XI

Cuando despertó llovía con fuerza. Mientras desayunaba el detective hizo algunas averiguaciones  y consiguió el número de teléfono personal del propietario del Razzmatazz. Le llamó y supo por él que Giancarlo no había ido a trabajar el sábado y no se había comunicado con el encargado tampoco. Esperaban que volviese la siguiente semana porque trabajaba bien y además tenía que cobrar un dinerillo.

   Así que el italiano había desaparecido esa misma noche. Salió de casa y no llegó al trabajo. Era  preocupante. Guevara sabía perfectamente que aquel muchacho no había desaparecido así no más, por casualidad. Tenían que haber sido ellos. Después de todo, se trataba del amigo más íntimo de Luigi Anterraglo. Pero una vez más surgía la pregunta: ¿por qué ahora y no antes? Recordó la actitud de su jefe y la insistencia en que dejase el caso. Conocía bien al capitán Sánchez, no era un corrupto. Pero quizás fuese más sabio que él, o tuviese más información. No cabía duda, era su propia actitud la que había puesto en evidencia a los chicos. Remover los hechos pasados fue la alerta clara. El hombre que siguió a Mirabe, la desaparición de Giancarlo; todo había ocurrido poco después de su regreso de Italia.  ¿Pero quiénes eran ellos y cuál era exactamente su relación con Anterraglo? ¿Cómo se habían enterado de sus investigaciones?

   Durante todo el día Guevara estuvo inquieto, sin saber que hacer. Intentó trabajar en el caso de los colombianos pero era imposible, no conseguía concentrarse. Tampoco pudo hablar con su jefe porque no se presentó ese día en el departamento. Bebió más café de lo habitual.

   Por la tarde Guevara recibió una extraña llamada de teléfono. Alguien que se identificó como Carles C. dijo tener cierta información para darle, pero no quería involucrarse en nada para no tener problemas. Prefería no hablar por teléfono, pero podían encontrarse en la Plaza Catalunia a las cinco de la tarde. Guevara debía esperar en la boca del metro que está junto al Café Zurich y Carlos se pondría en contacto con él. Solo debía decirle como iba a ir vestido. Unos tejanos y una cazadora negra, así iría el detective. Hablaba de una forma rara, como si lo que decía no encajase del todo con su forma de hablar.

