto en distintos sitios, ayer.

-¿Y lo dices así, como si nada?

-No tengo miedo, no tengo nada que ocultar. Parecía poli, pensé que sería algún colega tuyo siguiéndome.

-¿Cómo era, puedes describirlo?

-Era muy grande, con el pelo corto y moreno, pero siempre lo vi desde lejos, no puedo describir su rostro.

-¿Por qué no me has avisado?

-Te lo he dicho, pensé que sería un poli,  además solo fue un día. Pero no tengo nada que esconder, por mí que me sigan si quieren perder su tiempo.

-Escucha, ese tipo no tiene nada que ver conmigo. Debes tener cuidado, ¿entiendes? No es una tontería, puede ser gente peligrosa. Deja de lado esa actitud de indiferencia, ¿no ves que está relacionado con Luigi? A él le asesinaron ¿comprendes? No subestimes a esa gente, sea quién sea.

-Oye, no te pases, ¿me quieres asustar?

-Solo quiero advertirte. Escucha, la próxima vez que lo veas me llamas inmediatamente y me dices donde estás. ¿Aún tienes mi número de móvil?

-Sí.

-Bien. No dudes en llamarme. Vamos, te acompaño a casa.

-No es necesario, iré sola, estoy cerca.

-Está bien, pero no te pongas así, solo me preocupo por ti.

-Lo siento... Es que ahora me has puesto nerviosa, no pensaba que fuese peligroso.

-No tienes que preocuparte. Solo abre bien los ojos y llámame apenas ocurra algo extraño.

-Escucha...Hay otra cosa que no te he dicho...

-Dime, ¿qué es?

-Luigi me llamó el día de su muerte... Era por la noche, como  a las nueve. No me dejó casi hablarle. Solo me dijo que me quería mucho, que estaba seguro que me iría bien en la vida porque yo tenía suerte. Le pregunté si estaba bien. Dijo que sí, que estaba bien, y que me mandaba un gran beso. Solo eso, luego cortó sin que pudiese decirle más nada. Intenté llamarle de nuevo, pero no cogió el teléfono. Fue la última vez que hablé con él.

-¿Estaba asustado?

-No me dio esa impresión. Parecía tranquilo o relajado. Recuerdo que me hizo pensar en como me siento al acabar una pintura después de mucho trabajo y dedicación. Pero su tono de voz era bastante seguro, no parecía inquieto.

-Es raro... Oye, ¿seguro que no quieres que te acompañe?

-No, está bien, estoy cerca. He de irme, adiós.

-Espera... Me ha encantado volver a verte.

-(sonríe) Hasta pronto.

 

   Todo aquello era extraño. Guevara se preocupó bastante porque la habían estado siguiendo. Un tipo grande y moreno, de pelo corto. ¿Por qué se interesaban en ella? Ella no sabía nada importante de Anterraglo. Debía tener relación con el teléfono móvil. Si el asesino (o los asesinos) se había quedado con el móvil del italiano sabía de esa llamada a Mirabe. Un llamada a último momento, antes de morir. ¿Pero porqué tanto tiempo después se preocupaban por ella? Habían pasado meses. Guevara no pudo evitar un escalofrío al pensar que podía tener relación con su  investigación. Después de todo estaba actuando por cuenta propia,  su jefe le había advertido que se mantviese al margen. Optó por ir a visitar a Giancarlo. El era el otro implicado, el amigo más cercano de Luigi. Quizás podía averiguar algo más ahora que posiblemente estuviese más tranquilo, quizás estuviese dispuesto a colaborar. La calle Ample estaba muy cerca, tardaría unos pocos minutos.

   Cruzó la Vía Laietana, y pasó frente al edificio de Correos. Había bastante gente en las calles aunque fuese un martes invernal. En Barcelona siempre hay gente en las calles, la ciudad está llena de vida. La temperatura era buena, no hacía demasiado frío para ser invierno.

   El número 15 de la calle Ample era una un viejo edificio en un estado de conservación bastante lamentable. La fachada era angosta, y en el primer piso había una pequeña terraza. La luz del piso estaba encendida. Buena señal, quizás estuviese en casa. Guevara picó el timbre y tras unos segundos se escuchó una voz de mujer:

 

-¿Sí?

-Busco a Giancarlo...