   Guevara llegó al Zurich unos minutos antes de la hora y bebió otro café, el sexto de la tarde. Desde su mesa de la terraza observaba en todas direcciones intentando identificar al tipo que lo había llamado. No era algo fácil, puesto que a esa hora la zona está abarrotada de gente de todo tipo. Junto al café en la esquina de la plaza una banda tocaba música andina. Ejecutaban El cóndor pasa, el clásico por excelencia de este género, y después se pusieron a tocar una versión de un tema de los Beatles. El detective pagó y se acercó a la boca del metro que estaba a solo unos pasos. Allí aguardó recostado contra un poste. No era el único que esperaba. Las bocas de metro suelen ser puntos de reunión y había varios que se encontraban en la misma situación, observando en todas direcciones para ver si llegaba la gente que esperaban. Unos minutos pasadas las seis Guevara sintió que le tocaban la espalda. Era un tipejo pequeño y de bigotes que apenas le llegaba a la altura del pecho. Tenía un rostro singular, parecía una especie de personaje de circo, pero en realidad distaba mucho de ejercer esa profesión. Se presentó como Carles Carreras y dijo que era un pescador de mejillones de la zona de Port Bou, en la frontera con Francia. ¿Un pescador? ¿Que tenía que ver un pescador de Port Bou con Guevara? El hombre le propuso alejarse de allí a una zona un poco más tranquila. Se encaminaron hacia la Plaza Universitat. Carreras dijo que había venido desde su pueblo solamente para verlo a él. No solía bajar a Barcelona, de hecho hacía ya varios años que no venía a la ciudad. La verdad es que había sido su mujer quién lo había convencido. El hubiese preferido no hablar, la vida le había enseñado a no meterse en los asuntos de los demás para evitar problemas. Pero se lo había contado a su  mujer, y las mujeres suelen ser más sensibles en ese aspecto, y además eran persistentes, al final le había convencido para que bajase a Barcelona a hablar con él. Guevara se impacientaba porque veía que el hombre daba vueltas pero no iba al asunto. Verdaderamente le intrigaba lo que pudiese decirle, no tenía idea de qué podía ser, pero si le había llamado especialmente sin conocerlo, algo importante tenía que ser.  El tipejo siguió hablando de cosas secundarias durante unos minutos. Se habían sentado en un banco frente al viejo edificio de la Universidad. Finalmente Carreras empezó paulatinamente a hacer referencia a lo que había venido a contar. Claro que no lo hizo de forma clara y concisa, pero poco a poco iba llegando al meollo. Todo había ocurrido la noche del sábado pasado. Acababa de terminar con la recolección en las rocas de una de las calas donde solía trabajar. La recogida había sido bastante buena para la época del año. Andréu, su sobrino, que lo ayudaba con la escafandra acababa de marcharse en su moto porque esa noche tenía fiesta. Ya sabe, los chavales hoy en día solo piensan en eso, en ir a discotecas y esos sitios raros que van. Él se quedó para limpiar los mejillones, un trabajo que le gustaba hacer ahí mismo junto al mar. Toda la vida había trabajado así, aunque ahora apenas podía sobrevivir porque la gente como él casi no tenía posibilidades. Si no era porque su mujer trabajaba como dependienta en una panadería del pueblo, no tendrían lo suficiente para llegar a fin de mes. En verano era mejor porque podían vender la pesca fresca directamente a los turistas, pero en invierno era un sacrificio enorme muy poco redituado. En fin,  que  mientras trabajaba en una roca al pie del acantilado comenzó a oír unos ruidos extraños. Parecían gritos. Los sonidos se fueron acercando más y entonces pudo escuchar las voces que venían desde la cima del acantilado. Todo era muy confuso porque había viento y solo se podían oír algunas frases entrecortadas. Le pareció que se trataba de la voz de un chaval joven, el que más gritaba, parecía asustado. Repetía constantemente que no sabía nada, o al menos eso parecía, mientras el otro cada tanto le decía que se callase y lo amenazaba con romperle los huesos. Tenía una voz más grave y fue por él que escuchó en un momento dado detective Guevara. No pudo escuchar bien el resto de la frase, pero repitió ese nombre un par de veces. También creyó escuchar otro nombre, pero no pudo definir bien cuál era. ¿Montalbo? ¿Arralbo?, algo así, pero no estaba seguro. ¿Anterraglo?, preguntó Guevara. Podía ser, aunque no estaba seguro. Además sus oídos no funcionaban demasiado bien. Por su trabajo en el mar había tenido varias infecciones y poco a poco la cosa se había puesto peor. Su mujer se quejaba porque a veces lo llamaba para que la ayudase con algo y él no venía y se llevaba la bronca. Era por el oído, es que a veces no la oía. Pero ella no le creía y decía que era por distraído o porque se hacía el sueco. Guevara le interrumpió preguntando qué había ocurrido luego. Ah si, bueno, luego el chico dejó de gritar y ya no se oyeron las voces. Desde abajo del acantilado no podía verse nada y era difícil saber qué pasaba. Al parecer se habían marchado y solo se oía el sonido del viento y del mar. Después de terminar de limpiar los mejillones Carreras recogió el equipo, no todo porque una parte se lo había llevado su sobrino, recogió el equipo y comenzó a andar lentamente sobre las rocas hacia la pequeña playa. De joven podía ir más rápido, había sido un verdadero experto saltando de roca en roca. Sus pies se habían endurecido por la faena y apenas sentía dolor. Pero ahora claro, con los años, ya no era lo mismo y debía andar con cuidado. Sin ir más lejos, había tenido una fuerte torcedura dos años atrás por lo cuál tuvo que parar de trabajar más de un mes. Fue la vez que más estuvo sin pescar, gracias a dios se había podido recuperar. Bueno, que mientras iba hacia la playa vio algo raro. Por las dudas se quedó quieto y camuflado entre las piedras, ya se sabe que el hombre precavido vale por dos.  Por el camino que desciende de la ruta venía bajando un tipo enorme y arrastraba una bolsa de lona negra. No debía importarle mucho el contenido porque casi llegando abajo la soltó dejándola caer desde cierta altura y la bolsa cayó pesada contra la arena. El hombre volvió a subir por el camino y unos instantes después apareció cargando otra bolsa. Pero esta la llevaba al hombro con más cuidado. Al llegar a la arena abrió la segunda bolsa y sacó un pequeño bote de lona inchable, como esos modernos de ahora. Su sobrino Andréu tenía uno parecido que se había comprado en Marsella el año pasado cuando fue a visitar a su tía,  hermana de la esposa de Carreras. La mujer de Carreras también era francesa, de un pueblo de la zona de las Bocas del Ródano. A veces iban a pasar unos días, pero no muchos porque había que volver a la faena. Pero su hermana Claire vivía en Marsella desde hacía años, tenía una pequeña tienda de ropa para bebés y le iba bastante bien. Andréu era hijo huérfano de la tercera hermana, la más joven, pero se había criado con ellos y era casi como un hijo. Ya había ido varias veces a Marsella, y la última vez se había comprado un bote de goma de esos. Carreras lo había utilizado un par de veces, pero la verdad es que prefería una buena embarcación de madera a una de esas tan livianas y con remos de plástico. No era lo mismo. La  cosa es que el hombre había sacado una así de la bolsa y la infló en pocos minutos con un inflador automático. Cuando la tuvo lista volvió a subir la ladera y bajó con un par de remos. Después arrastró el bote hasta la orilla cargó la otra bolsa. Deberían ser ya como las diez de la noche, pero como es invierno no había nadie en la zona. El hombre se adentró en el mar remando vigorosamente. La verdad es que no se le daba mal remar. El propio Carreras se consideraba un buen remero. De joven solía participar en competiciones regionales de embarcaciones típicas representando al pueblo. Y varias veces habían ganado. Claro que al pasar los años había que dejar paso a los jóvenes que podían hacerlo mejor. Pero el grandote ese sí que remaba bien, hubiese sido un buen fichaje para el pueblo, ya lo creía que sí. La embarcación se alejó bastante de la costa hasta perderse en la oscuridad y Carreras había aprovechado para volver a casa. Se había hecho un poco tarde y la mujer podía estar intranquila. Al subir el acantilado vio una pequeña furgoneta blanca con matrícula de Barcelona. No podía decirle el número de placa porque no lo había anotado. Como le había dicho antes, no quería saber de nada. Estaba claro que algo raro había en todo aquello, pero no era asunto suyo. Lo que hizo fue ir a buscar la moto al sitio donde la escondía para marcharse rápidamente. Antes no escondía la moto, pero una vez se la habían robado y desde entonces se ocupaba de camuflarla bien entre los matorrales, ya no se podía confiar en nadie. 

   Al volver  no contó nada de lo que había visto, le dijo a su mujer que se había retrasado buscando el cuchillo que se le había caído entre las rocas. Se lo comentó un par de días después durante la cena. La mujer pensó que debía ser algo sucio y que había que avisar a la policía, pero Carreras decía que no, que en esas cosas más valía no meterse. Ella insistió sin parar, así que Carreras le prometió que se ocuparía al día siguiente pensando que se olvidaría del asunto. Pero no fue así, ella siguió empecinada en que había que hacer algo. Carreras intentó disuadirla explicándole que  solo había escuchado unas frases sueltas de una conversación y después había visto al hombre aquél hacerse a la mar en un bote inchable, ni siquiera sabía si era el mismo tipo de antes. Pero la mujer se había puesto pesada y quería hacer algo. Finalmente Carreras se decidió a informar del hecho a la policía local. Los agentes tomaron la declaración pero tampoco se trataba de nada muy concreto y no podían hacer nada.

   La mujer no se quedó tranquila. Veía mucha televisión y se imaginaba cosas. Carreras no veía casi la televisión, prefería escuchar la radio, pero su mujer pasaba horas mirando cualquier tipo de programa. Ella pensaba que había una relación entre las voces del acantilado y el hombre del bote inchable, pensaba que habían matado a alguien. Y fue ella misma quién se ocupó de averiguar sobre un detective Guevara de Barcelona, obligando a su marido a ir enseguida a hablar con él porque seguramente sabría que hacer. Por eso había venido Carreras, sobre todo para que su mujer le dejase tranquilo. Seguramente todo aquello no era importante, pero por las dudas se lo había comunicado personalmente. Su esposa había insistido una y otra vez en que tenía que hablar en persona, porque los teléfonos siempre están intervenidos y es de lo más peligroso. Fue ella quién le explicó como hacer y lo de preguntar que ropas llevaría el detective, incluso le había indicado el punto de encuentro, el café Zurich, que lo conocía por una revista de mujeres de esas que vienen con el periódico. Ya le decía que veía demasiada televisión. Esos programas policiales eran sus preferidos, a Carreras todo eso no le interesaba, pero a su mujer... Claro que era un buena mujer, eso sí, pero que imaginación... según ella el dueño de la panadería donde trabajaba era el amante de la esposa del alcalde. Decía que se veían a escondidas y lo tenían todo preparado. Siempre cuando ella compraba dos baguettes y una ensaimada quería decir que esa tarde se encontrarían. Estaba segura porque cuando ella hacía esa compra, que solo era algunos días, su jefe se iba toda la tarde y la dejaba sola para atender a todo Dios. Y de esas cosas su mujer contaba muchísimas, de verdad. Carreras pensaba que exageraba, pero siempre le decía que sí a todo. Es que era una buena mujer...