-¿Quién eres?

-Josep Guevara.

-Giancarlo no está.

-¿Pero sabes si está por volver?

-No lo sé, hace días que no le vemos, no sabemos nada de él.

-Soy policía, ¿puedo subir un momento?

-Vale, sube.

 

   Guevara subió por la angosta escalera. Las viejas paredes estaban bastante venidas a menos, con algunas grietas y la pintura rajada. La puerta estaba abierta y entró. Dentro había dos chicas y un chico sentados en unos almohadones de la sala. Bebían cerveza. Callaron al entrar el inspector, como dejándole la iniciativa. Una de las chicas bajó el volumen de la música. Sonaba un disco de Manu Chao. Guevara les habló primero intentando parecer amable. Se notaba que eran todos extranjeros, posiblemente nórdicos. Se presentó como el detective Josep Guevara y les preguntó sus nombres y de donde eran. Las dos chicas venían de Holanda y el chico era alemán. Eran estudiantes que compartían aquél piso, algo muy común en Barcelona. Al principio estaban un poco cortados, estaban hablando con un policía y eso siempre cohíbe un poco. Rápidamente Guevara consiguió hacerlos sentir bien con algunos comentarios amistosos. Luego les preguntó por el italiano. Lo conocían desde hacía unos meses, cuando había alquilado la pequeña habitación del fondo. Era un chico tranquilo y simpático; se llevaba bien con todos. No le veían hacía tres días. Michael, el alemán, lo había visto antes de que marchase a trabajar el sábado por la noche. Pero desde entonces no había regresado, y no tenían idea de donde estaba. Una de las holandesas comentó que había tenido la impresión de que los últimos días Giancarlo había estado un poco raro, se le veía preocupado, no tan sonriente como de costumbre. Guevara continuó indagando. ¿Habían visto algo raro? ¿Le habían visto con alguien? ¿Había venido alguien a visitarlo o habían notado que hablase por teléfono de forma inusual? Nada, todo normal salvo esa impresión de cierta preocupación.

 

   Al salir, Guevara se comunicó con la jefatura de policía. No existía información alguna sobre el italiano. No se tenía noticia de su desaparición. No estaba detenido ni hospitalizado, no figuraba en ningún registro. Quizás simplemente se había marchado con unos amigos de juerga y estaba por ahí. Pero era difícil de creer. Salir para ir al trabajo y no volver en tres días, no parecía algo normal. Esa noche apenas pudo dormir. Estaba nervioso porque se sentía en parte responsable de la seguridad de esos chicos. Las cosas estaban cambiando de tono. Ya no se trataba de teoría, de un ámbito virtual. Aquel nuevo personaje que había aparecido representaba la realidad tangible del caso. No era una investigación sobre el pasado como hasta ahora, sino un peligro presente y cercano. El detective revisó su arma, una Smith and Weson calibre 38. Nunca la había utilizado más que en las prácticas de tiro. Realmente prefería no tener que hacerlo pero estaba preparado. Como aquella vez que lo atacaron unos gamberros a la vuelta de la escuela. Siempre había sido un niño pacífico y tranquilo, pero no dudó en defenderse. Recibió muchos golpes, es cierto, pero ellos también, sobre todo al que le había roto la nariz con una piedra. Desde entonces no lo molestaron más. A veces se preguntaba por qué era policía. Era difícil de responder. Es una profesión estigmatizada que suele tener una imagen negativa. Quizás habían influido en él demasiado las películas de Clint Eastwood, aunque no se le parecía en nada, no era un tipo duro como Clint. Más que un deseo inocente de hacer el bien, lo que lo había atraído sobre todo era la idea de enfrentarse al peligro, a ese mundo turbio y extraño de la delincuencia, y conseguir salir airoso. Solo que hasta el momento todos sus casos los había resuelto con cierta facilidad y sin tener que recurrir a la violencia. En realidad, no tenía mucha experiencia en situaciones de peligro real. Quizás por eso estaba tan inquieto. Había algo macabro en toda esta historia. No se trataba de un cuento de hadas, el final feliz no estaba asegurado. No hay final feliz cuando se trata de la muerte. Al menos eso pensaba él. Quizás para otros la muerte sea el final feliz. Quizás lo había sido para Luigi.

Estás leyendo en Ablik

Cerrar