   El pescador continuó hablando un poco más de su mujer y luego Guevara le agradeció diciéndole que hecho estado bien en contarle lo que había visto y que lo tendría en cuenta en su investigación, de la cual por motivos de seguridad no podía decirle nada para que le contase a su esposa, pero podía transmitirle que la información era valiosa. Carreras se marchó camino de la estación de autobuses porque pensaba regresar inmediatamente. No se encontraba muy a gusto en las ciudades grandes y prefería su vida tranquila de pueblo. De todas maneras pensaba comprar algo para su mujer antes de marcharse, un buen regalo que le hiciese ilusión porque era una buena mujer...

 

   Tras la entrevista Guevara regresó a la jefatura. Aquello no olía bien, otra vez el grandote. Debía tratarse de Giancarlo, casi seguro que sin saberlo el pescador había sido casi testigo de su muerte. Lo extraño es que le hubiesen nombrado a él. Se preguntaba si el tipo aquél ya tenía conocimiento de él antes o se enteró a través del italiano. Probablemente ya lo supiese desde antes, por eso perseguía a los amigos de Anterraglo. Mirabe corría un peligro cercano, ahora ya no había dudas. El detective intentó llamarla pero no había forma, una y otra vez salía el mensaje de la compañía diciendo que ese teléfono estaba apagado o fuera del área de cobertura.  Iría a buscarla. Antes de salir se comunicó con Port Bou para ver si tenían alguna novedad, si había aparecido algo. Nada, no sabían nada. Guevara les solicitó que realizacen una búsqueda en las inmediaciones porque tenía motivos para creer que se trataba de algo serio. Dijeron que lo harían. Cogió un coche y salió hacia Sant Pere.

   En el Teatro no estaba, nadie sabía a donde había ido. Una chica dijo que había salido a primera hora de la tarde con el material de dibujo, pero no tenía ni idea de que dirección había tomado. Si regresa que me llame urgententemente. El teléfono seguía sin cobertura. Mierda. Anduvo dando vueltas en el coche por toda la zona. Nada. Estaba oscureciendo, quedaba poca luz solar. Tenía que encontrarla. Pensaba en sitios donde pudiese estar dibujando. El Parc de la Ciutatela. Aparcó en doble fila  por la entrada que da sobre la calle Princesa. Es un parque bastante grande y le llevó un tiempo recorrerlo. Nada, ahí no estaba. Que hacer entonces. Podía estar en cualquier sitio. Maldita impotencia, solo esperaba que estuviese bien, que el cabrón esperase un día más para dar el golpe. Qué putada, otra vez el teléfono fuera de cobertura, por favor que no haya pasado nada.

   Un par de horas más tarde Guevara regresaba a casa. Había estado patrullando y llamando a su móvil sin resultados. Solo podía esperar que la suerte fuese favorable. Se calmó un poco bebiendo un vaso de ron pero enseguida volvió a ponerse nervioso. Estaba cabreado porque sentía que no había hecho las cosas bien en su momento y la chica estaba en peligro. Puso un disco de James Brown, aquél funky profundo se correspondía con su violento estado de ánimo. Un poco más tarde lo volvió a intentar; esta vez el teléfono sonó.

 

-¿Hola?

-¿Mirabe?

-Sí, ¿quién habla?

-(Suspira) Por suerte te encuentro... Escucha, es importante que te vea ahora mismo, ¿donde estás?

-¿Para qué? ¿Ha ocurrido algo?

-Es por el tipo del que me hablaste ayer, es muy peligroso, ¿donde estás?

-Estoy en casa de una amiga, cerca de Sagrada Familia.

-Bien iré a buscarte, dime la dirección.

-Oye espera, ahora mismo íbamos a cenar algo, ¿es tan urgente?

-¡Claro que e urgente! Hace horas que te estoy buscando, te repito que la situación es peligrosa. No es broma.

-Vale, está bien. Estoy en la calle Napols 254, el cuarto piso. Aunque mejor bajo a esperarte.

-No, no bajes. Espera ahí, llegaré en pocos minutos. Hasta ahora.

-Hasta ahora.

 

   Unos minutos después Guevara llegaba al edificio y picaba en el cuarto. Se oyó un ya bajo por el interfono. Tras unos segundos se abrió la puerta del ascensor y apareció la alemana. Su gesto era serio y no demasiado amigable. No contestó al saludo del detective y no parecía muy dispuesta a conversar. Guevara no entendía esa actitud, era realmente una chica extraña, pero quizás eso era lo que la hacía tan atractiva.

 

-Escucha, si he venido a buscarte es porque creo que ese tipo puede querer... bueno...es un asesino.

-Que quieres decir, que va a matarme, ¿es eso?

-¿Te acuerdas de que me hablaste de un conocido de Luigi que trabajaba en una discoteca? Era su mejor amigo, se llamaba Giancarlo. Creo que el mismo tipo que te siguió el otro día lo asesinó. No puedo estar seguro, pero casi. Y si lo mató es justamente por ser tan amigo de Luigi, supongo que querrán borrar las huellas de su pasado. Y tú formas parte de él...

-Pero yo no tengo nada que ver. Yo no sé nada importante, ¿por qué iban a querer matarme a mí? No me lo creo.

-Giancarlo tampoco sabía nada, o al menos eso me pareció. Y sin embargo terminó mal. Se trata de gente peligrosa y sin escrúpulos. Al parecer Luigi estaba muy involucrado con ellos, hasta que lo mataron. Y no creo que duden en ir a por cualquiera que pueda saber algo, o esté relacionado directamente con él.

-¡Vaya putada! Resulta que ahora me quieren matar, así como así, de la noche a la mañana. Cuesta creérselo, ni que fuera una película. Pero por qué ahora y no antes, hace tiempo que murió Luigi, si es verdad lo que dices, yo ya debería estar muerta...

-Verás, no sé como es explicarte. Sea quién sea esa gente sabe que estoy trabajando en este caso, me conocen. Tengo la sospecha de que todo esto se debe a mi investigación. De alguna forma se enteraron de que hablé con ustedes y...

-¿Así que ahora es tu culpa no? Eres un cabrón, por tu culpa ahora me persiguen a mí. Estarás contento ¿verdad? Que te jodan, por algo no me gustan los polis. ¿Y ahora qué? ¿Tengo que esperar tranquila a que alguien venga a matarme como a Luigi?

-¡Que pretendías que hiciese! Solo he hecho mi trabajo, no podía saberlo... Escucha, no dejaré que te pase nada, te cuidaré hasta que esto se resuelva... Te quedarás en mi casa...

-Vete a la mierda. ¿Crees que te necesito, que eres mi héroe protector? Paso de ti. Ya veo de que va tu rollo, me voy para tu casa ¿y luego qué? ¿Me echo en tus brazos porque tengo miedo y nos vamos a la cama? Ni lo sueñes. No pienso vivir asustada, no pienso cambiar mi vida. Además si el tío hubiese querido matarme ya lo hubiese hecho, no vendrá a por mí.

-¡No seas tonta joder! ¿Quieres acabar como Luigi? Dime, ¿eso quieres? Te lo estoy advirtiendo, tampoco a mí me hace ninguna gracia, pero es lo que hay.

-Puedo cuidarme sola. Lo llevo haciendo desde que tengo 17 años, no te preocupes tanto por mí. Mejor gasta tus energías en atrapar al capullo, si es tan peligroso como dices.

-No te entiendo. Lamento que no confíes en mí, podría costarte caro. Al menos prométeme que me avisarás inmediatamente si lo ves, ¿lo harás?

-Ya te he dicho ayer que sí. Pero no creo que eso pase. Sobre todo si tú me dejas tranquila ya que según tú es por tu culpa que va a por mi.

-Pero si pasa debes llamarme enseguida. Y si le ves procura mezclarte entre la gente, no te quedes sola.

-Vale detective. ¿Puedo marcharme ya? Me esperan para cenar.

-Esta bien, pero recuerda que he hecho lo que he podido para disuadirte. Ve con cuidado.

 

 

   La alemana se bajó del coche sin despedirse y golpeando la puerta. Volvió a entrar al edificio. Guevara se quedó unos minutos observando la zona por si veía algo sospechoso. Maldición, ¿por qué tenía que reaccionar así? Que chica más extraña, actuaba de esa forma arrogante cuando lo único que quería Guevara era protegerla de que la asesinasen. ¿Pero qué podía hacer? ¿Cómo asignarle protección si ni siquiera estaba trabajando en el caso oficialmente? Iba ser difícil de explicar. Solo podía confiar en que reaccionase rápido si veía al tipo en algún momento. Lo demás dependía de él y de la suerte. Estaría preparado.

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